La casa hueca 2. El bosque que susurra
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2. El bosque que susurra

Abro mi Mac. Pretendo conectarme a internet para comprobar mi correo. Este oxidado pueblo debe ser tan viejo como los mismísimos dinosaurios y, sin embargo, maravillas de la tecnología, posee cobertura de fibra. El futuro ya está aquí.

Y a propósito de futuro: la bandeja de entrada está vacía. Nadie parece acordarse de mí. Mejor así. Yo tampoco tengo intención de hacerlo.

Este impasse en mi carrera profesional ya se prolonga durante unos cuantos meses.

No me viene del todo mal. Todo el mundo debería reciclar la mente cada cierto tiempo.

Tomar un punzón afilado y clavarlo una, dos, mil veces en el propio cerebro para masacrar unas cuantas neuronas.

Que la sangre chorree por el rostro con trazos oscuros.

Sonreír en silencio mientras transcurre una lenta y dolorosa agonía mental.

Dejar que nuevas neuronas ocupen el lugar de las que han caído en combate. Es un proceso de reciclaje.

Total, a eso viene la gente a la sierra, ¿no? A reciclarse.

Esteban no. Esteban ha venido a otra cosa.

Y ahí sigue. A lo suyo. En pleno proceso creativo.

Conozco la duración de sus interminables sesiones de escritura.

No resulta complicado de averiguar. Es un hombre metódico.

Invierte cada día la misma cantidad de horas en hacer avanzar su novela.

Si quisiera, podría calcular cuánto le queda.

No lo voy a hacer. Paso. No necesito esperar a que termine.

Hace tiempo que aprendí a despojarme de una dependencia que se me antojaba absurda.

Aquí puedo hacer lo que quiera y cuando quiera.

¿Quién me lo va a impedir? Solo tengo que aflojar el nudo de la pereza.

Ese que lleva aprisionándome toda la mañana.

La misma mañana.

El mismo día.

La misma pereza.

¿Cuántos días llevamos aquí?

Ya es suficiente. Hora de dar una vuelta.

A ver si logro absorber un poco de esa luz gélida que llega filtrada desde las montañas.

Me dirijo hacia el armario blanco de Ikea y abro sus puertas.

Una vaharada de humedad me golpea como un anfitrión al que le da coraje recibir visitas.

Descarto las blusas y los vestidos. Escojo el primer chándal que encuentro y lo emparejo con un par de zapatillas para completar el conjunto deportivo.

Estoy lista. Antes de salir, barajo dos opciones: despedirme o ahorrar aliento para más tarde.

Y digo:

—Adiós.

Bravo, Lucía. ¿Adiós a quién? ¿Adiós para qué? Como si Esteban pudiera escucharlo desde su atalaya de escritura.

Como si los espíritus de su familia aún pulularan por aquí. Sábana en ristre. El tobillo encadenado a la clásica bola de hierro negro. Espectros tan educados como para dignarse a contestarme, por mucho que vaya en chándal.

El pueblo. Las calles son blancas, cómo no.

Parpadeo durante unos cuantos segundos hasta que consigo acostumbrarme a tanta claridad.

El viento gélido transporta una colección de aromas.

La frescura de la hierba. El áspero olor de la ceniza depositada en el fondo de las chimeneas. La podredumbre del estiércol.

Todo está tranquilo. Apenas se escucha nada.

El trino de algún pájaro mezclado con el incesante martilleo de una ventana mal cerrada.

Hay humedad por todas partes. La piel húmeda de mi rostro.

Resbaladiza. El suelo húmedo de piedra. Resbaladizo.

Camino con cuidado. A cámara lenta. Como si alguien fuera a regañarme por pisarle lo fregado.

Como si alguien fuera a deslizarse por mi piel hasta aplastarme.

Una sombra.

Húmeda.

Resbaladiza.

Que aparece de súbito. Se coloca junto a mí.

La oscuridad la mantiene encorvada. Debe pesar mucho.

No la sombra, sino la oscuridad. Viene envuelta en una tela opaca que me recuerda más bien a una mortaja teñida de negro.

A su alrededor, un intenso aroma a jengibre me embriaga.

Hay otro olor que la acompaña. No logro definir qué es.

La sombra amortajada avanza que da gusto.

Cualquiera diría que flota sobre el suelo.

En realidad, arrastra los pies. Ras, ras, ras.

Se desliza. Y gruñe. Gruñe la sombra. Diría que a modo de saludo, pero no estoy nada segura.

Me adelanta por la izquierda con insolencia.

Ni siquiera pone intermitentes. Apenas le bastan unos segundos para dejarme atrás y perderse por una de las múltiples callejuelas de este nido de serpientes.

Aspiro de nuevo el aire que deja a su paso.

Ya sé. Ya he logrado identificar a qué huele.

A vieja. Huele a vieja. A fecha de caducidad que se aproxima con brillo de hoja de guadaña.

Así se las gastan las señoras del pueblo.

Qué más da que me tripliquen la edad. Qué más da lo empinadas que sean las pendientes.

Se mueven con maestría porque llevan desde pequeñas tejiendo la misma tela de araña una y otra vez.

Ras, ras, ras. Trato de ponerme en su pellejo.

Creo que lo consigo. Una espiral de repugnancia se centrifuga en mis tripas.

Encorvada y oscura y amortajada y resbaladiza. Así ha debido ser su tediosa y anodina vida.

Yo llevo mi propio ritmo. Me arrepiento de haberle dicho adiós a nadie antes de salir.

Echo de menos esa pizca de aliento. Voy equipada para hacer deporte, pero mi cuerpo se ha propuesto emitir señales de rebeldía.

No estoy acostumbrada a subir cuestas tan empinadas, una tras otra.

El calor y la vergüenza arrebolan mis mejillas.

Persigo el rastro oloroso de jengibre que la vieja ha dejado tras de sí.

Por pura inercia desemboco en la plaza principal del pueblo.

Ni rastro de ese silencio que atestaba las callejuelas.

Aquí en la plaza reina el bullicio y, como ocurre en cualquier pueblo, da la sensación de que todo el mundo ha abandonado su hogar para confluir en un único punto de encuentro.

El desagüe al que van a parar todos los desperdicios.

Un banco de piedra. Dan ganas de celebrarlo.

Mientras recupero el aliento, aquí sentada, voy a jugar un poco. Observar qué hace la gente de la montaña.

Personas sencillas. Mentes básicas. Disfrutan lo que tienen.

Aire puro, tranquilidad. El queso de cabra de la región, codiciado en el resto del país.

Hay niños que juegan. Parecen felices. Todavía no son conscientes del insulso destino que les aguarda.

Un hombre alto y desgarbado que lleva una gigantesca bolsa de pan a sus espaldas.

Tres mujeres sentadas en otro de los bancos: una joven, otra madura, la última abrazando la decrepitud.

Departen entre ellas con calma, sin aspavientos, como si el tiempo no les amenazara a cada segundo con negarles la respiración.

Tranquilidad.

Tengo la impresión de que ni siquiera el tiempo tiene prisa en este vórtice que engulle, insaciable, el deseo de vivir algo más emocionante que ordeñar vacas y agitar la cuerda que tañe las campanas de otra misa para otro muerto más.

Gritan. Los niños de la plaza. Gritan con estrépito. Gritan entre voces agudas y chirriantes. Gritan mientras se persiguen unos a otros porque no son capaces de hacerlo en silencio. En esto se parecen a los de ciudad.

Observo. Sigo jugando. Y caigo en la cuenta de algo. Hay uno que es diferente a los demás.

El más pequeño. El que más mugre acumula en la piel del rostro. La piel, trufada de pecas. Marcando una senda invisible entre los ojos excesivamente separados. Ojeras de dormir poco. O de todo lo contrario. Se afana en trastear una pequeña caja de madera. ¿Qué guardará ahí dentro?

Es el único que no grita. También es el único que parece darse cuenta de que juego a espiar sus irritantes movimientos.

Ajeno al resto de chicos. Lejos de su realidad.

Poco a poco se aproxima hasta donde estoy sentada, con pasos firmes.

A un suspiro de distancia, levanta la cabecita y engancha su mirada con la mía.

—Hola, chaval —pruebo a decir—. Dime, ¿cómo te llamas?

Me contesta. Con los dedos sucios, casi negros. Con los ojos. Con la boca. Pero no con la lengua.

Es diferente a los demás.

—Así que no te apetece hablar. Bueno, no pasa nada. A ver. Déjame que trate de adivinar tu nombre.

Repite las mismas palabras convertidas en gestos. La pequeña mano frente a los labios. El puño cerrado. Los cinco dedos extendidos, tocándose entre ellos, ahuecados. Las uñas largas y llenas de porquería. Vale. Creo que lo entiendo.

—¿Hocico?

El niño niega.

—¿Fauces?

El niño niega.

—Ya lo tengo. ¡Pico!

El niño asiente. Parece que he acertado.

—Encantado, Pico. Yo soy Lucía. Y ahora dime. ¿Qué llevas ahí, en esa caja?

La esconde. No le apetece que conozca su secreto. Uno de ellos. Tiene pinta de guardar más de uno bajo llave. Luego gesticula de nuevo. Otro enigma que resolver. Magnífico. Al fin encuentro algo divertido que hacer en este absurdo agujero.

—Quieres que te acompañe, ¿no es así, Pico?

El niño sucio de la cara sucia sacude una y otra vez la cabecita sucia. Alarga el brazo derecho, sucio, con la palma de la mano, sucia, hacia arriba. Ahora es él quien quiere jugar.

—Está bien. ¿Adónde vamos?

En marcha de nuevo. Apenas tardamos un par de minutos en dejar atrás la plaza del pueblo.

Recorremos las calles, estrechas, incómodas.

Se alambican unas con otras como un laberinto de esos que no parecen tener salida.

No estoy preocupada. Mi pequeño guía conoce el camino.

Repito un par de veces la misma pregunta que formulé antes de tomar su mano.

No contesta. No puede hablar. Yo no puedo soñar.

Ambos tenemos una tara que esculpe nuestra personalidad. Que nos desmarca del resto.

Somos diferentes a los demás.