24. El ciruelo
El ciruelo que le gusta a Inés tiene una rama torcida.
Lo señala nada más entrar en el vivero. Está entre dos ejemplares más altos, con una etiqueta que casi le tapa el tronco. Yo habría elegido uno de los otros. Ella se inclina para mirar el recipiente y pregunta cuánto espacio necesitará.
La mujer que nos atiende habla del jardín, de las horas de luz y de la separación respecto al muro. Inés describe el patio con las manos. Yo añado dónde da el sol por la tarde. Acabamos dibujando un rectángulo torcido sobre el dorso de un folleto, los dos inclinados sobre el mismo bolígrafo.
—¿La puerta estaba aquí? —me pregunta.
—La del cobertizo. La cocina está en este lado.
Corrige el dibujo al darse cuenta de que lo está mirando al revés. La mujer del vivero sigue la línea de nuestro muro con el dedo y nos pregunta si queremos un árbol para verlo o para recoger fruta.
—Las dos cosas —dice Inés.
—Y si puede barrer el patio, mejor —añado.
Inés me da con el folleto en el brazo.
Nos explican lo básico sin prometer una cosecha inmediata. Inés pregunta cuánto tardará. La mujer responde que hay que dejarlo establecerse y que la producción depende de varias cosas. Veo en la cara de Inés una decepción casi infantil.
—Pensabas desayunar ciruelas el lunes —le digo.
—El martes. Soy una persona paciente.
Vuelve al árbol de la rama torcida. Lo rodea como si esperara que desde otro ángulo se transformara en uno más recto. La mujer nos deja un momento para que decidamos. Inés toca la etiqueta y me pregunta cuál prefiero.
—Ese —digo.
—Lo dices por mí.
—Lo digo porque llevas quince minutos con él y no has mirado otro.
—Eso no responde.
Tiene razón. Miro los tres árboles de verdad. El más alto parece más equilibrado. El pequeño tiene la rama torcida, pero me gusta cómo se abre el resto de la copa. La mujer nos ha dicho que los tres necesitarán un espacio parecido cuando crezcan.
—El pequeño —respondo—. Con esa copa lo veremos bien desde la cocina.
Le basta. Volvemos a buscar a la mujer y decidimos llevárnoslo.
Antes de pagar, la mujer del vivero nos pide que esperemos un momento mientras termina con otro cliente. Nos quedamos junto a una fila de macetas que no vamos a comprar. Inés se agacha a leer una etiqueta y me pregunta si todas las plantas tienen un nombre que parece una enfermedad.
—Será para que sepas a quién reclamar si se mueren —digo.
Señala una con tres hojas enormes.
—Esa no la pondría en casa. Parece que tiene derecho a usar el baño.
Me río y una niña que pasa con su padre nos mira, esperando ver qué hace tanta gracia. Inés se pone seria enseguida, como si nos hubieran descubierto hablando mal de alguien. La niña toca una hoja con un dedo y sigue andando.
Tengo polvo en el pantalón. Me lo sacudo y descubro que ella también se ha manchado al ayudar a mover el ciruelo. La marca le cruza una rodilla. Se la señalo.
—Ya está —dice—. Ropa de jardinería.
Se vuelve hacia las regaderas y me enseña las que ha apartado. Tomo la más pequeña y la levanto como si fuera una pesa.
—Esta se acaba enseguida.
—La otra llena pesará más.
—Puedo llevarla.
—Yo también voy a regar.
La dejo en el suelo. Elegimos una intermedia, menos bonita que la primera. Inés dice que ya había una en la casa. Le pregunto si funciona y se ríe: no la ha encontrado entre tantas cosas. Me quedo con la nueva. Quiero pagar algo de esta salida.
Al cobrar, pregunta quién se queda el folleto con las indicaciones. Inés me señala y yo la señalo a ella. Nos entrega dos. Guardamos uno doblado y dejamos el otro junto al recipiente. Cuando la mujer se aleja, Inés me da un golpe con el papel en el brazo.
—Ya tenemos documentos por duplicado.
Me quedo serio al oírla. Inés deja de sonreír y me toca la muñeca.
—Era por el árbol.
—Lo sé.
Me inclino y la beso. Ella sostiene el folleto entre los dos para que no se arrugue. Durante unos segundos me basta con estar comprando algo que vamos a cuidar juntos.
Al salir, Inés lleva el folleto bajo el brazo y una satisfacción que no le he visto con ninguno de los papeles de la casa.
Se queda junto a la camioneta mientras coloco el recipiente para que no se mueva.
Ella observa desde la puerta. Me advierte que la rama torcida se ha quedado apoyada donde puede romperse.
La aparto. Me gusta que ya se preocupe por algo que hemos elegido hace media hora.
Paramos a comer en un sitio de carretera.
Inés deja la etiqueta del vivero sobre la mesa y busca en el celular fotografías de ciruelas del color que espera recoger.
Encuentra algunas tan perfectas que digo que deben de ser de plástico.
Me enseña una con una mancha en la piel como si hubiera ganado una discusión importante.
Durante la comida no nombramos a Maite ni a Alicia. Cuando lo noto, busco otra pregunta que no tenga nada que ver con ellas: qué haría si el árbol nos diera demasiada fruta. Inés responde que regalarla, comerla, vender la casa para huir de la fruta. Eso último me hace mirarla.
—¿La venderías?
Inés deja el tenedor.
—Era una broma.
—Ya. Pero si pudieras.
Mira hacia la camioneta, que vemos por la ventana. El árbol sobresale lo justo para que ella compruebe dónde está.
—Quiero vivir en un sitio al que no tenga que pedirle permiso todos los meses —dice.
Pienso en alquileres que suben, en las veces que he visto un anuncio de venta en el portal y he llamado al propietario. Entiendo que quiera dejar de hacer esas llamadas.
—Yo llevo dos años diciendo que mi estudio es temporal.
—¿Lo es?
Me encojo de hombros.
—Tiene una radio rota bastante instalada.
Sonríe. Después pregunta si me gustaría tener una mesa donde pudiera cenar más de una persona sin mover antes el computador.
—A veces viene gente —digo.
—Yo he estado. Había que quitar hasta el salero para poner dos platos.
—El salero ocupaba mucho.
Dejamos de bromear. Le cuento lo que pago por mantener el taller y por arrendar el estudio.
Dice que el cobertizo no serviría para trabajar allí, aunque podría guardar algunas cajas.
Me invita a calcular qué seguiría pagando si me quedara en su casa.
Miro la etiqueta del árbol entre los platos y tardo en responder.
—No quiero instalarme para ahorrar —le digo.
—No quiero que te instales por agradecimiento.
Nos quedamos callados. Hay motivos que ninguno de los dos quiere que sean los primeros, aunque estén ahí.
Al final Inés recoge la etiqueta y la guarda.
—Hoy nos llevamos un árbol. Ya es bastante.
Asiento y aparto los platos para que la camarera pueda recogerlos.
La camarera pregunta si queremos café. Inés pide uno y me mira. Yo pido otro hasta que ella me recuerda los tres que llevo. Termino cambiándolo por agua.
—Estoy aprendiendo —digo cuando la camarera se va.
—Lo de tener razón todo el tiempo debe de ser agotador.
—Habla alguien con experiencia.
Me da una patada suave por debajo de la mesa y se le cae un zapato. Los dos nos agachamos para buscarlo. Lo tiene debajo de su silla. Al incorporarme me golpeo con el borde de la mesa y ella suelta una carcajada que hace volverse a una persona del mostrador.
Durante unos segundos no puede parar. Yo intento fingir que me he hecho mucho daño para prolongarlo, pero se da cuenta y me toma la cara entre las manos.
—A ver, el accidentado.
Me besa en la frente. Luego en la boca, antes de que pueda decir nada. La camarera vuelve con el café y tiene que esperar a que nos apartemos.
Inés le pide disculpas, todavía riéndose. Yo me quedo con la mano apoyada en su rodilla mientras la camarera deja la taza y la botella de agua. No me importa que nos haya visto.
Pagamos entre los dos. Inés insiste en dejar la propina porque fui yo quien golpeó la mesa y pude haber estropeado el mobiliario. Salimos discutiendo sobre cuánto se debería pagar por un chichón.
La camioneta está al sol. Antes de subir abrimos las puertas para que salga el calor. Inés rodea el vehículo y mira el árbol por detrás. Me pide que espere, que quiere verlo desde la calle como lo vería alguien que no supiera que es nuestro.
—¿Qué cambia?
—Que no se nota que tiene la rama torcida.
Me acerco a su lado. Desde allí se ve solo la parte alta y una etiqueta que se mueve con el aire.
—Se sigue notando.
—Pero menos.
Se quita las gafas de sol y me las pone. Están tibias. El mundo adquiere un color distinto y ella se ríe al mirarme.
—A ti no te quedan bien.
—Pues con ellas la rama sigue torcida.
Le devuelvo las gafas. Una persona intenta pasar entre nosotros y la pared; nos apartamos pidiendo disculpas al mismo tiempo. Inés se apoya en mi brazo hasta que dejamos de reírnos.
De regreso hablamos de comidas que ninguno sabe cocinar. Ella propone una para invitar a Hugo y Berta cuando todo esté terminado. La idea me hace callar un momento. Nunca he imaginado a mis clientes cenando en esta casa. Me gustaría verlos sentados en la mesa, sin un presupuesto entre nosotros.
—Tendríamos que preguntarles qué día descansan —digo.
—Y no hablar del mueble.
—Hugo hablará del mueble.
—Entonces los invitamos después de que se canse de hablar de él.
Pienso en una fecha que todavía no puedo prometer y la dejo sin decir.
Inés busca el folleto para comprobar una indicación del vivero.
Se le cae debajo del asiento. Le pido que no intente alcanzarlo mientras conduzco.
Me hace caso, aunque veo que podría tomarlo sin dificultad. Espera hasta que estaciono.
Al bajar recupera el papel y me lo entrega como si acabara de salvar una cosa importante. Tiene una esquina arrugada. Lo aliso sobre el capó. Ella sostiene el otro extremo y durante un momento miramos los dos una página que ninguno necesita leer de nuevo.
En la casa descargamos el ciruelo en el patio. Inés lo mira desde la cocina mientras yo lo voy moviendo dentro del recipiente. Primero lo pongo cerca del muro; después lo acerco demasiado a la zona de paso. Ella sale para verlo conmigo y volvemos a moverlo.
Acabamos dejándolo junto al cobertizo, a la espera de preparar el sitio definitivo. Todavía hay losas sueltas y cajas por apartar. No hemos contratado a nadie ni prometido terminar hoy. La mujer del vivero nos ha explicado cómo mantenerlo en su recipiente hasta plantarlo y conservamos la etiqueta.
—El viernes que viene podríamos hacerlo —digo.
Inés mira el patio, después a mí.
—¿Lo dices porque quieres o porque crees que voy a enfadarme si trabajas?
Me gusta que lo pregunte. Me obliga a mirar mi propia propuesta.
—Porque quiero.
—Entonces el viernes.
Llenamos la regadera nueva. Inés se la lleva antes de que pueda hacerlo yo. Le advierto que pesa y me recuerda que tengo la costumbre de decirlo con todos los objetos que toma. Se la dejo.
Mientras riega, voy a la camioneta a recoger el folleto. En el parabrisas no hay ninguna nota. En la carretera no está el auto de la mujer. No había necesidad de comprobarlo y aun así lo hago.
Al volver, Inés tiene una mancha de agua en la camiseta. Me pide que no me ría y me río. Deja la regadera en el suelo y se acerca para mojarme a mí al abrazarme. Intento apartarme, pero ya me ha alcanzado.
La beso con los pies sobre las losas irregulares del patio. Al separarnos, ella apoya la frente en mi pecho y se queda ahí un momento.
—Me ha gustado hoy —dice.
—A mí también.
Entramos a preparar la cena. El árbol queda a la vista desde la ventana reparada, un poco torcido hacia la luz.