La casa heredada 17. Lo que cuesta
50%

17. Lo que cuesta

Hugo viene solo.

No entra enseguida. Se queda en la puerta del taller y mira el aparador desde allí, como si las fotografías pudieran haber exagerado el daño. Yo lo he visto esta mañana desde el mismo sitio. Lo dejo tener esos segundos.

Después se acerca. Toca una marca de la tapa, mira el cajón partido y pregunta si tiene arreglo.

—Sí. Pero tengo que rehacer piezas. No va a estar para el jueves.

—¿Cuándo?

Empiezo a calcular en voz alta. Madera, fabricación, ajuste, acabado. Me detengo al ver su cara. No ha venido a escuchar las fases de mi oficio.

—Necesito tiempo para darte una fecha que pueda cumplir.

Hugo deja las manos en los bolsillos. Ayer metía la cabeza dentro del mueble. Hoy ni siquiera abre la puerta que sigue bien.

—Berta está buscando uno de alquiler. Los que hay no caben o son horribles. Y el comedor va a abrir con algo que parece sacado de un almacén.

—Puedo dejarlo presentable para…

Me callo. No puedo. He empezado a ofrecer una solución porque me resulta insoportable quedarme sin ninguna. Hugo lo ha oído.

—No me digas que puedes si no puedes.

Me pasa por la cabeza contarle lo de las mujeres. Explicarle que el daño puede tener que ver con una persona que me está presionando por otro encargo. Pero no es una explicación que haga aparecer su aparador el jueves. Tampoco tengo pruebas que pueda darle.

—Tienes razón.

Hugo se sienta en la silla del escritorio. Lleva en la mano una libreta con la lista de pendientes del restaurante. Hay demasiadas líneas subrayadas.

—¿Has perdido algo más?

—No parece.

—Pues alguien te quería hacer daño a ti.

Lo dice con un tono distinto, menos cliente. Por primera vez desde que entró me atrevo a mirarlo sin buscar enseguida las piezas que aún podrían salvarse. Estoy a punto de contarle lo de la mujer.

En lugar de eso, le enseño las fotos que he preparado para dejar constancia. Le cuento qué he comunicado y qué me han pedido conservar. No lo considero suficiente, pero es lo que tengo.

—¿Estás cubierto por el seguro? —pregunta.

—Lo he consultado. No puedo prometerte nada con eso.

Asiente y deja a un lado el teléfono. Nos sentamos frente a frente con el presupuesto entre los dos.

El adelanto fue de mil ochocientos euros.

Ya compré material con una parte. Otra pagó horas de trabajo que no puedo devolver al calendario.

Podría intentar que Hugo mantuviera el encargo y esperar a resolver el daño.

Él podría exigirme lo que no tengo. Los dos lo sabemos sin que haga falta convertir la conversación en una amenaza.

—Necesito dinero para lo provisional —dice—. No puedo pagar dos veces porque alguien haya entrado aquí.

—Puedo devolverte cuatrocientos cincuenta hoy.

La cifra es lo que puedo separar sin dejar de pagar el alquiler del taller esta semana. Podría añadir algo más si atraso un recibo. No quiero decirlo hasta saber si es necesario.

Hugo hace números en su libreta. No disfruta viéndome sacar cuentas. Eso casi empeora la vergüenza.

—Y el resto del adelanto queda en el trabajo, siempre que me des una fecha nueva antes del viernes —dice—. Si no, tenemos que hablar de cancelar.

Acepto. Hugo anota el acuerdo en su libreta y me la acerca para que lo lea. No he conseguido salvar la entrega, pero aún tengo el encargo.

Hago la transferencia delante de él. Miro cómo baja el saldo y pienso en el mensaje que le envié a la mujer del pelo corto.

Todo empezó, me digo, por intentar darle facilidades.

La secuencia es cómoda: le abrí, se enfadó, vino al taller, apareció el daño.

Omite lo que no quiero colocar en medio, especialmente mi mentira.

Hugo guarda el recibo. Antes de levantarse me pide que no deje el mueble así toda la semana.

—No te estoy metiendo prisa. Pero yo no podría trabajar mirándolo.

Tiene razón. Lo cubro cuando se va.

Ajusto la tela sobre las esquinas, como hago cada noche. Una de ellas se hunde donde antes estaba la puerta. Tengo que recolocarla para que no arrastre por el suelo.

Berta me llama diez minutos después. No estaba preparado para hablar con ella además de con Hugo. Pienso en no contestar, pero vería la llamada perdida cada vez que mirara el teléfono.

—Me ha contado el acuerdo —dice.

—Se lo voy a terminar.

—No te llamo por eso.

Me explica dónde guardarán provisionalmente la vajilla. Han encontrado unas estanterías, pero necesitan asegurar una a la pared. Yo había incluido el montaje en mi presupuesto. Le digo que puedo encargarme también de eso.

—Puedo ir mañana.

—Me sirve.

Hace una pausa. Espero el reproche que Hugo habrá evitado delante de mí.

—El viernes vente igual.

—No creo que esté de humor.

—No te invitamos por el mueble.

Le doy las gracias, sin prometer que iré. Después de colgar abro la fotografía del hueco en el restaurante. Amplío la pared para comprobar qué herramientas tendré que llevar. La estantería provisional apenas ocupará una parte.

Confirmo las tablas y preparo lo necesario para fijar la estantería provisional del restaurante. Todavía puedo cumplir esa parte.

Intento comer y volver al trabajo, pero sigo pendiente de los pagos y del mueble cubierto.

Me quedo sentado hasta que se apaga la pantalla del teléfono. Al otro lado de la tela hay un trabajo que sabía hacer. No puedo soportar que parezca otra vez un trabajo que no terminaré.

Intento terminar el banco de la librería.

Paso dos veces por el mismo sitio, me doy cuenta de que estoy quitando más material del que necesito y dejo la herramienta.

Me cuesta concentrarme sin que mi atención regrese al aparador.

Abro el correo de Alicia. Luego el mensaje de la mujer.

Luego la foto de ella con los objetos. Su cara tranquila detrás del álbum me produce una rabia que no sentí al hacerla.

Escribo: «Sé lo que has hecho».

No lo envío.

Lo borro y vuelvo a trabajar. Cinco minutos después he abierto de nuevo la conversación.

A las seis Inés me llama. Me pregunta si he comido. Le digo que sí, aunque apenas he dado un mordisco al bocadillo. El resto sigue en la bolsa de esta mañana.

—Ven cuando cierres.

—No estoy para compañía.

—Pues no hablaremos mucho.

No me pide que sea agradable. Eso es lo que consigue que vaya.

En la casa hay sopa calentándose y ropa tendida en el cuarto del fondo. Inés lleva unos pantalones de estar por casa y una camiseta vieja. Me da un beso sin preguntarme qué ha pasado desde la última llamada. Deja que me siente y me sirve un plato.

Me lo acabo tan deprisa que resulta evidente lo poco que he comido.

—¿Otro? —pregunta.

Asiento. Ella vuelve a llenar el plato sin comentar mi respuesta al teléfono.

Le cuento lo de Hugo mientras recojo la mesa. Ella pregunta cuánto he devuelto. Se lo digo. Abre la aplicación del banco, mira algo y vuelve a cerrar.

—Puedo dejarte ciento cincuenta —dice.

La cifra me sorprende. Una mujer con una casa tan grande podría ofrecer más. Después recuerdo que la herencia no es una bolsa de dinero disponible para todo el mundo. No sé qué tiene y nunca se lo he preguntado.

—No quiero que me prestes.

—Es lo que puedo. No era una prueba.

—Lo sé.

—Pues no pongas esa cara.

Me río sin ganas. Le digo que me basta con la cena. Ella no insiste con el dinero. Se sienta a mi lado y me pregunta qué parte del mueble puedo salvar. Hablamos de puertas, cajones, tablas que ya no encontraré iguales. Por primera vez esa conversación no tiene que acabar en una fecha de entrega.

Después me lleva al salón. Me quita el teléfono de la mano para ponerlo a cargar, pero le pido que me lo devuelva. Tarda un momento en hacerlo.

—Estás mirándolo cada treinta segundos.

—Puede llamar Hugo.

—Ya ha ido al taller.

—Puede llamar igualmente.

Me lo da. Lo dejo boca abajo sobre la mesa, a mi alcance. Ella se sienta y no vuelve a tocarlo.

Estamos viendo una película sin seguirla. En la pantalla, un hombre entra en un aeropuerto. Inés pregunta si he pensado en mover el taller a otro sitio. Le digo que no puedo afrontar otra mudanza.

—Aquí hay un cobertizo que no usa nadie.

La miro. Se encoge de hombros.

—Para guardar algo. No digo que montes máquinas al lado de la lavadora.

Pienso en el cobertizo del patio y en las piezas que no sé dónde guardar. Podría despejar el paso entre el banco y las máquinas. Estoy calculando viajes en la camioneta antes de haberle contestado.

—No sería fácil traer todo.

—No he dicho todo. Darío, puedes dejar una caja y ver qué pasa.

Apoya los pies sobre mis piernas. Lleva calcetines distintos. Uno tiene un agujero pequeño que me enseña antes de que yo lo descubra.

—Y no me analices el patrimonio por los calcetines.

Me río de verdad por primera vez desde esta mañana. Ella lo oye y se acomoda mejor. El aparador deja de estar un rato en la habitación con nosotros.

Más tarde voy al baño de arriba. La repisa sigue medio vacía. Inés ha puesto una toalla doblada aparte. Debajo hay un cepillo de dientes nuevo, todavía en su envoltorio. No me lo ha anunciado.

Lo abro.

Cuando Inés se duerme, bajo a buscar el cuaderno que he dejado en la camioneta. La casa está en silencio. En la cocina queda una luz pequeña sobre el mesón y un plato tapado que ha apartado para mañana.

Hago las cuentas sentado donde desayunamos el viernes.

Si acepto dos arreglos que había rechazado por falta de tiempo, puedo recuperar una parte del dinero.

Me obligarían a trabajar el domingo. Abro los mensajes y contesto al primero: todavía necesita que le repare una puerta.

Al segundo no puedo prometerle nada hasta hablar con Hugo.

Tengo que volver al aparador para calcular la fecha. La cifra se convierte en jornadas enteras. No sé dónde ponerlas sin quitárselas a alguien.

Oigo a Inés en la escalera. Lleva un vaso vacío.

—No quería despertarte.

—No me has despertado. He ido a tocarte y no estabas.

Se sienta enfrente sin mirar el cuaderno. Me pregunta si estoy pensando en marcharme al taller. La idea no se me había ocurrido hasta oírla.

—No serviría de mucho a esta hora.

—Entonces quédate.

—Estoy aquí.

—Conmigo, quiero decir.

Cierro el cuaderno. Ella se levanta, llena el vaso y espera en la puerta mientras guardo el teléfono. No volvemos a hablar de la madera ni de Hugo. Arriba levanta un borde de la sábana para que me acueste a su lado. Tardo en dormirme, pero cada vez que me muevo noto que se acerca un poco.

Por la mañana seguiré debiendo el mismo dinero. Esta noche me importa que haya alguien que se dé cuenta de cuándo no estoy.

Antes de dormirme la busco bajo la sábana. Que siga allí me importa más que cualquier promesa sobre el taller. La idea de volver solo por la mañana me resulta de pronto insoportable.