La casa heredada 26. Lo que falta
75%

26. Lo que falta

La lista llega el lunes doce, mientras estoy ajustando un cajón nuevo para el aparador.

Es la misma lista, reducida a lo que falta después de la recogida del sábado: la carpeta color vino con correspondencia familiar, la fotografía pegada a una bolsa y la caja de costura.

Una nota aclara que los documentos recientes deben quedar aparte.

La mujer quiere lo suyo, no los papeles de otras gestiones.

Alicia añade un mensaje breve. Su clienta aceptaría una entrega limitada y una comprobación de identidades si estoy dispuesto a dejar de intervenir sobre la base de copias facilitadas por una sola parte. Me detengo en esa última frase. Después la imprimo junto con la lista.

No contesto desde el taller. Termino de encajar el cajón y lo dejo abierto. La veta nueva no continúa exactamente la anterior. Hugo lo sabe; le envié las muestras antes de seguir. Comparo los frentes una última vez y guardo las herramientas.

Llevo la lista a la casa por la tarde. Inés está en el salón, intentando sintonizar la radio de mi padre. Tiene el cable conectado y una mano sobre la rueda rota. Solo consigue un ruido breve.

—Te dije que no funcionaba.

—Me gustan las cosas comprobadas.

Lo dice sonriendo. Yo llevo una hoja que podría hacer de esa frase una discusión.

Se la enseño.

Inés la lee de pie. Al llegar al nombre de Alicia, la sonrisa desaparece. No se sorprende de los objetos. Los conoce. Me pregunta por qué me han escrito a mí otra vez.

—Porque estuve en la primera recogida.

—Porque pueden contar contigo.

—La fotografía la tenemos.

—La tengo yo.

El cambio de pronombre me incomoda. Inés vacila y añade:

—Quiero decir que sé dónde está.

Vamos al despacho. Saca de un cajón la bolsa de farmacia con la fotografía pegada.

La ha separado de la carpeta para que no se doble.

Me la deja mirar sin soltarla. Aparecen dos mujeres frente a una mesa puesta.

Una es Eugenia. La otra tiene un gesto que me recuerda a la mujer del pelo corto, pero no es ella.

La imagen es antigua y la edad no encaja.

—Su madre —digo.

Inés me mira.

—Es lo que afirma.

Vuelve a guardarla.

—¿Qué nos cuesta entregarla?

—¿Y la semana siguiente qué pedirá?

Le señalo la lista. Solo quedan tres cosas. Dice que siempre puede encontrar una cuarta. Repaso los objetos que ya entregamos y los que siguen aquí. No recuerdo que haya añadido ninguno.

Me siento en la silla del despacho. La carpeta color vino está en la repisa alta, donde la colocamos después de la primera tarde.

Una cinta cuelga más que la otra. Desde aquí veo la banqueta, al otro lado del vestíbulo.

La otra mujer dejó allí sus bolsas el día que vino a recogerlas.

Si las hubiéramos llenado con todo lo que pedía, no estaríamos hablando ahora de otra visita.

—Podemos preparar una caja y entregársela fuera —propongo.

—Puedes prepararla tú. Yo no voy a estar discutiendo con ella cada papel.

Acepto enseguida. Inés me observa mientras acerco la caja de costura. Me preocupa que crea que he acordado con la otra mujer algo más que esto.

Ella se queda junto a la ventana mientras reviso la caja de costura. Tiene un asa floja y una tela antigua por dentro. La abro lo suficiente para comprobar que no haya papeles recientes mezclados y encuentro botones ordenados por colores, algunas agujas y un dedal gastado. No saco nada.

—Esto puede ir así —digo.

Inés se acerca. Mira la caja abierta con una expresión que no sé interpretar.

—Hay gente que guarda botones de ropa que ya no tiene.

—Tú has conservado la caja.

—Todavía estoy aprendiendo a tirar cosas.

Cierro la caja. El asa se mueve en su sitio; si no la sujetamos bien, puede abrirse por el camino. Busco una bolsa para llevarla y encuentro una doblada detrás del escritorio.

—No todo lo que pide es una forma de hacernos daño —digo.

Inés me mira sin responder. Yo sigo sujetando la bolsa. Al final se acerca, toma la caja y comprueba el cierre antes de dejarla sobre el escritorio.

—Lo sé.

Me acerco y le beso la sien. Ella apoya una mano en mi brazo antes de apartarse.

—Voy a preparar la cena —dice.

Me quedo un momento en el despacho. Desde la puerta veo la radio que traje del estudio. Si alguien me impidiera recogerla, me daría igual cuánto dinero creyera que está bien. Vuelvo a la mesa, meto la caja de costura en la bolsa y la dejo preparada.

Hago una fotografía de la caja antes de cerrar la bolsa. Quiero enviársela a Alicia para que pueda confirmar que es la que falta. Inés vuelve cuando estoy escribiendo las primeras líneas.

—¿Se lo mandas a ella?

—A Alicia.

Se queda junto a la puerta.

—Podías decirme qué vas a poner.

Le enseño la pantalla. He escrito que la caja de costura está localizada y que falta acordar una entrega. No he puesto nada sobre quién tiene derecho a la casa. Inés lee el texto y señala una palabra.

—«Localizada» parece que la teníamos escondida.

—Quiere decir que está aquí.

—Pues pon eso.

La cambio. Después me pide que espere antes de enviarlo, que quiere comprobar si falta alguna cosa. Vuelvo a mirar la lista. La foto sigue en el cajón y la carpeta no está revisada, pero la caja está lista.

—Puedo decir que esto está preparado y que falta revisar lo demás.

—Parece que te estás dando mucha prisa por hacerle caso.

—Llevamos días con esto.

No responde. Reviso el mensaje una vez más, sin encontrar nada que necesite cambiar. Lo envío y dejo el teléfono sobre la mesa.

Inés saca la caja de la bolsa y levanta la tapa. Endereza un carrete que se ha movido dentro, vuelve a cerrarla y la guarda.

—No sé por qué todo tiene que acabar en una discusión.

Podría contestar que lo ha convertido ella en una, pero sé adónde iríamos después. Le pregunto si quiere un café. Dice que sí, y nos vamos a la cocina.

Mientras preparo el café me dice que necesita comprar una bombilla para el rellano.

Ha quitado la fundida, pero no entiende los números de la base.

Le explico qué debe mirar para que la luz no quede demasiado blanca.

Lo apunta en el reverso de un recibo y me lo enseña para comprobar que no se ha equivocado.

Llega un acuse de Alicia. Lo veo al dejar la taza. Inés lo ve también y espera mientras lo abro. Solo confirma que ha recibido la información y que coordinará el resto.

—Ya está —digo.

Dejo el teléfono a un lado y le acerco el azúcar.

Esa noche quedan pendientes la revisión de la carpeta y la foto. Cocinamos tarde, hablamos del aparador y nos acostamos con la lista sobre el escritorio. A la mañana siguiente, antes de salir, vuelvo a preguntar por la carpeta. Inés dice que la revisará durante el día.

Paso el martes en el taller. Recibo una consulta por un trabajo pequeño, hago números y esta vez incluyo las horas de traslado.

El presupuesto sale más alto de lo que habría enviado hace un mes.

El cliente lo acepta. Quiero llamar a Inés para contárselo, pero está ocupada y me deja un mensaje de voz diciendo que me escuchará después.

La normalidad nos dura hasta la cena.

Comemos con la ventana del patio abierta. Inés ha regado el ciruelo y hay un pequeño charco junto al recipiente. Le pido que me recuerde comprar una pala para el viernes. Dice que hay una en el cobertizo.

—¿Has mirado el contrato? —pregunta.

—Sí. Todavía no he avisado.

—Está bien.

Me pregunta si la lista de Alicia me ha hecho dudar. Contesto que quiero comprobar las identidades para que aquello termine, no porque haya decidido creer a la otra mujer.

—¿Y el mensaje que te enseñé? —pregunta.

Voy al despacho por la copia. Ha quedado junto a los documentos de la entrega. La pongo al lado del recibo de la ventana y vuelvo a leerla. Inés recoge los platos mientras yo miro la fecha: 23 de septiembre, 17:42.

—¿Por qué no conservaste el original?

—Ya te lo expliqué.

Fotografié la hoja el jueves, pero no comprobé el día en que instalé la pieza. Ahora la primera frase me molesta de una manera distinta. «Tu carpintero ya ha terminado la ventana». Me acuerdo de la pieza equivocada sobre el mostrador de la ferretería.

Inés me toma la mano.

—¿Sigues queriendo quedarte?

Miro la radio de mi padre en el salón y la lista de Alicia sobre el escritorio.

—Sí.

Respondo antes de guardar la hoja. La fecha sigue visible cuando apago la luz.