34. Maite
Maite mira primero a la mujer del suelo y después a mí.
No pregunta qué ha dicho Alicia. Ve a quién he llamado Inés y entiende que la conversación ya ha ocurrido.
Me agacho junto a la heredera. Esta vez mantengo las manos a la vista y no intento tocarla.
—Tenías razón.
Inés cierra los ojos. El labio se le ha hinchado tanto que le cuesta hablar.
—Llama —dice.
Saco el teléfono.
Maite da un paso desde la pared.
—Darío, escúchame.
Me vuelvo hacia ella. Reconozco la cicatriz junto a la ceja, el pelo, la mano curada. Hace un rato quería tocarle la cara y sigo queriendo hacerlo. Esa reacción llega antes que el asco y me hace apretar el celular con más fuerza.
—Has falsificado todo.
—No todo.
La precisión me repugna. Me recuerda las frases verdaderas que ordené para perjudicar a otra mujer y las cuatro palabras con que la llamé Inés ante Alicia.
—La casa no es tuya.
Maite mira alrededor, como si el vestíbulo pudiera contradecirme.
—Yo estaba aquí.
—No era lo que decías.
—Eugenia me dejó quedarme. Cuando empezó a necesitar ayuda, yo hice las compras, la llevé al médico, abrí a los operarios. Durante meses fui la persona a la que llamaba de madrugada. Me decía que esta casa no terminaría en manos de alguien que solo aparecía en Navidad.
Inés levanta la cabeza.
—Mi tía estaba enferma. Prometer cosas no cambia un testamento.
Maite enumera dos años de compras, médicos y noches en el cuarto pequeño. No lo cuenta como una defensa legal, sino como una deuda que decidió cobrar sola.
—¿Te prometió la casa? —pregunto.
—Dijo que no tendría que preocuparme por un techo.
El testamento no cambió. Inés le ofreció tres meses de alquiler y dinero para mudarse; Maite lo rechazó porque aceptarlo significaba seguir siendo una empleada.
Entiendo que su resentimiento sea verdadero. No lo confundo con un derecho.
—Te ofrecí tiempo. Te ofrecí ayudarte a buscar otro sitio. Dijiste que estarías fuera cuando yo llegara el viernes.
El primer viernes. Las maletas. La lámpara sujeta con el cinturón. La mujer que sabía exactamente a qué hora llegaba la heredera era la que esperaba dentro de la casa, preparada para recibirme a mí.
—¿Por eso me citaste a esa hora? —pregunto.
Maite no responde.
—Yo no tenía que reparar aquella ventana ese viernes.
—Necesitaba que alguien viera cómo entraba.
—Necesitabas un testigo.
Su mirada baja un instante. En el primer forcejeo no intervine por casualidad. Ella había calculado mi presencia, mi tamaño y la facilidad con que un hombre que repara una casa puede empezar a creerse responsable de quienes viven dentro.
Inés se apoya en la pared para incorporarse y se le escapa un quejido. Vuelvo hacia ella.
—No quiero que me ayudes a levantarme —dice.
—No voy a tocarte.
—Quiero una ambulancia. Y a Eva.
Su teléfono está junto al bolso. La pantalla continúa encendida sobre la conversación que abrió antes de que yo saliera al porche. Se lo alcanzo sin rozarle los dedos. Ella lo apoya en el muslo porque le tiembla la mano.
—Voy a pedir ayuda —digo—. Y voy a contar lo que he hecho.
Maite deja de acercarse.
Marco el primer uno. Ella dice mi nombre, apenas un susurro, y me vuelvo por costumbre.
—No me mires así —dice.
—¿Cómo quieres que te mire?
—Como si no hubieras vivido conmigo. Como si todo hubiera sido para traer a un testigo.
—¿No lo fue?
—Al principio.
Eso me golpea de otra manera. Inés intenta desbloquear su teléfono. La veo buscar la conversación con Eva y recuerdo que alguien espera una señal suya.
Pienso en la primera cena, en el vino que dejamos sin abrir, en el técnico que buscó para la radio de mi padre, en las noches en que Maite parecía olvidar la casa mientras dormía.
Nada de eso demuestra que me quisiera. Tampoco puedo reducirlo a una actuación sin mentirme sobre lo que vi.
La posibilidad de que ambas cosas sean ciertas —que me usara y que después me necesitara— resulta más difícil de soportar que un engaño completo.
—¿Y después? —pregunto.
—Después quise que te quedaras.
—Rompiste mi trabajo.
Maite mira mis nudillos. No ha hecho falta explicar a qué me refiero.
—Sí.
El catálogo sobre el escritorio, la llave amarilla, su fotografía a las ocho y media. La sopa que me dio cuando llegué agotado. Me había consolado por la pérdida que ella misma provocó.
—¿Por qué?
—Porque seguías hablando del taller como si fuera lo único que te ataba a tu vida de antes. Cada vez que algo iba mal allí, venías aquí. Dejabas una camisa, luego una herramienta, luego te quedabas a dormir. Quería que dejaras de pensar que bastaba con trabajar y volver a tu estudio.
Siento una náusea seca.
—Me hiciste depender de ti.
—Quería que dependieras de esta casa —corrige—. De nosotros.
La palabra queda en medio del vestíbulo.
—Podías haberme pedido que me quedara.
—Lo hice.
—Después de romper el encargo.
—Tenía miedo de que, si el taller volvía a ir bien, vieras todo lo que no encajaba aquí.
—Así que me quitaste una salida.
—Sí.
No intenta convertirlo en una muestra de amor. Esa honestidad tardía me hiere más que otra excusa. Hasta este momento podía pensar que el sabotaje solo pretendía alimentar mi miedo a Inés. También pretendía estrechar mi vida hasta que la casa pareciera el único sitio donde quedarme.
Inés consigue escribir algo. Oigo el sonido breve del mensaje enviado.
—Eva sabe que estoy aquí —dice—. Alicia también. Esto se terminó.
Maite la mira.
No parece enfadada. Su cara se vacía, como si acabara de abrirse una puerta por la que ya no puede retroceder.
Yo pulso el segundo uno.
—No uses eso —dice Maite.
—Aléjate.
Inés respira por la boca. Mantiene el teléfono apretado contra el muslo y me mira sin confianza, pero también sin apartar los ojos de la pantalla que tengo en la mano.
—Diles que venga una ambulancia —dice—. Después llama a la policía.
Asiento. Voy a pulsar el dos.
Maite se mueve.
La veo decidir antes de entender qué va a hacer. Su cuerpo se adelanta y las manos bajan hacia la banqueta. Está a menos de un paso, donde la devolví después de repararla. Yo la hice firme para que no cediera bajo ningún peso.
—No.
La levanta con ambas manos.
Inés alza un brazo para protegerse. Está en el suelo, sin fuerza para apartarse. Maite la golpea.
El sonido me deja inmóvil durante una fracción de segundo que después no podré retirar de la escena.
Me lanzo hacia ella cuando vuelve a levantar los brazos.
Le agarro las muñecas. La banqueta cae entre nosotros y golpea de lado la madera del suelo. Maite me mira con los ojos muy abiertos. No parece fuera de sí. Me ve. Sabe quién soy y sabe a quién acaba de golpear.
La aparto.
Inés ya no intenta levantarse.
Me arrodillo a su lado y digo su nombre. No responde. Hace unos segundos me estaba pidiendo que llamara. Me inclino para ver si respira.
El celular se me resbala y golpea el suelo. Lo recojo, marco por fin el dos y dejo el pulgar sobre el botón de llamada.
—Inés —repito.
No le veo moverse el pecho. Busco el pulso con dos dedos, torpe, sin saber si los coloco donde debo. No encuentro nada. Tampoco sé cuánto tiempo pierdo intentándolo.
Maite permanece de pie detrás de mí.
—Llama —dice, pero su voz no contiene una orden. Contiene miedo.
La pantalla muestra el número completo. Solo tengo que tocar el círculo verde.
Pienso en lo que diré primero: una mujer ha golpeado a otra; yo había agredido a la víctima antes; retrasé la ambulancia para hablar con una abogada. No son razones para no llamar. Las convierto en segundos de silencio de todas formas.
Desde el patio llega el roce de una hoja sobre las baldosas. La ventana de la cocina sigue abierta. Se oye un auto en la carretera y, durante un instante, espero que se detenga. Pasa de largo.
La pantalla cambia. Alicia vuelve a llamar.
No respondo. Tampoco pulso el botón de emergencias.
—La has matado —digo.
Maite baja la mirada hacia el cuerpo.
—No quería que…
—La has matado delante de mí.
—Lo sé.
Quiero que lo niegue. Quiero una frase cruel o una amenaza que me permita odiarla con una sola parte del cuerpo. Ella se queda quieta, con las manos abiertas junto a los muslos.
—El expediente. ¿Cuándo empezaste?
—Mientras ayudaba a Eugenia guardé copias, claves y cartas. Cambié los nombres después de su muerte. Necesitaba que alguien creyera mi versión antes de comprobarla.
—Por eso yo.
—Eras el hombre que iba a estar en la puerta.
—¿Y cuándo dejé de ser solo eso?
Maite mira la escalera y la banqueta caída.
—No lo sé. Las dos cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Quiero una respuesta que separe el plan de lo que vivimos. No existe. Recuerdo su boca y su peso sobre mí. El deseo no desaparece con la verdad; se vuelve una prueba en mi contra.
Miro a Inés. Una esquina de la carpeta color vino asoma bajo su brazo. En el porche, la caja de costura espera una entrega que debía durar unos minutos. Eva espera un aviso. Alicia espera que le devuelva la llamada.
Maite dice mi nombre.
—No me pidas que te ayude.
—No voy a pedírtelo.
La llamada de Alicia termina. El teléfono queda en silencio. No hay nadie sujetándome la mano.
La puerta está abierta. Mi camioneta, más allá de la verja. Las llaves, en mi bolsillo.
Puedo salir.
No salgo.