La casa heredada 14. La llave
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14. La llave

Por la tarde le propongo ir a mi alojamiento.

Inés está doblando una sábana en el salón. Levanta la cabeza y espera a ver si voy a retirar la invitación. Hasta ahora hemos estado en la casa o en sitios donde ninguno de los dos tiene que enseñar lo que guarda en los cajones.

—Tengo que pasar primero por el taller —añado.

—Para no perder la costumbre.

—Después podemos cenar en mi alojamiento. En casa. En mi casa.

Me escucha tropezar con las palabras y su expresión se suaviza.

—Me gustaría.

No hablamos de Eva ni de la rectificación. Inés me acerca una esquina de la sábana para que la ayude a doblarla. Parece satisfecha con mi mensaje. Estiro mi extremo y dejo que vaya juntando los bordes sin volver a mencionar la visita.

En el taller, ella examina el banco que estoy restaurando para la librera de la repisa. Le enseño cómo una tabla vieja puede conservar las marcas sin quedar sucia. Inés pasa una mano a unos centímetros, sin tocar el acabado.

—Me gusta más que cuando todo parece nuevo.

—Díselo a los que piden una mesa antigua que no tenga marcas.

—¿Qué haces?

—Cobrar por quitarlas y luego escuchar que le falta carácter.

Se ríe. Le dejo probar una muestra sobre un trozo de descarte. Lo hace con concentración y después comprueba el resultado desde distintos ángulos. No tengo que enseñarle a extenderla: gira el trapo y retira el exceso antes de preguntarme si ha quedado bien.

El catálogo que estuvo mirando el martes está sobre mi escritorio. Lo necesita para elegir los tiradores de una cómoda, aunque hemos acordado no hacer ese trabajo todavía. Se lo doy y me pregunta si puede traerlo al día siguiente o al otro, cuando vuelva de comprar.

—Déjalo dentro si no estoy.

Busca en su bolso. Tarda un momento en darse cuenta.

—No tengo llave de aquí.

—Es verdad.

Abro el cajón y saco el duplicado. No tengo que fabricarlo ni buscar una excusa para dárselo. Está junto a las llaves de un armario de herramientas. Se lo entrego con el llavero de plástico amarillo que uso para distinguirlo.

—Abre el portón y la puerta lateral —le digo—. El altillo tiene otra cerradura.

—¿Qué altillo?

Le señalo el altillo donde guardo madera seca. Ella sigue mi gesto y sonríe.

—Pensaba que vivías aquí y que estabas a punto de enseñarme un colchón encima de una sierra.

—Estoy mejor instalado. Hay una caja de tornillos entre el colchón y la sierra.

Guarda la llave y yo cierro el cajón. Voy a decirle algo más, pero ya se ha acercado al banco para comprobar la muestra. Me acuerdo de la llave azul que llevo en el bolsillo.

Mi alojamiento queda a diez minutos en camioneta del taller, en el segundo piso, sobre una tienda que cierra temprano.

La entrada es independiente y se sube por una escalera exterior.

El propietario lo llama estudio para cobrar más por una habitación con cocina.

Tengo un sofá, una mesa pequeña, una cama separada por una estantería y un baño donde hay que cerrar la puerta para abrir el cajón del lavabo.

No he recogido. Eso se vuelve evidente en cuanto entramos. La ropa limpia ocupa una silla y el resto está distribuido por lugares cuya justificación ya no recuerdo. Me adelanto para quitar un par de botas de en medio.

Inés deja el bolso en la mesa.

—No es pequeño —dice.

La miro.

—Está bien. Es pequeño. Pero está bien.

Prefiero la corrección al cumplido. Le enseño dónde puede colgar el abrigo y descubro que ya hay tres prendas en el gancho. Acabamos dejándolo en la cama.

En la cocina queda una taza dentro del lavaplatos. La escondo bajo el grifo abierto y ella me toma la muñeca.

—Para.

—Está sucio.

—Ya lo he visto. No pasa nada.

Retiro la mano del grifo. Inés pone agua a calentar y me pregunta dónde guardo los platos. Preparamos pasta con una salsa que compro hecha. Le advierto que no la he cocinado yo antes de que pueda felicitarme por nada.

—Ya veo que has alcanzado la fase de honestidad culinaria —dice.

La miro. Ella abre la tapa del frasco y prueba la salsa con una cucharilla. No está hablando de lo de esta mañana.

Comemos en la mesa junto a la ventana. A esta hora la tienda de enfrente mantiene la persiana a medio bajar y entra una línea de luz amarilla. Inés pregunta por la caja que tengo sobre la estantería. La radio de mi padre sobresale entre herramientas envueltas en tela.

Se la enseño. Tiene una rueda rota y un cable cubierto de pintura. Ella la toma sin convertirla en una reliquia. Intenta girar la rueda, ve que no funciona y la deja sobre la mesa.

—Tiene pinta de haber trabajado más horas que tú.

—Bastantes.

—¿Era buena la relación con tu padre?

Me sorprende que pregunte por la relación y no si lo echo de menos. Puedo responder a lo primero con más palabras que un sí.

—Trabajábamos bien. Fuera del taller nos costaba un poco más.

Le cuento cómo repasaba los presupuestos con un bolígrafo rojo y devolvía los míos llenos de círculos. Yo quería que se modernizara. Él quería que dejara de llamar inversión a cualquier gasto que me gustaba. Los dos conseguimos tener razón a destiempo.

Inés se ríe de una anécdota sobre un cliente que pidió ocultar una caja fuerte y después olvidó detrás de qué puerta. Le prometo que no exagero. Lo hago un poco. Pero entonces llegamos al cierre del taller y me quedo callado.

—El otro día lo conté como si me hubiera pasado por encima —digo.

Ella deja el vaso.

—¿El cierre?

Asiento. Llevo todo el día midiendo lo que cuento. Esta parte ya la sabe a medias, y por una vez quiero terminar de explicarla.

Acepté un adelanto cuando ya sabía que no teníamos dinero para comprar todo el material.

Pensé que entraría otro pago y lo resolvería.

Después usé parte para mantener el alquiler.

El segundo pago no llegó. Seguí aplazando, mandando fotografías de trabajos a medio hacer, hablando de proveedores para no decir que el problema estaba en la cuenta.

—¿Te quedaste el dinero? —pregunta Inés.

La pregunta es directa. Me alegra que lo sea, aunque duela.

—Lo devolví. Tardé ocho meses.

—¿Lo sabían desde el principio?

—No.

Nos quedamos escuchando el agua de las tuberías del departamento contiguo. Nunca me había parecido tan ruidosa.

—Le eché la culpa al socio —añado—. Delante de clientes. Había hecho cosas mal. Pero yo había aceptado ese encargo.

Miro la radio para no mirarla a ella. Pienso en la mujer que esta mañana vino a pedirme una rectificación, pero sigo hablando del dinero.

Inés no me toca enseguida. Me pregunta si todavía debo algo. No es una pregunta romántica y agradezco que exista. Le digo lo que me queda por pagar, cuánto ingreso en un mes bueno y cuánto tiempo llevo diciendo que el siguiente será mejor.

—No tienes que enseñarme tus cuentas —dice.

—Ya que he empezado a arruinar la cena.

—No la has arruinado. Me habría molestado más enterarme por otra persona.

Estoy a punto de interrumpirla para contarle lo del sábado. Podría hacerlo ahora. Pero ya le he hablado de las deudas y de los clientes, y no quiero que vuelva a apartarse como ayer en la cocina.

—No quiero que parezca que te estoy pidiendo algo.

Inés deja la taza de café que se ha servido después de cenar y se inclina un poco hacia mí.

—Darío, he cenado pasta de un frasco. Si hubiera venido buscando a alguien que me mantuviera, estaría haciendo un trabajo lamentable.

Me río y aflojo las manos sobre la mesa.

Me pregunta si seguí trabajando para alguno de aquellos clientes. Niego con la cabeza al principio. Después recuerdo un arreglo pequeño, una puerta que terminó encargándome el mismo hombre al que había devuelto el dinero.

—Uno sí —rectifico.

Inés levanta las cejas.

—¿Y cómo fue?

—Raro.

No es suficiente. Ella espera y yo me obligo a recordar la escena entera.

El hombre me llamó casi un año después, cuando ya tenía este taller.

Quería arreglar una puerta que rozaba. Fui con más herramientas de las necesarias, llegué veinte minutos antes y esperé dentro de la camioneta para no parecer ansioso.

Durante el trabajo seguí buscando en sus preguntas una referencia a lo que le había hecho esperar.

—¿Y la hubo?

—Me preguntó cuánto era y le dije que no le cobraba.

—Darío.

—Sí. Ya sé.

El hombre se enfadó. No de una manera violenta; dejó de hablarme como a alguien que estaba arreglando una puerta. Dijo que había contratado un trabajo y que quería pagarlo. Le di una cifra demasiado baja, él la comparó con el tiempo que llevaba allí y me hizo decir otra.

Inés apoya los codos en la mesa.

—¿Te pagó?

—Sí.

—¿Y después?

—No ha vuelto a llamar.

Me pregunta si tendría más puertas estropeadas. La broma tarda un segundo en llegarme. Me río y ella se relaja en la silla.

—A lo mejor quedó bien —dice.

—Quedó bien.

—Pues quizá sea eso.

No se me había ocurrido que el cliente podía haber quedado conforme y no necesitar nada más. Llevo meses esperando otra llamada suya, sin saber bien qué querría que me dijera.

Inés bebe un sorbo de café. Después me pregunta por qué saqué el tema del adelanto aquella vez de una manera tan breve. Le digo que no quería que pensara que soy alguien que roba.

—Ahora no has contado un robo.

—He contado que usé dinero que necesitaba para otra cosa y luego no pude cumplir.

—Y que tardaste en decirlo.

Asiento. Hablo mucho de los gastos cuando cuento aquello y poco del tiempo que tardé en avisar. Inés sigue esperando, así que dejo las cuentas a un lado.

Le cuento que uno de aquellos clientes fue a buscarme al taller cuando ya habíamos empezado a vaciarlo. Yo vi su auto desde dentro y salí por otra puerta. No sabía que me había visto. Me escribió después para decirme que habría preferido que le dijera que no podía pagarle todavía.

—¿Le contestaste?

—Dos días más tarde.

—¿Y qué te dijo?

—Nada que no mereciera.

Inés se queda pensando. No busca una manera de explicarme que yo era buena persona pese a todo. Me pregunta si ese hombre recibió al final lo que le debía. Le digo que sí.

—Me alegro por él —responde.