8. Demasiadas miradas de desprecio sobre mí
Preparo mi desayuno entre rezongos. La herida lleva molestándome desde que me levanté. Si no se me pasa, me temo que tendré que acercarme al ambulatorio para que le echen un vistazo.
Una serpiente de colmillos de hielo muerde mi estómago desde dentro.
Ayer me quedé dormida sin cenar. La cocina huele bien.
A café. Se ve que Esteban se acordó de comprar y preparó una cafetera esta mañana.
La jarra aún se mantiene caliente. Lo tomaré solo, claro que sí.
De esa manera puedo recrearme en el color negro.
Ese que me recuerda al de cierta mirada de cierta guía turística.
Ojos negros. Negros como el café. Gloria.
Pienso en ella al volcar el brebaje en mi taza.
Un gruñido se filtra por las costuras de mi ombligo.
A las serpientes no les sienta bien el ácido.
Engullo el pan tostado con fruición. Entre bocado y bocado, un par de pastillas.
Sí. Esta vez van a ser dos. El fluorescente de la cocina me guiña desde el techo.
Tal vez sea parte de un extraño ritual de apareamiento.
No le tengo miedo a la extrema palidez de las paredes.
No soy una persona miedosa, en general. Digamos que soy como el resto de la gente. Claro que hay cosas que me dan miedo.
La Casa Hueca guarda silencio. Calibra mis movimientos. Es tan paciente y calculadora como un maestro de ajedrez. Como la puñalada de una declaración de la renta que sale a pagar. A eso sí. A eso le tengo miedo.
La Casa Hueca. El niño que se perdió. Me gustaría indagar un poco más sobre todo esto.
Joder. Los puntos. Cómo duelen. No pierdo un minuto más.
Mientras me preparo para ir al ambulatorio pienso en matar dos pájaros de un tiro.
La doctora Rottenmeier. Seguro que ella puede contarme algo más sobre este misterio.
Sé que a Esteban no le resultará nada agradable que lo haga.
Y puede que me gane algún que otro insulto de la señora.
Pero cualquier cosa suena mejor que ser empalada por las lanzas del hastío.
Abro el portón. Esta vez no me despido de nadie.
Ni de Esteban, ni de la criatura ancestral que sostiene entre las garras los cimientos de la casa.
Hoy hace más frío que ayer. Nubes enroscadas como gusanos atiborrados de sangre sucia.
Alientos que acaban congelándose al poco de ser exhalados.
Hay sombras que se cruzan en mi camino, arrebujadas en sus abrigos, en proceso de hibernación.
Con ellas no soy tan indeseable como querría.
Hola, buenos días, señor. Hasta luego, señora.
Qué tal está usted, señor. Adiós, señora.
A la quinta, me canso. Y me enfado. ¿Qué les impide devolverme el saludo?
¿Por qué tuercen el gesto? ¿A cuento de qué esa expresión de no haber cagado en semanas?
Demasiadas miradas de desprecio sobre mí.
Lo sé. Claro que lo sé. No soy bienvenida aquí.
Lo saben. Claro que lo saben. La voz se ha extendido como un virus liberado en una sala de puertas selladas.
Todos me reconocen como la pareja del dueño de la Casa Hueca.
Demasiadas miradas de desprecio.
Suficientes para despojarme de remordimientos. Voy a empezar a comportarme como quiero. Como merecen.
Alguien está clavándome un punzón en la herida. Desde dentro.
Estoy frente al ambulatorio. Entro y me presento.
Con todos ustedes, la indeseable, dispuesta a que le hagáis una nueva cura mientras vuestras conciencias deciden juzgarla sin tener ni la más remota idea de quién es en realidad.
Un hombre bajito, con bigote frondoso y alopecia galopante, atiende el mostrador de recepción de enfermos.
No tarda en levantar su mirada hacia mí.
Dos colillas a medio apagar por pupilas.
Desgana a raudales. Comienzo a hablar, pero apenas tarda dos segundos en cortarme.
Odio eso.
El hombre extiende el brazo con la palma de la mano hacia arriba. La tarjeta sanitaria. Mierda. Se me ha olvidado en casa. Y lo último que me apetece es tener que discutir con él.
Discuto con él.
Cruzamos palabras malsonantes. Chocan como filos de espadas. Sus ecos chirriantes acaban disipándose en el insano entripado de miasmas que se respira en cada rincón de cada hospital de este condenado mundo.
—Hágala pasar de una vez, Gonzalo. La atenderé yo misma —ordena alguien desde una de las salas.
No me hace falta ver su rostro. Sé perfectamente quién es.
El hombre del bigote suelta todo el aire por la nariz.
Me señala el camino hacia la sala de curas.
Voy al encuentro de la señorita Rottenmeier.
Dudo por un momento si será buena idea ponerme en sus manos.
—Buenos días, doctora.
Un saludo más que se desvanece sin recibir respuesta alguna. Me ofrece asiento. Yo declino la invitación con cierto desdén. El olor a desinfección me embriaga. Ella se encoge de hombros y dice:
—Como ya le comenté, aquí somos profesionales, pero el personal de enfermería a nuestra disposición es bastante escaso. Así que, dígame, si es tan amable, qué puedo hacer por usted. Y, si es posible, sin gritos ni improperios.
—Son los puntos, doctora. Llevan molestándome toda la mañana.
—Los puntos, ya —responde sin mirarme—. Puede que estén infectados. Haga el favor de recostarse en la camilla.
Esta vez le hago caso. La doctora trastea en un cajón. Suenan tintineos metálicos. Sus movimientos la asemejan a un robot siguiendo órdenes de una programación que detesta cumplir.
Una luz cegadora comienza a arder con saña.
La silueta de la doctora se recorta ante el foco.
Estoy ante la típica escena de película de terror.
Yo soy la actriz protagonista. No me van a dar un duro por esta actuación.
Solo espero que salga bien y no haya que repetir la toma.
Y aunque dan ganas de salir corriendo, no puedo evitar lanzar la pregunta:
—¿Qué es lo que recuerda de la Casa Hueca?
La doctora se detiene en seco. El programa del robot se ha colgado.
Un rápido reinicio y vuelve a activarse.
Entre las manos, una especie de pinzas de afiladas puntas.
Se inclina ligeramente sobre mí. Su atención se enfoca en los puntos de la herida.
Las pinzas. Sostengo la mirada ante ellas.
Apenas le bastaría un mal movimiento para reventarme el globo ocular.
Malo para mí. Quién sabe qué sería para ella.
Su pulso es firme. Aproxima la herramienta. Más. Un poco más.
Un poco más.
Y dice:
—Hay preguntas que es mejor no formular, Lucía Jara.
Un poco más.
Y dice:
—¿Adivina por qué?
El hilo que sutura el trozo de piel se tensa.
Y dice:
—Porque puede hallar respuestas.
Un tirón. Y un estallido de dolor tras él. Fugaz.
Y dice:
—Pero las respuestas no son lo importante.
Repite el proceso. Tres veces más. Rápida, precisa, implacable.
Y dice:
—Lo importante es que a Él no le va a gustar que las conozca.