25. Una cama #2
Permanecemos unidos unos segundos. Después la vuelvo hacia mí. Inés me rodea el cuello y me besa con la respiración todavía desordenada.
—Los calcetines no estuvieron tan mal —dice.
—Gracias.
—Esto estuvo mejor.
Nos tumbamos entonces, atravesados sobre la cama. Ella apoya una pierna encima de las mías y yo le acaricio la cadera. La bolsa con mi ropa ha quedado abierta en el suelo; una manga sobresale junto a sus zapatos.
Me tumbo a su lado e Inés apoya la cabeza en mi brazo. Dibuja una línea con el dedo sobre la costura de la almohada. La miro hasta que vuelve la cara.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Frunce un poco el ceño.
—Ahora tienes que creerme —añado.
—Estoy acostumbrándome.
Me da un beso y vuelve a acomodarse. Afuera se cierra una puerta y el ruido llega amortiguado por la ventana. No nos movemos para comprobar quién ha sido.
Cuando intenta levantarse por agua, la retengo un momento. Necesito sentir otra vez su peso contra mí antes de dejarla ir. Inés sonríe, como si fuera una muestra de deseo; yo todavía no sé que también es miedo a que se aparte.
Inés dobla una esquina de la almohada bajo su cabeza. Tengo ganas de seguir hablando, aunque no sé qué preguntarle. Ella vuelve a pasar el dedo por la costura.
—Podemos repetir lo de la cena otro día.
—¿La parte en que casi la tiro?
—La parte en que nos sentamos a comerla.
—Esa salió bien.
Asiente. Permanecemos juntos sin hablar hasta que cambia de postura y se incorpora un poco. Le hago sitio.
Se sienta contra la almohada. Yo me giro para verla mejor.
Me pregunta con cuánta antelación tendría que avisar al propietario del estudio si decidiera marcharme. Le digo que no he mirado el contrato desde que lo firmé.
—Podrías mirarlo.
—Podría.
Mueve un pie bajo la sábana, buscándome el tobillo. En lugar de pensar dónde guardé el contrato, imagino llevar hasta aquí la ropa que sigue en mi armario.
—No quiero que vengas con todas tus cosas mañana —añade.
—Has vaciado un cajón.
—Tengo cajones de sobra. No es un argumento suficiente.
Me río. Después me pregunta qué tendría que pasar para que yo quisiera hacerlo.
Pienso en dinero y no quiero empezar por ahí.
Pienso en la ventana reparada, en el café, en las noches en mi alojamiento buscando un motivo para llamarla.
Pienso también en la mujer del pelo corto y en las cartas que siguen llegando.
—Tendríamos que poder estar aquí sin discutir cada vez que salgo a trabajar.
—Eso ya lo hemos hablado.
—Quiero que siga siendo verdad cuando se nos olvide la discusión.
Inés asiente y se toma un momento antes de responder.
—Yo necesito que no estés haciendo cuentas de cuánto me debes por cada cena —responde—A veces vas a poner tú. A veces yo. No quiero vivir con alguien que me pide permiso para abrir el refrigerador.
Recuerdo los ciento cincuenta euros que me ofreció y lo deprisa que los rechacé.
—No me gusta depender.
—Ya lo he notado.
—Y a ti no te gusta que pueda irme.
Nos quedamos inmóviles. No lo había pensado antes de decirlo. Inés aparta el pie y mira hacia la ventana. Por un momento temo haber arruinado la conversación al acertar demasiado.
—No —admite al cabo de un rato—. Pero no puedo impedirlo.
Vuelve a mirarme.
—Tampoco quiero que te quedes solo para que yo esté tranquila.
La beso en la frente. Después nos quedamos juntos, sin terminar de decir que sí o que no, hasta que pregunta si voy a traer la radio de mi padre.
No había imaginado la radio aquí. La veo de pronto en una estantería del salón, fuera de la caja, entre libros que no he elegido yo. Pienso en el cuidado con que tendría que envolverla para el viaje.
—Si funciona tan poco como el reloj de la cocina, pueden hacerse compañía —dice.
Le hago cosquillas en el pie y lo retira riéndose. Nos tumbamos de nuevo. La radio sigue en el estudio, pero ya he elegido dónde pondría aquí el cable.
Me despierto una vez durante la noche porque Inés está buscando agua. Se mueve con cuidado para no molestarme. Le digo dónde quedó el vaso y la oigo beber en la oscuridad. Después levanta la sábana y vuelve a acostarse.
—¿Te he despertado?
—Un poco.
—Roncas cuando estás cansado.
—Nunca me lo habían dicho.
—Entonces todos te querían mucho.
Intento recordar si me lo habían dicho y ella me toca la mano, riéndose en silencio. Me ha tomado el pelo. Le hago sitio para que apoye la cabeza más cerca. No tardamos en volver a quedarnos quietos.
Antes de dormir pienso en llamar al dueño del estudio. Podría preguntarle por el preaviso sin anunciar todavía que me marcho. Seguramente querrá saber por qué. Ensayo una respuesta breve y lo dejo para mañana.
Por la mañana Inés recuerda el café antes que cualquier conversación sobre contratos.
Se pone las zapatillas y baja. Yo tardo un poco más en levantarme.
Abro el cajón para sacar una camiseta y encuentro una de las bufandas que ha apartado, enganchada en el fondo.
La doblo y la dejo sobre la cómoda. Al salir vuelvo a colocarla dentro, a un lado de mi ropa.
Cabemos sin que tenga que sacar todo lo suyo.
Desayunamos con la ventana abierta. Se oye a alguien trabajar en un jardín cercano. Inés mira el ciruelo y dice que el próximo fin de semana tendremos que comprar una mesa pequeña para estar fuera. Le recuerdo que ya hay mesas en el cobertizo.
—Una que no tengas que reparar —precisa.
—Eso reduce bastante las posibilidades.
—Una que no quieras reparar, entonces.
Me sirve más café. Le digo que iré a buscar la radio después de desayunar. Asiente con la boca llena y sigue mirando el patio. No hace de la decisión una ceremonia. Se lo agradezco quedándome un rato más sentado.
Salgo hacia mi alojamiento después de recoger la mesa.
Saco la radio de la caja y la envuelvo en una camiseta. Dejo el resto donde está. Después busco el contrato de alquiler, que había sacado una semana antes sin llegar a abrirlo. Esta vez leo hasta encontrar el apartado del preaviso. No llamo al propietario. Doblo el contrato y lo devuelvo al cajón.
En la casa, Inés ha apartado un hueco en la estantería baja del salón. Coloco allí la radio. No la enchufo porque sé que no va a sonar. Ella limpia con un paño el polvo que ha dejado la base.
—Queda bien —dice.
La miro desde la puerta. La base ha dejado una marca sobre la camiseta con la que la envolví. Doblo la tela y la guardo arriba, junto al resto de mi ropa.
Más tarde salimos al patio. El ciruelo sigue en su recipiente. Inés me recuerda que el viernes lo plantaremos y yo digo que sí. En ese momento me parece razonable prometer algo que todavía queda a cinco días.