21. El retrovisor
—La he encontrado en la carretera —digo.
Inés está en la cocina cuando llego. Lleva un rato intentando localizarme y espera que le explique dónde estaba. Dejo las llaves sobre la mesa. Las muestras han quedado amontonadas en la caja de la camioneta.
—¿Aquí cerca?
—Estaba junto a la casa. Con el teléfono.
La expresión de Inés cambia. Se acerca a la ventana y mira por encima de la cortina. Ese movimiento me permite empezar el relato desde el sitio que más me favorece.
—Le he dicho que quería hablar. Se ha ido y la he seguido hasta una gasolinera.
—¿La has seguido?
—No quería parar.
Inés se vuelve. Hay una pausa en la que todavía puedo hablar del claxon, de la curva, del empleado. En vez de eso le cuento que ha llamado a Eva y me ha fotografiado la matrícula.
—Ahora dirá que la has amenazado —responde.
La posibilidad me asusta. Me siento en una silla y noto que tengo la espalda sudada. Quisiera cambiarme de ropa antes de continuar, pero levantarme parecería una forma de huir de la conversación.
—No le he puesto una mano encima.
Insisto en ello como si bastara para zanjar el asunto.
Inés se sienta enfrente.
—¿Te ha dicho algo del taller?
—Que no ha sido ella.
—Claro.
Al oírselo, dejo de buscar otras explicaciones. Ya conoce a esa mujer, sabe lo que es intentar hablar con ella. Me acomodo un poco más en la silla.
—Había gente —añado—. No podía hacerme nada.
La mujer había buscado gente para protegerse de mí. Ahora cuento lo contrario. Las frases me salen sin prepararlas; me doy cuenta después, cuando Inés asiente.
Ella me toma una mano.
—No quiero que te pase nada por ayudarme.
—No me ha pasado nada.
Me acaricia los nudillos y aflojo la mano. No he golpeado a nadie. Vuelvo a repetírmelo mientras ella se levanta.
Inés pone agua a calentar. Dice que tengo mala cara, que me tome algo y descanse. La dejo ocuparse de mí. Empieza a hablar de lo que nos están haciendo, de las fotos, del taller. Asiento y bebo cuando me pone la taza delante.
Por la tarde llega el mensaje de Eva.
No lo leo delante de Inés. Voy al baño con el teléfono y me siento en el borde de la bañera.
Eva dice que conoce lo ocurrido, que su amiga ha dejado constancia y que no vuelva a acercarme para «hablar» en la carretera.
Las comillas me molestan. Son precisamente lo que pondría yo si hubiera visto la escena desde fuera.
No contesto. Abro las fotografías del taller. La última es el aparador bajo la tela. Vuelvo a mirar los daños que fotografié antes de cubrirlo.
Esa noche vamos a comprar comida. Inés me pregunta si quiero pasar por el restaurante de Hugo, que abre hoy.
Le digo que no me apetece. La fachada tiene las luces encendidas cuando pasamos.
Veo gente dentro y reconozco el mueble provisional al fondo.
Hugo se mueve entre las mesas. Durante un instante me gustaría entrar y decirle que he intentado detener a la responsable de lo nuestro.
Lo nuestro. Hugo perdió el mueble que necesitaba para abrir. No sabe nada de esa mujer ni ha dicho que ella tenga la culpa.
Seguimos hasta el supermercado. Inés empuja el carro y me pregunta si tomo yogur, si hay pan en el congelador, si prefiero café molido o en grano. Voy dejando lo que elijo junto a sus cosas. Me hace bien contestar algo tan sencillo después de haber ensayado cada frase sobre la carretera.
En la caja, una señora se vuelve y mira a Inés con atención. Yo me tenso antes de que hable.
—¿Esa oferta también lleva el pequeño? —pregunta, señalando el detergente.
Inés le enseña el envase. La mujer le da las gracias y vuelve a lo suyo. Siento vergüenza por haber esperado una acusación incluso ahí.
Al descargar veo el pan aplastado bajo una botella. Me sale decirle que hay que ponerlo encima. Ella me mira, levanta una ceja y deja la bolsa donde está.
—La próxima compra la colocas tú.
Saco el pan y lo dejo sobre el mesón. Ella ha elegido conmigo, ha pagado su parte y ha cargado la mitad de la compra. Yo he esperado a llegar para señalarle lo único que se ha estropeado.
—Perdona.
—No te he pedido que te disculpes por el pan.
—Lo sé.
Me acerca las bolsas y empieza a guardar las cosas que yo no sé dónde van. Después me indica una repisa libre. Pongo allí mi café, las galletas que he elegido y una conserva. Alcanzo una lata del fondo y se la paso para no volver a golpearla con el codo.
Cenamos tarde. Me acuerdo de que debía darle hoy a Hugo la nueva fecha de entrega.
Todavía no he hablado con el proveedor. Le escribo para desearle suerte con la apertura y pedirle hasta el martes para confirmarle el plazo.
Responde que está atendiendo, que lo hablamos después, y adjunta una fotografía del salón lleno.
Berta sostiene una bandeja al fondo; la jarra de flores aparece en una esquina. Le enseño la imagen a Inés.
—Les ha quedado bonito —dice.
Asiento. Es la primera vez que lo miro sin buscar el hueco de mi mueble. Estoy a punto de escribir que siento no haber ido, pero Hugo manda otra imagen antes de que termine: una mesa con dos sitios que había reservado por si aparecíamos.
Borro la explicación que estaba preparando. Pongo únicamente que gracias, que iremos otro día. Inés me toca el hombro al leerlo. Le digo que no hace falta que me consuele.
—Solo estaba mirando la foto.
Se aparta un poco para seguir comiendo. Yo mantengo el teléfono encendido hasta que la pantalla se oscurece sola.
El sábado por la mañana recibo un correo de Alicia.
Lo abro en mi alojamiento, donde he ido a recoger ropa.
Su clienta ha informado del incidente de la carretera.
Pide que cese cualquier contacto que no esté acordado y añade que los hechos se han puesto en conocimiento de las autoridades correspondientes.
También quiere una respuesta sobre la fotografía familiar pendiente.
Me detengo en la petición de la foto. Después de lo ocurrido en la carretera, la mujer sigue queriendo que le devuelvan lo mismo. Yo casi lo había olvidado.
Leo el mensaje tres veces. En ninguna aparece la acusación de que la golpeara. Describe que la seguí, me acerqué al auto e insistí en hablar mientras intentaba alejarse. Son los hechos que dejé fuera de mi versión.
Empiezo a escribir que ella me estaba vigilando. Borro la frase porque no sé demostrar el propósito de las fotografías. Pongo que solo quería aclarar una situación. Eso tampoco modifica lo que hice con la camioneta.
No envío nada.
Tengo sobre la cama del estudio una bolsa con dos camisas, una camiseta, ropa interior y un cargador. La he preparado para llevarla a casa de Inés. Después de leer el correo, saco una de las camisas. No debería estar pensando en instalarme mientras esto continúa.
Vuelvo a meterla.
Antes de cerrar la bolsa busco un pantalón limpio. Está en el cesto de la ropa sucia, bajo una toalla húmeda. Elijo otro menos cómodo para trabajar. Llevo varios días entrando aquí solo a buscar algo: en el lavaplatos quedan una taza y un plato; sobre la silla, la ropa que tampoco he lavado.
Pongo la lavadora y me siento a esperar con el contrato de alquiler encima de las rodillas. No lo abro. Lo he sacado de un cajón al buscar el cargador y me sorprende tenerlo en la mano, como si hubiera anticipado una decisión.
Vuelvo al correo de Alicia. Podría responder con algo igualmente sencillo: que he recibido el mensaje, que no volveré a acercarme a su clienta sin acuerdo. Escribo esa frase. Cuando llego a «su clienta», me detengo. Llamarla así no concede quién es. Tampoco me deja llamarla Maite.
Envío el acuse breve y la confirmación de que no volveré a acercarme a ella sin acuerdo. Me quedo esperando una respuesta inmediata que no llega. Releo lo enviado: ni una disculpa.
Cuelgo la ropa con más prisa de la necesaria. Hay una camisa de trabajo de mi padre entre las mías, la que uso cuando pinto. La costura de un bolsillo está abierta. La aparto para repararla, aunque sé que no será hoy. Tendré que buscar hilo y una aguja; no recuerdo dónde los guardé.
Al regresar, Inés está barriendo las hojas del porche. Le cuento lo del mensaje de Alicia. Me dice que era previsible. Le enseño la descripción de la persecución y por primera vez tiene que oír algo más que mi resumen.
—¿Te acercaste tanto? —pregunta.
—Había que adelantar un auto.
No había que adelantarlo. Lo hice porque quise. Ella lee otra vez y me devuelve el teléfono.
—No vuelvas a hacerlo.
—No iba a pasar nada.
—No lo sabes.
Su respuesta me molesta. Esperaba que me tranquilizara, que dijera que la otra mujer exagera. Pero Inés me está mirando asustada y acabo abrazándola.
Inés me rodea la cintura. La escoba queda apoyada contra la pared junto a la banqueta. Me dice que no necesita que me juegue nada en una carretera.
—Basta con que estés.
La abrazo más fuerte. Me alivia creer que no me pide nada más.