11. Guía de bebidas espirituosas
Necesito calmarme con una buena cerveza. Fría. Congelada, a poder ser. Como el aire de la sierra, sus aristas perforando mis pulmones tras cada respiración.
Eso recomienda Gloria.
—También soy guía de bebidas espirituosas. Y no se me da nada mal —asegura con una sonrisa. Yo me aferro a ella mientras nos sirven sendas jarras en el mismo bar donde la conocí hace unos días.
Tomo un trago largo. Como si así pudiera deshacer el nudo de nervios que me bloquea la faringe. No lo consigo. Cuestión de insistir.
Ella dice:
—No sé qué te ha pasado ahí dentro, en la iglesia. Estabas histérica.
Recupero del bolsillo de la chaqueta el bote que me recetó la doctora. Otro par de pirulas. Las dejo sobre la mesa y guardo el resto. Menudo enganche.
—Tranquila, Gloria —me excuso ante su alzamiento de ceja—. Son simples analgésicos.
—Ya.
—Que sí. Cortesía de la doctora del pueblo.
—Engullo las pastillas con un movimiento mecánico.
Soy un androide recargando las baterías—.
Escucha, Gloria. Te juro que ese cristo llevaba una máscara de buitre colocada sobre el rostro.
No se me quita esa imagen de la cabeza. —Reviso las fotos en la pantalla de mi móvil.
Están borrosas. Apenas se ve nada. Por supuesto, ni rastro de máscaras.
En la única en la que se distingue algo aparecen todas esas mujeres rezando—.
Échales un vistazo, hazme el favor. Joder.
Son muchas. Las amortajadas. Murmurando entre dientes algo espantoso, algo…
La frase se queda goteando en ese pozo de saliva reseca mezclada con cerveza que es mi garganta. Uno de los dedos de Gloria, el más largo de todos ellos, me cierra los labios. Odio que no me dejen terminar. Pero esta vez es distinto. Esta vez no me disgusta.
—Bebe y calla, joía.
Bebo.
Y callo.
Gloria dice:
—Mándame las imágenes al teléfono por si veo algo raro. Y así te apuntas mi número, que veo que no me lo ibas a pedir nunca.
Y que lo digas. Uso la yema de los dedos para agregar su contacto en la agenda.
Ya no te escapas. Vale. Selecciono las cuatro mejores fotos de todas las que he tomado en el interior de esa maldita iglesia y se las envío.
Gloria las revisa con gesto divertido. Yo no le veo la gracia, pero debe de ser problema mío.
—A ver —dice ella—. Ese traje como de mortaja al que te refieres es típico de aquí.
No es nada extraño presenciarlo en citas señaladas.
Incluso hay quien lo utiliza a diario. Y aunque reconozco que puede impresionar a primera vista, su significado no tiene nada que ver con lo extraño o lo terrorífico.
Le pido que continúe. Que me explique a santo de qué visten así.
Me responde que ya lo sabría de haber acudido a esas rutas misteriosas que suele hacer.
Que no es más que un manto oscuro tras el que las mujeres del pueblo se cobijan desde hace siglos.
Que la tradición posee raíces castellanas, aunque parece más bien el reflejo de esa cultura árabe que aún se deja ver por estas tierras.
Que el manto llegó a ser prohibido durante un tiempo por cierto rey imbécil.
Rey imbécil. Como si existiera un solo hombre con corona que no lo fuera.
—Bueno, una vez resuelto el misterio, propongo que cambiemos de tema. Se me ocurre uno bastante interesante. Digo yo que ya va tocando que me hables de tus películas.
Escucho a Gloria y suceden cosas. Diminutas llamas que punzan mi pecho, mis muslos, mis mejillas, como si tuviera decenas de fósforos encendidos bajo la piel.
Una marabunta de hormigas rojas saboreando mi carne.
El camarero trae otra cerveza. No estoy acostumbrada a beber tanto.
El rostro sonriente de Gloria. Ojos de café.
Su inusitado interés en saber más de mí, de la impertinente turista, esa que ni siquiera le ha revelado su nombre.
Hace mucho que no me ocurría.
Quiero bucear en mis recuerdos. Llegar a las profundidades, recolectar piedras, estrellas de mar, pecios olvidados, perlas preciosas. Ascender hasta la superficie para tomar aire. Aprovecharlo para compartir lo recogido con ella.
Maldita sea. Apenas soy capaz de componer retales de mi última película. El resto queda atrás, muy atrás. Difuso. Ahogado en un mar de aguas opacas y sucias. Perdido en un páramo preñado de neblina al que me es imposible acceder. Debe ser la cerveza.
Mi última película.
Comienzo a soltar cargas de profundidad.
Imágenes recortadas de un proyecto de bajo presupuesto y argumento plagado de absurdeces.
Yo hacía el papel de secuaz de Madame X, una asesina en serie de tres al cuarto.
Me convertía en su aprendiz. Pretendía parecerme a ella, aprender su catecismo de pecados, recorrer un burdo camino del héroe.
Gloria escucha con la atención de un alumno aplicado.
Gloria ríe.
Gloria rompe en carcajadas.
¿Cuándo fue la última vez que oí reír a Esteban?
—¡Madre mía! —exclama—. No puede ser verdad. Ahora tendré que buscar en Internet esa película para comprobarlo.
—De eso nada.
—Anda que no.
Y entonces recuerdo la escena. La asesina en serie enamorada de su pupila. Sangre y pasión. Sexo y muerte. Amor lésbico en un polvo simulado que tuvimos que grabar en múltiples tomas. No, Gloria. No la veas.
—Qué vergüenza más grande.
—Si a mí la peli me da igual. Lo que quiero es ver cómo termina.
—¿Por qué?
—Porque así podré ver los créditos y enterarme de cómo te llamas.
Dios.
El camarero amenaza con traer otra cerveza. Agito la cabeza en señal de negación. Suficiente. Ya me encuentro bastante mareada.
La guía insiste. No logro quitarme de la mente el sexo lésbico de mi película.
El caso es que me mola que así sea. Y ella, mientras tanto, a su rollo.
Enarbolando una sonrisa como arma de destrucción masiva.
Maldita seas, Gloria. Está bien. Ya sé lo que voy a hacer.
Acabo de vislumbrar una buena oportunidad entre la bruma del alcohol.
Llamo de nuevo al camarero y le concedo permiso para que inicie la última ronda.
Gloria asiente, satisfecha. No imagina que no le va a salir gratis.
—La Casa Hueca —proclamo—. Dime qué sabes de ella.
Creo que algo cambia en su expresión. No me atrevo a asegurarlo. Mi mente se queja si le exijo más de la cuenta.
—Qué extraño que me preguntes sobre algo que debería resultarte tan familiar.
—Joder, Gloria. Si conocieras a Esteban no te sorprendería. Créeme.
—No me digas que es uno de esos escritores que se encierra en su mundo y no deja entrar a nadie.
—¿Acaso hay alguno que no lo haga?
Gloria se cruza de brazos. Concentra la mirada en el botellín a medio terminar.
Le ordena al propio tiempo que contenga la respiración y el tiempo obedece.
Ella alza la cerveza con una mano. Consume lo que quedaba de un trago.
Cuando termina, usa la manga del jersey para secarse los labios.
Clava una mirada turbia sobre mí. Y dice:
—Lo siento, mujer que no se llama Gloria. No te puedo ayudar con eso.
Deja un billete sobre la mesa antes de levantarse y salir del bar con paso firme.
Respira. El tiempo respira de nuevo.
En mis labios se dibujan las letras de mi nombre. Una a una. Pero Gloria ya no está para escucharlo.