16. Astillas
Lo primero que veo es un cajón en el suelo.
La luz del pasillo entra por detrás de mí. El cajón debería estar encima del banco, junto a los otros. Me agacho para recogerlo antes de encender las luces y noto una astilla bajo el pulgar.
Lo suelto.
Cuando se encienden los fluorescentes, el taller tarda un segundo en aparecer entero. La tapa del aparador está dañada en varios puntos. Una puerta cuelga torcida. En el suelo hay fragmentos de madera que reconozco por su color antes de entender de dónde han salido.
Me quedo junto al interruptor.
Nadie me ha robado la máquina nueva. La caja de herramientas está cerrada. El computador sigue sobre el escritorio. El daño se concentra en el mueble que tenía que entregar en dos días.
Camino hasta él sin tocar nada. El frente de uno de los cajones se ha partido. Otro tiene una marca profunda que atraviesa la veta de lado a lado. El trabajo no puede arreglarse con un poco de lija y una explicación al cliente. Lo sé antes de intentar calcularlo.
Tiro de la puerta torcida. Se desprende en mi mano.
La dejo sobre el banco y me apoyo en el borde. Me cuesta tomar aire porque estoy haciendo fuerza con todo el cuerpo para no golpear otra cosa. No quiero destruir un objeto más en un sitio donde ya han destruido lo único que importaba esta semana.
El catálogo está donde aparecía en la fotografía de Inés. La puerta no muestra señales de fuerza y no falta dinero ni ninguna máquina. Alguien vino únicamente por el aparador.
Ayer Berta pasó la mano por una de las zonas dañadas. Intento superponer ese recuerdo a la marca y no puedo.
Junto las dos mitades de un frente. Encajan, pero la fractura sigue atravesando la veta.
Fotografío todo el daño antes de llamar a Hugo.
Pienso en la mujer del pelo corto. En su libreta. En cómo me preguntó qué estaba haciendo en su casa. Me vuelve la frase del viernes: «Tenga más cuidado». La oigo con otra voz, más amenazante que la que tenía cuando la dijo.
Saco el teléfono y busco su número.
Antes de llamar veo el nombre de Hugo en el registro. Tengo que hablar con él primero. No sabría qué decirle a la mujer más allá de una acusación, pero tampoco sé cómo contarle esto a mi cliente. La pantalla se bloquea mientras sigo mirándola.
Inés entra quince minutos después, con dos vasos de café y una bolsa de papel.
—Darío.
Su voz cambia al ver el mueble. Deja los vasos en el suelo, cerca de la puerta, y se acerca sin hacer preguntas. No toca nada. Me mira a mí, después el aparador. La veo tragar saliva.
—¿Han robado?
—No.
—¿Estás seguro?
—Todavía no he mirado todo. Pero esto no es robar.
Se queda a mi lado. Tengo la astilla en el pulgar y solo entonces noto que me duele. Me la señala. Le digo que da igual.
—No da igual. Estás sangrando.
Es una gota minúscula. La presiono contra un trapo y siento ganas de gritarle por ocuparse de eso cuando el mueble está delante. No lo hago. Ella me conoce lo suficiente para apartarse medio paso.
—Ayer estaba bien —dice.
—Ayer vinieron a verlo. Tengo una foto.
Le enseño la imagen que Berta me mandó. La sostiene un momento con ambas manos. El mueble intacto de la pantalla parece hecho por otro hombre en otro taller.
—Yo también lo vi bien cuando dejé el catálogo.
Levanto la cabeza.
—¿A qué hora te fuiste?
Inés mira su teléfono.
—Cuando te mandé la foto. No me quedé. Entré, lo dejé y cerré.
El mensaje es de las ocho y media. Anoto la hora junto al nombre de Inés. Antes de eso, según ella, el mueble estaba intacto.
—¿Viste a alguien?
—No. Había una camioneta en la nave de al lado. No sé de quién.
Salgo. El del taller de neumáticos está descargando ruedas. Le pregunto si vio algo después de las ocho y media. Dice que cerró a las nueve menos cuarto. Había luz en la calle y alguien pasó andando, pero no se fijó. Cuando le cuento lo del mueble deja la rueda en el suelo y viene conmigo.
Mira el daño en silencio. Su primera pregunta es la misma que la mía: quién puede querer hacerme eso.
—Hay una mujer con la que he tenido problemas por una reparación —digo.
Inés está detrás de nosotros. No añade el nombre. Espera a que yo lo diga.
—No sé si ha sido ella —añado.
El vecino asiente. Me recomienda dejar constancia y revisar si falta algo más. Sus cámaras no cubren mi puerta. Dice que conservará las imágenes por si se las solicitan, aunque no sabe si han grabado algo útil.
Cuando vuelve a su nave, llamo a Hugo.
Lo hago caminando hacia la parte vacía del taller, como si me oyera peor junto al aparador. Le cuento que han entrado y han dañado el mueble. La palabra «dañado» se queda corta. La corrijo.
—No lo voy a poder entregar el jueves.
Silencio.
Después pregunta qué significa que hayan entrado. Si me han robado. Si ha habido una fuga. Si se ha caído algo. Necesita imaginar un accidente antes de aceptar lo que le estoy diciendo.
—Alguien lo ha roto.
—Mándame fotos.
Se las envío mientras estamos hablando. Lo oigo respirar al otro lado. Luego me pide que espere porque Berta quiere verlas. Hablan entre ellos sin tapar el micrófono.
—Tenemos la apertura el viernes —repite Hugo cuando vuelve.
—Lo sé.
—No, Darío. Lo sabes, pero nosotros estamos aquí con todo comprado para meterlo en ese mueble.
—Puedo buscar una solución provisional.
—Necesito venir.
Quedamos al mediodía. Aplazo el trabajo de la librería y llamo al almacén de madera.
Solo quedan dos tablas del mismo lote. No alcanzan para rehacerlo todo y una partida nueva podría cambiar el color. Pido una hora para hacer cuentas antes de comprar.
Inés se sienta junto a la puerta mientras saco el cuaderno. Al principio me deja trabajar. Luego recoge del suelo una bisagra que no está rota y la pone en el banco. El pequeño gesto me hace reaccionar con demasiada fuerza.
—No toques.
Retira la mano.
—Perdona.
—Necesito saber cómo estaba todo.
La bisagra ya estaba en el suelo cuando he llegado. Yo mismo he movido las puertas, los cajones y varias piezas, pero ahora esa variación me resulta intolerable. La coloco donde creo recordar que estaba.
—No es por ti.
—Ya lo sé.
Se levanta y va a buscar la escoba; la deja apoyada contra la pared sin usarla. Quiero decirle que no tiene que esperar mi permiso para cada cosa, pero hace un momento le he gritado por recoger una bisagra.
Al colgar compruebo el dinero disponible. Hay un pago pendiente que quizá llegue mañana. Otro cliente me debe una factura pequeña desde hace tres semanas. Abro su conversación y escribo un recordatorio educado. Lo releo antes de enviarlo para quitar cualquier rastro de urgencia.
Inés vuelve a sentarse junto a mí y mira el cuaderno.
—¿Cuánto?
—Todavía no lo sé.
—No hace falta que me lo cuentes.
Pero necesito contárselo. Empiezo por las tablas, sigo por los herrajes, luego intento valorar las horas.
Ella escucha sin decir que todo tiene arreglo.
Cuando me atasco en una suma, acerca la calculadora de su teléfono.
Me irrita tener que usarla para un número que cualquier otro día haría de cabeza.
—No has dormido —dice.
—He dormido.
—Entonces no has desayunado.
Sonríe apenas. Yo no puedo. Ella borra la suma equivocada y espera a que le dicte otra.
Inés me acerca uno de los vasos de café. Está templado. Lo sostengo con ambas manos, aunque no quiero beber.
—El viernes vino aquí —digo.
Ella no pregunta de quién hablo.
—Y el domingo.
—Vio el mueble. Sabe que es un encargo.
—Te oyó hablar del trabajo.
Miro el cajón partido y vuelvo a imaginarla en el taller, delante de él. El viernes lo tuvo a unos metros mientras hablábamos. Me cuesta apartar esa imagen de lo que estoy viendo ahora.
—¿Te amenazó? —pregunta Inés.
Le repito lo que dijo antes de marcharse: que tuviera más cuidado. Inés deja de mirar el cuaderno. Recuerdo que la mujer lo llamó un consejo cuando le pregunté si me estaba amenazando. Esa parte me cuesta más contarla.
Le digo que voy a comunicar los daños. No intenta detenerme.
Ordeno las fotografías y hago la llamada.
Cuando me preguntan por sospechas, explico las visitas y el conflicto, pero digo que no vi a nadie entrar.
Tengo que repetir que no lo sé. Cada vez miro el aparador, como si me estuvieran pidiendo que dudara también de eso.
Me piden fotografías, una relación de lo dañado y que no dé por supuesto lo que no he visto. Hago lo que me indican. No hay una solución inmediata. El mueble continúa roto cuando termina la llamada.
Inés recoge los cafés vacíos y se queda mirando el banco de la librería, intacto bajo su cubierta.
—Ha ido a lo que más te importaba —dice.
Estoy a punto de añadir «quien haya sido». Es la forma prudente, la que he utilizado al teléfono. Pero estoy cansado de corregir cada frase mientras miro las piezas rotas.
—Sí.
Ella me pasa un brazo por la espalda. Yo apoyo la frente en su hombro. Durante unos segundos dejo que me sostenga entre el catálogo que vino a devolver y las piezas del mueble que nadie más podrá ver terminado el jueves.