7. Esta casa es mía
Cuando empuño ese bisturí que raja mi propio cuerpo en canal, de arriba abajo, buceo en la hirviente sopa de entrañas que bulle en mi interior. Y me asaltan ciertos recelos.
—Solía venir aquí con mi padre los fines de semana. Mi madre ya no estaba.
Sospecho que soy lo peor. Una cabrona insensible. Un demonio.
—Bueno, estuvo hasta que dejó de estar. No recuerdo en qué momento fue. No… no recuerdo cómo era ella.
¿Qué puede haber más triste que olvidar cómo era tu madre? Nada. No existe nada más penoso que la evaporación de su recuerdo.
—Joder, Lucía. Si es que ni siquiera soy capaz de describir los rasgos de su rostro.
Pobre Esteban. El oleaje de su lamento apenas llega a lamer mi corazón. Vamos, que me resbala. Y entonces dejo de barruntar que soy lo peor. Que soy una cabrona insensible. Que soy un demonio. No, ya no son sospechas.
Son certezas.
—Dios —prosigue Esteban—. En fin. Lo que te estaba contando.
Solía venir aquí con mi padre. Los fines de semana.
Él me llevaba con los chicos que se reunían en la plaza del pueblo, metía un billete verde en mi bolsillo y allí me soltaba.
Y entonces caminaba con paso firme hacia la casa.
Hacia esta casa. Y se encerraba a escribir.
Quiero interrumpir el discurso. Varias veces. Hay preguntas que rompen contra mis labios calientes como la saliva de una boca ajena. Pero no lo hago. Aguardo. No voy a hacer lo que odio que hagan conmigo.
—Mi padre no fue como yo.
Varias veces.
—Vale, lo reconozco. Se parecía mucho a mí. Y no hablo del físico. Sus habilidades sociales no eran…
Suficiente. Hora de romper mi palabra. Pregunto:
—¿Qué habilidades, Esteban?
Hay cosas que no puedes callar. Salen solas. Estallan como el orgasmo que ojalá hubiera tenido hace un rato.
—Joder. No sé qué te pasa hoy, Lucía, pero tu puntería para alcanzar la yugular es más afilada que nunca. No, mi padre tampoco tenía ni puta idea de relacionarse con los demás. Igualito a mí. Pero hay algo en lo que éramos totalmente diferentes. Su carrera como escritor fue un auténtico fracaso.
—Ajá.
—Se obsesionó por completo con la escritura.
Pensaba que llegaría a labrarse un nombre.
A romper las listas de los más vendidos.
Y aunque estuvo muy lejos de conseguirlo, él perseveraba.
Hacía de esta casa su mundo, introducía las siete llaves en los siete cerrojos y las giraba una por una para asegurarse que nadie pudiese entrar mientras que perseguía a las musas, abismado sobre un papel en blanco y una máquina de escribir.
Cerrojos. Llaves. Un mundo al que nadie pueda entrar. Esteban transformándose en monstruo cuando eso ocurre. Dice:
—Pero un día sucedió algo terrible.
—Ya.
—Ese día, alguien penetró en su mundo.
—Esteban…
—Y todo cambió.
—Tú.
—Qué demonios…
—Fuiste tú el que provocó ese cambio.
—¿Cómo lo has sabido?
—Era obvio, Esteban. Espera. Espera un momento. Todo esto no será otra de tus historias de miedo, ¿verdad?
Una mirada de lobo ante el cazador que ha masacrado a su manada.
Eso es lo que me dedica el escritor. Una vez más, siento ser así.
Siento escupir gotas de maldad con cada palabra.
Diría algo más, pero me guardo un poco de ponzoña para más adelante.
En su lugar, hago un gesto con la barbilla para que prosiga.
—Yo era un niño raro. Entre semana era el calladito del pupitre del fondo de la clase.
Un friki, tal y como me decían mis compañeros.
Cuando llegaba el fin de semana, nos veníamos aquí.
Cada vez que mi padre me arrojaba a la jauría de niños que pululaban por el pueblo, notaba algo distinto.
No es que hablara demasiado con ellos, la verdad, pero mis sensaciones no eran las mismas que en el colegio.
Los del pueblo me aceptaban. No se metían conmigo.
Bueno, solo un poco. Yo no jugaba con ellos, pero les hacía compañía, por así decirlo.
Qué otra cosa iba a hacer. Hasta que un día, no sé a cuento de qué, me vine arriba.
Quise cambiar las cosas de una maldita vez.
Empecé a jugar con ellos. A la pelota. Al escondite.
A otros juegos propios de aquí que no conocía.
Socializaba de alguna manera. Todo aquello resultaba aterrador para mí, entiéndeme. Yo era un friki.
Me relamo antes de soltar:
—Aún lo eres.
Y Esteban, por mucho que se acuerde de mis ancestros sin alzar la voz, sonríe conmigo.
—Aún lo soy. El caso es que acabé cogiendo confianza con ellos.
A veces, cuando mi padre iba a la ciudad a comprar, ellos venían a la casa.
Aquí jugábamos al… —Se detiene. Duda. Y acaba diciendo algo que no es lo primero que quería decir—.
Al escondite. Un día, un chaval se tomó muy en serio el juego. Demasiado.
—¿Se escondió?
—Claro que se escondió. Y nunca lo encontramos.
Nadie pudo hacerlo. La alarma se propagó con rapidez.
El chaval se había esfumado. No quedaba ni rastro de él en toda la casa, ni en los alrededores, ni en ningún rincón del pueblo.
Pasó lo que tenía que pasar. A mi padre le cayó encima una auténtica tormenta de acusaciones.
Muchos aseguraban que era un tipo raro que no se relacionaba con nadie.
Hubo rumores de que había matado al niño y ocultado el cadáver. No sé cómo pudo pasar.
Menuda chapa, Esteban. El caso es que todo esto me suena de algo. Dónde…
—Dejamos de venir —continúa él—. Mi padre puso la casa a la venta, pero no aparecieron compradores. Ya ves. Como si estas paredes tuvieran la culpa de algo. Cuando murió, pensé en reformarla y aprovechar el tirón del turismo rural.
Espera. Ya lo tengo.
—Esteban. Te pregunté antes si todo esto era una de tus historias.
—Y te dije que no. Ocurrió de verdad.
—Pero lo acabaste usando en La Casa Hueca.
—Correcto. Una de mis aburridas novelas, ¿no es así?
Un niño desaparecido. Un niño, joder. La seducción del morbo más perverso. Una vida cortada de raíz como moneda de cambio. ¿Cómo esperas que nos reciban después de eso?
¿Cómo esperas que seamos bienvenidos en el pueblo?
—Hay una cosa que… —Un eco palpitante se apaga entre mis húmedas oquedades.
El deseo se vuelve del derecho. Regresa el amargo regusto de la repulsión—.
Te conozco, Esteban. Puedo entender que sacaras partido a tu terrible pasado.
Pero hay una cosa que no me entra en la cabeza.
¿Cómo has podido…? ¿Cómo puedes seguir viniendo aquí, a esta Casa Hueca, después de todo aquello?
Asoma una sonrisa de nicotina entre la tupida barba.
El índice y el pulgar de la mano derecha recolocan las gafas sobre el puente de la nariz.
Extiende el brazo hacia la mesa de noche.
El paquete de cigarrillos. El mechero con dibujos de calaveras.
Un chasquido. Brasas que se encienden y apagan.
El humo venenoso le difumina los rasgos del rostro.
La lengua, esa que aún sabe a mí, humedece los labios.
La pose. La pose de «me la suda el mundo».
Esteban no actúa. Le sale natural lo de parecer un hijo de puta.
—Esta casa es mía, ¿entiendes? Mía. ¿Por qué no iba a venir? Tú misma lo has dicho, Lucía. Soy un puto escritor de novelas de terror. A la gente como yo no nos achanta una casa que se traga a los niños.