22. Tu casa
El domingo quiero salir a las nueve.
Lo he dicho el sábado por la noche, antes de acostarnos, y lo repito al levantarme.
Tengo que preparar el hueco de la librería mientras está cerrada.
La dueña me dejará entrar, yo tomaré las últimas medidas y retiraré unas piezas antiguas para montar los estantes la semana siguiente sin interrumpir la venta.
Inés está sentada en la cama cuando busco los pantalones.
—Pensaba que hoy podíamos quedarnos.
—Tengo lo de la librería.
—Ya lo sé.
Se queda mirando los pantalones que acabo de tomar. Sigo vistiéndome, aunque empiezo a sospechar que no hemos terminado de hablar de la cita.
Me pregunta a qué hora terminaré. Le digo que al mediodía si no hay complicaciones. Baja la mirada a la ropa que he dejado en la silla.
—Siempre hay complicaciones.
—En los trabajos, a veces.
—También cuando te quedas aquí.
Me detengo con un calcetín en la mano. La habitación está fría. La ventana cierra bien, pero todavía no hemos encendido la calefacción. Inés se sube la manta hasta la cintura y espera a que responda.
—No me voy por ti.
—No he dicho eso.
—Lo estás dando a entender.
Se levanta y se pone la cárdigan. Pasa a mi lado para ir al baño. Podríamos dejar la discusión ahí, incompleta y pequeña, pero habla desde la puerta.
—Llevas toda la semana diciéndome que no quieres que esté sola y hoy no puedes pasar una mañana conmigo.
—Puedo. He quedado para trabajar.
—Entonces no quieres.
El calcetín sigue en mi mano. Lo miro como si fuera una prueba absurda de que hasta hace un minuto solo estaba vistiéndome.
—No lo pongas así.
—¿Cómo quieres que lo ponga?
Lo pregunta con cansancio. Desde el baño me llega el ruido del grifo, pero ella sigue en la puerta, esperando. Dejo el calcetín sobre la cama.
Me siento otra vez y termino de vestirme.
—Si cancelo hoy, le complico la semana a alguien que me ha dado trabajo cuando lo necesito.
—Solo he pedido una mañana.
—Y yo te he dicho desde ayer que esta no puedo.
Inés se frota los ojos. Yo me quedo sentado, con las manos sobre las rodillas. Pienso en abrazarla y salir diez minutos más tarde. Quizá todavía podamos despedirnos bien. Pero, si la abrazo ahora, querrá saber si he cambiado de idea.
Bajo a la cocina y preparo café para los dos. Echo azúcar en su taza antes de acordarme de que no ha bajado conmigo. Cuando aparece, le señalo el sitio que le he dejado en la mesa.
Inés no se sienta.
—Podrías decir que te encuentras mal.
Dejo la cucharilla sobre el plato.
—No me encuentro mal.
—Era una forma de hablar.
—Le estaría mintiendo para quedarme aquí.
Ella levanta la vista. Durante un instante temo que mencione las cuatro palabras que añadí a mi declaración para llamarla Inés ante Alicia. No lo hace. La discusión de esta mañana sigue siendo únicamente sobre mi trabajo.
—No te estoy pidiendo nada terrible —dice.
—No he dicho que sea terrible. He dicho que voy a ir.
La voz me sale más firme de lo que esperaba. Me vuelvo hacia el mesón y tapo el café que ella no ha tocado.
Inés mira hacia el patio. Las sillas que apartamos el jueves siguen junto al cobertizo. Podríamos ordenar eso, cocinar, pasar un día entero sin ver un auto que no fuera el nuestro. Yo también lo quiero. Decírselo ahora le sonaría a una excusa.
—Pues ve —responde al fin.
Tomo la chaqueta y las llaves. Ella no me acompaña al vestíbulo. Al pasar junto a la banqueta, veo mis botas de trabajo debajo. Me las pongo y dejo allí los zapatos del día anterior.
Vuelvo a la cocina para despedirme. Inés está de espaldas. Le toco el brazo y se vuelve lo suficiente para aceptar un beso en la mejilla.
—Te aviso cuando termine.
—No hace falta.
Espero un segundo.
—Te avisaré igualmente.
Salgo con la sensación de haber hecho algo malo. La sensación no desaparece al llegar a la carretera. Sigo conduciendo.
La librera me deja trabajando solo. Durante tres horas preparo la pared y corrijo un desnivel que no aparecía en las primeras medidas.
Inés escribe que no quería discutir. Podría llamarla y convertir esas palabras en una reconciliación inmediata, pero le respondo que hablaremos cuando termine.
Al mover una caja, varios libros caen al suelo. Llamo a la dueña en vez de ocultar el accidente y sigo sus indicaciones para separar un pedido.
La diferencia con la entrega del sábado me incomoda: esta vez cuento el error antes de que pueda favorecerme.
Redacto un mensaje para la mujer del pelo corto: «Tengo que aclarar lo del sábado». No consigo enviarlo.
Al mediodía guardo las herramientas. Estoy cansado de una manera que tiene relación con algo que hice y todavía no reparo.
Llamo a Inés desde allí. Contesta con cautela.
—He terminado.
—Bien.
—Voy a comer algo y pasaré por mi alojamiento a recoger ropa.
No lo había decidido hasta decirlo. Quiero comer sin mirar la ventana y disponer de un rato para mí antes de volver a hablar con ella.
—¿Luego vienes?
No suena molesta. Me dan ganas de decirle que sí y dejar para mañana lo que pensaba hacer esta tarde.
—Luego hablamos. Quiero que hablemos bien, no por teléfono entre dos trabajos.
—Está bien.
Se queda en silencio. Oigo agua correr. Quizá está lavando los platos del desayuno que no hemos terminado.
—No quiero ser otra cosa que tengas que sacar adelante —dice.
Apoyo una mano sobre la madera del banco.
—Entonces no me pidas que falte a una cita para demostrarte que quiero estar.
No responde enseguida. Cuando lo hace, la voz es más baja.
—Lo he entendido.
Cuelgo después de decirle que la llamaré por la tarde. Afuera hace un sol inesperado. Me siento unos minutos en la camioneta sin arrancar. Todavía quiero verla. El hecho de haberme marchado no lo ha estropeado.
Llego a mi alojamiento con hambre. Compro algo para preparar una tortilla y termino llevando más comida de la necesaria, como si aún pasara aquí todas las noches.
Mientras cocino, Inés me manda una foto de la ventana del dormitorio. La cortina se ha descolgado de un extremo. No ha escrito ninguna petición. Amplío la imagen y distingo que ha cedido el aro de plástico, no mi arreglo.
Le contesto que basta con volver a enganchar el aro, sin desmontar nada. Luego empiezo a escribir que espere, que puedo hacerlo cuando vaya. Su respuesta llega antes.
«Ya lo he puesto. Era para enseñarte que tengo otra profesión.»
Me río solo, con la sartén en la mano. La llamo cuando he apagado el fuego.
—Entonces me estás quitando trabajo.
—Hay mucho mercado. Cabemos los dos.
Hablamos diez minutos sin mencionar la mañana. Me cuenta que ha ordenado los productos del baño, que había frascos vacíos y algunos que no sabe para qué sirven. Le cuento lo poco que he encontrado en mi refrigerador. Dice que por eso se inventaron las tortillas.
Cuando parece que vamos a colgar, pregunta si iré a dormir. La voz sigue siendo la de la broma anterior, pero nos callamos los dos.
—Hoy me quedo aquí.
—Está bien.
—Tengo que madrugar.
—También puedes madrugar aquí.
—Lo sé.
Espero el resto. Ella respira despacio y dice que quiere intentarlo, esto de no convertir cada noche en una pregunta sobre nosotros. Le agradezco la frase de una forma demasiado formal y acabamos riéndonos de eso también.
Después de colgar, sigo comiendo de pie aunque la mesa está libre. Por costumbre he preparado dos platos. Devuelvo uno al armario. No me sorprende echarla de menos tan pronto; me sorprende que el alivio de quedarme solo no lo impida.
Al acostarme, el cuerpo me recuerda dónde debería estar ella. Compruebo el teléfono dos veces y dejo el sonido más alto de lo necesario. Haber elegido dormir solo no impide que espere que me pida volver.
Inés no vuelve a llamar. A las diez soy yo quien le escribe para desearle buenas noches. Me responde con una fotografía de su lado de la mesa y una taza. No hay un plato puesto para mí. Me gusta que haya cenado sin esperar.