18. Tu palabra
Eva me espera en la puerta del taller el miércoles.
Ha estacionado al otro lado de la calle y sostiene dos cafés. Al verme mira los vasos, como si acabara de darse cuenta de que traerlos puede parecer una maniobra.
—No sabía cómo encontrarte sin aparecer otra vez de repente —dice—. He llamado y no contestabas.
Tengo cuatro llamadas perdidas de números que no guardé. He dejado de contestar algunas desde ayer. No siempre sé cuáles estoy evitando.
—No tengo tiempo para otra discusión.
—Yo tampoco tengo ganas. Este es para ti si lo quieres.
Lo acepto. Hace frío y Eva sigue tendiéndomelo mientras busco la llave. Abrimos el taller. Ella ve el aparador cubierto y no se acerca.
—Me han contado lo que pasó.
—Las noticias vuelan.
—Tu pareja se lo ha contado a Inés. Así se enteró de que la estaban acusando.
El nombre nos separa antes de que empecemos. Apoyo el café sin beber.
—No he acusado a nadie donde no debo.
Eva frunce el ceño.
—¿Dónde se debe acusar sin saber?
—No empieces con eso.
—No estoy intentando pillarte en una frase.
Se quita las gafas para limpiarlas. Tiene lluvia en el pelo, en las mangas, en el borde de la bolsa. Lleva ropa de trabajo. Miro la hora y me pregunto qué habrá aplazado para estar aquí. Preferiría que hubiese venido gritando.
—El lunes estuvo conmigo —dice—. Desde antes de cenar hasta que nos acostamos.
—¿A qué hora?
—Llegó sobre las seis. Estuvimos preparando unas cosas para mi trabajo y después cenamos. La última vez que la vi despierta eran más de las once.
Las ocho y media del mensaje del catálogo quedan dentro de ese intervalo. Pero el aparador seguía bien a las ocho y media, según Inés. El daño pudo ocurrir después de las once. La cuenta aparece en mi cabeza antes de que haya terminado de escuchar.
—¿Y luego?
—Luego me acosté.
—Entonces no sabes dónde estuvo toda la noche.
Eva me mira largo rato.
—Te estoy diciendo lo que sé. Si quisiera inventar una coartada, no te dejaría ese hueco.
—Puede que ella te esté engañando.
—La conozco desde hace doce años.
Doce años. Me detengo en ese dato, hasta que recuerdo la advertencia del expediente sobre las personas que podrían ayudar a Maite a sostener su versión. Miro a Eva por encima del vaso y sigo buscando qué preguntarle.
—¿Conocías a Eugenia? —pregunto.
—No personalmente.
Me agarro a ese no, aunque su amistad no dependa de haber conocido a Eugenia.
—Pues tampoco sabes lo que pasó en la casa.
Eva apoya las gafas sobre el vaso. No ha bebido nada.
—Sé que el sábado la entrega estaba acordada. También sé que al día siguiente escribiste una frase que están usando para decir que intentó llevarse documentos fuera de la lista. Vi el recibo que firmaste.
Me giro hacia el banco de trabajo. Hay una tabla esperando el acabado. Paso el pulgar por el canto y siento la pequeña herida de la astilla. El dolor me devuelve el aparador destruido. Es fácil enfadarse otra vez.
—Si has venido a decirme que me he inventado esto, puedes irte.
Señalo el mueble cubierto. Eva no lo mira.
—No he dicho que te lo hayas inventado. Alguien lo ha hecho. Siento que te haya pasado. Estoy diciendo que no sabes quién.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que espere a que vuelva?
—Quiero que no la persigas por algo que no has visto.
Todavía no he perseguido a nadie. Me enderezo al oír esa palabra. El mensaje de ayer, «sé lo que has hecho», ni siquiera llegó a salir de mi teléfono.
—No la persigo.
—Le escribiste una versión ambigua a tu pareja y ahora la están usando contra ella.
—Mi versión.
—Tu versión de una petición que ella dejó escrita y aceptó aplazar.
Miro la puerta. Podría pedirle que se fuera, pero sé que seguiríamos sin haber aclarado eso. Eva no aparta la vista de mí, toma sus gafas y se las pone. Durante un momento creo que ha terminado. Se queda mirando hacia la entrada, como si necesitara organizar una frase antes de volver a mí.
—El domingo, cuando salimos, me preguntó si yo también había entendido que la acusabas de intentar sacar la carpeta.
—¿Qué?
—Si tu nota decía realmente lo que ella acababa de leer.
Me apoyo en el banco. No tengo ganas de repetir la conversación del domingo. Eva continúa antes de que pueda interrumpirla.
—Me lo preguntó en el auto. Luego me enseñó el recibo con tu firma y la precisión que enviaste después. Como si necesitara que alguien le confirmara que una entrega sin incidentes no se había convertido en otra cosa.
—No puedes saber lo que hablamos solos.
—No estoy hablando de lo que no sé.
Señala mi teléfono, sin acercarse.
—Tú también tienes los dos textos.
Tengo el teléfono en el bolsillo. Podría enseñarle que mis frases son ciertas por separado. Eso no impediría que juntas produzcan el efecto que Eva describe. Me cruzo de brazos.
—No era un permiso general.
—Ella no recogió toda la casa. Fue por las cosas de la lista.
—Podría haber aprovechado para exigir más cosas.
Eva espera. Estoy a punto de nombrar la carpeta que quedó pendiente, pero no se la llevó. No tomó nada que yo no viera.
—Le hiciste una foto a lo que se llevaba —dice al fin—. La tienes. No me estás contando una sospecha sobre una bolsa que nadie vio.
Tiro de una esquina de la tela del aparador. Quiero que Eva mire el daño, pero sigue esperando que le conteste sobre la fotografía. Suelto la cubierta.
—Siento lo del trabajo —repite—. Pero no voy a fingir que esto empezó el martes porque te venga mejor.
Me ofende. Quiero echarla del taller. Tengo la mano apoyada en el banco y la retiro para no golpearlo cuando conteste.
—¿Qué te ha pedido que me digas?
—Que deje de tener que defenderse de cosas que no ha hecho.
—Eso no es una respuesta concreta.
—Para ella sí lo es.
Se queda callada. Esta vez no intenta acercarme ninguna prueba más. Me mira como si estuviera decidiendo cuánto tiempo puede seguir aquí sin faltar a otra obligación.
Su teléfono suena. Lo mira y lo silencia. Un mensaje entra detrás. Lee, guarda el celular y me dice que tiene que irse. Antes de hacerlo, saca un papel doblado de la bolsa.
—No es otro documento sobre la casa. Es el mensaje que ella quiere que tengas.
Lo deja en la esquina del banco. Son cinco líneas impresas. La mujer pide que deje de atribuirle los daños, que no difunda su fotografía y que conserve las comunicaciones del sábado. Dice que sigue dispuesta a contrastar su identidad por medio de Alicia. Al pie aparece Inés.
Me fijo en la frase sobre la fotografía. Yo no la he publicado ni la he enviado a un grupo. Se la enseñé a mi pareja. Ahora siento que también eso se está convirtiendo en una acusación.
—No he difundido nada.
—Entonces esa parte no será difícil.
Eva recoge su café, intacto. El mío sigue junto a la puerta. Antes de salir me pregunta si me importa que deje constancia de lo que ha dicho sobre la noche del lunes.
—Haz lo que tengas que hacer.
—Eso intento.
Se marcha. La veo atravesar la calle con cuidado de no derramar los dos vasos, porque al final se ha llevado también el que me trajo. Me siento ridículo por haber aceptado un café que luego usé para marcar distancia.
Estoy terminando de retirar la cubierta del aparador cuando recibo una llamada de Inés.
—¿Ha ido Eva?
—Sí.
—Maite me ha escrito que iba a hablar contigo.
Le cuento lo del lunes. Me escucha hasta el final, incluyendo las once.
—¿Y después de las once? —pregunta.
Yo he pensado lo mismo. Le contesto antes de preguntarme qué demuestra esa hora.
—No la vio después.
—Pues ya está.
No está nada. Una persona puede haber pasado la noche durmiendo aunque nadie la mire. Pero vuelvo a hacer la cuenta desde las once hasta la mañana, como si insistir fuera a colocar a esa mujer delante de mi puerta.
—Tendré más cuidado —digo.
—No quiero que te vuelva a hacer nada.
Hay miedo en su voz. Le digo que estaré pendiente al cerrar el taller y que volveré a la casa antes de cenar. Me quedo con el teléfono en la mano cuando se despide; no recuerdo haber necesitado vigilar tantos sitios a la vez.
Después de colgar, voy al cobertizo lateral del taller y guardo unas piezas que antes dejaba fuera. Compruebo la cerradura dos veces. Miro la carretera antes de levantar el portón. Cada auto que reduce la velocidad tiene una razón posible para estar observándome.
Antes de ir a la librería fijo la estantería provisional del restaurante. Berta no pregunta por el taller delante del personal y me entrega comida para llevar.
En la librería mido el nuevo estante. Sigo mirando mi camioneta a través del escaparate y anoto mal una medida. La dueña me hace volver sobre ella antes de que me vaya.
Corrijo el error y confirmo la fecha. Todavía puedo cumplir ese trabajo.
En la calle encuentro un mensaje de Eva: «Gracias por escucharme esta mañana». Recuerdo los dos vasos que se llevó del taller, todavía llenos. No me parece que tenga mucho que agradecer.
Podría darle las gracias por el café sin aceptar su explicación sobre el lunes. Empiezo a escribirlo. Entonces llega un mensaje de Inés preguntando si sigo en la librería. Cambio de conversación y le contesto a ella.
Cuando guardo el teléfono, el agradecimiento a Eva sigue sin enviar.
Cuando vuelvo a casa de Inés, hago el trayecto despacio por si reconozco el auto de la mujer. No lo encuentro. Aun así, al estacionar coloco la camioneta de forma que desde la cocina pueda ver quién se acerca a la verja.
Inés sale a recibirme. Me pregunta si he cambiado algo en el taller. Le digo que ya está todo cerrado.
—Aquí también —añado.
Me cuelgo las dos llaves en el mismo aro.