25. Una cama
El sábado traigo una bolsa que no contiene herramientas.
Inés la ve en cuanto abro la puerta. Estoy cargando también una compra y tardo en encontrar una forma natural de dejar la ropa sin que parezca una declaración.
—Puedes ponerla arriba —dice.
—Lo iba a hacer.
—Pues deja de sujetarla como si llevaras un animal que no te he permitido entrar.
Me río y subo. Inés viene detrás y me abre un cajón que hasta ayer contenía bufandas. Las ha movido a una caja. No sé cuándo. Dejo la bolsa en el suelo antes de tocar la cómoda.
—No hacía falta vaciarlo.
—Hacía falta un cajón. No he desalojado un ala de la casa.
Guardo dos camisas, una camiseta gris, ropa interior y el cargador. Tengo más cosas en mi alojamiento. La mayor parte siguen allí. Me gusta que el cambio pueda caber en este cajón y que, aun así, altere lo que siento al cerrar la cómoda.
Inés me enseña la camiseta que se mojó ayer con la regadera. La ha lavado y dice que quedó bien. Al principio no sé qué tengo que mirar. Luego reconozco la prenda y recuerdo cómo intentó abrazarme para mojarme también.
Me quedo en el dormitorio mientras baja a guardar la compra.
Abro el cajón otra vez. La ropa ocupa menos de la mitad; podría extenderla para disimular el hueco, pero dejo las camisas como las he doblado.
En el estudio siempre he tenido que mover algo para guardar otra cosa.
Aquí sobra sitio y aun así me cuesta usarlo.
Sobre la cómoda está el libro que apartamos de la cama la primera noche. Lo abro por la marca que dejé en otra visita. No reconozco a ningún personaje; debí de leer aquellas páginas sin enterarme. Retrocedo un poco y me siento en el borde de la cama. Abajo, Inés abre una puerta del armario.
Consigo leer hasta el final del capítulo. Cuando bajo, ella está buscando una tapa. Ha puesto tres recipientes en fila y ninguna encaja donde debería.
—No compres nunca cajas sin numerarlas —dice.
—Podemos hacer un sistema.
—Era una queja, no un encargo.
Me da la tapa que tiene en la mano para que la sostenga mientras busca otra. La encajo en el recipiente más pequeño.
—No digas nada —advierte.
Levanto las manos. Ella sonríe con fastidio y me quita el recipiente. Nos estorbamos un poco al guardar la comida. Conozco el sitio del café, pero dejo la sal junto al azúcar y ella la cambia de repisa. Le digo que puede decirme dónde van las cosas.
—También puedes decidir algún sitio tú.
—Después no lo vas a encontrar.
—Te preguntaré.
Dejo la sal junto a la cocina, en un hueco libre. Ella la mira y vuelve a guardar lo que queda. Empiezo a preparar café; cuando abro el armario, hay dos tazas limpias delante de las otras.
Le pregunto si quiere salir a dar una vuelta. Dice que podría, aunque le apetece quedarse. A mí también. No hay una llamada pendiente que nos encierre, ni un auto que acabemos de ver junto al muro. Nos quedamos porque todavía nos resulta nuevo tener una tarde entera delante.
Ella termina de ordenar una repisa del salón y yo leo los mensajes pendientes del taller. Hugo me ha enviado las medidas de un zócalo. Respondo y dejo el celular en la cocina. Inés me pide que alcance una caja de la repisa alta y seguimos ordenando un rato.
Más tarde preparo cena. Esta vez cocino de verdad. Se me quema un poco una cebolla y ella abre la ventana de la cocina sin dar consejos. Le digo que puede reírse. Responde que está esperando a probarlo antes de elegir el tipo de risa.
Para recuperar la cena tengo que separar lo que se ha pegado al fondo. Inés me deja otra cazuela y se queda junto a la ventana, dejando salir el olor. Intento pasar la comida sin que se caiga por el borde. Al final tengo que llamarla.
—Sujeta aquí.
Lo hace con el paño doblado. Yo paso la comida de un recipiente a otro y pierdo parte por el borde. Ella levanta la cazuela para que no se derrame más.
—En carpintería esto te quedaría mejor —dice.
—Porque la madera no se derrama.
Se ríe y pierde un poco el equilibrio de la cazuela. La apoyamos antes de continuar. Terminamos limpiando el mesón entre los dos. La cena no tiene el aspecto que había imaginado. La pruebo, añado algo de sal y le doy una cuchara para que opine.
Inés lo piensa de verdad antes de responder.
—Está bueno.
—No pareces muy convencida.
—Estaba comprobándolo. ¿Prefieres que te conteste antes de probar?
Niego con la cabeza. Ella toma otra cucharada y deja la cuchara en el lavaplatos. Pruebo de nuevo por si había intentado convencerse. La cebolla quemada apenas se nota.
Buscamos platos hondos. Los primeros que encuentro son grandes y ella dice que no necesitamos usar los de una celebración para una cena rescatada. Le pregunto quién decide qué se celebra. Me mira un instante, después saca los dos platos grandes.
Ponemos un mantel limpio y los cubiertos. El patio empieza a quedarse oscuro al otro lado del cristal. Voy a buscar servilletas y, al volver, Inés ya ha encendido la luz sobre la mesa.
Antes de sentarnos, Inés busca música en el teléfono.
Se detiene en una canción que no conozco.
La voz empieza demasiado alta y baja el volumen enseguida.
Le pregunto quién canta. Me dice el nombre, pero se me olvida en cuanto ella vuelve a cantar por encima, más baja y sin acertar todas las palabras.
—Tampoco es tu profesión esa —digo.
—Estoy diversificando.
Me besa al pasar detrás de mi silla. Le tomo la mano y la retengo hasta que protesta porque tiene hambre.
Comemos en la mesa pequeña. El ciruelo se ve junto al cobertizo. Inés ha dejado la etiqueta en un cajón y me pregunta si recuerdo dónde. Le digo que sí. Estamos empezando a compartir preguntas que antes habría tenido que resolver sola.
Después recogemos y subimos. En el rellano me toma de la camisa y me hace volverme. Me besa con una calma que no tiene nada que ver con las despedidas de estos días. Dejo de pensar en si mañana será mejor despertarme temprano o dormir un poco más.
Entramos en el dormitorio. Dejo mi teléfono, que he recogido de la cocina, sobre la cómoda, junto al suyo.
Inés se sienta en la cama y me acerca por la mano. Me inclino para besarla. Cuando intento incorporarme, me retiene un momento más.
—Hoy estabas distinto —dice.
—¿Cuándo?
—Antes de cenar. Cantabas conmigo.
Recuerdo haber tarareado algo mientras poníamos la mesa. Ni siquiera me había fijado en la letra.
—Me estabas confundiendo la letra.
—No te la sabías.
Sonríe. Le aparto un mechón que se le ha quedado junto a la boca y ella gira un poco la cara para besarme la mano. Dejo de buscar otra broma.
Me siento a su lado y le tomo la mano. Podría decirle que he estado a gusto toda la tarde, leyendo arriba, cocinando, viendo cómo guardaba sus cosas. Abro la boca y ella deja de mirar nuestros dedos para escucharme.
—Me gusta estar contigo —digo al fin.
Su sonrisa se vuelve más pequeña.
—Ya lo sé.
—No sé si te lo había dicho.
—Me lo has dicho de otras maneras.
No pregunto cuáles. La beso y ella me rodea con los brazos. Me sorprende reconocer la forma en que se acerca y que, aun así, todavía me importe tanto su respuesta. Cuando nos apartamos, apoya la frente contra la mía.
—Ahora mismo no estoy pensando en nada más —le digo.
Me acaricia la mejilla con el pulgar.
—Pues quédate un rato así.
Inés vuelve a besarme, pero esta vez no nos tumbamos. Me empuja hacia el borde de la cama y se pone de pie entre mis piernas. Le rodeo la cintura y levanto la camiseta hasta besarle el vientre.
—Hace una hora estabas ordenando calcetines —dice.
—Puedo hacer dos cosas bien en un mismo día.
—Eso está por verse.
Tira de mí para que me levante. Nos quitamos la ropa sin separarnos del todo, tropezando con la bolsa que he dejado junto a la cama. Esta vez ninguno se ríe. Hay algo impaciente en la forma en que me desabrocha, en cómo me muerde el labio cuando intento ir más despacio.
La giro con cuidado y queda frente a la cómoda. En el espejo nos vemos desde la cintura hacia arriba: su espalda contra mi pecho, mi boca junto a su cuello. Inés apoya las manos en el borde y me busca con las caderas.
Le aparto el pelo y beso la nuca. Bajo por la columna, despacio, mientras mis manos recorren sus pechos y su vientre. Ella separa un poco las piernas. Cuando deslizo los dedos entre ellas ya está mojada.
La acaricio desde atrás. Inés cierra los ojos y deja caer la cabeza sobre mi hombro. Mantengo un brazo alrededor de su cintura mientras con la otra mano sigo el ritmo que me marca al moverse contra mis dedos.
—No te detengas —susurra.
No lo hago. La observo en el espejo mientras su respiración empaña una esquina del cristal. Cuando se estremece, me aprieta el antebrazo y se queda apoyada contra mí.
Abro el cajón de la mesita sin alejarme. El envoltorio suena demasiado fuerte en la habitación. Inés se vuelve lo suficiente para verme colocar el preservativo y luego recupera la postura, con las manos otra vez sobre la cómoda.
—¿Así? —pregunto.
—Así.
Le sujeto una cadera y guío el pene hasta su entrada. Penetro lentamente, sintiendo cómo cede alrededor de mí. Inés suelta un gemido bajo y empuja hacia atrás hasta recibirme entero.
Empiezo con movimientos largos. La cómoda se desplaza apenas sobre el suelo; la sujeto con una mano y con la otra la mantengo pegada a mí. En el espejo veo su boca abierta, el pecho agitado y mis dedos marcándole la cintura.
Ella cambia el ángulo, inclinándose un poco más. El placer se vuelve más intenso para los dos. Acelero. Su cuerpo golpea contra el mío y el sonido llena el dormitorio junto con nuestra respiración.
Inés lleva una mano entre sus piernas. La veo acariciarse mientras yo sigo entrando en ella. El gesto me excita tanto que tengo que reducir el ritmo para no terminar.
—No más lento —dice.
Obedezco. Le cubro la mano con la mía y seguimos juntos. Sus piernas empiezan a temblar. Cuando llega, se contrae con fuerza y se le escapa mi nombre. Yo continúo hasta que el orgasmo me obliga a cerrar los ojos y apoyarme sobre su espalda, todavía dentro de ella.