La casa heredada 14. La llave #2
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14. La llave #2

La miro. Todavía queda café en su taza y no parece tener prisa por marcharse. Me alegra que haya preguntado por el hombre; llevaba un rato intentando encontrar una manera de hacerlo desaparecer del final de la historia.

—Yo también —digo.

Levanto la taza, pero el café está frío.

Inés propone calentarlo. Le digo que no hace falta y se levanta igualmente con las dos tazas.

Oigo el microondas. Me acuerdo de una salpicadura que olvidé limpiar y estoy a punto de ir detrás de ella, pero ya vuelve con el café tibio. Se sienta un poco más cerca.

Apoya la rodilla contra la mía debajo de la mesa. Ya no necesito encontrar la forma correcta de explicarle quién soy para que siga aquí. Por esta noche sabe bastante y no se ha levantado a buscar el bolso.

Le pregunto por ella. Por algún error que no tenga que ver con la casa.

Inés se queda un rato con la taza entre las manos.

Luego me cuenta que una vez aceptó vivir en una habitación a cambio de ayudar a sus dueños.

Al principio eran unas horas. Después siempre había algo pendiente, una entrega que recibir, una compra que hacer, una visita que atender.

Dejaba de estar libre en cuanto cruzaba la puerta.

—¿Por qué no te fuiste?

—Porque me daba vergüenza no tener adónde ir.

Lo dice sin mirarme. Por primera vez me parece que está contestando a una pregunta más antigua que la mía.

—No tenía veinte años —añade—. Eso era lo peor. A ciertas edades parece que ya no tienes derecho a estar empezando.

Le digo que lo entiendo. Ella mira el estudio y la radio rota. No hace falta que lo explique más.

La taza le ha dejado un círculo en el muslo del pantalón. Lo frota con un dedo mojado y solo consigue extenderlo. Voy a por un paño. Cuando vuelvo está mirando una factura sujeta al refrigerador con un imán.

—Ese nombre es el de tu antiguo taller.

—Sí.

—Pensé que lo habías cerrado.

—Lo cerré. Queda un recibo que llega de vez en cuando.

—¿De qué?

Es un recibo pendiente del antiguo negocio. No es una cantidad grande. Lo que me molesta es la fecha de este mes debajo de algo que prefiero contar en pasado. Inés deja de leerlo y busca un sitio limpio en la mesa para el paño.

—Yo guardaba las llaves —dice.

—¿De aquella habitación?

Asiente.

—Me las habían pedido. Yo ya había sacado mis cosas, pero iba retrasando el momento de devolverlas.

—¿Por qué?

—Porque mientras las tuviera podía pensar que no me había quedado sin ningún sitio.

Da una vuelta a la taza. Hay una muesca en el borde; coloca el asa de manera que yo la vea.

—¿Esta te importa mucho?

—Es la que uso más.

—Tiene un golpe.

—Ya estaba.

Me cree sin examinarme la cara. La naturalidad con que acepta esa respuesta me hace desear que todas nuestras conversaciones pudieran ser así de pequeñas.

Le pregunto qué hizo al marcharse. Dice que durmió unos días en el sofá de una conocida.

Después encontró un trabajo que incluía desplazamientos y aprovechó las noches de hotel.

No da nombres. Yo tampoco he dado los de todos los clientes a los que dejé esperando; me parece una forma de pudor que compartimos.

—¿Te gustaba viajar?

—Me gustaba entrar en una habitación sin tener que explicar cuánto tiempo iba a quedarme.

—Había que dar la salida a las doce.

—Sí, pero eso se sabía desde el principio.

Nos reímos. Ella termina el café y mira mi pequeño salón. Le digo que mañana puede quedarse hasta la hora que quiera, aunque yo me vaya al taller.

—¿Y si me acabo tus galletas?

—Entonces sí hay un problema.

Apoya el pie sobre el mío debajo de la mesa.

Nos quedamos hablando de hoteles malos, de duchas que dan contra una pared, de una pensión donde tuve que subir un tablero por las escaleras porque el dueño afirmaba que cabía en el ascensor.

Le enseño con las manos el tamaño de aquel ascensor e Inés empieza a reírse antes de que llegue a la parte del rellano.

Recogemos los platos. Inés insiste en lavar porque yo he cocinado, aunque ambos sabemos lo que he hecho con la salsa.

Le seco las manos con un paño limpio. Se vuelve y me besa.

Aparto la taza del borde del lavaplatos para que no la tiremos.

Nunca había tenido que hacerle sitio a nadie en esta cocina.

Dejamos los vasos en el escurridor y apagamos la luz de la cocina.

La luz de la calle alcanza la mesa y una esquina del sofá. Inés se queda junto a mí mientras busco el interruptor de la lámpara. Enciendo y veo su abrigo todavía extendido sobre la cama.

Lo recojo. Intento acomodarlo sobre el respaldo de una silla, pero la ropa limpia se desliza en cuanto lo apoyo. Consigo sujetar unas camisetas antes de que caigan.

—Dámelo —dice.

Inés lleva el abrigo al sofá. Yo sigo con la ropa entre las manos.

—¿Dónde la pongo? —pregunto.

Ella se vuelve, divertida.

—Darío, es tu casa.

Me río. Dejo las camisetas donde estaban. Me acerco a ella y esta vez no encuentro nada que necesite recoger por el camino.

Inés me besa y se queda abrazada a mí. Por encima de su hombro veo los platos secándose junto al lavaplatos. Mi taza está al lado de la suya. Me quedo mirando las dos hasta que ella me toca la nuca.

—¿En qué piensas? —pregunta.

—En que nunca invito a nadie.

Se aparta lo suficiente para mirarme.

—¿Nunca?

—A veces viene Hugo. Se queda de pie hasta que terminamos de hablar.

—Puedes comprar otra silla.

—Hay otra silla.

Los dos miramos el montón de ropa y nos echamos a reír.

Apoyo la frente en la suya y cierro los ojos un momento. Todavía me sorprende poder abrazarla aquí, después de lo que le he contado durante la cena.

—¿Qué pasa? —pregunta.

—Nada.

Lo digo demasiado deprisa. Ella espera.

—No sé si he hablado demasiado.

—Yo te he preguntado.

—Ya.

—Y me gustó que me contestaras.

Asiento. Inés me toma la mano y pasamos al otro lado de la estantería.

La cama está hecha de cualquier manera. Me siento y aliso un pliegue con la palma. Inés se sienta junto a mí, se quita los zapatos y los deja ordenados en el suelo. Me quito también los míos y los dejo a su lado. Cuando vuelvo a mirarla, está sonriendo.

—Ahora sí —dice.

La beso. Inés me abraza y tarda en soltarme. Cuando intento recostarla, me empuja suavemente por el pecho hasta dejarme de espaldas.

—Hoy no tienes que demostrar nada —dice.

Se sienta a horcajadas sobre mis muslos. Yo sigo vestido de cintura para abajo; ella también. La presión de su cuerpo basta para tener una erección bajo el pantalón. Inés lo nota y mueve las caderas una sola vez, despacio, sin apartar los ojos de mi cara.

Le sujeto la cintura. Ella me toma las muñecas y las coloca a ambos lados de mi cabeza.

—Espera.