10. Y me obliga a mirar de nuevo
Una enorme centrifugadora donde caben demasiadas cosas que no cesan de girar y girar. Eso es el tiempo libre. Eso es mi cabeza en estos momentos. No paro de hacerme preguntas. Nadie las contesta. Sospecho que nadie querrá hacerlo.
Aún me queda día por delante. El pueblo no es muy grande, pero hay zonas que permanecen desconocidas para mí.
Podría darle uso al móvil. Seguir la corriente a esas páginas web que aseguran poseer el secreto de las rutas más deslumbrantes.
Zambullirme en decenas de listas repletas de sitios que no debes dejar de visitar.
O podría acudir a cierta guía turística.
Gloria.
Solo hay un problema: no tengo forma de contactar con ella. Cómo pude ser tan torpe. Tendría que haberle pedido el número de teléfono. Es lo que tiene andar tan oxidada en ciertos temas. Así que voy a dejar que la deriva agarre mi mano. A ver dónde me lleva.
Camino por el empedrado de una calle larga y bastante ancha.
Debe de ser una de las arterias principales del pueblo.
A izquierda y derecha se levantan viejas fachadas encaladas de olvido y humedad.
De cuando en cuando vislumbro coquetos escaparates atestados de artesanía.
Tiendas regentadas por hippies que dan rienda suelta a su creatividad a cambio de una vida tranquila, ajena a la gris maquinaria de vapor que impide que el mundo detenga su movimiento rotatorio.
A punto de caer en la tentación de adquirir un bonito jersey con motivos tribales, doy con algo que rompe la monotonía del paisaje rural.
Un gigantesco portón incrustado en un mosaico de ladrillos ahumados.
Está entreabierto. Por la rendija se escapa un tenue olor a cirio quemado.
Seguro que estoy ante una de las recomendaciones de la web de turno.
Introduzco la mano derecha por el hueco, empujo y me deslizo hacia el interior de la iglesia.
Cuesta acostumbrarse a la oscuridad aquí dentro.
Hay velas prendidas como pequeños faros en un mar de tinieblas.
En mi cabeza resuena el eco de un bisbiseo monocorde, como de enjambre de insectos.
Paseo entre los bancos mientras observo los desconchones que minan el techo ovalado.
Siempre pensé que la casa de Cristo debía ser tan humilde como sus propios orígenes.
En esta iglesia no hay ni rastro de opulencia.
Aunque un poco más de luz no infringiría ningún mandamiento.
Logro distinguir las típicas figuras que representan imágenes eclesiásticas.
Varias vírgenes. Y una santa que tiene los ojos cerrados y porta una bandeja entre las manos.
Sobre ella diría que lleva dos pequeñas esferas.
O eso creo. Me acerco un poco más hasta que distingo que, en realidad, son globos oculares.
Qué grima.
Y, sin embargo, estoy segura de que la señora sin ojos debe de ser alguien muy popular dentro del imaginario religioso. Trending topic absoluto. Yo, por lo que pueda pasar, prefiero alejarme, eso sí, sin apartar la vista de la santa.
Al hacerlo, trastabillo un par de veces.
Creo escuchar un débil gemido. No sé a quién he pisado, pero me disculpo.
Estaba rezando, reclinada sobre un listón de madera que cruje bajo su peso.
He estado a punto de aplastarla. Diría que es una mujer, aunque no es sencillo distinguir su figura entre penumbras.
Va embozada de pies a cabeza, como una mortaja.
La tela negra cubre todo su cuerpo excepto un triángulo recortado sobre el rostro que deja al descubierto un único ojo.
Desprende un aroma picante que me hace torcer la nariz. Me resulta familiar. Huele a jengibre.
Tela negra. Mortaja. Jengibre.
La vieja que me adelantó hace unos días.
Algo ocurre. El concierto de murmullos ha cesado de golpe. La figura embozada alarga un brazo hacia el fondo de la iglesia. Doy unos cuantos pasos hasta alcanzar los escalones que dan acceso al altar.
Justo detrás de la mesa desde la que se ofician las misas, la escultura de un crucificado.
Que lleva algo en el rostro. Una máscara. Negra. De la parte inferior sobresale un largo pico.
Y comienzan de nuevo. El bisbiseo. Los murmullos.
El intermitente zumbido de extraños insectos, escondidos entre el cortinaje de oscuridad.
Tiemblo. Hace frío. Estoy en la sierra de Grazalema.
Aquí siempre hace frío. Pero esta vez es inocente.
La baja temperatura no es la causante de mis temblores.
Al girarme sobre mis propios zapatos, obtengo una panorámica aterradora desde el altar.
La figura amortajada no está sola. Hay más.
Muchas más. Los bancos de la iglesia están atestados de ellas.
Y bisbisean. Y murmullan. Y emiten un intermitente zumbido.
Tengo que hacer fotos. Al cristo con cara de buitre.
A las amortajadas. Saco mi móvil del bolsillo.
Lentamente. No quiero que me pillen. Algo roza mi hombro.
Ella. Doy un paso en falso. El móvil cae. Grito:
—¡Joder!
Qué otra cosa podría gritar.
Y ella dice, bajito, muy bajito:
—Recoge tu teléfono y salgamos de aquí, mujer que no se llama Gloria. No creo que a esta gente le siente bien que te dediques a hacer un reportaje fotográfico en su momento de oración.
Y yo me resisto a abandonar el altar. Señalo una, otra, otra vez más la escultura, el cristo, el cristo con máscara de buitre, y pregunto, imploro más bien, qué es eso, por el amor de Dios, qué coño es esa aberración, ese arte blasfemo, a quién se le ha ocurrido hacerlo y por qué las amortajadas, esas que suenan como moscas atrapadas en pegajosas telas de araña, no dejan de rezarle.
Ella me tapa la boca con la ardiente piel de la mano, niega con la cabeza y me vuelve a ordenar que nos larguemos.
Y yo ya lo sé, joder, lo sé. Sé que estoy molestando, que no soy bienvenida y que esta vez me afano en hacer méritos para ello.
Pero yo no me voy hasta que me expliques tú, tú, Gloria, tú, dime de una puta vez qué significa ese cristo enmascarado.
Entonces sí, entonces ocurre. Deja de taparme la boca para agarrarme la barbilla y me obliga, me obliga a mirar de nuevo el cristo, la escultura, la imagen del Hijo de Dios que, por lo que sea, por la maldita razón que sea, ahora ya no tiene esa horrible máscara.
Ahora es tan normal, tan corriente, tan aburrida como en cualquier otra iglesia.