La casa heredada 31. Inventario
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31. Inventario

—La caja de costura está aquí —digo.

La mujer deja la bolsa vacía en el suelo del porche. Me pide que me aparte para poder llegar a la caja de cartón. Retrocedo hasta la pared y ella se agacha.

Levanta la tapa y reconoce la caja de costura. Pasa la mano por encima sin abrirla. Después toma la fotografía. Está pegada a la bolsa por un borde; el resto ha podido separarse. La mira en silencio.

—Mi madre decía que en esa foto parecía agotada —murmura—. Eugenia la guardó de todos modos.

Inés sale del despacho y se detiene dentro del vestíbulo.

—He protegido la imagen para que no se rompa —dice.

La otra mujer no le da las gracias. Se limita a dejarla de nuevo en la caja.

—Falta la carpeta.

—Estoy separando unas hojas.

—Tenías la lista desde el lunes.

El tono sube apenas. Mi cuerpo responde como si hubieran empezado a gritar. Miro a una y a otra, ya preparado para intervenir en algo que todavía es una conversación.

—Podemos esperar cinco minutos —digo.

La mujer consulta el celular. Son las tres y treinta y siete.

—A las cuatro está la llamada.

—Lo sé.

Me enseña que también tiene apuntado el número del despacho. Alicia sabe que está aquí. Asiento y dejo mi teléfono sobre la caja, con la pantalla visible.

La mujer abre la caja de costura mientras mi pareja sigue en el vestíbulo. No saca las piezas. Cuenta algo con la mirada y toca un pequeño paquete sujeto con una goma.

—¿Falta algo? —pregunto.

—No parece.

Hay una tarjeta entre los carretes. La retira y la lee.

Por primera vez desde que ha llegado, deja de apretar la boca.

Pasa el pulgar por una línea antes de doblarla por el pliegue antiguo y guardársela en el bolso.

El gesto dura tan poco que no sé si he visto una sonrisa.

Estoy a punto de preguntarle qué pone, pero me callo.

Me pregunta si tengo una bolsa más pequeña para que no se mueva el contenido al transportarlo. Voy a buscarla a la cocina. Al volver, sigue en el mismo sitio, con la caja abierta y la tapa en la mano. Le ofrezco ayudarla a colocarlo. Dice que puede sola.

—De acuerdo.

Dejo la bolsa sobre el cartón y retiro la mano. Ella la abre por las asas, procurando no tocarme.

—¿Quieres sentarte?

—No.

Contesta antes de que termine. Después me mira y añade:

—Quiero acabar.

Me aparto otro poco y dejo de ofrecerle cosas. Ella acomoda la caja de costura en la bolsa y comprueba la fotografía sin volver a mirarme.

Al verla de cerca se le endurece la cara. La imagen conserva un pequeño desperfecto junto al borde. Toca esa parte sin pasar el dedo por encima.

—Se puede poner un margen al enmarcarla —digo.

—No quiero taparla.

Asiento. No había pensado que preferiría conservar también el daño. Ella deja la foto plana sobre la protección y mira hacia la puerta.

—Ya está esto.

Recojo mi teléfono de la caja. Todavía faltan varios minutos para la llamada. Lo bloqueo y me lo guardo mientras ella espera la carpeta.

Inés vuelve al despacho. La mujer del porche la sigue con la vista hasta que desaparece.

—No quiero entrar —dice en voz baja.

—No tienes que hacerlo.

—Entonces que saque la carpeta.

Voy al despacho. Mi pareja tiene varios papeles extendidos y las cintas abiertas. No está vaciando todo, pero tampoco parece estar terminando. Le pido que separe lo reciente y entregue el resto. Me responde que hay documentos personales mezclados.

—Lo que sea tuyo lo quitas —digo—. No necesitamos leerlo.

Me mira. Hay algo en su expresión que no se parece al enfado de otros días. Tiene miedo. Saberlo me ablanda una parte de la decisión que traía, aunque no sepa de qué tiene miedo exactamente.

—Ayúdame con la caja del estante —pide.

La bajo. Dentro hay recibos, sobres en blanco y una carpeta de facturas. Inés retira dos hojas y las guarda en ella. No veo qué son. Estoy a punto de pedírselas cuando recuerdo a la mujer esperando fuera. Dejo la caja sobre el escritorio.

Vuelvo al porche y le digo a la mujer que estamos terminando. Ella mira detrás de mí.

—Está sacando correspondencia de mi madre.

—No sabes qué está sacando.

—Acabo de ver el sobre amarillo. Se ve desde aquí.

Me vuelvo. Desde el porche, a través de la puerta abierta, hay una línea parcial hasta el escritorio. En la mano de Inés veo un sobre amarillento. Lo apoya en una pila distinta.

La otra mujer entra dos pasos.

—Ese no se queda —dice.

Doy un paso hacia ella, a punto de cerrarle el paso. Le recuerdo el acuerdo. Se detiene junto a la banqueta, con las manos a ambos lados del cuerpo.

—Dile que lo traiga. No quiero acercarme.

Le digo a Inés que traiga el sobre. Ella responde que no es suyo. La mujer del pelo corto da el nombre de la remitente, que no alcanzo a oír bien porque mi pareja la interrumpe.

—No voy a enseñarte cada carta para que me digas que también te pertenece.

—Es la letra de mi madre.

Recuerdo la fotografía del álbum, la niña de espaldas con la taza entre las manos. Miro el sobre. Desde aquí no distingo la letra de nadie.

—Saca todo y lo revisamos cuando hablemos con Alicia —propongo.

La mujer acepta enseguida. Inés no.

—Eso es lo que quiere. Meter a Alicia en cada cosa.

—Ya está metida. Vamos a hablar con ella hoy.

Lo digo sin mirar a ninguna. Mi pareja baja la cara hacia los papeles. La otra espera en el vestíbulo.

La mujer cambia el bolso de hombro. No deja de mirar hacia el despacho.

—Tengo que avisar a Eva —dice.

Saca el celular y escribe que la entrega sigue en curso, que espera la carpeta y que hablará con Alicia a las cuatro. Deja la conversación abierta mientras vuelve a guardar el aparato en el bolso. Yo retrocedo para que no tenga que pedirme que deje de mirar.

Inés levanta la cabeza desde los papeles.

—¿Qué está escribiendo?

—A Eva.

—Lo veis todo como si hubiera que dejar constancia de cada respiración.

La otra mujer guarda el teléfono.

—Lo que escribo es que sigo aquí.

—Eso ya lo sabe.

—Ahora sabe que sigo aquí a esta hora.

Mi pareja vuelve a las cintas de la carpeta. Le pido que la traiga de una vez. Se detiene al oírme y tengo que contener las ganas de suavizar la petición.

La mujer del pelo corto me señala el porche con la barbilla.

—Podemos esperar allí.

—Sí.

Doy un paso y me detengo para dejarla pasar primero. Ella está mirando la carpeta que Inés empieza a cerrar y no se mueve. Esperamos junto a la banqueta. La puerta continúa abierta a unos pasos, pero ninguno sale.

Durante un minuto creo que va a resolverse. Inés vuelve a introducir las cartas en la carpeta. Cierra las cintas con un nudo flojo y la levanta. La otra mujer se acerca hasta la puerta del despacho y extiende las manos.

—Dámela.

Inés la sujeta un segundo más. Después se la entrega.

Veo las dos manos de la mujer cerrarse sobre la carpeta. Nadie ha forcejeado. Ya tiene lo que ha venido a buscar. Me aparto para dejarla pasar hacia el porche.

—La caja de cartón puede quedarse en el porche —le digo—. Si prefieres, hacemos la llamada fuera.

Asiente. Camina hasta la banqueta y apoya ahí la carpeta mientras se cuelga el bolso. Me pide algo rígido con que proteger la foto por el otro lado; teme que se doble al meterla con el resto. Le digo que hay otra lámina en el escritorio.

Son unos pasos. La lámina está junto a la ventana del despacho. Me vuelvo, la tomo y aparto una hoja que se ha pegado debajo. Oigo una voz detrás de mí.

—Eso no te lo llevas.

Inés.

Me giro. La mujer del pelo corto tiene la carpeta contra el pecho. Inés está delante de ella, a un paso de la salida, con una mano sobre las cintas.

—Ya me la has dado —dice la otra.

—Hay algo mío dentro.

—Lo mirará Alicia.

Inés tira de una cinta. La carpeta se abre un poco. Una hoja cae al suelo. Yo dejo la lámina sobre la silla para tener las manos libres.

—Esperad —digo.

La mujer intenta pasar por el lado izquierdo de mi pareja. Inés se mueve para cerrárselo. No veo qué hace la otra mano de ninguna de las dos; veo hombros, la carpeta atrapada y el cuerpo de Inés entre la mujer y el porche.

—Déjame salir.

—Suelta eso.

Me acerco. La mujer del pelo corto extiende el brazo y empuja para abrirse paso. Inés retrocede contra el borde de la pared.

—¡Darío!

Mi nombre suena como el viernes en que llegué a reparar una ventana.