3. Yo no me llamo Gloria
Malditas agujas de luz.
Pienso en la bestia. Su silueta gigantesca, imponente, cruzando el cielo con decisión.
Entre las hediondas garras se agita una desgraciada criatura que parece resistirse a asumir su condición de presa.
La bestia extiende las alas. Planea en dirección a su guarida.
Y por más que sepa que no es otra cosa que un ave rapaz, pienso en dragones.
Como si yo misma conociera la apariencia de un dragón.
Como si hubieran existido alguna vez más allá de los sueños.
Estoy despierta.
Hay una tentación que no deja de rozarme con dedos de bruja. ¿Y si mi aventura con el dichoso buitre no ha sido real? Me dejaría seducir con gusto por tan exótica idea si contara con la habilidad de soñar. Ojalá. Pero no es así. No fue un sueño. Ocurrió. Ocurrió de verdad. Tengo pruebas.
Pruebas que duelen.
Al palparme la ceja noto los puntos, aún frescos.
Entrecierro los ojos al sentir el escozor de la herida.
Y si escuece es porque se está curando. Eso decía mi abuela.
Abro el botecito de pastillas que me recetaron ayer.
Analgésicos. Uno cada ocho horas. Dos en caso de que el dolor me esté jodiendo más de la cuenta.
En este pueblo hay fibra óptica y un ambulatorio muy solvente. Como para quejarse.
Engullo la pastilla con un poco de agua.
Cuesta tragar. Debe ser porque en la garganta se me acumulan unas cuantas preguntas para Esteban.
Sé que ayer no era el día de hacerlas. Después de la fallida excursión y del percance con el buitre estaba reventada.
Tras volver del ambulatorio, solo quería que la cama fuera una gruta infestada de murciélagos que me tragase por unas cuantas horas.
Hoy me encuentro mejor. Pero aquí, en la gélida habitación, solo hay sábanas a medio enfriar, un colchón desaprovechado, un armario de Ikea que no deja de acumular humedad y una persiana que sigue sin cerrar del todo.
Es la misma historia que ayer. La misma que acontecerá mañana.
Un guion atrapado en un bucle del que no parece sencillo escapar.
Esteban también cumple su papel. Si agudizo el oído, tal vez logre escuchar el ritmo desigual de los dedos mientras descargan sobre el teclado.
Podría subir. Interrumpir su sagrada concentración. Entrar sin previo aviso en su mazmorra. Presentarme despojada de ropa y pertrechada de deseo. Despejar sin miramientos la mesa de trabajo. Trabajar su sexo encima de él.
No suena mal. De hecho, suena de puta madre.
Pero esa fantasía no puede hacerse realidad.
Y lo sé gracias a un puñado de recuerdos que me asaltan como fotos recortadas a punzón y pulso rabioso.
Recuerdos que no son más que advertencias.
No hagas eso, Lucia. No lo interrumpas. Ya lo has hecho alguna vez. Conoces las consecuencias.
Porque todo el mundo debería saber lo que ocurre cuando se molesta a un escritor en pleno proceso creativo.
El tiempo se detiene, la realidad se resquebraja, la temperatura desciende.
Y la concentración, la sagrada concentración del escritor, salta por los aires en infinitos pedazos.
Pedazos que se reconfiguran, que adquieren la forma de nubes de tormenta, de grietas que rasgan la tierra, de puertas abiertas de par en par al mismísimo infierno.
Así que no. No voy a interrumpirlo. Y eso que me muero de ganas de hacerlo, aunque sea por el mero placer de fastidiarle. Pero no. Mi exhaustiva lista de preguntas tendrá que esperar. Toca pensar en otra cosa. Aprovechar el día, por ejemplo.
Ayer fui abatida por un buitre negro. Quién sabe qué clase de fatalidad puedo conjurar hoy.
Abro el armario. Siento la bocanada de humedad.
Elijo otro chándal. Me calzo de nuevo las mismas zapatillas.
Salgo por la puerta para que todo vuelva a empezar.
Un sol radiante vigila mis pasos. La brisa afilada muerde con dientes recién empastados.
Piedras en el suelo dibujan una ruta indescifrable.
Balcones alcahuetes deseando contar todos los secretos de las alcobas que guardan con celo.
Cuestas. Cuestas por todos lados. Acabaré poniéndome en forma.
No me olvido de Pico. Él también me debe unas cuantas respuestas. Y me las va a dar. Claro que me las va a dar. Sea como sea. Pero lo primero es lo primero. Existe una necesidad aún más acuciante que localizar al niño mudo.
Café.
No quedaba café en casa. Podría acercarme al supermercado, pero me da pereza tener que regresar luego y preparármelo.
A ver. Recuerdo que, no hace mucho, pasé por delante de una cafetería.
No es que la orientación sea una de mis virtudes, pero esta vez he tenido suerte.
Han bastado unos cinco minutos de caminata y un par de carteles indicadores para acabar frente a su terraza.
Punto de encuentro. Así se llama el establecimiento.
El nombre es una declaración de intenciones.
El interior está atestado de guiris de mejillas sonrosadas.
Mi mente creativa les agrega gruñidos de cerdos.
Y eso que me apuesto una pierna a que les encanta el jamón que se sirve por aquí.
En fin, opto por quedarme fuera. Hay mesas libres en la terraza.
Hace bastante fresco. Mejor eso que luchar por las migajas del aire que deja la piara extranjera.
Mientras el camarero se acerca, se me ocurre que voy a arriesgar.
Pido un café solo. Total, no puede ser mucho peor que sufrir el ataque de un buitre muerto de hambre.
Toma nota de la comanda con gesto adusto.
Como si le fastidiara tener que atenderme.
Me pregunto si habrá detectado que no soy de aquí.
Yo misma hallo la respuesta tras un rápido cálculo mental.
En el pueblo viven unas mil personas. A poco que el buen hombre tenga buena memoria, ya habrá deducido que estoy de paso.
Ya regresa el camarero. Al menos sirven rápido.
Trae un platito con un vaso que contiene el café más negro que pueda recordar.
Mala cosa lo del vaso. No me apetece quemarme las yemas de los dedos.
Deposito un par de terrones de azúcar en su interior.
Se evaporan al instante. Suspiro. Cierro los párpados para hacer tiempo. Al abrirlos de nuevo, algo ha cambiado.
—Hola —saluda una voz—. Eres guiri, ¿verdad?
Una chica ha aprovechado mi ceguera temporal para sentarse en mi mesa. Tiene el pelo corto y oscuro. Ojos grandes, negros como carboncillos. Como el café. Negros y, diría, tristes. Y una enorme sonrisa que contradice tal adjetivo.
Contesto:
—Digamos que mi casa está bastante lejos de aquí.
—¡Qué joía! Si es que se os pilla a la primera. Me llamo Gloria. ¿Y tú?
—Yo no.
—Tú no, ¿qué?
Sonrío.
—Que yo no me llamo Gloria. Si quieres venderme algo, hazlo rápido para decirte que no.
—Vaya —responde la chica con cierto halo de decepción. Saca una pitillera del bolsillo y se enciende un cigarro—. Encantada, mujer que no se llama Gloria. Claro que quiero venderte algo. Todos lo hacemos. Una olla programable, una hipoteca, un viaje, una idea, una parte del cuerpo. Lo que sea.
—¿Y qué vendes tú, Gloria?
—Pues vendo mis enormes conocimientos sobre este pueblo, si así puede decirse. Soy guía turística. ¡Accedan a los mejores miradores! ¡Degusten los manjares más exquisitos! ¡Sorpréndanse al descubrir los secretos más recónditos de este lugar escondido entre las montañas!
Observo a Gloria, la chica de los ojos de café. Su descaro lo impregna todo, pegajoso, como resina sobre la piel. Me llega el denso aroma del humo. No es un cigarro lo que fuma. Es un porro.
—Muy bien. —Me encojo de hombros—. Es una pena que no lleve suelto. Será que últimamente no vendo nada y por eso no tengo ni un duro.
—Espera. Déjame que adivine. Eres abogada.
Suspiro. Ojalá. Así podría inventarme cualquier demanda contra Esteban y sacarle algo de pasta.
—Vale, me he equivocado. No eres abogada. —Ahí vuelve otra vez—. Pero sí artista. —Pongo los ojos en blanco—. Pintora. Te has venido a las montañas por aquello de las musas.
—Casi, pero no. Soy actriz.
—Pues eso, lo que yo decía. Artista. Por cierto, mujer que no se llama Gloria, déjame proponerte algo.
—¿El qué?
—Una adivinanza.
Le gusta jugar. Qué ilusión. No recibía una propuesta tan excitante desde aquel tipo del callejón sucio que hay detrás de la facultad. Bueno, eso sin contar la aventura con el buitre, claro.
—¿En serio?
—En serio —insiste ella—. Allá va. Nadie como yo te quitará el sueño. Para eso debes sumergirte en mi pozo de negrura. No tardes o me enfriaré. ¿Qué soy?
Ha sido escuchar pozo de negrura y pensar en mi presente laboral. También podría haberlo relacionado con la mierda de futuro que me aguarda junto a Esteban. Sin embargo, por lo que sea, me voy a quedar con Gloria. Con el extraño abismo que se abre en sus pupilas.
—Ni idea. ¿Algo sexual?
Ella cruza los brazos, baja la mirada y apunta con la barbilla hacia el centro de la mesa.
—Tu café. Frío no, congelado. —Se levanta de súbito con la sutileza de quien se arranca una uña medio rota de cuajo—.
Y aunque me encantaría seguir jugando, me temo que ha llegado la hora de largarme.
Ahí dentro me esperan un par de familias numerosas de alemanes.
Arden en deseos de que les relate los extraños misterios que embrujan a este pueblo.
Y eso es peligroso. Imagínate que me lío y acabo invocando a una deidad antigua por culpa de mi horrible pronunciación.
—O a un buitre. —Me señalo con un dedo la herida de la ceja—.
Esto de aquí se lo debo a cierto pajarraco de la sierra.
Me puse a jugar con un crío que encontré en la plaza del pueblo y me llevó allá arriba, donde empieza el bosque.
Allí vi a un pobre conejo medio muerto. Y de repente, ¡bum!
El buitre salió de la nada y me tumbó al suelo.
Culpa mía, claro. A quién se le ocurre meter las manos en la comida.
De todas formas, los buitres deben ser mucho más peligrosos que esas deidades de las que hablas.
Gloria abre los labios. Un fino hilo de saliva los mantiene unidos.
La abertura se ensancha hasta que el hilo se quiebra.
Un rápido pestañeo la delata. No encuentra las palabras adecuadas para responderme.
O tal vez prefiere callarlas. Su boca vuelve a cerrarse.
Le pega una última calada al porro antes de desecharlo.
Aparta la mirada, suelta todo el humo y termina apretando los labios.
—¿Ocurre algo? —aventuro.
Traga saliva. Se agitan su cabeza, el cabello corto y la sangre en sus venas.
—No ocurre nada. —Claro que sí—. ¡Se me hace tarde! —Ya—. Me voy.
—Pues que tengas suerte con tus invocaciones, Gloria. Supongo que nos veremos otro día por aquí.
—Auf wiedehersen, Frau, deren Name nicht Gloria ist.
Siempre pensé que el alemán es un idioma en el que todas las frases suenan a insulto. A pesar de ello, creo que la chica me cae bien. No destila el olor a estupidez que parecen compartir la mayoría de habitantes del pueblo. Y eso ya es mucho decir.
Doy un sorbo a mi taza. El café es tal y como esperaba. Puro veneno.