La casa heredada 29. Las fotografías
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29. Las fotografías

La fotografía del restaurante sigue gustándome.

Eso es lo primero que tengo que soportar al buscarla. Inés está inclinada hacia mí, con el vestido verde y una mano sobre mi brazo. Yo sonrío sin vigilar la cámara. Si la mirara sin saber nada más, diría que es una foto de dos personas que están bien.

La selecciono y la guardo en una carpeta aparte.

Después busco la de la recogida. La mujer del pelo corto está detrás del escritorio, con los sobres, el reloj y el álbum delante.

Tiene la cara cansada y la boca apretada.

El sábado decidí no fotografiar los papeles personales de cerca.

Su rostro, en cambio, quedó nítido porque ella quiso que se viera quién se llevaba las cosas.

Pongo ambas imágenes juntas en la pantalla del computador.

No descubro nada nuevo en las caras. Una es la mujer con la que quiero dormir. La otra dice que le estamos robando. Llevan tres semanas diciéndome quiénes son y todavía tengo que preguntar por sus nombres.

Llamo al despacho de Alicia usando el número de la lista que me dieron en el taller. Una mujer responde. Le explico quién soy y que necesito hablar con Alicia sobre la vivienda de Eugenia. Sabe localizar el asunto, pero no me da información de su clienta. Recoge mi número y el motivo.

—Quiero contrastar unas identidades. Tengo documentos de la otra parte y dos fotografías.

Evito los nombres. Quiero oír cuáles dice Alicia cuando vea sus caras.

La mujer me pregunta si se trata de una urgencia. Miro la hoja falsa.

—Necesito hablar antes de seguir interviniendo en una entrega de objetos.

Anota que la mujer de la segunda fotografía autoriza expresamente la comprobación y que enviaré las dos imágenes sin asignarles nombres.

La primera vez llamé preguntando por una clienta y el despacho no podía contestarme.

Ahora estoy planteando una identificación concreta, con consentimiento y documentos que Alicia podrá revisar.

Me darán una hora para el día siguiente.

Preparo un correo con las dos fotografías y el documento de la fecha imposible.

No lo envío todavía. Quiero explicar cómo obtuve las imágenes y escuchar las respuestas mientras las ve.

También quiero retrasar unas horas la posibilidad de que alguien diga algo que ya no pueda dejar de saber.

La segunda razón es la que no cuento cuando me preguntan por la primera.

Después llamo a la mujer del pelo corto.

Contesta al tercer tono. No dice mi nombre.

—Soy Darío.

—Ya lo sé.

Tiene la voz cauta. Debo empezar por la carretera. Lo sé antes de buscar una frase sobre la carpeta.

—No tenía que haberte seguido.

No responde. Oigo una puerta cerrarse al otro lado.

—Ni acercarme a tu auto —añado.

—No.

—Quería decírtelo.

—Está bien que lo digas. No cambia lo que hiciste.

Esperaba que aceptara la disculpa. Lo hace, pero no me concede el alivio que había ido a buscar.

Le cuento que la carpeta, la foto y la caja de costura están preparadas. Le propongo revisar todo en el porche, con la puerta abierta, y hablar con Alicia a continuación. He pedido la consulta yo mismo. La mujer me hace repetirlo.

—¿Qué ha cambiado?

Miro el mensaje falso. No quiero contarle una confesión parcial que ella puede usar antes de que yo comprenda lo demás. Esa protección de Inés sigue apareciendo incluso ahora.

—He encontrado algo que no encaja. Quiero comprobarlo.

La mujer se queda callada. Luego pregunta si Alicia sabe que la entrega es para contrastar también los nombres. Le digo que la he solicitado expresamente.

—Cuando te den hora, me avisas. Yo hablaré con ella por mi parte.

Asiento aunque no pueda verme.

—Y sobre la primera entrega —añado—. Mi declaración permitió que pareciera que intentaste sacar documentos fuera del acuerdo.

La oigo tomar aire.

—No lo intenté.

—Lo sé. Pediste que quedaran anotados para otra entrega. Voy a explicarlo cuando hablemos con Alicia.

—Explícalo antes de que vuelva a convertirse en otra cosa.

—No voy a entrar para quedarme sola con ustedes —dice.

—Lo entiendo.

—La puerta abierta. Solo vamos a recoger esas cosas. Y llamamos tú o yo al número del despacho. No a alguien que ella diga que es Alicia.

Acepto. La precisión me produce vergüenza porque resulta razonable después de la forma en que la he tratado.

Le pregunto si Eva puede acompañarla. Trabaja esa tarde y no podrá quedarse, pero la llevará hasta la verja.

Compartirán la ubicación y han acordado dos avisos: uno al entrar y otro al salir.

Si el segundo no llega, Eva volverá y llamará pidiendo ayuda.

Alicia también sabrá la hora y el lugar.

La mujer acepta ir porque la caja estará en el porche, la puerta permanecerá abierta y la comprobación empezará media hora después.

—No voy a conducir —añade—. No quiero volver por esa carretera pendiente de tu camioneta.

Me acuerdo de la curva. Le digo que podrá pedir un taxi de vuelta desde el porche cuando termine; Eva no tendrá que abandonar otra vez el trabajo. No voy a acompañarla ni a seguirla.

—No tendrías que prometer eso —responde.

—Lo sé.

Me pide que le envíe por escrito las condiciones que acabo de aceptar. Lo hago antes de colgar. Ella reenvía el mensaje a Eva y a Alicia y me lo dice. Vuelvo a leer lo que he escrito, sabiendo que no podrá borrarse con otra versión mía de la visita.

Después de lo del sábado, no puedo reprochárselo.

Antes de colgar, le pido permiso para mostrar a Alicia la fotografía de la recogida. Dice que sí. Le cuento que también mostraré una de mi pareja. La palabra «pareja» nos deja un silencio incómodo.

—Que las mire —responde al fin—. Las dos.

Después de colgar abro un documento vacío para apuntar las preguntas. La primera es fácil: qué documentación acredita cada identidad. La segunda empieza por el expediente que me enseñaron y se ramifica en tantas hojas que no sé cómo formularla sin contar la historia entera.

Escribo también lo de la primera entrega.

No una pregunta: «Fue autorizada y no intentó retirar objetos fuera de la lista».

La frase ocupa menos de una línea. Debajo añado que acepté identificar por escrito a mi pareja como heredera sin haberla comprobado.

No consigo escribir todavía por qué lo hice.

En vez de continuar, guardo el documento y lo cierro.

El computador me pregunta por un nombre de archivo.

Pongo «Consulta». Parece una gestión de trabajo.

El celular suena cuando estoy colocando el cuaderno en la bolsa. Es Eva. Contesto esperando que me reproche haber vuelto a llamar a su amiga. Me pregunta por las condiciones de la entrega.

—Las tiene por escrito.

—Quiero oírtelas a ti.

Se las repito. Eva no interrumpe hasta que llego a la parte de esperar la llamada.

—Si quiere irse, se va.

—Claro.

—No lo digas como si fuera evidente.

Estoy a punto de contestar que nunca la he retenido dentro de la casa. Me muerdo la lengua. Eva está hablando de mañana.

—Si quiere irse, se va —repito.

—Y no la sigues.

—No la sigo.

Oigo voces al otro lado. Eva habla con alguien, pide un minuto y vuelve a mí. Me quedo esperando, incómodo, mientras resuelve algo de su trabajo.

—No te estoy pidiendo que seas amigo suyo —dice—. Quiero que pueda recoger una caja sin llevar dos días enferma de pensar en la visita.

Me pregunta si he hablado con la mujer de la casa sobre el acuerdo. Le digo que lo haré esta tarde. No le cuento lo del mensaje falsificado. Sigo reservándolo como si proteger ese dato fuera una forma de hacer las cosas con orden.

Antes de colgar le doy las gracias por llamar. La fórmula no encuentra sitio entre nosotros.

—No sé qué hacer con tus gracias, Darío.

Cuelga después de decir que mañana estará pendiente. Sigo mirando el teléfono. En el documento cerrado quedan dos líneas que podría enviarle ahora, sin esperar a Alicia. No vuelvo a abrirlo.

Por la tarde Inés viene al taller.

No me lo ha anunciado. Se queda junto a la línea amarilla como hacen los clientes. Lleva el bolso donde guardó la llave que le di y no la utiliza porque el portón está abierto.

—No quería hablar por teléfono —dice.

Le enseño el cajón nuevo del aparador porque no sé cómo recibirla. Ella lo mira, pero enseguida vuelve a mi cara. No hemos venido a hablar de madera.

Le cuento el acuerdo de la entrega. Acepta que las cosas se revisen en el porche y que la consulta sea al número del despacho. Pregunta qué documentos voy a enviar. Le digo que las fotos y lo que me enseñó, incluyendo la hoja falsa.

Aprieta los labios.

—Eso no hace falta para saber quién es cada una.

—Hace falta para explicar por qué estoy llamando.

No insiste. Se acerca un paso y ve las dos fotografías abiertas en la pantalla. La del restaurante ocupa la izquierda. Se queda mirándola.

—Estábamos bien ahí.

—Sí.

—Yo estaba bien.

Habla mirando la fotografía. Espero a que añada algo más, pero no lo hace.

Me gustaría cerrar el computador y abrazarla. Minimizo las imágenes para poder trabajar. Ella da un paso atrás; yo me quedo junto al banco, con la mano en el ratón.

—Hoy duermo en mi alojamiento —digo.

Inés asiente. Saca la llave amarilla del bolso y la deja sobre el banco.

—Por si prefieres tenerla tú hasta que hablemos.

La miro. Devolverla puede ser una forma de cuidarme o una forma de hacerme sentir cruel. No sé cuál y estoy cansado de elegir interpretaciones sin comprobar nada.

La recojo.

Ella se marcha sin discutir. Al cerrar el portón, levanto la llave para guardarla y encuentro debajo un papel doblado.

Lleva el nombre de un técnico que repara radios antiguas y un número de teléfono.

Al pie, con la letra de Inés, hay una nota: «Pregunté por la de tu padre.

Dice que puede verla». No me había contado que lo buscó.

Me quedo con el papel en la mano. Después lo guardo con la llave, junto a la fotografía del mueble intacto, y compruebo que la puerta haya quedado bien cerrada.

Regreso al estudio, a diez minutos en camioneta del taller.

La tienda de la planta baja y los demás locales ya han cerrado.

Subo por la escalera exterior y enciendo todas las luces antes de quitarme la chaqueta.

Nada ha cambiado desde el domingo, pero me cuesta reconocer la tranquilidad que había venido a buscar entonces.

Preparo una cena que no quiero. Mientras se calienta abro el cajón donde guardo el contrato.

Lo saco y lo dejo sobre la mesa. La página doblada marca el plazo para avisar de mi marcha.

Hace unos días miré esa cláusula con una ilusión que intentaba llamar prudencia.

Ahora aliso el papel y lo devuelvo a la carpeta.

Inés me escribe que ha llegado a casa. No pone ninguna pregunta. Contesto que bien, que hablamos mañana. Veo aparecer los puntos de una respuesta y desaparecer varias veces. Al final llega una frase: «No voy a intentar convencerte por mensajes».

Le creo. Dejo el teléfono junto al plato sin saber si eso me tranquiliza.

Me siento a cenar delante del computador.

Abro las fotos, luego las cierro. Busco un correo antiguo de Hugo, un plano que sé resolver.

Podría adelantar media hora de trabajo y terminar el día con una tarea hecha.

No consigo concentrarme. El pan se queda seco junto al plato mientras comparo el tono de madera de dos imágenes idénticas.

A las once me meto en la cama. El despertador está donde lo encontró Inés la noche que durmió aquí. La almohada que saqué para ella sigue enfundada, apoyada contra la pared. No la guardo. Tampoco pongo la mano encima para fingir que está a mi lado.

Antes de apagar la luz releo el mensaje del despacho: han recibido la solicitud y confirmarán la hora por la mañana. Escribo que estaré pendiente, aunque sé que nadie leerá mi respuesta ahora.

Dejo el teléfono con sonido. Después vuelvo a comprobarlo. Me digo que es por la cita de mañana, pero si llamara Inés contestaría.

No debería querer que llamara. Aun así, dejo el teléfono al alcance de la mano y tardo en dormir, atento a una voz que ya no sé si puedo creer.