La casa hueca 12. Se está mejor en casa
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12. Se está mejor en casa

Salgo del bar. El pueblo ya pertenece a la noche.

Un pensamiento bulle en el caldero de bruja que es mi cerebro: se está mejor en casa que en ningún sitio.

Hay un camino de luces amarillas que me lleva de vuelta.

Farolas pálidas, borrosas, casi vaporosas.

Las calles han cambiado. Serpentean a su antojo.

Se agitan en una danza que me cuesta seguir.

El color blanco que las recubre se agrieta.

No me da miedo que las calles estén vivas.

Lo que me asusta es que yo no lo esté. Cada paso es una oportunidad para caer en una sima sin fondo en la que romperme todos los huesos y cerrar los párpados que aún conservo y ceder a un desmayo reparador hasta que alguien me encuentre.

O tal vez no. Tal vez no haga falta que lo hagan. No estoy sola.

Me acompaña una ráfaga de suerte. Es ella la que me guía de vuelta.

Se está mejor en casa que en ningún sitio.

En la Casa Hueca.

Llego hasta el umbral. Quiero entrar. La noche susurra palabras prohibidas a mis espaldas.

Quiero entrar de una vez. Dicen que los borrachos nunca aciertan con la llave y la cerradura.

A mí no me hace falta. La suerte permanece a mi lado.

Ausculta mi cuerpo en busca de orificios.

Logra introducirse por ellos. Por todos ellos.

Se vuelve líquida y me posee. El portón.

Lo empujo y se abre. Un agudo chirrido me invita a dejar algo de la felicidad que traigo conmigo.

—¡Esteban! ¿Dónde estás, cabronazo?

Ojalá pudiera hacerlo.

—¡Esteban! ¡Préndele fuego a tu novela y vayámonos de este pueblo!

Ojalá supiera qué demonios es la felicidad.

—¡Esteban! —Enciendo la luz del salón. Y lo veo—. ¡Dios mío!

Veo a un hombre sentado en el sofá. No lleva ropa. Solo una máscara.

Una horrible máscara de buitre.

—¿Quién coño eres?

Todo ocurre rápido, muy rápido. Apenas un pestañeo.

La luz deja de existir. Suena un estruendo horroroso, como si el mundo hubiera saltado por los aires.

Es el cristal de la ventana del salón. Noto cómo una lluvia de diminutas esquirlas se precipita sobre mí.

Son enjambres de insectos de afilados aguijones.

Me cubro el rostro con ambos brazos. Trallazos que escuecen en mi piel.

Aparece el sabor del metal en mis labios.

Revive la luz. Y compruebo el estropicio.

El sofá está vacío. Ni rastro del hombre de la máscara.

En el suelo del salón hay algo que palpita.

Me acerco. Y mientras lo hago siento asco. Asco de mí. El rostro, el pecho, las manos, la entrepierna. Estoy húmeda, sudada, sucia. Empapada de fluidos corporales que no son más que huellas. Restos de la suerte que abandona mi cuerpo con una silenciosa carcajada.

Algo que palpita. Una masa ensangrentada de carne y plumas.

Me acerco a ella. Dejo caer la palma de mi mano sobre su pecho.

Se agita. Se agita entre estertores. El ave emite graznidos como ecos de ultratumba.

Su última voluntad. ¿Por qué te has estrellado contra la ventana?

¿Te has despistado en mitad de la noche?

¿O pretendías llamar mi atención? Quizás sea algún tipo de poder.

Una extraña fuerza que te atrajo hasta aquí.

¿Qué hago? ¿Por qué sigo hablando con un animal al que le restan segundos de vida?

Es entonces cuando escucho la voz. La que siempre llega tarde. La que pregunta lo que cualquiera podría adivinar.

—¿Se puede saber qué ha pasado aquí, Lucía?

Mi mano caliente y manchada deja de sentir la respiración del buitre. Me giro para que Esteban se estrelle contra la rabia esparcida sobre mi rostro.

—La Casa Hueca. Eso es lo que ha pasado.