La casa hueca 4. Usted no es bienvenida aquí
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4. Usted no es bienvenida aquí

Nada parece cambiar en la plaza del pueblo.

Adultos intercambiando los mismos chismes de cada día.

Ancianos que observan la vida tras el nublado cristal de los ojos ya agotados, escudriñando, como si trataran de calcular torpemente el tiempo que les queda.

Niños aquí y allá, y aquí de nuevo. Que juegan a una insólita variante del fútbol, patean una especie de pelota recubierta de trapos manchados y pugnan por ser el que más molesta de todos.

La plaza es un enorme lienzo grisáceo donde cada día se proyecta un metraje inacabable de monotonía.

Me moriría antes de unirme al casting de esta insulsa película.

Mi banco preferido vuelve a estar libre.

Ni que lo tuviera reservado. Tomo asiento y, desde allí, le hago señas a Pico para que se acerque: «Ven aquí, chaval».

Y el chaval viene. No ofrece resistencia.

Al contrario. Un destello de luz parece bañar su rostro nada más verme.

Él, como la plaza, está exactamente igual.

Ropas llenas de parches y agujeros, la mugre repartida de forma caprichosa por múltiples retazos de su piel, el volumen de su voz erradicado para siempre.

—Buenas tardes, Pico. Siéntate aquí conmigo un rato. Eso es. Oye, vaya susto el que nos llevamos ayer, ¿no?

La sonrisa de pillo le delata. Estoy segura de que lo tenía todo preparado.

—Así que a ti también te gusta actuar. Tal vez te lleve conmigo y te convierta en estrella de cine.

¿Te gustaría, Pico? Seguro que ya estás aburrido de hacer siempre lo mismo.

De darle patadas a una pelota de mierda.

De ensuciarte en el bosque mientras esquivas buitres y trampas de caza. ¿Te gustaría salir de aquí?

—No debería hablar así de mi pueblo.

Obviamente, la voz que ha irrumpido de la nada no pertenece a Pico.

—Oh. —Titubeo—. Es usted. Bue… buenas tardes.

—¿Cómo lleva esa herida? ¿Le está fastidiando mucho?

La voz pertenece a una mujer madura, alta, escuálida. Tiene el cabello recogido en un moño y los ojos descolgados, como hastiados de tanto abismarse en el vacío.

—No va mal. —Mis dedos acarician la costura en mi piel. Al hacerlo me asaltan imágenes del buitre, como si me hubiera colocado unas de esas gafas modernas de realidad aumentada. Cosas mías, supongo—. Muy agradecida por cómo me atendieron, doctora.

—No hay nada que agradecer. Somos profesionales. Bastante bien para trabajar en el ambulatorio de esta basura de pueblo, ¿verdad?

El timbre de su voz me suena tan severo como el de mi antigua profesora de matemáticas. Solo falta que me saque a la pizarra como castigo.

Pico se acerca a la doctora. El gesto del pequeño es una elegía. Ni rastro de aquella sonrisa pícara. Si no fuera porque es imposible, apostaría a que sus ojos, su nariz, su boca, todo el rostro se va a derretir sobre el regazo de la mujer. Una máscara de cera expuesta al calor.

Ella no se inmuta. He visto témpanos de hielo latir con más fuerza. Inclina la mirada hacia mí. Y pregunta:

—¿Qué le trae por aquí?

Quién coño se ha creído. Que qué me trae por aquí. ¿Y a usted qué le importa? ¿Acaso se cree que el rollo de señorita Rottenmeier me intimida? Que su equipo de enfermería me cosiera el agujero de la ceja no les concede acceso a mis propios intereses. No pienso soltarle ni una sola palabra.

—He venido con mi pareja —suelto—. Esteban, ya sabe, es escritor.

Lleva tiempo en busca de un lugar tranquilo para acabar su novela.

Por eso decidimos venir y quedarnos en su casa, aprovechando que no la tiene alquilada en estos momentos.

Y en cuanto a mí, bueno, no tenía ningún proyecto a corto plazo, así que, mientras tanto, aprovecho para descansar y conocer el pueblo.

Nada. No mueve un solo músculo. La pose imperturbable no varía ni cuando Pico recupera su rostro descompuesto y, tras mirarla entre lágrimas de culpabilidad, sale corriendo hacia el centro de la plaza.

—¿Cómo se llama? —pregunta ella.

—¿Perdón?

—Usted. Que cómo se llama.

No pienso revelarle mi nombre.

—Lucía —contesto.

—Lucía, ¿qué más?

Ni de coña voy a decirle mi apellido.

—Lucía Jara —suelto al fin.

—Ya lo sabía.

—¿Cómo…?

—La atendimos ayer, ¿recuerda? Los datos quedan registrados mediante la tarjeta sanitaria. Y yo no olvido.

Mierda. No sé explicarlo, pero hay algo. Aquí, ahora, frente a mí, encarnado en esta mujer que parece haberla tomado conmigo.

Aquí. Hay. Algo.

No acierto a describirlo. Oscuro, extraño, malicioso. Lo percibo. ¿Serán sus ojos? Sí. Sí, son sus ojos. Caídos. Desorbitados. Que quieren descamarse de las viejas cuencas. Ojos supurando maldad. Segregando una sustancia que podría contagiarme algún mal al que no me atrevería a poner nombre.

—Percibo su inquietud, Lucía Jara. Está deseando marcharse, lo sé.

Pero antes de que lo haga, déjeme decirle una cosa.

Usted… —Las pupilas, Dios, las pupilas de la señorita Rottenmeier, borrosas, apenas manchurrones pintados por algún artista desquiciado, desaparecen por un momento, solo por un fugaz instante, antes de volver a centrarse entre el blanco de los ojos—.

Usted no es bienvenida aquí. ¿Y sabe por qué?

No sé si quiero saberlo.

—Porque este pueblo, esta basura de pueblo, tampoco olvida.

Pero lo necesito.