La casa heredada 20. La curva
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20. La curva

Reconozco su auto antes de verle la cara.

Está estacionado junto al muro, unos metros más abajo de la casa. Son las cuatro de la tarde del viernes. Vengo del taller con unas muestras para el nuevo estante y la cabeza todavía en una medida que no me cuadra. En cuanto veo la puerta abollada, la medida desaparece.

Ella está dentro, con el celular en la mano. No sé si acaba de hacer una fotografía o de leer un mensaje. Levanto una mano al pasar, indicándole que espere, aunque ni siquiera está moviéndose. Freno junto a la verja.

Abre los ojos al reconocerme. Deja el teléfono, arranca y se incorpora a la carretera.

Giro el volante y la sigo.

Al principio me digo que voy a alcanzarla para hablar. No sé dónde pienso hacerlo. La carretera baja hasta el cruce principal y no tiene sitio para detener dos autos. Esa dificultad no me impide acelerar.

Ella mira por el retrovisor. Lo veo por la inclinación de la cabeza. Se aleja un poco más.

Toco el claxon una vez.

No se detiene.

Me acerco tanto que puedo leer el adhesivo de la revisión del taller en la luna trasera. Voy a preguntarle por las fotos, me repito. Por qué no me escucha si solo quiero hacerle una pregunta. El pensamiento se vuelve más furioso cada vez que no consigo verle la cara.

Al llegar al cruce frena. Yo freno después, demasiado cerca. La caja de muestras cae del asiento y golpea el suelo de la camioneta. El ruido me sobresalta. Bajo la vista un instante y cuando la levanto ella ya está girando.

La sigo hacia la carretera general.

Hay un auto entre nosotros. Busco por encima de su techo el de la mujer. En el primer tramo abierto acelero para adelantarlo, pero me falta espacio. Vuelvo a mi carril con una brusquedad que hace sonar el claxon del otro conductor.

No respondo. Tengo las manos húmedas sobre el volante.

Podría dejarla marchar. La pregunta que pretendía hacerle casi ha dejado de importar. Lo que me enfurece ahora es verla alejarse sin escucharme.

Sigo buscando un hueco para adelantar y me abro hacia el centro de la calzada. En la curva siguiente aparece una camioneta blanca en sentido contrario.

Doy un volantazo. Oigo el golpe seco de una rueda contra el borde del asfalto y espero otro que no llega. La caja de muestras se abre bajo mis pies. Una pieza de madera se desliza hacia los pedales.

Reduzco. La camioneta blanca pasa tocando el claxon. Su conductor me grita algo que no entiendo.

Dejo de respirar hasta que vuelvo a tener el auto recto.

La mujer sigue delante. Ha visto lo que he hecho. Mueve el auto hacia la entrada de una gasolinera y se detiene junto a la tienda, donde hay gente. Yo entro detrás.

Al bajar tengo las piernas flojas. Todavía siento el golpe de la rueda y la culpo a ella por haberme obligado a ir detrás.

—¿Por qué no paras? —le digo cuando abre la puerta.

Ella se queda detrás de la puerta abierta del auto.

—Apártate.

—Quiero hablar.

—Apártate de mi puerta.

No le cierro el paso del todo, pero estoy demasiado cerca para que salga sin pasar a mi lado. Retrocedo un paso y abro los brazos, mostrándole el sitio que acabo de dejar.

La mujer sale y camina hacia la tienda. Tiene el celular en la mano. La sigo dos pasos.

—Deja de hacer fotografías de la casa.

Se vuelve tan deprisa que casi choca conmigo.

—¿Vas a seguirme hasta dentro?

Un empleado nos está mirando desde el surtidor más cercano. Un cliente sostiene la manguera sin atender a los números de la pantalla. Han visto cómo la seguía hasta aquí; no saben nada del aparador ni de las carpetas.

—¿Necesita ayuda? —pregunta el empleado.

Ella responde que sí.

—Es una disputa por una vivienda —explico.

El empleado me mira.

—Pues resuélvanla en otro sitio. Déjela pasar.

La mujer entra en la tienda. No puedo seguirla sin convertirme, ante todos los presentes, en algo que no quiero ser. Me quedo fuera. Oigo mi respiración por encima de los autos que entran y salen.

El cliente vuelve a mirar el surtidor, pero enseguida se gira hacia mí. Le sostengo la mirada un segundo y la retiro antes de crear otro problema.

El empleado vuelve hacia mí después de comprobar que la mujer está dentro.

—¿Puede esperar junto a su vehículo?

—Estoy esperando aquí.

—Pues mejor allí.

No levanta la voz. Lleva un paño y una pequeña libreta. Para él debo de ser una discusión de la que quiere librarse antes de seguir trabajando. Me dan ganas de contarle todo desde el principio.

Retrocedo hasta la camioneta. El empleado me sigue a unos pasos, sin invadirme.

—He intentado hablar con ella varias veces —explico.

—Hoy no quiere.

—No sabe usted lo que está haciendo.

El hombre mira hacia la tienda. La mujer se ha sentado en una silla junto al expositor de agua y sostiene el teléfono con ambas manos. Desde aquí puedo verla llorar. No está mirándonos para comprobar si la vemos.

—Sé lo que me ha pedido ahora —responde él.

Podría pedirle que le diga que siento haberla asustado. No tendría que hablar de la casa ni del taller para disculparme por haberla seguido de esa manera.

En vez de eso le explico que tengo un negocio, que he sufrido daños y que esa mujer sabe más de lo que cuenta. Me oye sin asentir. Cuando termino, me pregunta si lo he comunicado. Le digo que sí.

—Entonces siga por ahí. Aquí tiene que dejarla tranquila.

Me enfada que me despache así. Quiero que entienda que yo también he sufrido daños. Pero él sigue atento a la puerta de la tienda, esperando a ver si la mujer necesita algo.

La mujer continúa sentada. Su teléfono se ilumina de nuevo. Contesta y el empleado regresa a su lado sin esperar a que yo esté de acuerdo.

La mujer sale al cabo de unos minutos acompañada por el empleado. Está hablando por teléfono. Oigo «Eva» y luego mi nombre. Su mano tiembla al apartarse el pelo de la cara.

No había pensado en que pudiera temblar por mí.

—Te he visto hacer fotos —digo desde donde estoy.

El empleado se interpone un poco. La mujer baja el teléfono, pero no termina la llamada.

—Estoy documentando lo que hacen en mi casa. Lo sabe mi abogada. No he entrado en tu taller. No he tocado tu trabajo. Y no voy a quedarme en una carretera sola para que me grites.

—Yo no he dicho que…

Me callo. Acabo de insinuárselo al empleado. Por mi actitud, ella lo ha entendido también.

—El viernes pasado te dije que contaras lo que viste —continúa—. Ayer me viste en una acera. Hoy me has venido detrás con una camioneta. Cuenta también esto.

Miro hacia mi vehículo. La puerta sigue abierta. En el suelo hay muestras de madera dispersas y una cinta métrica desenrollada. Una de las ruedas tiene polvo claro en el lateral, del borde que toqué en la curva.

—Solo quería hablar.

El empleado no me responde. Me señala la distancia que hay entre mi camioneta y la salida. El gesto es educado, pero no deja ninguna duda.

Vuelvo al auto. La mujer levanta el celular para fotografiar la matrícula. El impulso de acercarme otra vez es tan fuerte que tengo que apoyar la mano en la puerta para mantenerme quieto. Me ha enfurecido verla haciendo fotos y he acabado dándole una razón nueva para hacerlas.

Recojo la pieza que ha quedado junto al pedal. La pongo en el asiento. No recojo las otras. Arranco y salgo sin mirar a nadie.

Antes de llegar a la carretera tengo que frenar para dejar pasar a una mujer con una bolsa. Me mira a través del parabrisas y levanto la mano, disculpándome. El gesto sale solo. En la tienda, detrás de ella, el empleado continúa hablando con la mujer a la que he seguido.

Salgo despacio, pendiente del retrovisor. No quiero que interpreten otro acelerón como una amenaza. Tampoco soporto imaginar que se rían de mí cuando me haya ido. Sigo mirando hasta que la gasolinera queda tapada por la curva.

El teléfono vibra en el asiento. No lo reviso. Supongo que es Inés. También podría ser Eva, aunque no sé si querrá hablar conmigo después de lo que le hayan contado.

Oigo un golpe detrás del asiento. Otra muestra se ha deslizado al frenar. Sin pensar, repito en voz alta:

—Solo quería hablar.

No suena igual aquí. No hay una persona enfrente a la que convencer ni una mano que pueda apoyar sobre mi brazo. La frase termina y queda el ruido del motor.

Al pasar por la curva donde intenté adelantar reduzco la velocidad.

Un vehículo viene en sentido contrario. Ahora sobra espacio.

Basta con que cada uno siga en su carril.

El conductor no sabe que estoy comparándolo con otro que tuvo que apartarse por mí.

Va hablando con quien lleva al lado. Los veo durante un segundo, dos personas sentadas en un auto que no han decidido participar en nada de esto.

Me aparto en un ensanche del arcén y dejo pasar al que tengo detrás. Tardo en volver a incorporarme porque creo que el siguiente viene más deprisa de lo que viene. Las manos se me han quedado torpes sobre el volante.

A dos kilómetros encuentro un sitio para detenerme. Estaciono y apago el motor. La calma llega tan deprisa que me entran náuseas. Pienso en la camioneta blanca, en el auto al que intenté adelantar, en el empleado preguntando si necesitaba ayuda. No me lo preguntó a mí.

Suena el teléfono.

Inés.

Lo miro hasta que deja de sonar. Todavía necesito encontrar una versión que pueda contarle sin tener que verme desde la puerta de la gasolinera.

Bajo a recoger las muestras. La cinta métrica ha quedado trabada bajo una caja. Tiro de ella con cuidado, pero el borde me corta un poco un dedo. Es una herida mínima. Le presto más atención de la necesaria, buscando en la camioneta un pañuelo para envolverla.

Una pareja pasa en un auto y reduce la marcha.

El hombre señala mi capó, preguntando con un gesto si hay una avería.

Niego y levanto el pulgar. Acelera de nuevo.

Desde fuera debo de parecer un trabajador recogiendo algo que se le ha caído.

Me quedo apoyado en la puerta, agradecido por esa interpretación que nadie me ha pedido defender.

El teléfono tiene dos llamadas perdidas de Inés. Hay también un aviso de la aplicación del banco. Abro ese primero. Un cliente ha pagado. La cantidad habría arreglado la mañana de ayer. Hoy la miro sin poder sumarla al resto.

Ensayo cómo contaré lo de la carretera. Puedo empezar por verla junto al muro, por las fotografías, por el taller destrozado. Cuanto antes empiece, más lejos quedará el momento en que he decidido seguirla. Podría empezar directamente por ahí y ahorrar tiempo.

Me siento en el borde del asiento con un pie fuera. El empleado no necesitó ver documentos para decidir a quién ayudar. Me había visto acercarme mientras ella retrocedía. Recuerdo cuánto tardé en obedecerle y apoyo la cabeza en el marco de la puerta.

Devuelvo las muestras a su caja. El pañuelo se me ha pegado al dedo. Lo retiro y compruebo que ya no sangra. Arranco sin llamar antes a Inés. Quiero verla cuando empiece a contarle lo ocurrido.