15. El encargo
Hugo trae a su mujer el lunes por la mañana.
Berta reconoce el aparador antes de que yo retire la tela. En cinco minutos entiendo de dónde salían muchas de las observaciones de Hugo: ella sabe exactamente qué va a guardarse dentro. Mientras él habla de estética, Berta cuenta manteles.
—Estos cajones se quedan cortos —dice.
Hugo me mira con alarma. Acabamos de aprobar las medidas tres veces.
—Para cubiertos no —contesto—. Para manteles, sí. Por eso estos estantes son regulables.
Le enseño el interior. Berta abre una puerta, comprueba el fondo y asiente. No intenta encontrar un defecto por deporte. Está pensando en el trabajo que hará cada noche cuando cierre el restaurante.
Me pregunta cómo se limpia el acabado. Se lo explico y veo que Hugo deja de mover el pie. Al terminar, ella apoya la palma sobre la tapa.
—Es justo lo que quería.
Les muestro las seis puertas. Todavía no he colocado todos los cajones, pero los frentes están terminados y alineados sobre el banco.
La veta continúa de una pieza a otra. Hugo recorre con el dedo esa línea y vuelve a mirarme.
Me alegra que por fin pueda verlo sin tener que explicárselo sobre un plano.
—El jueves —dice.
—El jueves por la mañana.
—Abrimos el viernes. No podemos recibirlo más tarde.
—Lo sé.
Berta me entrega un sobre con el importe de una modificación pequeña. Quería pagarlo por transferencia, pero Hugo dice que así queda resuelto. Les hago el recibo antes de guardar el dinero. Me fijo en que no me tiembla la voz al decir la cantidad. Querría contárselo a Inés.
Berta saca una servilleta doblada y la usa para comprobar el espacio entre dos separadores. Ajusto uno. Cuando abre y cierra el cajón, asiente.
—He trabajado en sitios donde al terminar había que sacar tres cosas para guardar una. Quiero que esto funcione.
Le enseño cómo retirar el separador para limpiar y me pide una nota breve para el personal.
Hugo recibe una llamada y sale a contestar. Berta se queda mirando la veta.
—Le hace mucha ilusión.
—Se le nota.
—También le da miedo. Por eso cambia cosas cuando ya están decididas.
No sé si espera que le dé la razón o que prometa aceptar más cambios. Ella debe de ver la reserva en mi cara porque se ríe.
—No te estoy pidiendo que los hagas. Te estoy diciendo que le digas que no.
Antes de irse, Berta me pide tarjetas del taller y fotografía el aparador. Dice que quiere recomendarme y me envía la imagen. Es la primera en que el mueble parece de verdad lo que diseñé.
También me piden que pase por el restaurante esa tarde para revisar el acceso de la camioneta. Acepto.
La mañana sigue bien hasta que recibo un correo de Alicia.
Ha conseguido mi dirección en el presupuesto que circula entre las dos mujeres.
El asunto nombra la vivienda. Leo que su clienta no ha autorizado reformas y que solicita información sobre los trabajos efectuados y los objetos retirados.
Adjunta la lista de pertenencias pendientes.
También me pide que conserve las comunicaciones sobre la recogida del sábado.
La última parte me deja el cuerpo rígido.
No amenaza con arruinarme ni afirma que haya cometido un delito. Me pide que conserve mensajes. Yo le habría aconsejado lo mismo a un cliente. Cierro el correo un momento y lo vuelvo a abrir; la última frase sigue haciéndome sentir que me vigilan.
Escribo una respuesta. Explico la ventana y la banqueta, adjunto el presupuesto y una foto de la reparación terminada.
La hice el jueves desde el interior, con la manilla recta y el patio detrás.
Antes de enviar, quito una frase donde decía que mi clienta disponía de documentación suficiente. No sé si es suficiente. Sé que la vi.
En cuanto a la recogida, contesto que los objetos fueron retirados y fotografiados. Nada sobre el permiso.
Me quedo mirando el botón de enviar. Luego lo pulso.
Llamo a Inés. No contesta. Media hora más tarde devuelve la llamada y le cuento lo de Alicia. Ella escucha, pregunta qué he respondido y me pide que se lo reenvíe.
—Ha solicitado lo de la ventana —digo—. Como si cambiar una pieza fuera una demolición.
—Quiere que te canses de venir.
—Pues lo está consiguiendo.
Me sale más dura de lo que pretendía. Inés se queda callada.
—De las cartas —aclaro—. Me estoy cansando de las cartas.
—Ya.
—No de ti.
Oigo cómo mueve algo, quizá el bolso. Me dice que lo sabe, pero no suena igual que cuando bromeamos por la mañana. Le propongo cenar después de pasar por el restaurante. Me recuerda que había pensado llevarme el catálogo y volver a casa temprano.
—Podemos vernos mañana —dice.
Me sorprende que sea ella quien lo proponga. También me alivia. Necesito un rato fuera de la casa sin tener que justificarlo.
—Mañana, entonces.
—Y hazle una foto al sitio del mueble. Quiero verlo cuando esté puesto.
Termino el día y paso por el restaurante. Ayudo a mover dos mesas, reviso el acceso y acepto comer con ellos.
Durante un rato no hay cartas ni preguntas sobre la casa. Hablo del aparador y del taller con gente que no intenta convertir cada palabra en una prueba.
Berta me pregunta si sigo pensando trabajar sin un letrero que se vea desde la calle. Dice que recomendarme sirve de poco si nadie encuentra la puerta. Hugo se burla de su entusiasmo hasta que ella le recuerda que también el restaurante empezó con una mesa prestada.
Berta me pregunta por Inés. Digo que hoy no viene. Podría escribirle, pero disfruto de no tener que explicar dónde estoy.
Ese alivio dura poco. Cuando alguien ocupa la silla vacía a mi lado, vuelvo a pensar en su cuerpo inclinado hacia mí durante la cena y en la forma en que dijo que quería que regresara.
Antes de irme, Hugo me enseña el hueco del aparador. Hago la fotografía que Inés pidió. Me imagino trayéndola el viernes y mostrándole el mueble ya instalado.
A las ocho y media Inés manda una fotografía del catálogo sobre mi escritorio.
«Devuelto. He dejado la muestra de cobre dentro».
Le respondo con la foto del hueco del restaurante. Escribe que no parece lo bastante grande. Le aseguro que he medido la escalera esta vez. Me envía un dibujo de una cara riéndose.
Estoy mirando el teléfono cuando Berta ocupa la silla de mi lado.
—¿Alguien nuevo?
Guardo el celular demasiado deprisa.
—Algo así.
—Se te nota.
No añade nada más. Me pasa una cesta de pan y empieza a hablar de la inauguración. Me gusta que lo haya notado. Me gusta aún más no tener que explicar de quién se trata.
Cuando salgo, Hugo me pide que confirme el jueves a las diez. Lo hago. Le cuento que mañana terminaré el interior y que dejaré reposar el acabado. Me oye con la confianza que he ido ganando durante el mes.
De camino al alojamiento paso por la carretera que sube a la casa. Podría desviarme. Inés dijo que nos veríamos mañana, pero probablemente se alegraría de verme. Me imagino abriendo con la llave azul, encontrándola en la cocina, volviendo a ocupar un lugar que hasta hace una semana no existía.
Sigo recto.
En el estudio aún está la segunda almohada. La funda conserva el olor de su pelo. Dejo el reloj en la mesa, pongo la alarma y me acuesto sin guardarla.
Antes de dormir leo otra vez el mensaje del catálogo. No le he dicho buenas noches. Lo hago ahora. Responde cuando ya estaba dejando el celular boca abajo.
«Mañana te llevo café».