La casa hueca 6. Un puto escritor de novelas de terror
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6. Un puto escritor de novelas de terror

Siento el abrazo en torno a mi cintura de escarcha. No es tan fuerte como él cree, aunque eso es lo de menos. Me dejo atrapar. Su gesto cansado se hunde en el fondo del espejo. Tras la espesa barba, una sonrisa se agita como si estuviera ahogándose entre arenas movedizas.

—¿Qué haces aquí sola y desnuda? —dice con voz de caverna profunda.

Un movimiento seco, brusco, hostil. Esa es mi respuesta.

Me deshago de su presa. Sin desplazarme de la fría losa del baño, giro sobre mis propios pies hasta que me enfrento con él.

Cara a cara. Atravieso el cristal de sus gafas.

Me estrello contra sus ojos enrojecidos.

Hay una pátina de repulsión en mi paladar.

Es amarga. Mientras nado en el blanco sucio de esclerótica, susurro:

—No sé. Dímelo tú. Tú eres el escritor.

Pero el escritor calla. Renuncia a su arma más mortífera.

Hay algo que suena. Que se enfrenta a la quietud de esta casa congelada.

Un ruido agudo. Un clic. El interruptor de encendido.

La mecha prendida por un fogonazo. Apenas recordaba este momento.

El tiempo amordaza los recuerdos con vendas opacas.

Ya no hay palabras. El escritor no escribe. La actriz no actúa.

Estoy encima de él. Y él sobre la cama deshecha.

No sé cómo hemos llegado hasta aquí. Y qué importa.

La repulsión vuelta del revés. La ropa ausente.

La saliva queriendo ser segunda piel. El sudor como bisagra entre nuestros cuerpos.

El lenguaje del gemido. La mecánica de los fluidos.

El secreto de unos labios adoptando miles de formas.

La cuenta atrás hacia la explosión. Todo eso.

Todo eso es lo que importa.

El momento pasa. Quién sabe cuándo volverá. Esteban ha explotado. Yo he perdido el rumbo durante la cuenta atrás. Un clásico.

Ahora me concentro en respirar. No porque necesite el oxígeno.

Mi objetivo no es otro que absorber la mezcla de olores.

Clasificarlos en carpetas cuya última fecha de modificación se grabó hace demasiado.

Esteban descansa boca arriba. Su prominente barriga sube y baja.

Tiene la mirada prendada de alguna musaraña.

O de la mancha de humedad propia de la sierra que se abre paso por el techo.

O de un fantasma desgraciado con problemas de orientación.

Y aunque sé que le encanta dormirse después del sexo, no se lo voy a permitir.

—¿Cómo llevas la novela?

Esteban sigue boca arriba.

—¿A cuántos vas a matar esta vez? ¿Uno? ¿Cinco? ¿Veinte?

La barriga sube y baja.

—¿Cuándo vas a contarme de qué va?

No conoces a tu pareja hasta que sabes con certeza cuándo duerme y cuándo finge hacerlo.

—Hoy fui a dar una vuelta por el pueblo.

Hay reacción. El aire sale en un bufido por las fosas nasales. Ya sé qué significa eso.

—Me he encontrado con la doctora que ayer me atendió en el ambulatorio.

Significa disconformidad.

—Y me ha dicho algo que no deja de martillearme la cabeza.

Como si yo no estuviera disconforme con él. Al completo.

—Sus palabras fueron…

—Me importa una mierda lo que te haya dicho, Lucía.

—Esteban me deja a medias. Otra vez—. No puedes creerte todo lo que te cuentan.

—Habla sin cambiar de postura. Sus descuidados músculos, aún fatigados por la faena, rehúsan el movimiento—.

Y menos si es alguien a quien no conoces de nada.

—Mira al techo como si se dirigiera a la puñetera musaraña—.

Por mucho que fuera la persona que ayer hiciera ímprobos esfuerzos por salvarte la vida.

O a la mancha.

O al fantasma.

—Odio que no me dejes terminar, Esteban. Parece mentira que no lo sepas.

—¿Y quién dice que no lo sepa?

Con un esfuerzo sobrehumano, Esteban utiliza el brazo derecho y el tenue impulso de las caderas para girar sobre el costado. Cada vez tengo más claro que Dalila se complicó la vida cortándole el cabello a Sansón. Le habría bastado con tirárselo para quitarle toda la fuerza.

—Después de, como tú bien has dicho, esforzarse por salvarme la vida —y guárdate la ironía donde te quepa, gilipollas—, la doctora me dijo que no soy bienvenida en este pueblo. Algo me dice que tú sabes por qué ha dicho eso. Así que no estaría de más que me contaras qué está ocurriendo aquí.

Esteban vuelve a resoplar. A este paso se desinflará como una pelota hinchable. Aunque para que eso sucediera tendría que resoplar mucho, mucho.

—Primero cuéntame tú para qué fuiste a buscar buitres al bosque con un niño de la mano.

Otra vez. Ya se lo conté ayer.

—Ya te lo conté ayer.

—Por supuesto. El niño te embaucó con gestos para que fueras a ayudarlo a liberar un conejito atrapado en una trampa de cazador. En serio, Lucía, ¿qué sentido tiene eso?

—Pues seguro que tiene mucha más lógica que alguno de tus libros. Y más emoción, añadiría.

Si me lo propongo puedo ser una hija de puta. Lo sé. Conozco mis fortalezas. Y mis debilidades. También llevo bien aprendidas las de mi rival. No me muevo nada mal en el fango.

—Mira, Lucía…

—La doctora. —He roto su guardia. Es el momento de atacar—.

No soy bienvenida aquí. Esas palabras siguen flotando en mi cabeza, Esteban.

No dejo de darles vueltas. De imaginar qué demonios habrás hecho para que a ti y a mí nos miren como si fuéramos criminales.

Cada cosa que pienso me aterroriza más que la anterior.

Así que lo mejor es que me digas la verdad.

Regresa a su posición. Así no tiene que sostenerme la mirada mientras habla. Y así veo de nuevo el perfil montañoso que forma su barriga.

—Todos los pueblos tienen memoria, Lucía. Lo que te voy a contar… —Más bufidos. El aliento que exhala dibuja una calavera invisible sobre su cabeza—. Tal vez tenía que habértelo contado antes de venir aquí.

—Tal vez —replico con toda la ironía que soy capaz de conjurar.

—Ya. Es un poco… extraño.

—Esteban, llevo años a tu lado. Al lado de un puto escritor de novelas de terror. Estoy acostumbrada a las cosas extrañas.