32. El golpe
La agarro del brazo.
No aparto primero a Inés. Voy hacia la mujer que la ha empujado, con una certeza instantánea que no se parece a una decisión. Le cierro la mano por encima del codo. Ella tira hacia atrás.
—Suéltame.
La carpeta cae al suelo. Inés sigue cerca, pegada a la pared. Estoy mirando a mi pareja cuando la otra mujer me golpea el pecho con la palma para apartarme. Me vuelve la curva, el taller, su teléfono levantado desde la calle. Todo ocurre antes de que pueda separar una escena de otra.
Le doy un golpe.
Mi puño alcanza su cara. Noto el impacto en los nudillos.
La mujer retrocede y pierde el apoyo al pisar la carpeta. Cae de lado, junto al primer peldaño de la escalera. El sonido del cuerpo contra el suelo me vacía de inmediato la rabia. Me quedo con el brazo todavía levantado.
Inés dice mi nombre. No la miro.
La mujer está consciente. Tiene una mano en la cara y la otra apoyada en el suelo. Intenta incorporarse, pero al mover la pierna hace un gesto de dolor y se detiene.
Me agacho.
—Déjame ver.
Se aparta todo lo que puede.
—No me toques.
Tengo la mano abierta ahora. Se la enseño, pero ella se encoge contra el peldaño.
—Te has caído.
Me oigo y miro hacia la carpeta, como si todo hubiera empezado al pisarla. La mujer no aparta los ojos de mí.
—Me has pegado.
Asiento. Me cuesta hacer ese movimiento mínimo.
—Sí.
Hay sangre en su labio. Se la limpia con la manga y sigue mirándome. Que esté consciente me permite pensar, por un segundo, que quizá no haga falta que venga nadie.
Inés se acerca por detrás.
—¿Puedes mover la pierna? —pregunta.
La mujer no responde. Busca su bolso con la mirada. Ha quedado al otro lado de mi pie. Se lo alcanzo y veo que le tiembla la mano al abrirlo.
—Llama a una ambulancia —me dice.
Saco el celular.
La pantalla muestra la hora y las fotografías preparadas. Faltan unos minutos para las cuatro. Tengo una llamada concertada con la abogada de esta mujer y acabo de pegarle.
—Voy a pedir ayuda —respondo.
No marco. Miro a Inés. Ella está pálida, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Podría pedirme que llamara inmediatamente. Dice:
—Ha sido muy rápido.
Eso es cierto. No sirve para nada, pero me aferro a ello.
La mujer intenta sacar su teléfono. Se le cae de la mano y queda junto al bolso. Lo recoge, toca la pantalla y cierra los ojos, mareada. Tampoco ahora marco yo el número que me ha pedido.
—Espera un momento —digo.
—No quiero esperar.
La puerta de la cocina se mueve con una corriente. Vuelvo la cabeza. Podría cerrarla, recoger las hojas o ponerle algo bajo la espalda. Me agarro a cada idea durante un segundo y sigo sin llamar.
La mujer apoya el teléfono sobre el bolso para poder limpiarse la boca. Se le ha quedado una lágrima en la barbilla; la retira con el dorso de la mano, furiosa por tener que hacerlo delante de mí.
—No he venido a esto —dice.
No se dirige a mi pareja. Me lo dice a mí, al hombre que escribió las condiciones y le prometió que podía irse.
—Lo sé.
—Entonces deja de decirme que espere.
Asiento sin conseguir moverme. Miro hacia la puerta abierta. Desde el porche no se ve el rincón donde ha caído. Al darme cuenta siento alivio y me quedo mirando la salida, avergonzado.
Inés da otro paso y la mujer alza la mano para detenerla.
—Tú, lejos.
Mi pareja se queda quieta. Yo pienso en decir que no hace falta hablarle así. La frase llega completa a mi cabeza y me obliga a mirar otra vez el labio de la mujer, mi mano y la carpeta en el suelo.
Me agacho a recoger los papeles. Ella me pide que los deje. Los suelto y me incorporo demasiado deprisa.
—Voy a traer algo para que te limpies.
—He pedido que llames.
La oigo. Camino hacia la cocina de todas formas.
Vuelvo con una toalla limpia y la dejo a su alcance. Se limpia la boca. Mi pareja arrima el bolso a la pared, fuera de su alcance, como si quisiera dejarle espacio. La mujer estira la mano hacia él y luego le dice que se aleje.
—Las dos quietas. Ahora te lo alcanzo —digo.
La mujer me mira. Sé que no es eso lo que lleva pidiéndome.
El teléfono suena en mi mano.
Alicia.
Veo el nombre que he guardado esta mañana. Podría responder desde aquí y decirle exactamente lo que ha pasado. Tendría a la mujer herida delante, las dos identidades pendientes y una persona al otro lado capaz de pedir lo que yo estoy aplazando.
Doy un paso hacia la puerta.
—Es la llamada —digo.
La mujer levanta la cabeza.
—Dile que estoy aquí. Que necesito ayuda.
—Se lo diré.
Salgo al porche. No cierro la puerta del todo, pero la dejo casi junta para que se oiga menos dentro. Lo hago conscientemente. Quiero disponer de un momento antes de contar que he agredido a alguien.
Acepto la llamada con una voz que no reconozco.
—Soy Darío.