28. Quiero oírla
Inés ha puesto la hoja sobre la mesa antes de que llegue.
A su lado están el frutero y un cuchillo con restos de manzana. Mientras yo miraba fechas, ella ha seguido con su mañana. Hasta eso me molesta.
—Enséñame —dice.
Dejo el cuaderno, el recibo y la copia de la ferretería. No saco la lista con el teléfono de Alicia. Todavía quiero resolver esto entre nosotros.
Inés compara los papeles. Recorre la fecha del recibo con el dedo y luego vuelve al mensaje.
—Habrá un error.
—Sí. La pregunta es dónde.
—En la copia.
—¿Qué clase de error?
Aparta el cuchillo para poder extender mejor la hoja. La punta deja un rastro húmedo sobre la mesa. Espero a que diga algo.
—No sé. Al guardarlo, al imprimir. Tendría que mirar.
—Dijiste que habías borrado la conversación.
—La conversación. Puede que tenga otra captura.
—Busca.
Me sale seca. Ella me mira. Yo sostengo la mirada porque, si la aparto, sé que volveré a decir que no importa.
Saca el teléfono. Revisa unas imágenes, entra en otra carpeta y vuelve atrás. No veo la pantalla. Durante un rato solo oigo sus uñas tocando el cristal. Después deja el celular sobre la mesa.
—No está.
—Entonces explícame esta.
Inés se sienta. Las patas de la silla chirrían contra el suelo. No sé si intenta ganar tiempo o si de verdad necesita encontrar una respuesta. Estoy agotado de esperar sin saber cuál de las dos cosas está haciendo.
—Me había escrito cosas parecidas —dice—. Me había llamado. Me amenazaba con venir y te estaba metiendo a ti en todo.
—Te pregunto por este mensaje.
Mira hacia la puerta del patio. La luz le da en un lado de la cara y le deja visible una pequeña cicatriz junto a la ceja que había confundido con una arruga. Quiero acercarme lo suficiente para verla mejor. Quiero marcharme sin volver a tocarla. Las dos cosas ocurren a la vez.
—Lo preparé yo.
Es tan corta que al principio no entiendo su alcance.
—¿Qué preparaste?
—La copia.
—¿El mensaje lo escribió ella?
Inés aprieta las manos entre las rodillas.
—No ese.
Me quedo de pie. Había imaginado una explicación torpe, un error al copiar, algo que me permitiera enojarme sin tener que desmontar lo que creía. No estaba preparado para oír una admisión tan clara.
—Me lo enseñaste como si lo hubiera enviado.
—Porque estabas dejando de entender lo que me pasa.
—¿De entenderlo o de hacer lo que querías?
Levanta la cara, herida. No sé si por la acusación o por haber acertado.
—No es justo.
—¿Y esto?
Toco la hoja con dos dedos. La aparto porque siento ganas de romperla. Quiero conservarla para poder volver a leer lo que dice cuando empecemos a discutir sobre lo que yo entendí.
Inés empieza a hablar deprisa. Dice que la otra mujer sigue reclamando, que no puede dormir, que yo miro el teléfono como si esperara un motivo para volver al taller.
Que después de lo que pasó en la carretera pensó que iba a dejarla sola.
Que había intentado explicarme el miedo y parecía que ya no le creía.
Hay cosas ciertas en lo que dice. He estado evitando llamadas, trabajando hasta tarde, preguntándome si no debería marcharme. No entiendo por qué esas verdades habrían de hacer menos falsa la hoja.
—Podías decírmelo.
—Te lo dije.
—Y yo podía no quedarme.
Me sale antes de que pueda corregirla. Inés se queda mirándome. Por primera vez no tiene una respuesta inmediata.
—Sí —dice al fin.
Me siento lejos de ella, en la silla de la otra punta. La distancia no es grande en esta cocina. La noto como si hubiéramos cambiado de habitación.
—¿Qué más has preparado?
—Nada.
Lo dice demasiado rápido. Se da cuenta y vuelve a hablar.
—Lo demás es real. La casa era de Eugenia. Ha muerto. Hay un testamento. Esa mujer ha venido, la viste. Vino al taller. No te he inventado lo que te pasó con el mueble.
Eugenia murió. Yo vi un testamento y el mueble está dañado. Escucho cada cosa, esperando que llegue a la parte que las une. Se detiene antes.
—No sé quién rompió el mueble.
Inés se queda callada.
—Antes lo decías.
—Antes creía que esto era una prueba.
Le cuesta sostenerme la mirada. Se levanta y va al lavaplatos. No hay nada que lavar salvo el cuchillo. Lo enjuaga. Reconozco mi propio gesto del sábado y me resulta desagradable verlo desde este lado.
Espero a que cierre el grifo. No lo cierra. El agua cae sobre el cuchillo limpio hasta que se lo digo.
—Ya está.
Inés retira la mano como si se hubiera quemado.
Se seca en el pantalón. Quiero preguntarle cuánto tiempo tardó en preparar la hoja, dónde estaba yo mientras lo hacía, si imprimió más de una hasta que le pareció convincente.
Las preguntas no me ayudarían a saber quién es la otra mujer.
Sí me permitirían imaginarla ocupada en algo que hizo para mí mientras yo estaba pensando en volver a verla.
—El martes por la noche —digo.
—¿Qué?
—Me preguntaste por el contrato. Después sacaste esto.
Mira la mesa. No intenta corregir la secuencia.
—¿Lo tenías preparado antes de preguntarme?
Tarda en asentir.
La noche cambia sin que desaparezca nada de lo que recuerdo. La comida estuvo buena. Ella me escuchó hablar del aparador y se acordó de una medida que le había dicho el lunes. Todo eso ocurrió mientras tenía la hoja esperando en otra habitación.
—¿Y si hubiera dicho que iba a dejar el alquiler?
—No lo sé.
—¿La habrías sacado igual?
—No lo sé, Darío.
Me molesta que use mi nombre. No porque suene falso; suena exactamente como sonaba cuando me pedía que me quedara un rato más. Aprieto el borde de la silla y la suelto al darme cuenta.
—Me gustaría que hubieras venido porque querías —dice.
—Vine porque quería.
—Ya.
—Eso es lo que no entiendo. Ya estaba aquí.
Se apoya en el lavaplatos. Tiene los ojos enrojecidos y la cara quieta. Por un momento parece que va a explicarme algo distinto, algo que no ha dicho en ninguna de las discusiones. En lugar de hacerlo pregunta si quiero agua.
Le digo que no. Ella llena un vaso para sí misma y vuelve a dejarlo sin beber. La manzana se está oscureciendo junto al frutero.
—¿Te vas? —pregunta de espaldas.
No respondo enseguida. La radio de mi padre se ve desde donde estoy. He traído aquí una parte de mi vida y ahora necesito decidir si la tomo con ambas manos y salgo.
—Voy a hablar con Alicia.
Inés se vuelve.
—Representa a la otra.
—Lo sé. Puede explicarme a quién conoce y de dónde sale cada papel. Yo decidiré qué hago con lo que me diga.
—Darío…
—No voy a pedirte permiso para comprobarlo.
Ninguno dice nada durante unos segundos. Inés baja la vista hacia el teléfono que ha dejado sobre la mesa.
Inés se queda de pie junto a la mesa. No intenta retirar la hoja ni el cuaderno. Me pregunta si he hablado con alguien más. Le digo que no. La respuesta parece aliviarla, aunque no sé qué puede rescatar de ella.
—¿Por qué lo notas ahora? —pregunta.
—Porque la fecha estaba mal.
—No. Por qué has buscado. Antes no necesitabas buscar todo lo que te decía.
La miro. Hasta ayer habría intentado tranquilizarla. Hoy me sorprende que sea yo quien tenga que explicar por qué hago preguntas.
—Antes no sabía que me habías mentido.
—Una cosa.
—Una cosa que utilizaste para que yo pensara de cierta manera de otra persona.
Recuerdo el texto que envié sobre el sábado. También yo había contado una mentira para que alguien creyera culpable a esa mujer. Estoy a punto de decírselo a Inés, pero me detengo. Podríamos pasarnos la mañana disculpándonos el uno al otro y dejar la hoja donde está.
Inés se aparta y toma el vaso que dejó antes en la mesa. Bebe un poco, aunque tiene que sujetarlo con las dos manos. Después me pregunta qué pasaría si la comprobación saliera a su favor.
—¿Borraría esto? —Señala la hoja.
—No.
Le duele. A mí también, porque no sé cuánto tiempo necesitaría para volver a creerle sin buscar una pregunta escondida.
—Tendríamos que hablar de esto —añado—. Has intentado asustarme para que me quedara. Aunque Alicia confirme lo demás, ¿cómo vuelvo a confiar en ti?
Se le mueven los labios antes de decir nada. Al final no se defiende.
—No quiero ser así contigo.
—Pero has sido.
La cocina se queda en silencio. Del patio llega un sonido de agua goteando. La regadera ha quedado inclinada junto al recipiente del ciruelo. Me gustaría levantarme y ponerla derecha. Ocuparme de una cosa que podamos agradecer sin discutir lo que significa.
Me quedo sentado.
Inés se limpia los ojos con la manga. Miro las manos con las que ha ordenado papeles, cocinado, sostenido la radio de mi padre. Sigo deseando que venga a sentarse a mi lado. Me cuesta admitirlo mientras tengo la hoja delante.
—Lo de nosotros no lo he inventado —dice.
No respondo. Si digo que le creo, parecerá que puede apoyarse en eso para que retire la llamada. Si digo que no, no será del todo verdad.
Ella espera. Yo no encuentro nada que añadir.
Inés se acerca. Se agacha junto a mi silla y apoya una mano en mi rodilla. No quiero que lo haga porque mi cuerpo responde a su cercanía antes de que yo pueda ordenar lo que sé.
Me echo hacia atrás, pero el movimiento no apaga la respuesta. Me avergüenza desearla precisamente cuando debería estar pensando solo en la mentira.
—No quiero perderte por una estupidez.
—No la llames así.
Retira la mano. Se queda a mi altura, mirándome desde abajo, y me dice que lo siente. Hay lágrimas en sus ojos, pero no caen. Me cuesta más resistir eso que si estuviera llorando abiertamente.
—Lo que quiero saber es si puedes decirme algo aunque no te convenga —digo.
Inés baja los ojos. Espero. Hasta ahora solo ha admitido lo que pude demostrarle con un recibo.
—Puedo intentarlo.
—Eso me lo dirías aunque no quisieras hacerlo.
Me mira otra vez. Nos quedamos sin una respuesta que pueda cerrar la conversación. Ella retira del suelo una cinta que ha caído de una caja y la deja sobre la mesa. La alisa varias veces con un dedo.
—Cuando saliste el domingo pensé que ibas a irte de verdad —dice.
—Fui a trabajar.
—Ya lo sé. Te estoy diciendo lo que pensé.
Asiento. Me cuenta que estuvo mirando el teléfono aunque yo le había pedido que no llamara mientras trabajaba. Se enfadó al ver que podía contestarle con una frase corta. Después le dio vergüenza haber pasado la mañana pendiente de eso.
—¿Por eso preparaste el mensaje?
—No es una excusa.
—Te pregunto cuándo decidiste hacerlo.
Vuelve a bajar los ojos. La dejo continuar unos segundos, esperando que me diga cuándo se sentó a preparar la hoja. No llega a contármelo.
Me levanto. Inés se aparta lo suficiente para dejarme espacio, pero permanece junto a la silla. Por un momento se lo agradezco. Después veo otra vez la hoja sobre la mesa.
—Puedo escuchar que tengas miedo —digo—. No puedo comprobar cada vez si lo que me enseñas existe.
—No tendrás que hacerlo.
La promesa sale demasiado pronto. Ella lo nota por mi cara y se queda inmóvil. No intento ayudarla a formular otra mejor.
Tomo el cuaderno y ordeno mis papeles. El mensaje falso queda arriba. Inés lo mira mientras yo busco una posición donde no se doble. No me pide que lo deje. Termino de guardarlo y cierro la bolsa.
—Entrega las cosas —le digo—. Hagamos la comprobación. Si lo demás es como dices, podremos hablar después de nosotros.
Asiente varias veces, despacio.
—La carpeta está preparada.
—¿Y la foto?
—También.
Me cuelgo la bolsa. Ella se incorpora al mismo tiempo. Nos quedamos frente a frente junto a la mesa, demasiado cerca para despedirnos con una frase educada. Me toca la cara. Yo dejo que lo haga unos segundos y luego le bajo la mano.
—Necesito salir.
No me sigue hasta la camioneta. Al llegar a la verja miro atrás. Está en el porche, con el pelo suelto y los brazos pegados al cuerpo. La misma mujer a la que quise ayudar el primer día.
En la camioneta saco la hoja y la dejo en el asiento del copiloto, donde no pueda fingir que no la veo.