La casa hueca 1. No puedo soñar
2%
La casa hueca

La casa hueca

Por Jesus Relinque

© inepub.com

1. No puedo soñar

Despierto y no soy capaz de recordar qué he soñado.

Podría haber seguido durmiendo un poco más. Todo por esas putas agujas de luz. Se cuelan en la habitación por culpa de una persiana que no sabe cerrar.

Ahí estoy yo. En la habitación. Dándole los malos días a la vigilia. Masticando los amargos restos del despertar. Inventando maldiciones que animen mi desvelo. Despierto y me lo vuelvo a preguntar. ¿Qué es lo que he soñado?

Porque todo el mundo sueña. Sueña con ser rico. Asquerosamente rico. Con poder visitar lugares lejanos. O irreales. Con follar. Asquerosamente.

Pero yo no.

Yo no soy capaz de recordar qué he soñado. Nunca lo he sido. El motivo es muy simple: no puedo soñar. Y si pudiera hacerlo, me juego lo que sea a que esos sueños serían de todo menos agradables. Despertarse en el viejo dormitorio de esta vieja casa, en mitad de las viejas montañas, tampoco ayuda.

Agujas de luz. Siempre tengo la sensación de que se me clavan en los ojos. Atravesando los párpados. Por suerte, aún los conservo. Los párpados. No quiero ni imaginar cómo sería un día entero, veinticuatro horas seguidas, con los ojos abiertos.

Remoloneo entre las sábanas. Hoy no trabajo. Ayer no trabajé. Y tiene toda la pinta que mañana tampoco será el día. No sé qué coño estará haciendo mi agente. Tirarse a alguna de sus representadas, seguro. Cualquier cosa menos buscarme curro.

Remoloneo.

Las sábanas.

El otro lado de la cama ya está frío. A saber cuánto tiempo lleva Esteban levantado. Desde que nos vinimos aquí, a su otra casa, a este refugio secreto, no perdona ni una sola mañana. Ni una. Por fría que sea.

Como si en un pueblo perdido en la sierra de Grazalema supieran lo que es un invierno amable.

Agujas de luz. Pinchan. Son témpanos afilados que hacen daño, que perforan tejidos sin piedad.

Esteban.

A saber cuánto tiempo lleva levantado. No es difícil averiguar dónde está. En su despacho, arriba, al final de la escalera. La puerta tan cerrada como la boca del estómago tras contemplar el accidente de un autobús escolar.

Seguro que está escribiendo. Para eso ha venido aquí. Así son las crisis de los juntaletras. El miedo a la página en blanco, le dicen. No lo entiendo. ¿Cómo se puede temer al color blanco? Nadie lo comprende.

Hubo una vez en la que Esteban rozó el éxito con los dedos.

Hace mucho de eso. Pero lo rozó. Al éxito.

Se conocieron. Fueron amantes. Y yo me moría de celos.

Nunca he sido una actriz popular. Me he ganado la vida a duras penas, y eso ya es mucho decir.

Obras de teatro menores. Películas que apenas alzaban su pequeña cabecita en festivales de aquí y allá.

Siempre me he mantenido oculta tras las bambalinas.

Yo no sé qué es el éxito. Ni siquiera he soñado con él. No puedo soñar.

Esteban sí.

Y ahora no deja de soñar con que vuelve a tirárselo. Al éxito. Por eso estamos aquí. Porque los escritores necesitan encontrar su lugar de recogimiento. La casilla de salida desde la que emprender una senda ya olvidada. La fuente de inspiración.

No me creo nada.

Nadie debería creerse nada de lo que sale de la boca de un escritor.

Esteban no está aquí. Estará, digo yo, escribiendo.

Dándose de hostias con esa página en blanco.

Manchándola de rojo con cada escupitajo sanguinolento.

Trazando negros arabescos con la oscura tinta que supura de su cerebro.

Preñando su creatividad durante días y noches hasta que llega el esperado parto de las frases más importantes de una novela: su comienzo.

Porque las primeras líneas tienen que sonar como un canto de sirena perfecto. Irresistible. Que pegue fuerte. Un puño de hielo hundiéndose en el rostro del lector. Y, sobre todo, no ser algo manido y vulgar como, por ejemplo, yo qué sé, un personaje despertando en una cama.

Repito: yo qué sé. No tengo ni idea. Todo lo que acabo de decir lo repito como un loro porque estoy harta de escuchar a Esteban. Charlas, entrevistas, artículos. Cualquier medio es válido para arrojar las ínfulas que rodean su discurso. Una de sus perlas favoritas es la de la sangre. ¿Cómo era?

Ah. Ya caigo. Era algo así:

«Los escritores ponen tanto empeño en sus historias que se les va una porción de vida con cada una de ellas. Por eso solo pueden generar un número limitado de novelas. Porque llega un momento en el que no les queda ni una mísera gota de sangre».

Discurso. Ínfulas. Escribir.

Escribir es lo único que hace. No hay quien le vea en todo el día. Ausente. Apagado o fuera de cobertura. Y yo, mientras tanto, retorciéndome de aburrimiento entre sábanas, remoloneando en la alcoba principal de la antigua casa de su padre.

Que no tiene nada que ver con la clásica mansión horripilante situada a las afueras, repleta de fantasmas alojados a pensión completa. Más bien es una casa ubicada en una calle de un pueblo de montaña. Una casa de tantas. Una calle de tantas. Un pueblo de tantos.

Si destaca por algo es porque, de vez en cuando, hay vida entre sus paredes. Y no es poca cosa. En este pueblo hay muchas casas cerradas. Relegadas al olvido por la dejadez de sus dueños o por la inevitable muerte de quienes solían habitarlas.

Pero esta casa está viva. Abierta. Y reformada. Buenas calidades. Un par de dormitorios. Salón amplio con ventanal hacia la sierra. Y una biblioteca donde se mezclan clásicos con la obra completa de Esteban. Ningún autor perdería la oportunidad de exhibirse jugando en casa.

Todas las paredes lucen como recién pintadas. Cuadros genéricos dispuestos con un orden enfermizo. Muebles blancos de Ikea como el blanco de las paredes y el blanco del suelo y el blanco de la nieve cuando cae y embadurna la sierra y la deja como si fuera la casa de muñecas de un cocainómano.

Esteban le saca una pasta cada año. Es lo que tiene el turismo rural.

Y, mira por dónde, durante estos días somos nosotros los turistas.

Nos alquilamos nuestro propio espacio. Vivimos encerrados entre sarmentosos brazos de madera, torsos de roca de montaña, piernas húmedas, tan frías como el agua del río.

Observando a la rutina, esa que camina cada día por idénticos senderos para no perderse.

Repasando con la yema de los dedos la fina piel de mis párpados.

Descubriendo extraños símbolos que las punzantes agujas de luz tatúan cada amanecer y cada amanecer y cada amanecer.

Agujas de luz.

Maldita persiana que no sabe cerrar.