5. Tan inerte
Sé que hace frío en esta casa, aunque apenas lo noto.
Estoy en el baño. Hay una mujer que me observa desde el otro lado del espejo.
Está desnuda. Un destello azulado le barniza la piel.
Su temperatura debe ser tan baja como la de un cadáver.
Venas transparentes, tuberías oxidadas por las que un día circuló gasolina.
El brillo de su mirada es el corazón de un anciano que se pudre en un asilo.
El recuerdo de las sobras de un fuego fatuo.
Un letrero mal escrito que nadie lee al pasar junto a él.
Sé que hace frío en esta casa.
Observo mi figura reflejada en el espejo del baño.
Tan desprovista de sentimientos como yo.
Tan inerte.
La melena rojiza contrasta con la lividez aullante del rostro.
Podría despeinarla. Revolver su cabello desmadejando el mío.
Sé que la mujer del espejo, esa que se parece tanto a mí, hará lo que yo haga.
Es mi marioneta. Extiendo mis rígidos dedos y los introduzco entre las fibras de cobre.
Así puedo ocultar los puntos que cosen la piel alrededor de mi ceja.
Tal vez me deje una bonita cicatriz.
Ahora quedaría bien decir que no sería la primera. Que tengo muchas más. Que no se pueden ver. Que están dentro. Muy dentro. Que tengo el alma plagada de ellas. El alma, o como coño se llame eso que nos intoxica desde el interior.
Un calcetín mil veces remendado.
Si alguien me preguntara por esas cicatrices, podría decir que mi madre murió en el parto.
Que, después de la tempestad, mi padre se encerró en sí mismo.
Que fue perdiendo la cabeza poco a poco.
Que acabó internado en una residencia tan cara y tan vigilada que un día amaneció con el cuello roto, colgado de una viga, sofocado por las sábanas de su opulenta cama.
También podría decir que no puedo deshacerme del recuerdo de mi tío.
Que tengo clavados todos los días que vino a visitar a su hermano.
Que, con la excusa de cuidarnos, aprovechaba para aparecer en mi cama por las noches.
Que un día me cansé de juegos y acabé empujándolo por las escaleras.
Que, tras el brutal golpe, le escuché gritar que yo era el mismísimo demonio.
Que jamás lo vi de nuevo, tal vez porque murió en la propia caída.
Que, por miedo a que regresara del más allá, nunca volví a dormir tranquila.
Que eso pudo ser la cerilla que prendió mis enfermedades. Mis traumas.
Puede que me apeteciera deshacer los remiendos del calcetín. Dejar correr toda esa sangre negra que lleva años envenenándome.
Si alguien me preguntara por esas cicatrices.
Si alguien me preguntara, podría actuar. Inventarme una vida bañada en amoníaco, poner en marcha el clásico papel impostado que arrastra decenas de traumas como las cadenas de un penitente.
Pero no tengo esa necesidad. Porque nadie pregunta. Ni siquiera la mujer del espejo.
El espejo. Los puntos. La piel alrededor de la ceja. Duele. Tras la piel, un volcán de punzadas que sobrevienen a traición.
Abro el bote de pastillas. La marioneta me imita.
Deposita un par sobre la lengua. Tuerce el gesto al notar el extraño sabor picante que dejan en el paladar.
Traga. Casi puedo ver las pastillas a través de su fina piel.
Recorren la garganta. Se dirigen al estómago para expandir la droga por todo el cuerpo.
Qué hija de puta. Está tan enganchada como yo.
Yo.
Yo estoy desnuda. Un destello azulado baña mi piel. Sé que hace frío en esta casa. Apenas lo noto.
Tan inerte.
Y, de repente, aparece el calor.