2. El bosque que susurra #2
No contesta. No puede hablar. Sin embargo, Pico no permanece impávido ante mis ataques de curiosidad. Por toda respuesta, una sonrisa traviesa. Desconozco el final del laberinto. Algo me dice que me va a sorprender. Y eso me excita. Me excita tanto que niego mi propio cansancio.
Una estrecha callejuela de guijarros da paso a un descampado que dibuja una caprichosa forma ovalada.
Somos alimentos a medio masticar. Humedecidos por fuera y por dentro, desembocamos en un gigantesco estómago repleto con el mismísimo vacío.
En la linde del descampado se levanta una infinita barrera de pirámides apoyadas unas en otras.
Un ejército de centinelas de hojas punzantes entona un misterioso murmullo con ayuda de los vientos.
Deben ser árboles típicos de la región. Desconozco su nombre.
—Ese bosque parece susurrar —digo, y aunque no me dirijo a nadie en particular, ni siquiera a mi nuevo amigo, lo hago en voz alta, como si estuviera declamando durante una de mis actuaciones—.
Todos esos árboles forman parte de un organismo superior.
Un monstruo de piel oscura y hedionda, decorado con espantosas deformidades ocultas bajo su abrigo de hojas verdes.
Debe de llevar mucho, mucho tiempo así, susurrando, y lo seguirá haciendo hasta cansarse.
Y cuando eso suceda, porque, créeme, lo hará, su queda voz multiplicará su fuerza por mil hasta conjurar un grito.
Un grito que será una frase.
Una frase en forma de amenaza.
Esta tierra es suya. Eso gritará.
Y el grito, la frase y la amenaza colgarán del viento como cuelgan los pies muertos de un ahorcado al balancearse sobre una rama tan podrida como su propio corazón.
Alguien me tira del brazo. Pico está pálido. Y reclama mi atención. Y niega con la cabeza. Igual me he pasado con mi discurso. Pobre chaval. Yo solo estaba jugando. Una vez más. Jugaba a interpretar un papel imaginario. Llevo tanto sin actuar que lo echo de menos.
O tal vez esté equivocada.
Porque, pensándolo bien, ocurre todo lo contrario. Llevo mucho tiempo actuando. Demasiado.
Días, semanas, meses, incluso años encarnando un papel anodino cuyo guion lo dicta la rutina, esa rutina pegajosa de la vida en pareja, ese tirar para adelante sin hacerte preguntas porque te da miedo ser tan valiente como para pensar las respuestas.
Podría contarle mis dramas al chaval, pero no quiero torturarle más de la cuenta. Así que lo que hago es preguntarle:
—¿Vas a decirme de una vez para qué me has traído aquí?
Pico se encoge de hombros. Sigue agitado.
Y tirándome de la manga. Accedo. Me dejo llevar.
Pasos firmes en dirección a la primera línea del ejército de pirámides.
Algo me llama la atención. Hay una brecha.
La barrera de troncos de madera gris deja entrever un hueco por el que puede accederse al interior.
Qué pretendes, niño. Qué quieres que vea en el bosque.
Nos detenemos a un par de palmos de la frontera.
La temperatura desciende por momentos. La grieta escupe un aire cortante, afilado como el instinto de un depredador.
Huele a hierba, a tierra mojada y a excrementos.
La canción del viento entre las ramas alcanza notas agudas.
Sintetizo en mi mente la imagen de una mujer que se debate entre el éxtasis del placer y la agonía de la muerte.
En el suelo, junto a un montón de piedras coloreadas por el musgo, veo destellos metálicos y algo que no deja de moverse entre ramalazos rojizos.
Pico da un brinco. Los nervios deforman la repugnante piel de su rostro. Señala con insistencia. Las piedras. El musgo. El metal. Lo que se mueve.
Me agacho. Es un animalillo atrapado en una trampa de caza.
Un conejo. Está malherido. Pestañeo. Nunca he tenido una especial sensibilidad por los animales.
Es un simple conejo, por Dios. Siento que las lágrimas encharcan mis ojos.
No es por pena. Poco me importa el animal.
Es el viento. No deja de soplar. Fuerte.
Despiadado. Me hace entrecerrar los párpados. Menos mal que aún los conservo.
—Así que esto era lo que querías enseñarme —farfullo entre bocanadas de aire—. Todo para que te ayudara a sacar a este pobre conejo de la trampa.
El animal se agita entre espasmos. Diminutas gotas de sangre se esparcen a su alrededor. Lo único que consigue es que el filo de las cuchillas se hunda más y más en la carne. Lo mejor sería disfrazarme de verdugo. Partirle el cuello. Preparar un buen guiso con él.
Pico continúa haciendo señas.
—¿Y ahora qué ocurre?
El niño abre los brazos. Los extiende todo lo que puede.
Como un crucificado. No. No es eso. Los mueve.
Está agitando los brazos, hacia arriba, hacia abajo.
Cambia de nuevo la gesticulación. Junta los cinco dedos de la mano derecha, se los lleva al rostro, los coloca justo delante de la nariz.
Pico. Pico. Pico. Se repite a la par que consume mis reservas de paciencia.
Me pongo nerviosa. Tengo unas ganas tremendas de gritarle.
De alzar la voz para que deje de andarse con rodeos.
Pero no. No voy a hacerlo. No es más que un niño. Un pobre niño mudo.
No voy a hacerlo.
—¡Ya está bien! —grito—. ¡Deja de moverte y dime qué coño te pasa!
El niño deja de moverse.
Y señala hacia arriba.
Apenas tengo tiempo de alzar la mirada antes de que una pesada mole impacte contra mí.
Pestañeo.
La tierra me recibe. Es oscura, húmeda y dura.
Pestañeo.
Una sarta de gemidos me acompaña mientras trato de recuperarme de la caída.
Pestañeo.
Hay voces que se pisan unas a otras. Niños, muchos niños. ¿De dónde han salido? Me cuesta entender qué quieren decir.
Pestañeo. Todo ha cambiado. El bosque que susurra. Pico. Las piedras llenas de musgo. Los otros niños. Ninguno escapa al color de la sangre. Ninguno, excepto el conejo moribundo, pues ya no está.
Desde el suelo, aún dolorida, diviso la bestia alada que se aleja hacia el horizonte. Es en ese momento cuando descifro lo que dicen los niños.
«¡El buitre! ¡El buitre ha vuelto a salir de caza!».