35. En el patio
Dejo que la llamada termine.
Fuera se oyen pájaros y una moto en la carretera. Desde la cocina llega el tic del reloj. Escucho cada golpe hasta que Maite se mueve.
Está junto a la pared, con las manos vacías. Yo sigo sosteniendo el teléfono.
—No me pidas nada —le digo.
Asiente. Al cabo de unos segundos habla igualmente.
—Tú la golpeaste.
Vi quién la mató. Pero, si salgo, tendré que contar también que la sujeté, que le pegué y que retrasé la ayuda. Tendré que explicar por qué me fui a hablar de documentos mientras ella pedía una ambulancia.
—Voy a decirlo.
—Lo sé.
Maite se sienta en el peldaño de la escalera, lejos del cuerpo. La banqueta queda volcada entre los dos. La reparé para que no se moviera cuando alguien se sentara. La idea me resulta tan absurda que tengo que apartar la vista.
—Puedes irte —dice.
Miro la puerta abierta. La caja de costura está en el porche. La fotografía de Eugenia y su hermana sobresale bajo la protección que preparó Maite. Afuera tengo una camioneta con combustible y las llaves en el bolsillo. No hay una amenaza que me impida salir.
Camino hasta el umbral.
Maite no me sigue.
El aire de la tarde me da en la cara. En otra casa preparan comida; llega olor a cebolla frita. Al otro lado de la calle suena una radio y se cierra una puerta. No ha ocurrido nada que obligue al mundo a detenerse con nosotros.
Bajo un peldaño. La verja está a pocos pasos. Podría abrirla, llamar desde la carretera y volver con alguien. Busco las llaves con la mano libre y las aprieto dentro del bolsillo.
Recuerdo a Inés en la gasolinera, sosteniendo el teléfono con las dos manos. Ella sí llamó. No esperó a tener una explicación que la dejara mejor ante Eva; buscó un lugar con gente y consiguió que alguien supiera dónde estaba.
Yo tengo el número de emergencias en la pantalla y no lo uso.
Pienso en el taller, en el mueble que tengo que terminar, en Hugo llegando mañana para ver el avance. Todo eso podría explicarlo. Lo que no sé soportar es la mirada de alguien cuando tenga que admitir que golpeé a una mujer para proteger a quien le estaba robando el nombre.
«Me engañó» me serviría durante un rato. Después vendrían la carretera, la nota que firmé, las oportunidades de comprobar la verdad, el tiempo que dejé a Inés herida en el suelo. Decisiones que fueron mías incluso cuando creía otro nombre.
Abro el contacto de Hugo. Lo cierro. Abro el de Alicia. El pulgar me queda suspendido sobre el icono de llamada.
Si marco, perderé la casa a la que ya había llevado mi radio, la cama donde por fin cabía mi cuerpo junto al de otra persona, el futuro que había empezado a confundir con una habitación propia.
También perderé a Maite. Saber su nombre no ha borrado el modo en que se ríe ni el lugar exacto donde apoya la cabeza al dormir.
Eso es lo peor: todavía la quiero.
Vuelvo a entrar.
Maite levanta la cabeza. No sonríe. No podría perdonarle que sonriera en ese momento.
—No vas a decir que fue un accidente —le digo.
—No.
—Lo has hecho tú.
—Sí.
—Y yo estaba aquí.
Tarda en asentir.
Me siento en el suelo, lejos de Inés. No puedo mirar su cara y tampoco quiero darle la espalda. El teléfono pesa en mi mano.
—Te quería —digo.
Las lágrimas que Maite llevaba conteniendo le caen por fin. No me acerco a quitárselas.
—Yo también te quiero.
No consigo dejar de creerla del todo. La mujer que preparó el expediente es la misma que escuchó mis deudas sin compadecerme, la que se aprendió el horario del taller y me dejó un lado de la cama. No existe una Maite verdadera separada de la otra. Querer una parte significa quedarme con todas.
Miro el teléfono. Alicia puede volver a llamar en cualquier momento.
—Si me quedo, no será porque me hayas convencido.
—No.
—Será mi decisión.
Pronunciarlo no la vuelve menos monstruosa. Solo evita la última mentira que podría contarme.
Dejo el teléfono a mi lado.
—Voy a quedarme.
Maite cierra los ojos y se lleva una mano a la boca. Yo miro a Inés. A partir de ahora, cada cosa que hagamos ocurrirá después de esa frase.
—No me des las gracias —digo.
—No iba a hacerlo.
—Y no vuelvas a decir que esto empezó porque me engañaste. Acaba de empezar otra cosa y estoy entrando sabiendo quién eres.
Maite asiente. Se ha quedado tan quieta que por primera vez comprendo que también me teme.
Hasta hace una hora podía conducir mis decisiones con una carpeta, una herida y una cama.
Ahora depende de que yo no cambie de idea al cruzar el umbral.
La sensación no me devuelve ningún poder limpio; me da un motivo más para quedarme.
—Si nos encuentran —dice—, contaré que tú intentaste detenerme.
—También contarás que yo no llamé.
No responde. Esa será nuestra forma de cuidarnos desde ahora: cada uno puede ofrecer al otro una verdad que lo salve y otra que lo destruya.
El teléfono de Inés se ilumina junto a su mano. En la pantalla aparece el nombre de Eva y un mensaje: «¿Sigues dentro?». La conversación continúa abierta. Arriba está el último texto que Inés alcanzó a enviar: «Alicia llama a las cuatro. Te aviso al salir».
Maite mira la pantalla. Luego me mira a mí.
—No —digo.
No he entendido aún qué va a proponer y ya sé que será otra decisión.
—Si deja de contestar aquí, vendrán directamente —responde—. Eva sabe dónde está.
—Ya vienen. Lo ha dicho.
—Podemos ganar unas horas.
No dice que podamos borrar lo ocurrido. Ni que vaya a funcionar. Unas horas: esa es toda la promesa.
Maite se acerca al teléfono, pero no lo toca. Espera. Lo que antes habría hecho sin consultarme ahora necesita mi consentimiento porque yo soy el único testigo que queda.
Recojo el celular de Inés. Sigue desbloqueado. Escribo una frase, la borro. Maite propone otra y la rechazo porque suena demasiado ordenada. Entre los dos dejamos un mensaje corto: «La llamada confirmó cosas que no puedo pensar aquí. Me voy sola. No vengas. Mañana te escribo».
Leo las palabras dos veces. Imitar la voz de Inés es imposible. Solo intentamos que el miedo de Eva se desvíe durante un rato hacia otra parte.
—Envíalo tú —dice Maite.
El botón está bajo mi pulgar.
Lo pulso.
El mensaje aparece en la conversación. Ya no estoy quedándome quieto. Acabo de hablar con la voz de una mujer muerta.
Eva contesta casi de inmediato: «Llámame. Voy a buscarte».
Apago la pantalla sin responder.
Llega otro mensaje: «No te dejaré sola. Mándame aunque sea un audio». El teléfono vibra en mi mano. Pienso en la voz que Eva espera y en la imposibilidad de fabricarla. Nuestra mentira ya tiene un límite, pero seguimos trabajando dentro del tiempo que queda hasta alcanzarlo.
Maite explica que el teléfono tiene que salir de la casa o la ubicación desmentirá el mensaje. La escucho y siento cómo cada frase construye una tarea alrededor de la anterior. Sabemos que este plan apenas comprará una noche. Aun así, elegimos el siguiente error porque ya aceptamos el primero.
Inés llegó con Eva. No hay auto suyo delante. El abrigo y el bolso siguen junto a la pared. Maite se pone el abrigo encima del suéter. Le queda algo corto en las mangas. Guarda dentro el teléfono, la cartera y la carpeta pequeña de documentos. La color vino permanece en el suelo.
—Alguien puede verte —digo.
—A esta hora solo necesitan ver a una mujer salir.
—No te pareces a ella.
—Desde lejos, de espaldas, con su abrigo…
No termina la frase. Tampoco hace falta. La llevo en la camioneta hasta una parada a varios kilómetros, donde los árboles ocultan la carretera desde la casa. Ella solicita un taxi con el teléfono de Inés. Yo espero detrás de una nave cerrada, con el motor apagado.
Cuando llega el auto, Maite baja sin mirarme. Lleva el bolso pegado al cuerpo y camina un poco encorvada. El conductor sale para abrirle el maletero; ella niega con la cabeza y entra atrás.
Veo alejarse las luces.
Podría arrancar en dirección contraria. No tengo el cuerpo delante ni a Maite sentada junto a mí. Podría llamar y explicar dónde la dejó el taxi. Durante casi un minuto mantengo las llaves en el contacto sin girarlas.
Después enciendo la camioneta y sigo hacia la estación.
Durante el trayecto mantengo distancia con el taxi.
Cada semáforo ofrece una bifurcación. Puedo girar hacia una comisaría, detenerme junto a una patrulla o llamar desde el manos libres.
Sigo las luces traseras. En una rotonda las pierdo y siento pánico.
No porque Maite pueda escapar: porque durante unos segundos ya no sé dónde está la única persona que conoce exactamente lo que hice.
Las luces reaparecen al tomar la salida de la estación. Respiro mejor. Ese alivio confirma una dependencia que hasta ayer habría confundido con amor.
Espero en una calle lateral. Pasan dos trenes antes de que Maite aparezca. Ya no lleva el abrigo. Tampoco el bolso. Entra deprisa y cierra la puerta con cuidado, como si el ruido pudiera atravesar la ciudad y volver hasta la casa.
—¿El teléfono?
—Apagado. Se ha quedado allí.
—¿Dónde?
—No necesitas saberlo.
La miro.
—Ya no vuelvas a decidir qué necesito saber.
Me sostiene la mirada y me dice el lugar. No respondo. Que lo comparta no convierte esto en confianza; solo reparte la responsabilidad.
Regresamos sin hablar. A mitad de camino, Eva llama a mi celular.
Lo dejo sonar en el hueco de la puerta. La ubicación del teléfono de Inés habrá recorrido el mismo trayecto del taxi y se habrá detenido en una estación.
Quizá baste para que busquen allí primero.
Quizá el conductor recuerde mañana que la pasajera llevaba la cabeza baja y no contestaba cuando la llamó Inés.
No estamos a salvo. Solo volvemos a la casa antes que los demás.
Al entrar, la luz del vestíbulo continúa encendida.
Inés sigue junto a la escalera.
El recorrido en auto había conseguido convertirla durante unos minutos en una idea guardada en una habitación. Verla me obliga a entender lo que hemos hecho con su teléfono. Me apoyo en la puerta.
—No puedo —digo.
Maite no responde que sí puedo. Se quita los zapatos y se sienta en el suelo, a varios pasos del cuerpo. Durante un rato permanecemos así.
La carpeta color vino se ha abierto. Veo una carta doblada y una fotografía pequeña que no conocía.
En ella, dos niñas están sentadas en unos escalones; una mira a la cámara y la otra sostiene algo fuera del encuadre.
No sé cuál es Inés. Esa ignorancia me resulta insoportable.
He decidido quién merecía esta casa sin reconocer a ninguna de las personas que aparecen en sus recuerdos.
Guardo la fotografía entre las hojas. Maite observa el gesto.
—No mires eso —dice.
—Tú lo miraste todo.
—Tenía que saberlo.
—Tenías que aprender a parecerte a ella.
Maite vuelve la cara. Por primera vez desde que regresamos, su vergüenza no me produce ninguna ternura.
Después empezamos.
No hay manera de limpiar el vestíbulo sin encontrar otra señal de lo ocurrido. Una mancha bajo el borde de la banqueta, una fibra adherida a una tabla, el hueco claro donde estaba la caja del porche. Cuanto más tocamos, más evidente me resulta que no sabemos qué ve alguien que busca pruebas.
Guardamos la banqueta. Cerramos la caja. Reunimos los papeles de la carpeta color vino sin leerlos. Las cosas de Inés terminan juntas, excepto las que Maite llevó a la estación. Nada parece ordenado de la forma en que ella lo habría ordenado.
La oscuridad llega antes de que acabemos.
Antes de salir al patio, recorro la planta baja. Cierro las cortinas, apago la luz del porche y compruebo la carretera desde cada ventana. Son los mismos gestos con que protegí a Maite cuando creía que alguien quería entrar. Ahora sirven para que nadie vea lo que vamos a sacar.
En el salón está la radio de mi padre. El reflejo de la ventana divide la madera de la caja. Pienso en llevármela a la camioneta antes de continuar, como si salvar ese objeto pudiera conservar una parte de mí fuera de la casa. No lo hago. La dejo en la repisa y cierro la cortina.
En el patio, el ciruelo espera en su recipiente junto al cobertizo.
Habíamos marcado el lugar y aflojado la tierra el domingo para plantarlo cuando terminara los trabajos.
Amplío aquel hueco con una pala. La primera capa cede con facilidad; más abajo encuentro piedras y raíces.
Cada golpe de metal suena demasiado lejos.
Maite trae una lona. No le pregunto de dónde. Cuando intenta tomar a Inés sola, la detengo.
—No la arrastres.
Mi exigencia llega tarde para parecer respeto. Compartimos el peso. El cuerpo no conserva nada de la voluntad con que ella protegía sus cartas. Tengo que parar dos veces antes de llegar a la puerta de la cocina.
En el umbral, la manga de Inés se engancha en una astilla. La libero con los dedos. Ese gesto pequeño me rompe más que el esfuerzo. Pienso en la mano que ofreció su documento el primer día y en todas las veces que decidí no mirarlo.
Al pasar junto a la cocina, su zapato roza una pata de la mesa y cae. Lo recojo. Podría volver a colocárselo, pero no sé cómo sin soltar el peso. Termino guardándolo contra el pecho hasta llegar al patio. Después lo dejo junto a ella. La escena adquiere una intimidad que no me pertenece.
La llevamos hasta el hueco.
Maite llora sin hacer ruido. Yo no lloro. Echo tierra y siento cada palada en los hombros. El cansancio no me permite olvidar; vuelve cada movimiento más preciso. A ratos me detengo. Cada vez tengo que decidir continuar.
Una vez dejo caer la pala y digo que basta. Maite no discute. Se sienta en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho. Podríamos abandonar el hueco, entrar y llamar. La posibilidad sigue existiendo incluso aquí, después del taxi y del mensaje. Recojo la pala por mi cuenta.
No hay un instante único en el que me convierta en su cómplice. Hay muchos: el botón que pulso, la camioneta que arranco, la cortina que cierro, la pala que vuelvo a levantar. Ninguno borra el anterior y todos habrían podido ser el último.
No medimos la profundidad. No sabemos si la lluvia hundirá la tierra ni si un perro notará algo. El árbol no resuelve nada. Solo cubre el lugar durante esta noche.
Cuando terminamos, saco el ciruelo de su recipiente. Maite sostiene el tronco mientras relleno los lados. Queda inclinado. Intento enderezarlo y no puedo sin deshacer parte de lo que acabamos de tapar.
—Déjalo —dice.
Lo dejo.
Debajo está la mujer que vino a buscar una fotografía de su madre. Lo sé mientras afirmo la tierra alrededor de las raíces. Lo sabe Maite, a mi lado, con una manga rota y barro en las rodillas.
Ya no dependemos de una historia que ella me cuenta y yo elijo creer. Los dos conocemos el mismo hecho. Si uno habla, arrastra al otro.
Maite intenta apartarme una mancha de la mejilla. Retrocedo. Ella deja caer el brazo.
Mi radio y mi ropa están dentro. Lo que dejé aquí para poder marcharme demuestra ahora que ya vivía en la casa.
Voy por la regadera. Maite espera junto al árbol.