23. La entrega
Paso cuatro noches en mi alojamiento.
El lunes trabajo hasta tarde en el estante.
El martes compro material para reconstruir las piezas del aparador y llamo a Hugo, como le prometí el viernes, con una fecha nueva: el veintidós.
No le gusta. La acepta porque el mueble provisional les permite abrir y porque Berta sigue queriendo el que elegimos.
La devolución parcial queda acordada como compensación por el retraso.
Las horas que dedique a reconstruirlo correrán por mi cuenta.
La conversación con Hugo dura más de lo que había previsto. Le he dado el día veintidós como una fecha cerrada; él quiere saber qué va a cambiar para que esta sí se cumpla. Empiezo a explicarle el daño de las piezas y me interrumpe.
—Eso ya lo entendí cuando fui.
Tiene delante el presupuesto. Lo oigo pasar las páginas. Me pregunta qué parte está empezada, cuál depende de una entrega y cuándo podría ir Berta a ver el nuevo acabado. Le contesto una por una, mirando el trabajo en lugar de prometer desde mi cuaderno.
—El viernes pueden pasar.
—Ella no puede hasta la semana que viene.
—Entonces les mando fotos. Que venga ella cuando pueda.
Acepta. Después me dice que la apertura fue bien. Le pregunto por una mesa que se ve torcida en la imagen. Se ríe: han puesto demasiada gente para la primera noche y casi no podían servir por aquel lado.
—Habías dejado dos sitios para nosotros.
—Por si venían.
—Tendría que haberte avisado antes.
—Sí.
No añade nada que me quite la incomodidad. Le pido disculpas sin justificar el día que tuve. Hugo las acepta y vuelve al mueble. Me solicita una confirmación por correo, con la fecha y lo que hemos acordado sobre el dinero. La escribo en cuanto colgamos.
Releo el texto antes de enviarlo. Tiene tres párrafos, ninguna promesa exagerada y un plazo que puedo cumplir si trabajo. Me gustaría mandárselo también a Inés para mostrarle que he arreglado algo. En lugar de eso le escribo que he hablado con Hugo, que se queda el encargo.
Ella llama mientras estoy guardando la plantilla. Se alegra de oírme menos hundido. Me pregunta si he comido. Esta vez puedo decir que sí sin mirar un bocadillo entero.
—¿Cuándo nos vemos? —pregunta.
—Quiero acabar lo de la librería.
—No te he preguntado por esta noche.
Acordamos vernos el jueves.
Esa noche consigo dormir sin despertarme pensando en la puerta del taller.
Inés y yo hablamos cada día. Al principio con cuidado, después con menos. Cuando le cuento que Berta sigue queriendo el aparador, dice que parece la persona sensata de esa pareja. Le respondo que Hugo lo consideraría una información muy poco original.
No aparecen nuevos mensajes amenazantes. Inés tampoco menciona que haya vuelto el auto junto al muro. Trabajo, voy a comprar, preparo la cena y acabo mirando el teléfono para ver si me ha escrito.
El miércoles pruebo el acabado nuevo. El tono no coincide del todo y se lo muestro a Hugo y Berta sin intentar ocultarlo. Lo aceptan mientras respete las medidas acordadas.
El jueves instalo los estantes de la librería. El pago me permite comprar material y cubrir lo que vence al día siguiente.
Mientras guardo las herramientas pienso que el taller vuelve a parecer una salida posible, algo que puedo sostener sin pedirle dinero ni permiso a Inés. Aun así, lo primero que hago es fotografiar el resultado para ella.
Envío a Inés una fotografía del trabajo terminado. Bromea con el espacio para más libros y propone que nos encontremos en una cafetería cerca del puente.
Acepto.
Llego con las manos limpias y ropa de trabajo. No me da tiempo a pasar por mi alojamiento. Inés me espera fuera. Lleva una bufanda aunque no hace tanto frío. Me da un beso en la boca, breve, y entra tomándome de la mano.
Pedimos café y compartimos un trozo de bizcocho. Le cuento lo de la clienta que quería el libro detrás de la escalera. Ella me enseña la fotografía del armario que ha conseguido ordenar. Hay etiquetas en todas las cajas. Acerco el celular para leerlas.
—«Varios» —leo.
—Contiene varias cosas.
—Y «otros».
—Distintas de las varias.
Me río. La he echado de menos por cosas así. No me he pasado cuatro noches pensando únicamente en su cama.
Cuando el camarero retira los platos, Inés apoya las manos sobre la mesa.
—El domingo quería que me eligieras —dice.
Espero a que continúe. Ella da una vuelta a la cucharilla que ha quedado junto al plato.
—Me habías estado diciendo que había peligro, que vigilara, que no me quedara sola. Luego, cuando quise que te quedaras, tenía la sensación de estar pidiendo demasiado. Me enfadé.
—No siempre hay peligro.
—Lo sé.
Contesta enseguida, pero luego mira por la ventana. Abro la boca para responder y me interrumpe.
—No. Quiero decir que lo sé ahora, al contarlo. Cuando estoy allí me cuesta separar las cosas.
Tiene los dedos fríos. Lo noto cuando le tomo la mano.
—Yo también he ayudado a que todo parezca una amenaza —digo.
Pienso en cómo cerré la cortina el jueves. En la carretera. No lo detallo. Ella sabe una parte y yo sigo administrando el resto.
—Pero no puedo dejar un trabajo cada vez que te encuentres mal.
—Ya.
—Y no quiero que, si digo que esta noche duermo en mi alojamiento, discutamos como si quisiera dejarte.
Inés deja mi mano y aparta la taza. Durante un segundo me preparo para el reproche. Ella saca el celular.
—¿A qué hora sueles terminar de verdad?
—Depende.
—No una hora exacta. Lo normal.
Hablamos de los encargos. De que algunos días necesitaré quedarme hasta tarde y de que puedo avisarle si voy a tardar, sin informar de cada movimiento.
Ella propone que cenemos juntos tres o cuatro días y que los otros no tengamos que dar una explicación complicada.
Me hace gracia que estemos intentando organizar una relación de tres semanas como si lleváramos años estropeándola.
—No lo apuntes como turnos —le digo.
Me enseña la pantalla. No ha abierto el calendario. Está escribiendo una lista de la compra.
—Solo quería saber para cuántas cenas comprar.
Nos reímos. Le propongo que compremos también algo que se pueda congelar. Habrá semanas en que no consiga avisar a tiempo para la cena. Dice que le basta un mensaje, que no necesita doce llamadas para explicárselo.
—Y no vuelvas a decirme que cancele mintiendo —añado.
Inés asiente. No se defiende con que era una forma de hablar, como hizo el domingo.
—No estuvo bien.
Asiento también. Podría disculparse por más cosas y yo tendría otras tantas que admitir. Ninguno sigue por ahí.
Cuando pedimos la cuenta descubre que no ha traído la cartera. Busca primero en el bolsillo exterior del bolso, luego saca un paquete de pañuelos y una funda vacía. Se queda mirando la funda con enfado.
—La he dejado encima de la cómoda.
—Pago yo.
—No es eso. He sacado todo para cambiar de bolso y sabía que iba a olvidarme algo.
Le digo que suele ser más caro olvidarse el bolso entero. No se ríe. Aparta los pañuelos y vuelve a buscar aunque ya sabe que no está. Me ofrece pasarme el dinero por el celular.
—Puedes invitarme la próxima vez.
Levanta la mirada y deja de buscar. Guarda los pañuelos, cierra el bolso y lo deja sobre sus rodillas.
—La próxima vez —repite.
Mientras espero a que el camarero traiga el cambio, pregunta si me he arrepentido de darle la llave del taller. La pregunta llega después de una conversación amable y necesito un segundo para colocarla.
—¿Por qué lo dices?
—Porque llevas días comprobando puertas. Si quieres que la devuelva, puedes pedírmela.
—No te estoy vigilando a ti.
—Ya lo sé. Pero puede molestarte haberla dado tan pronto.
Pienso en el llavero junto al bolso aquella noche. Se lo ofrecí porque quería encontrarla allí al día siguiente. He repasado varias veces los accesos del taller, pero no le he pedido esa llave. Ella espera mi respuesta.
—Quiero que la tengas.
—Está bien.
No lo celebra ni la saca para demostrarme dónde la guarda. Pregunta por la radio, si la he vuelto a probar. Le digo que sigue sin funcionar.
—La enciendes como si esperases que se hubiera arreglado sola.
—A veces las cosas hacen contacto.
—Entonces dale tiempo.
Llega el cambio. Lo recojo y ella se pone la bufanda. Me espera de pie, con el bolso cerrado y la mano libre para tomar la mía al salir.
Paseamos junto al río. El agua va más baja de lo que esperaba después de la lluvia. Inés se agacha para atarse un zapato y me da el bolso. Yo lo sostengo, incómodo al principio, después sin pensar en él.
—¿Vuelves hoy? —pregunta al incorporarse.
—Quiero.
—Bien.
No pregunta si me quedo mañana ni si he llevado suficiente ropa. Se limita a besarme en medio del paseo, delante de una pareja que tiene que rodearnos. Me aparto un poco para dejar pasar y ella se ríe contra mi mejilla.
En la casa, la cena está a medio preparar. Me pone a cortar cebolla y acepta el grosor sin corregirme. Le digo que eso demuestra un progreso considerable. Me da un golpe suave con el paño.
Durante la cena le cuento lo que he cobrado por la librería y las facturas que podré pagar esta semana. Inés me pregunta cuánto tardaría en hacer la escalera que he dibujado. Todavía no lo he calculado. Le digo que lo miraré mañana y seguimos comiendo.
Cuando retiramos los platos, Inés saca una hoja doblada del cajón de la cocina.
—No quería enseñártela mientras estabas con lo del taller. Después discutimos y pensé que la usarías como otra razón para quedarte.
Es la impresión de una conversación. En la parte superior figura una fecha: 23 de septiembre, 17:42. El mensaje dice: «Tu carpintero ya ha terminado la ventana del dormitorio. La pieza nueva se ve desde el patio. Dile que deje de tocar lo que no es suyo. Sé a qué hora llegas y sé cuándo se queda».
La última frase me hace mirar hacia la ventana. El patio está oscuro y desde la carretera no se distingue la mesa, pero recuerdo el teléfono levantado al otro lado de la verja.
—¿Está en tu celular?
—Guardé la copia y borré la conversación. Cada vez que tomaba el teléfono acababa abriéndola.
No me gusta que el original haya desaparecido. Se lo digo. Inés me pide que no convierta también el modo en que soportó el miedo en algo que deba justificar.
Fotografío la hoja. La fecha me resulta familiar, pero en ese momento solo puedo leer «sé cuándo se queda». He pasado cuatro noches fuera y alguien parece llevar la cuenta.
—Esto no cambia lo que hablamos el domingo —digo.
—No quiero que lo cambie. Quiero que sepas por qué a veces me cuesta verte salir.
Doblo la hoja por la misma marca y la dejo junto a mi teléfono. Cuando después hablamos del patio, ninguno de los dos propone cerrar la cortina.
Después hablamos del patio. La idea de un árbol aparece porque Inés dice que le gustaría ver algo desde la ventana además del muro. Yo sugiero una planta que no crezca mucho. Ella quiere fruta. Me recuerda que ya tiene bastante decoración que no sirve para nada.
—Mañana paso por un vivero —digo.
Apoya la cabeza en mi hombro. Nos quedamos mirando el patio a través del cristal de la cocina, imaginando dónde pondríamos una cosa que todavía no hemos comprado.