9. Somos nosotros dos
Acabo de salir de la sala de curas. Y no me encuentro demasiado bien.
No es por los puntos. Allí dentro no había espejos, así que desconozco la magnitud de la faena.
Lo bueno es que han dejado de molestarme.
¿Y lo malo? Pues resulta que ahora me duele otra cosa.
Es el corazón. Y conste que yo no soy romántica, líbrenme de ese mal.
Pero no deja de golpearme el pecho con insistencia.
Quiere huir porque está tan acojonado como yo.
Es esa doctora. Sus palabras de amenaza.
Quise preguntarle quién es Él, en una especie de trasunto patético de cierto cantante de gesto triste, pero sabía que sería en vano.
Además, estaba en absoluta desventaja: yo, en una torpe camilla; ella, con un objeto capaz de infligir mucho daño. Y repleta de ganas de llevarlo a cabo.
Camino a paso lento, como aturdida. Suele ocurrirme en los pasillos de hospital, tan blancos y luminosos.
Corredores de la muerte donde puede masticarse la nube de desinfección que flota en el ambiente.
Vapores tóxicos y hedores de enfermedad.
Estoy deseando salir de aquí. Aprieto al paso.
De repente veo alguien al fondo del pasillo.
Se acerca hacia mi posición. Es el celador del bigote, empujando una camilla que no está vacía.
Chirrían las ruedas al rozar con el pegajoso suelo.
Pronto distingo a un hombre que se retuerce sobre sábanas de blanco roto.
Roto como él. Un ovillo de piel y huesos implorando manos milagrosas que lo desenreden.
Me detengo y, al pasar junto a mí, pregunto al celador qué ha ocurrido.
—Otro accidente de tráfico, señora.
—Pues ya es mala suerte. Juraría que apenas se ven coches circulando por el pueblo.
—Es posible. —La desgana del hombre del bigote rivaliza con la mía propia—. Pero basta con que haya uno solo para que puedan ocurrir estas desgracias, ¿no le parece?
No es que el pobre desgraciado de la camilla me interese lo más mínimo, pero hay algo llamativo en todo esto.
Porque, a pesar de lo que diga el celador, no detecto una excesiva urgencia ante un accidentado así.
Y si es la Rottenmeier la que lo tiene que atender, más le vale no tener el testamento en modo borrador.
Por no hablar de que lleva la cara cubierta por una fina tela. Solo la cara. Podría extender el brazo. Alargar un par de dedos para retirarla. Descubrir la identidad de la víctima.
No es que el pobre desgraciado de la camilla me interese lo más mínimo.
Pero está a mi alcance. ¿Y si…?
—Quieta. Hay cosas que no le incumben.
Obedezco, claro que obedezco. Porque el celador, ante el intento de atentar contra la privacidad del paciente, acaba de tomar prestada la voz del monstruo más cruel que nadie pueda imaginar.
—La dejo —añade. Y la voz regresa a su inocuidad habitual—. Tengo prisa.
Retomo mi camino entre los vapores de la asepsia.
No tardo en desembocar en una estancia amplia con un par de pantallas colgadas de las paredes.
La sala de espera. Está medio vacía. Apenas un par de mujeres aguardan su turno.
Y alguien más. Una figura menuda, repantigada en uno de los asientos, moviendo las piernas hacia delante y hacia atrás. Sé quién es. Voy a saludarlo.
—Hola, Pico. ¿Qué haces por aquí?
Empiezo a pensar que el niño debe tener algún tipo de relación con la doctora. ¿Podría ser su hijo? Imposible. Demasiada diferencia de edad. O eso, o la señora es más joven de lo que aparenta.
O igual es su abuela.
Hay más opciones, pero son tan absurdas que prefiero no pensar en ellas.
—¿Estás esperando a la doctora?
Pico me ignora como un ave carroñera a una pila de huesos a la que ya no le queda ni una hebra de carne que rascar.
Tiene entre las manos lo que parece un pequeño cuaderno de notas.
Pintarrajea algo en él. Esa fulana insensata que es mi curiosidad me lleva a acercarme hasta el niño para mirar el contenido de la hoja.
Pico me esquiva. Niega con la cabeza. Me hace señas que yo interpreto a mi manera.
Señas para que aguarde. Para que me calme.
Y la verdad, no es mala idea. Tomo asiento junto a él para callarle la boca a la fulana.
De vez en cuando, mi mirada viaja hacia el pasillo por el que he venido, temiendo toparme con las artificiales maneras de la doctora.
En el escenario de mi imaginación, la Rottenmeier se encuentra en estos momentos en su cuarto de los horrores, cantando alguna vieja canción de pueblo mientras desmiembra con parsimonia y dedicación cada una de las partes del cuerpo del atropellado.
Una niña pequeña que juega a desmontar sus muñecas.
Pero eso ocurre dentro de mi mente. Fuera de ella no pasa nada interesante.
Los segundos son cadáveres anónimos en una fosa común, amontonándose sin ningún tipo de orden.
El ambulatorio no es más que el aula de un colegio en pleno agosto.
Alguien me toca el brazo con levedad. Pico.
Ahora sí. Me enseña lo que estaba creando.
Es un dibujo. El típico dibujo de un niño de siete años.
Dos monigotes. Uno bajito y sonriente; otro más alto, con el cabello largo pintado de rojo y la cara sin facciones.
Las manos agarradas. Sendas sonrisas aparecen en sus rostros.
Una hilera de árboles a la derecha de ambos.
—Qué maravilla, Pico. Somos nosotros dos junto al bosque, ¿verdad?
Por toda respuesta, el niño arranca la hoja y me la entrega. En el tiempo que invierto en doblar el dibujo y guardarlo en el bolsillo del pantalón, desaparece de mi vista. Creo que nunca he conocido a alguien tan escurridizo como él.