14. La llave #3
No suena a rechazo. Me quedo quieto mientras se quita la camiseta y el sostén. Después se inclina sobre mí. Sus pechos rozan mi pecho antes de que me bese. El contacto es breve, deliberado. Cuando intento rodearla con los brazos, vuelve a apartarme las manos.
—He dicho que esperes.
Me río, pero el aire me sale entrecortado. Inés me empuja contra el colchón. Besa mi pecho y después el vientre. Cada vez que baja un poco más tengo que resistir el impulso de incorporarme.
Me desabrocha el cinturón y tira del pantalón junto con los bóxers. Levanto las caderas para ayudarla. Mi erección queda entre los dos. Inés la rodea con una mano y me mira antes de acercar la boca.
El primer contacto de su lengua me obliga a cerrar los ojos. Me acaricia desde la base, lentamente, y luego me recibe entre los labios. El calor me recorre entero. Le paso una mano por el pelo. Ella marca la profundidad y el ritmo, alternando la boca con la presión firme de los dedos.
—Inés...
Se detiene y levanta la cabeza.
—¿Qué?
—Si sigues así, voy a terminar ahora.
Sonríe sin soltarme.
—Entonces dime qué quieres.
Me cuesta más de lo que debería.
—Quiero verte encima de mí.
Inés se incorpora. Se quita el resto de la ropa de pie, junto a la cama, y yo abro el cajón de la mesita.
—Compraste preservativos —dice.
—Después de la otra noche.
—Bien pensado.
Me pongo uno mientras ella vuelve a montar sobre mis piernas. Le acaricio los muslos y subo hasta la cadera. Inés se sostiene en mi pecho, guía el pene hacia su entrada y desciende muy despacio.
La siento abrirse alrededor de mí. Suelta el aire con los labios separados y se queda quieta cuando me tiene dentro por completo. Yo aprieto sus caderas, pero espero a que sea ella quien empiece.
Se mueve primero en círculos cortos. El roce es lento, profundo. La miro inclinarse hacia atrás, apoyar una mano sobre mi muslo y encontrar el ángulo que quiere. Cuando acelera, sus pechos se mueven con cada impulso y yo levanto la cabeza para llevarme uno a la boca.
Inés gime. Me toma por la nuca y me mantiene allí mientras continúa cabalgándome. Le paso el pulgar entre las piernas, buscando el punto donde su cuerpo ya está húmedo contra el mío.
—No pares —dice.
Esta vez la orden se refiere a mi mano. Mantengo la presión mientras ella aumenta el ritmo. La cama golpea contra la pared y algo cae de la silla, pero no me vuelvo. Inés aprieta los muslos a mi alrededor y echa la cabeza hacia atrás.
Su orgasmo llega en oleadas que siento. Se detiene apenas, todavía temblando, y después vuelve a moverse para mí. Le sujeto las caderas y la ayudo a subir y bajar hasta que ya no puedo contenerme. Termino dentro del preservativo, con los dedos hundidos en su piel y su nombre roto en la garganta.
Inés se inclina sobre mí. Apoya la frente en mi pecho y los dos nos reímos sin aliento cuando la cama vuelve a crujir bajo un movimiento que ya hemos terminado.
—¿Eso era esperar? —pregunto.
—Al principio.
Le acaricio la espalda húmeda. En el estudio, entre la ropa amontonada y la persiana del local de enfrente, ya no siento que le esté enseñando únicamente lo que me falta.
Cuando se aparta para buscar agua, la sigo con la mirada hasta que regresa. Además del deseo, me tranquiliza verla usando mi vaso y volviendo al mismo lado de la cama, como si este lugar también pudiera retenerla.
Ya dependo de que se quede y no quiero discutirlo conmigo mismo.
Nos separamos. Inés queda boca arriba, con una pierna sobre la mía. En la calle se oye bajar una persiana y el ruido metálico nos hace reír sin fuerzas.
—¿Están cerrando? —pregunta.
—La tienda de enfrente. Cierran tarde los domingos.
—No lo sabía.
Se incorpora un poco para mirar alrededor de la estantería, como si quisiera comprobar dónde estamos. Le aparto un mechón de la cara y ella vuelve a tumbarse conmigo.
Pasamos un rato hablando en voz baja. Me cuenta que de niña no podía dormir si había una puerta de armario abierta. Yo le digo que todavía me levanto a cerrar cajones que nadie va a ver hasta la mañana. Inés mira el que ha quedado entreabierto junto a la cama y sonríe.
Cuando se levanta para ir al baño, me descubre siguiéndola con la mirada.
—¿Qué?
—Nada. Me gusta verte aquí.
Me sonríe antes de cerrar la puerta.
Más tarde, Inés encuentra mi despertador antiguo detrás de un libro. Lo toma y pregunta por qué tengo uno si uso el celular. Le digo que mi padre me lo regaló cuando abrí el primer taller.
—También está roto, ¿verdad?
—No. Ese funciona.
Lo activa durante un segundo. El sonido es tan desagradable que nos echamos a reír los dos y tengo que quitárselo de las manos.
Se queda a dormir. Me pregunta por la almohada de repuesto y descubro que llevo meses sin sacar una del armario. Mientras le pongo una funda, ella abre un poco la ventana porque el estudio se ha calentado.
Desde la cama la veo apoyarse en el alféizar. La llave amarilla del taller está junto a su bolso. Mi radio sigue sobre la mesa, donde la hemos dejado.
—La puedes guardar mañana —dice al verme mirarla.
Asiento y apago la lámpara.