27. La fecha
La pieza nueva llegó el jueves.
Me acuerdo a las ocho y media del miércoles, mientras abro el taller. La frase aparece completa, sin que tenga que buscarla: el jueves. Había ido a recogerla por la mañana. El martes me entregaron la que no servía.
Dejo las llaves puestas en la cerradura y saco el teléfono.
La fotografía de la hoja está entre la radio del salón y un cajón del aparador. Amplío el encabezado. Veintitrés de septiembre. Miércoles. A las cinco y cuarenta y dos de la tarde, según esa copia, alguien ya había visto la pieza nueva instalada en la ventana del dormitorio.
Yo la instalé el veinticuatro.
Entro, cierro y abro el cuaderno por las cuentas de la ventana. La anotación está junto al importe final, hecha con el lápiz que Inés se puso detrás de la oreja mientras trabajábamos. «Ventana terminada. Jueves 24».
Busco el recibo que le envié. Veinticuatro. La fotografía que adjunté a Alicia también tiene esa fecha. La ventana aparece cerrada, la manilla recta. Antes de ese día tenía el cierre provisional que puse el lunes, no la pieza que describe el mensaje.
Me siento.
Intento darle una explicación razonable. Tal vez el remitente se equivocó. Tal vez la palabra «terminado» no era exacta y solo se refería a que podía cerrar. Pero el mensaje habla de la pieza nueva. No había pieza nueva el miércoles. Ni siquiera estaba en mis manos.
Abro la conversación con la ferretería. El aviso de disponibilidad llegó el jueves por la mañana. Veo mi respuesta: «Paso ahora». Recuerdo al dependiente colocando la caja sobre el mostrador, mi comprobación antes de salir, la llamada de Inés preguntando si por fin era la buena.
No necesito otra prueba de lo que hice yo.
Lo que no sé es qué demuestra sobre ella.
La hoja puede estar mal fechada. Puede haberla copiado alguien de otra conversación. Puede ser una invención. Las posibilidades dejan de ser variaciones pequeñas en cuanto una de ellas tiene a Inés sentada en nuestra mesa sabiendo que me estaba mostrando algo falso.
Apoyo los codos y me tapo la cara. Tengo sueño y aún no he tomado café. En el borde del banco está el presupuesto que debía terminar esta mañana. Lo aparto para extender los comprobantes.
¿Por qué necesitaría inventarse una amenaza si las otras eran verdaderas?
Quizá tenía miedo y quería que la creyera. Me aferro un momento a esa explicación. Luego vuelvo a la fecha del cuaderno. Inés no me ha dicho que se lo inventara ni sabe todavía que he encontrado el error.
Llamo a la ferretería para pedir una copia del comprobante de recogida. El aviso de disponibilidad ya tiene la fecha correcta, pero quiero confirmar también cuándo retiré la pieza. El dependiente me lo envía y me pregunta si ha fallado otra vez.
—No. Funciona bien.
—Menos mal.
Cuelga. Me quedo mirando las dos fechas hasta que se apaga la pantalla. La vuelvo a encender.
Antes de escribir a nadie intento reconstruir la semana sin usar ninguna de las fechas que me dio ella.
Busco mis trabajos en orden: la visita de la librera, la pieza que encargué, la cena fuera.
No hay un solo recuerdo del que dependa todo.
Tengo recibos, mensajes que envié a clientes, una fotografía del marco sin el herraje nuevo.
La saco del archivo de imágenes. Había hecho esa foto para medir la distancia antes de volver a la ferretería. Se ve la ventana abierta, el borde de la cortina y una esquina de mi caja. Amplío el hueco donde iría la pieza. Está vacío.
No siento la satisfacción que habría esperado al encontrar un error demostrable. Tengo frío aunque el taller está cerrado. Me levanto para traer una chaqueta y al ponerme de pie se me cae el comprobante de la ferretería. Lo recojo con demasiado cuidado, como si pudiera cambiar algo al arrugarlo.
Me llama el hombre de la estantería. Quiere saber cuándo le enviaré el presupuesto de la visita del lunes. Le digo que mañana. Escucho cómo describe de nuevo el hueco y apunto una medida que ya tomé allí. Al colgar descubro que la he escrito junto a la fecha de la ventana, casi encima.
Paso la medida a otra página. La anotación anterior todavía se lee. Dejo el cuaderno abierto y pongo el recibo a su lado.
Vuelvo al mensaje impreso. No anuncia una reparación: afirma que está terminada. Ayer pregunté por la conversación borrada, pero no se me ocurrió comprobar cuándo había acabado yo el trabajo. No quiero enfrentarme a Inés si todavía puede tratarse de un error. Reviso el encabezado otra vez.
Busco la fotografía de nosotros en el restaurante. Inés mira a la cámara y yo la miro a ella. Me gusta mi expresión. Recuerdo que estaba riéndome de algo que dijo justo antes de que nos hicieran la foto.
Bloqueo el teléfono. Lo dejo boca abajo sobre el banco. Después lo vuelvo a tomar para comprobar una vez más la hora del recibo, como si la fecha fuera a ceder antes que la fotografía.
Inés me escribe a las diez. Quiere saber si compro pan al volver.
El aviso aparece encima de la captura: «Pan, si pasas». Lo leo varias veces. Ella cuenta con que volveré a comer y yo no sé todavía cómo voy a empezar la conversación.
Le respondo que iré antes del mediodía y que tenemos que hablar de la hoja que me enseñó.
Los puntos aparecen y desaparecen varias veces. Al final pregunta qué ocurre.
«La fecha no encaja con la reparación».
Tarda casi tres minutos en responder.
«Ven y lo miramos».
Mientras espero para salir, recupero la declaración que envié después de la primera entrega. Las palabras siguen siendo ciertas, pero vuelvo a ver el nombre que acepté añadir: «la vivienda de mi clienta Inés». Convertí una identidad discutida en un hecho porque me convenía que ella dejara de temer.
Dejo abierta la conversación. Si la otra mujer se hartó de pedirme una precisión fue porque yo permití que una entrega acordada pareciera un intento de apropiación. Eso también tendré que contárselo a Alicia.
En el cajón del escritorio encuentro la lista que la otra mujer dejó en el taller, con el número de Alicia al pie. La guardé hace más de dos semanas. Cada vez que he abierto este cajón he tenido que apartarla.
La pongo junto al comprobante de la ferretería.
Apago las luces y salgo. No he encendido una sola máquina.