La casa heredada 30. La cita
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30. La cita

Alicia puede hablar a las cuatro.

Me lo confirman el jueves por la mañana.

Respondo que enviaré las fotografías al empezar y que indicaré quién aparece en cada una sin usar los nombres, para que Alicia me diga a quién conoce.

La mujer que organiza la llamada me pide que esté disponible y reúna los documentos.

Aclara que la consulta no resolverá por sí sola el conflicto de la casa.

Aviso a las dos mujeres. La entrega será a las tres y media. Si la consulta se retrasa, terminaremos de recoger y quedará pendiente la comprobación. La mujer del pelo corto responde que de acuerdo. Inés tarda más.

«Aquí estaré».

Desayuno en la camioneta antes de abrir. Escribo y borro dos mensajes para Inés. Ninguno añade algo que no hayamos dicho ya, así que guardo el teléfono.

Llego al taller todavía pensando en el vivero. Ayer descubrí que me había mentido y sigo recordando aquella salida con ganas de volver a ella.

Abro el portón y compruebo las piezas preparadas.

La llave amarilla sigue en el cajón donde la guardé anoche.

No necesito sacarla para saber que está ahí.

La devolvió sin que se lo pidiera y he pasado media noche agradeciendo ese gesto.

Al mirar la cerradura me pregunto por primera vez si hay otra razón para que ahora le resulte fácil desprenderse de ella.

Dejo el cajón cerrado y enciendo las luces. A las cuatro podré preguntárselo a Alicia. Todavía faltan horas.

Trabajo hasta la una. Por primera vez desde los destrozos, una pieza del aparador encaja bien. La saco, la vuelvo a poner y compruebo el movimiento. Me gustaría quedarme toda la tarde haciendo esto.

Hugo llama para preguntar por la entrega del veintidós. Le digo que voy dentro de plazo. Es verdad. Me pregunta si puede pasar el viernes dieciséis a ver el avance. Pienso en el árbol que habíamos planeado plantar ese día.

—A primera hora estoy en el taller —respondo.

Apunto la visita. Mañana existe todavía como un día con encargos y un horario. No sé qué me habrá dicho Alicia, pero quiero conservar una obligación que no dependa de eso.

Antes de salir compruebo las dos fotografías. Me detengo un poco más en la del restaurante. Después reviso que la cara de la otra mujer se vea entera en la imagen del despacho.

Como un sándwich de pie junto al banco y lavo la taza en el fregadero del taller. Estoy retrasando la salida con cosas que ayer habría dejado para después.

El vecino ha apoyado junto a mi puerta unas piezas que le pedí guardar. Salgo a darle las gracias. Me pregunta si mañana puedo ayudarlo a cargar una mesa. Tiene que entregarla temprano.

—Después de que venga Hugo, sí.

—¿Sobre las diez?

Acepto y lo apunto en el teléfono, debajo de la visita de Hugo. El vecino vuelve a su nave y yo cierro la mía.

En el camino recibo la confirmación de la mujer del pelo corto. Eva la llevará; ella avisará al entrar y al salir y compartirá su ubicación. Cada condición deja constancia de que ya no confía en mi palabra.

Cargo combustible en otra estación para evitar el lugar de la persecución. El desvío no impide que recuerde lo ocurrido.

Guardo la factura con las de siempre. Ya en la camioneta, compruebo la hora. Todavía sobra tiempo. Arranco antes de encontrar otro motivo para quedarme.

En la casa, Inés me abre aunque tengo llave.

Lleva un suéter azul y jeans. Ha recogido el pelo. El corte de la mano es apenas una línea clara que solo veo porque lo busco. Me aparto para que no interprete mi mirada como una invitación a acercarse.

—¿Has comido? —pregunta.

—No tengo hambre.

—Hay algo si quieres.

Entramos. La radio de mi padre sigue en la estantería. Mi chaqueta del sábado cuelga detrás de la puerta. No ha movido mis cosas por enfado ni las ha dejado preparadas en una bolsa. Esa consideración me duele más que una escena de reproches.

En el despacho hay una caja de cartón sobre la mesa. Contiene la caja de costura y la fotografía protegida por una lámina rígida. La carpeta color vino está al lado, con las cintas atadas.

—¿Has separado los papeles recientes?

—Quedan unas hojas que tengo que comprobar.

—Habíamos quedado en tenerlo preparado.

—Lo sé. Estoy acabando.

Veo que ha sacado del cajón una carpeta azul semejante a la del primer día. La cierra cuando me acerco. Me detengo a su lado, mirando la tapa, hasta que ella pregunta qué pasa.

—No quiero otra discusión cuando llegue —digo.

—Yo tampoco.

Le recuerdo que solo hay que revisar lo que se entregue. Inés asiente y me indica que saquemos la caja. Deja la carpeta color vino abierta sobre el escritorio.

La caja pesa poco cuando la tomo. Inés pone una mano debajo, aunque no hace falta. Caminamos los dos hasta el porche con ese apoyo redundante que ninguno retira.

—Aquí —digo, señalando el sitio junto a la pared.

Bajo la caja despacio hasta el suelo. Ella endereza la protección de la foto y retira un hilo pegado al cartón. Durante unos segundos nos ocupamos de que nada se doble.

—¿Quieres que me quede fuera mientras hablan? —pregunta.

—Quiero que nadie tenga que esconderse.

—No me estaba escondiendo.

Me vuelvo hacia ella. Ha levantado un poco la barbilla, pero no continúa la discusión. Mira la calle vacía y se cruza de brazos.

—Estoy intentando no empeorarlo.

—Entonces termina la carpeta.

Asiente. No entra todavía. Apoya la espalda en la pared junto a la ventana del porche. Recuerdo el presupuesto de aquella primera reparación y las visitas que fui añadiendo hasta que ya no hacía falta una avería para venir.

—Podrías haberte ido el primer día —dice.

—Tú me pediste que volviera.

—Lo sé.

Recuerda el comienzo igual que yo. Quiero preguntarle qué pensaba cuando me pidió que volviera, pero temo que no sepa distinguir una respuesta cierta.

Desde la carretera llega un auto. Los dos volvemos la cabeza. Pasa de largo, con una persona sola al volante. Inés se separa de la pared.

—Voy a terminar.

La sigo hasta el vestíbulo, pero me detengo antes del despacho. Desde allí puedo ver la caja y la puerta de la calle. Inés mueve unos papeles. Cada vez que deja de oírse algo, miro hacia ella.

Unos minutos después vuelve sin la carpeta y se sirve agua en la cocina. Me siento con ella y lleno otro vaso. En el patio, el ciruelo sigue junto al cobertizo. Una hoja se ha quedado pegada al borde del recipiente.

—He mirado dónde lo pondríamos —dice.

No contesto. Me gustaría hablar del árbol. También podría hacerlo y llegar a las cuatro sin que la carpeta estuviera preparada.

—Vamos a resolver primero esta tarde.

Inés asiente y se frota las manos. No hace frío en la cocina.

—Si Alicia dice algo que no te gusta, ¿me escucharás?

La miro.

—Te estoy escuchando ahora.

—No es eso.

Se acerca a la mesa. Me gustaría que hablara antes de que yo tenga que preguntar. Que me dijera de una vez qué estoy a punto de encontrar. Espera tanto que acabo ayudándola otra vez.

—¿Hay algo más que deba saber?

Inés cierra los ojos un instante.

—Me quedé aquí cuando todo lo demás me estaba saliendo mal.

—Me dijiste que habías llegado por la herencia.

—Sí. Pero no era solo la herencia. Necesitaba que me fuera bien algo.

Entiendo que necesitara quedarse. Yo también he pasado semanas haciendo sitio para mis cosas en esta casa. Miro hacia el despacho, donde siguen los papeles.

—A mí también me importas —añade.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé.

Me toma la mano. Dejo que la sostenga unos segundos. Después la retiro para mirar la hora.

Faltan diez minutos para las tres y media.

—Quiero que salga bien —digo.

—Yo también.

Me levanto para abrir la puerta del vestíbulo.

La dejo apoyada, sin echar la llave. Recojo las herramientas que había olvidado bajo la banqueta y las guardo en la camioneta.

No quiero objetos por el suelo ni motivos para tropezar.

El porche tiene sitio para revisar la caja sin que nadie tenga que ponerse en el umbral.

Cuando vuelvo, Inés está en el despacho. Oigo el cajón atascado y el tirón con que lo abre. Salgo al porche y compruebo la señal del teléfono. Las fotos y la hora están listas.

Un auto aparece en la curva y se detiene fuera de la verja. Eva está al volante. La mujer del pelo corto baja con una bolsa vacía y el celular en la mano. Antes de cerrar, se inclina hacia la ventanilla. Eva me mira desde el asiento y levanta el teléfono para que vea que sabe dónde estamos.

—Te llamo al salir —dice la mujer.

Eva espera a que cruce la verja y se marcha. La mujer envía el primer aviso delante de mí; alcanzo a ver la ubicación compartida y una respuesta inmediata.

Esta vez me saluda por mi nombre.

Yo me aparto de la puerta para dejarle ver la caja.