19. Nos siguen
El jueves de la entrega incumplida amanece con un mensaje de Hugo.
Me manda una fotografía de las estanterías provisionales, ya llenas.
La que fijé ayer queda demasiado corta para el hueco; la mantelería tendrá que guardarse en otro sitio.
Le respondo que me alegro de que hayan podido organizarse.
Preferiría que no hubieran encontrado cómo arreglárselas sin el aparador.
Me avergüenza pensarlo y cierro la imagen.
Estoy en el patio de la casa, con un café que iba a tomar antes de salir hacia el taller. Inés deja una bolsa de pan en la cocina y viene a buscarme. Sigo mirando el teléfono.
—¿Es Hugo? —pregunta.
Le enseño la foto. Dice enseguida que el mío era mejor. Me dejo consolar con eso.
Hemos hablado de ordenar el cobertizo. Hay sillas apiladas, cajas vacías y unas tablas apoyadas contra la pared.
Le he dicho que conviene esperar a que se aclare la reclamación antes de disponer de las cosas; ella ha respondido que no vamos a tirar nada, solo a moverlo.
Esta mañana aparto dos sillas para comprobar el espacio.
No he traído máquinas ni material. Desde fuera, aun así, puede parecer que estoy empezando otro trabajo.
La veo por la verja cuando salgo a la camioneta a buscar los guantes.
La mujer del pelo corto está en la acera de enfrente con el teléfono levantado. No apunta al dormitorio; desde allí no puede verlo. Está fotografiando la entrada lateral, donde hemos dejado las sillas, y mi camioneta estacionada dentro.
Me quedo mirándola hasta que baja el celular.
No saluda. Guarda el teléfono en el bolsillo y se dirige a su auto.
—¿Qué haces? —le pregunto desde la verja.
Me ha oído. Lo sé por el cambio en su paso. No se detiene.
Inés aparece detrás de mí.
—¿Quién es?
Se lo señalo. La mujer abre el auto. Está lo bastante lejos para que no pueda alcanzarla sin correr, y correr convertiría esto en algo distinto. Me quedo donde estoy.
—Nos está haciendo fotos —digo.
Inés se acerca hasta rozarme el brazo. Lleva una cárdigan sobre la camiseta y va en zapatillas. Pienso en ella saliendo así cada mañana, sin saber que hay alguien al otro lado de la verja, y me enfurezco.
—Métete dentro.
Me mira.
—No estoy desnuda, Darío.
—No quiero que te fotografíe.
—Yo tampoco.
El auto arranca. Reconozco la abolladura pequeña de la puerta trasera que vi el sábado al dejar las bolsas. Sale sin acelerar demasiado. Esa tranquilidad me parece una provocación.
Inés espera hasta que desaparece y vuelve a la cocina. El pan sigue sobre la mesa. Ya no me apetece desayunar.
—Está documentando los muebles —digo, sin acabar de creer que esa explicación baste.
—Y a qué hora estás aquí. Cuándo sales. Qué días duermes.
—No lo sabemos.
—La has visto.
He visto un teléfono dirigido a la entrada lateral. Lo demás no lo sé. Pero no quiero pasar otra mañana discutiendo matices y viendo cómo Inés se aparta de mí.
Me acerco a la ventana de la cocina y compruebo lo que se ve desde fuera. El muro tapa una parte del patio. La verja deja ver la camioneta y el paso lateral hasta el cobertizo. El porche queda expuesto. No tendría que ser un problema salir de mi casa —de esta casa— a buscar unos guantes.
Vuelvo a cerrar la cortina.
—Siempre conseguirá hacer alguna foto desde la calle —dice Inés—. Lo que no entiendo es qué más quiere demostrar.
Lo evidente sería que no retiráramos cosas de la vivienda que reclama. Estoy a punto de decirlo y me acuerdo del aparador. No tengo ganas de concederle intenciones razonables.
Inés se sienta a desayunar y me aparta una silla. Acabo sentándome también. Le doy un bocado al pan sin hambre. Ella comenta que hace falta un felpudo nuevo; le pregunto qué le pasa al que hay y me responde mirando hacia la calle.
Después ella me pregunta si he cambiado las claves del correo.
—¿Por qué iba a cambiarlas?
—No sé. Después de lo del taller. Por si ha visto papeles.
Miro el celular. En el taller hay facturas, contraseñas apuntadas en una libreta, el computador que dejo encendido cuando salgo un momento. Hasta ahora solo me preocupaba el aparador. Empiezo a revisar los accesos del correo mientras el café se enfría.
—No quiero vivir así —digo.
—Yo tampoco.
Cuando la miro, tiene los ojos húmedos. La beso antes de salir. Ella se queda con la mano sobre mi nuca un momento más de lo habitual.
En el taller no consigo dejar de mirar la puerta. El vecino entra para devolver una extensión eléctrica y me encuentra de pie, con una herramienta en la mano, a varios metros del banco.
—Soy yo —dice, como si acabara de encontrarse con alguien dormido.
Me aparto y dejo la herramienta. Le explico que he oído entrar a alguien y no sabía quién era. Él mira la puerta abierta del taller antes de responder.
Él deja el cable. Mira la tela que cubre el aparador y pregunta si hay novedades. Niego con la cabeza.
—Ten cuidado con pasarte el día dándole vueltas.
—Si hubiera sido tuyo, también se las darías.
Se queda callado. Me arrepiento antes de que salga, pero no lo llamo para disculparme. Dejo pasar unos minutos mirando el banco sin empezar nada.
Llamo al vecino antes de seguir desmontando. Contesta desde la otra nave. Podría haber ido a verlo; ahora me alegro de no tenerlo delante.
—Lo de antes ha sobrado —le digo.
—¿Qué cosa?
Lo sabe. Me obliga a nombrarla sin pedírmelo.
—Decirte que, si hubiera sido tuyo, también estarías dándole vueltas.
—No quería quitarle importancia.
—Ya.
El silencio se alarga. Estoy a punto de colgar cuando me pregunta si necesito que sujete algo para sacar las puertas. Le digo que puedo solo. Él dice que pasará antes de irse por si cambio de idea.
Vuelve al cabo de veinte minutos. No hablamos de lo de antes; se pone al otro lado del banco y sostiene la pieza mientras yo aflojo los tornillos. Toda la mañana he estado intentando hacerlo sin ayuda. Con él tardo poco. Dejamos la puerta en el suelo, separada del resto para que no se golpee.
—Esta parte parece buena —dice.
—Lo está. Puedo usarla.
Me pregunta por una veta que parece un arañazo y le explico la diferencia. Durante unos minutos vuelvo a hablar del mueble con alguien que no lo está valorando como prueba de una amenaza. Le enseño la pequeña muestra que saqué de los recortes. La inclina hacia la luz.
—Es bonito el color.
—A Berta le gustó ese.
—Pues hazlo así otra vez.
Me sale una risa breve. Claro que voy a hacerlo otra vez. Oírselo decir con esa facilidad me ayuda a volver al banco.
Al marcharse ve la lista de trabajos que tengo pegada junto a la puerta. Señala uno de los encargos pequeños.
—Ese hombre me preguntó por ti. Le dije que andabas liado.
—Lo llamo ahora.
—No le he prometido nada de tu parte.
Le agradezco también eso. Después de cerrar el portón llamo al cliente. Quiere una estantería para una habitación que está pintando. Le digo que puedo medir, pero no empezar enseguida. Insiste en una fecha; se la doy más lejos de lo que me convendría para cobrar pronto. La acepta sin discutir.
Apunto la cita y pongo debajo una raya para no mezclarla con las cuentas del aparador. Pienso en mandar a Inés una foto de la lista, como si necesitara demostrarle que puedo seguir atendiendo el negocio. No la mando. La foto que me viene a la cabeza es la de esta mañana, tomada desde la calle.
Saco las sillas del cobertizo otra vez en mi imaginación. ¿Qué habría visto yo si hubiera sido ella? Una camioneta, un hombre moviendo muebles, una casa que dice que es suya. La respuesta me resulta molesta por lo sencilla. Cambio de hoja y empiezo a calcular el material.
Por la tarde sigo desmontando las piezas que puedo salvar. Es un trabajo lento. Cada frente que retiro pierde la continuidad que conseguí al fabricarlo. Me paro ante la puerta dañada y vuelvo a ver el celular levantado desde la acera. Puede que sean cosas distintas. Mi cabeza ya las ha unido.
Inés me escribe para preguntarme cuándo vuelvo. Le digo que pronto. A las siete sigo allí. Se lo aviso y responde que no pasa nada. Durante los primeros días habría agradecido la facilidad. Ahora pienso que quizá lo dice porque no quiere mostrarse asustada.
Cuando llego a la casa, el porche está iluminado. Estaciono mirando hacia la salida. Antes de entrar recorro con la vista la calle, las dos esquinas y los autos que puedo ver. Inés me observa desde la puerta.
—¿Está?
—No.
—Ven.
Me tiende la mano. Entro, pero antes de cerrar vuelvo a mirar.
En la cocina encuentro el café que compró para mí guardado en una repisa distinta. Lo saco para preparar el termo del día siguiente. Inés me pregunta si he cenado. Digo que no y ella me acerca un plato.
—Se ha enfriado.
—Lo caliento.
Me quedo esperando delante del microondas. El plato gira bajo la luz. Cuando abro la puerta, me quema el borde y tengo que dejarlo deprisa sobre el mesón. Inés, que estaba recogiendo las migas, se vuelve al oírme.
Ella va a buscar un paño. Yo ya estoy usando la manga.
—Espera —dice.
—Ya está.
Levantamos los ojos al mismo tiempo. He contestado como si me estuviera impidiendo hacer algo urgente. Todavía puedo darle las gracias por el paño.
—No tienes que estar todo el rato pendiente de mí —añado.
El paño queda entre sus manos.
—Te ibas a quemar.
—Lo sé.
—Pues eso era todo.
Deja el paño a mi lado, se sirve agua y se sienta mientras yo llevo el plato a la mesa. Aparta una silla con el pie para que pase.
—Estoy de mal humor por otra cosa —digo.
—Ya lo he notado.
Le cuento que el vecino me ayudó a desmontar el aparador. No menciono la primera conversación desagradable hasta que ella pregunta por qué me sorprende tanto que haya venido. Entonces se la cuento también.
Inés escucha. Me pregunta si le he pedido disculpas. Le digo que sí y espera el resto, por si todavía necesito explicar algo más.
—No tengo una historia muy interesante para la cena.
—No hace falta que la tengas.
Come un poco del pan que ha quedado. Ya ha cenado, pero se queda conmigo. Le ofrezco probar el plato y se ríe porque lo ha cocinado ella.
Acabamos hablando de la película que dejamos a medias. No recordamos en qué minuto. Inés propone empezar otra, pero yo quiero terminar al menos una cosa de las que hemos empezado. Lo digo en broma. Ella recoge el plato y tarda un momento en contestar que está bien.
En el salón tratamos de recuperar la película que dejamos a medias. Me cuesta seguirla. Cada vez que cambia la luz en la pared miro la cortina. Inés termina apagando la televisión.
—Estamos sentados aquí y parece que no estamos —dice.
Me vuelvo hacia ella. Le tomo la cara y la beso. Quiero concentrarme en algo que no tenga que comprobar después. Durante un rato lo consigo. Su mano se mueve hasta mi pecho y se queda allí. Entonces una luz cruza la ventana del salón y levanto la cabeza.
Es un auto que pasa de largo.
Inés se aparta despacio. Quiero que vuelva a besarme, pero sigo pendiente de la ventana.
—La próxima vez que la vea —digo—, voy a hablar con ella.
Inés me mira las manos, todavía apoyadas junto a su cara.
—Que no te haga hacer una tontería.
Bajo las manos. En mi cabeza, la tontería seguiría siendo una cosa que ella me hiciera hacer.
Esa noche encuentro motivos para tocarla cada vez que se aleja: apartarle el pelo, pasarle una taza, atraerla hacia mí en la cama. Ella lo nota y no se resiste. Me alivia que todavía necesite mi cuerpo después de haberme pedido que no arriesgue nada por ella.