La casa heredada 36. Después
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36. Después

Eva ha llamado seis veces.

Veo las llamadas cuando dejo la regadera junto a la puerta de la cocina.

También hay mensajes de Alicia y uno de Hugo, que pregunta si sigue en pie la visita al taller de mañana.

Su nombre aparece entre las preguntas de las dos mujeres como un objeto que alguien ha dejado en la habitación equivocada.

El último mensaje de Eva dice: «El teléfono está apagado en la estación. ¿Dónde está Inés?».

El mensaje que enviamos desde su celular consiguió llevarlas allí, pero no logró que creyeran que se había marchado por voluntad propia.

Maite está en la cocina, lavándose las manos. El agua lleva demasiado tiempo corriendo. Le digo que cierre el grifo. Lo hace enseguida.

—Están preguntando —digo.

Se seca sin acercarse. Todavía tiene tierra en el cuello y una mancha oscura bajo una uña.

—Tienes que contestar —dice.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Eva te vio esta tarde.

—También te vio a ti otras veces y supo quién eras.

Maite baja la cabeza. El nombre que utilizó durante semanas ya no nos sirve cuando estamos solos. Pienso que debería llamarla en voz alta para acostumbrarme y me niego a regalarle algo tan parecido a la normalidad.

El teléfono vuelve a vibrar. Eva.

Contesto antes de que termine el segundo tono.

—¿Dónde está? —pregunta.

Su voz me devuelve a la puerta del taller, a los dos cafés que acabó llevándose. Hay una persona al otro lado que conocía a su amiga sin mirar una carpeta.

—Se fue después de la llamada con Alicia.

—¿La viste salir?

Miro el abrigo de Maite, colgado junto a la puerta. El de Inés está en algún punto entre un taxi y la estación.

—Sí.

Lo digo con claridad. Me sorprende más eso que haberlo pronunciado.

—Yo la dejé en esa casa —dice Eva—. Íbamos a hablar cuando terminara. No se habría ido sin avisar y no me escribiría «mañana te escribo» después de pedirme que esperara una llamada.

No intento convencerla de que conoce mal a su amiga. Esa mentira ya la usé demasiadas veces.

—Estaba alterada.

—¿Por qué?

—Alicia identificó a las dos.

—Eso ya lo sé. Alicia estaba al teléfono. Lo que no sé es qué pasó dentro.

Miro hacia la puerta del patio. Desde la cocina apenas se distingue el tronco del ciruelo.

—Discutimos por los documentos.

—¿Quiénes?

—Los tres.

Maite levanta la cabeza. La he incluido en la escena real y, al mismo tiempo, he quitado de ella lo único que importa.

—¿Inés estaba bien cuando se marchó?

Debería contestar sin demora. Tardo lo suficiente para que Eva repita la pregunta.

—Estaba enfadada —digo—. Pero salió por su propio pie.

Miro mis nudillos al pronunciarlo. El engaño necesita detalles físicos que yo conozco precisamente porque los hice imposibles.

—¿Cómo llegó a la estación?

—En taxi.

—¿Viste el auto?

—Desde la verja.

Otra frase cierta, colocada sobre otra tarde.

Eva respira hondo. Oigo voces detrás de ella y un anuncio por megafonía. Ya está en la estación.

—La ubicación dejó de moverse hace casi una hora —dice—. Hemos encontrado el teléfono, no a Inés. Estaba apagado. Su bolso apareció en una papelera del baño.

Miro a Maite. Ella cierra los ojos.

—No sabía eso.

—Claro que no.

Eva ya no está interrogando a un hombre que puede ayudarla. Está registrando lo que digo.

—Antes de ese mensaje me escribió que seguía dentro —añade—. Me dio la hora de la llamada con Alicia. Quince minutos después dice que necesita irse sola y se niega a hablar. Eso no es Inés.

—Acababa de descubrir quién ocupaba la casa.

—Llevaba semanas sabiéndolo.

No siento la conmoción que intentaba atribuirle. Inés no descubrió una identidad esta tarde. Vino para conseguir que yo dejara de negarla.

—Alicia ha llamado a la policía —continúa—. Yo también. Van a preguntarte por la hora, por el taxi y por lo que ocurrió durante la videollamada. Más te vale recordar exactamente la verdad.

Me pide una última vez que le pase el teléfono a Maite. Dice su nombre sin equivocarse. Yo miro a la mujer frente al lavaplatos.

—Ahora no puede hablar.

—¿Por qué?

—Está en estado de choque.

Maite abre los ojos. Con esa frase sigo protegiéndola y empiezo a preparar una condición que quizá tenga que representar mañana.

—¿Y tú? —pregunta Eva.

—Yo también.

—No. Tú estás eligiendo cada palabra.

La llamada termina.

Me quedo con el celular en la oreja hasta que aparece la duración. Eva no me ha creído. No hacía falta que fingiera hacerlo para que nuestra maniobra funcionara durante unas horas. La policía buscará imágenes, al taxista, los últimos recorridos. Después vendrá a la casa.

—Encontraron el teléfono —digo.

Maite se apoya en el mesón.

—¿El bolso?

—También.

—No pensé que fueran tan rápido.

—Llevaban semanas siendo más rápidas que nosotros. Yo era el que no quería mirar.

Maite se sienta. Por primera vez desde el vestíbulo parece más pequeña que la habitación.

La veo calcular lo que puede reconstruir la policía: el taxi solicitado desde el celular de Inés, las cámaras de la estación, la falta de una llamada a Eva.

El expediente le permitió dirigir lo que yo miraba; no puede dirigir todas esas cosas.

—Podríamos decir que me obligaste —murmura.

No sé si me ofrece una salida o prueba cuánto miedo tengo.

—Podrías decirlo tú. Yo podría contar lo de la banqueta.

Alza la vista.

—No voy a hacerlo.

—Eso es lo único que tenemos el uno del otro.

El amor no entra en la frase. Está en otra parte, mezclado con lo que recuerdo de su cuerpo y con el impulso de acercarle una silla cuando la veo temblar. No necesito nombrarlo para saber que también me retiene.

El celular vuelve a vibrar. Esta vez es Alicia.

No contesto todavía. Abro la conversación de la primera entrega.

Ahí están mis condiciones: mantener la puerta abierta, dejar ir a Inés cuando quisiera, no seguirla.

Debajo está la nota ambigua que permití convertir en una acusación.

Reconozco cada frase y no borro ninguna.

Borrarlas ahora sería otro gesto que no sabría terminar.

—¿Qué vas a decirle? —pregunta Maite.

—Lo mismo que a Eva.

—No me has contado qué le dijiste.

—Entonces tendrás que confiar en mí.

Maite se queda inmóvil. Durante semanas acepté su versión sin contrastarla. Ahora necesita que yo sostenga la única que le queda.

Contesto a Alicia.

No saluda.

—¿Dónde está mi clienta?

—Se marchó después de su llamada.

—Le pedí que me la pasara.

—Cuando entré, estaba discutiendo con Maite. Quiso irse.

—¿Estaba herida?

Miro la toalla doblada sobre una silla. Maite la ha dejado con el lado limpio hacia arriba.

—No vi ninguna herida cuando salió.

—En la videollamada oí un golpe. Después usted dijo que había habido una discusión.

Recuerdo mis nudillos contra la boca de Inés. La precisión de Alicia no deja sitio para la improvisación.

—Cayó al intentar quitarle una carpeta a Maite. Se levantó. Estaba enfadada, pero caminaba.

No hemos preparado esa frase. Maite no sabe todavía que acabo de convertirla en testigo de una caída y de obligarla a sostenerla si le preguntan. Me mira desde la cocina sin intervenir.

—La policía ya la está buscando. Van a hablar con usted —dice Alicia—. No toque nada.

El vestíbulo limpio, la banqueta guardada y la tierra removida existen alrededor de esas palabras.

—De acuerdo.

—Darío, ¿sabe qué nombre está protegiendo ahora?

Miro a Maite.

—Sí.

Cuelgo antes de que pueda preguntar más.

Maite me pide que repita la pregunta de Alicia. Se la digo. Después quiere saber por qué contesté que sí.

—Porque es la verdad.

—Podías haber dicho que no entendías.

—Ya he usado bastante la confusión.

Mi respuesta la inquieta. Necesita que mienta hacia fuera, pero también que continúe creyendo alguna versión de ella. No pienso concedérsela. Si vamos a permanecer juntos, será con su nombre real entre los dos.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Maite se sienta a la mesa. No me pregunta qué he dicho; sabe que tendrá que repetir una historia que todavía desconoce y que yo puedo modificar sin avisarla.

Ya no soy el testigo que colocó en la puerta. Soy la persona que puede destruirla con una llamada. Ella es la única que puede contar cuánto tardé en ayudar a Inés, qué golpe le di y quién escribió el mensaje desde el teléfono.

La dependencia que fabricó para traerme a la casa se ha vuelto exacta.

El mensaje de Hugo aparece otra vez: «¿Mañana a primera hora?».

Sé qué pieza del mueble falta y cuánto tardaría en montarla. Durante unos segundos imagino abrir el taller, barrer el serrín y fingir que este jueves terminó como cualquier otro. Después oigo un auto reducir la velocidad en la carretera.

Los dos miramos hacia la puerta.

El auto continúa.

—Vendrán —dice Maite.

—Sí.

—El árbol…

—No hables de él.

Dejo el celular sobre la mesa y no contesto a Hugo. Maite pregunta si quiero comer. Niego con la cabeza. Ella tampoco se prepara nada.

Apago la luz del techo y dejo la del mesón. En la penumbra, la casa recupera por momentos el aspecto que tenía antes de esta tarde. Mi taza en el lado de siempre. La bolsa de pan doblada. Una chaqueta mía en el respaldo.

Nada ha cambiado de lugar lo suficiente.

Subo al dormitorio para cambiarme. La ropa que traje el sábado sigue dentro del cajón. Tomo una camiseta limpia y miro las camisas dobladas. Hace cinco días me costaba atreverme a ocupar ese espacio. Ahora cerrarlo y marcharme exigiría explicar dónde estuve mientras enterrábamos a Inés.

En el baño me lavo la cara. Bajo las uñas queda tierra. Me miro en el espejo: tengo los ojos enrojecidos y el pelo húmedo junto a las sienes.

Maite entra en el dormitorio cuando estoy sentado en el borde de la cama. Se ha cambiado el suéter por una camiseta clara. Se queda junto a la cómoda.

—¿Quieres que duerma en otra habitación?

Miro el teléfono. Si ella se va, me quedaré con la posibilidad de llamar a pocos pasos y el otro lado de la cama vacío. Sigo sin querer ninguna de las dos cosas.

—Quédate.

Se sienta lejos, al borde del colchón. No intenta besarme.

—Cuéntame qué dijiste —pide.

Le repito la versión. Corrijo dos veces sus respuestas hasta que coinciden con las mías. Que lo haga me produce asco. Que aprenda me tranquiliza.

Ensayamos la hora del taxi, el lugar donde yo estaba y el orden de la discusión. Maite se equivoca al decir que Inés guardó la carpeta color vino en el bolso. La detengo: esa carpeta sigue en la casa. Volvemos al principio.

En el tercer intento nuestras frases coinciden. Ya no puedo atribuir mi silencio al miedo del primer momento. Estoy preparando una mentira que tendrá que sobrevivir a la mañana.

Cuando terminamos de ensayar, Maite permanece sentada al otro lado de la cama. Hemos repetido la misma mentira tres veces y todavía respiro demasiado rápido.

—¿Quieres que me vaya al cuarto pequeño?

Miro la puerta. La idea de que desaparezca de mi vista me provoca una alarma inmediata.

—No.

Maite espera. No sabe si la estoy reteniendo para vigilarla o porque todavía la deseo. Yo ya no puedo separar ambas cosas.

Se acerca y se sienta a mi lado. El colchón cede entre los dos. Reconozco el olor de su piel bajo el jabón y recuerdo todo lo que hizo mientras yo creía conocerla.

Le paso el pulgar por la cicatriz junto a la ceja.

—Darío…

—No expliques nada más.

—No iba a hacerlo.

Su respuesta me enoja. La beso con la misma rabia con que quisiera apartarla. Maite tarda un segundo en reaccionar; después me agarra de la camisa y tira de mí.

La empujo hacia atrás sobre el colchón. Ella no intenta soltarse. Me muerde el labio y mantiene los dedos cerrados en mi ropa.

Me aparto lo suficiente para mirarla.

—Dime que quieres esto.

—Lo quiero.

Vuelvo a besarla. Ya no hay cuidado en su boca ni en mis manos. La sujeto por la nuca y ella me atrae con las piernas hasta que quedo sobre su cuerpo.

—Si quieres que pare, dilo.

—No pares.

Le quito la camiseta de un tirón. La tela cae junto a la cama. Maite levanta los brazos para ayudarme y enseguida vuelve a agarrarme.

La luz deja ver una mancha de barro cerca de su hombro. Paso la mano por sus pechos y bajo hasta la cintura. Ella arquea el cuerpo contra mí.

La observo más de la cuenta.

—¿Qué? —pregunta.

—Estoy intentando ver a la mujer que hizo todo esto.

No baja la mirada.

—Entonces mira.

Me abre la camisa sin paciencia. Dos botones saltan y golpean el piso. Sus uñas recorren mi pecho mientras yo le bajo los pantalones.

Nos desnudamos sin apagar la luz.

—¿Estás segura?

—Sí. No quiero que te contengas.

—Dime tu nombre.

—Maite.

—Otra vez.

—Maite.

Su nombre me recuerda lo que hizo.

La giro y la llevo al borde de la cama, de rodillas y de espaldas a mí.

—Así —dice—. No me trates con cuidado.

Enredo una mano en su cabello y le sujeto la cadera. Ella arquea la espalda contra mí.

—Dime si quieres que pare.

—No pares.

Entro en ella de un solo empuje. La penetración brusca le arranca un grito y su cuerpo se cierra alrededor de mí.

—¿Te hice daño?

—Un poco. No pares. Más fuerte.

La penetro con fuerza. Le jalo el cabello y aumento el ritmo. Maite empuja las caderas hacia atrás para recibirme más hondo.

Mi rabia marca cada embestida. Ella responde con gemidos cada vez más altos.

Se aferra a las sábanas y se viene con el cuerpo tenso, contrayéndose alrededor de mí. El dolor breve se confunde con el placer.

Sigo hasta perder el control y termino dentro de ella, sin contener el gruñido.

Me aparto. Quedamos sudados y sin aliento, cada uno en un extremo de la cama. Maite sonríe.

—No creas que esto cambia algo —digo.

—No lo creo.

Desde la cama no se ve el patio, pero conozco el lugar donde la tierra cambia de color. No permitiría que Maite saliera ahora.

El teléfono vibra. Un número que no conozco ilumina la pantalla.

—Es la policía —dice Maite.

Dejo que suene.

Los dos miramos el teléfono hasta que la pantalla vuelve a apagarse.