13. Lo que dije
El domingo voy al taller para revisar un cajón que he dejado bajo presión. Me queda una hora de trabajo cuando aparecen la mujer del pelo corto y otra mujer.
La acompañante lleva gafas, una bolsa de tela y dos cafés. Ninguna cruza la línea amarilla. Apago el extractor.
—Soy Eva —dice la desconocida—. Estuve aquí el domingo pasado.
Reconozco su voz antes que su cara. Fue quien esperaba junto al auto después de la primera visita.
—¿Qué quieren?
La mujer del pelo corto saca una copia del recibo firmado.
—Que expliques esto como ocurrió.
—Ya lo hice.
—Alicia ha recibido una declaración según la cual intenté acceder a documentos que Inés había prohibido entregar. Parece que tuviste que impedírmelo.
—Pediste la carpeta.
—La añadí a la lista de lo que falta. No la toqué.
Eva deja uno de los cafés sobre una mesa auxiliar.
—¿Intentó llevársela?
—No.
Contesto sin dificultad. La mujer del pelo corto me mira como si acabara de devolverle algo.
—Entonces dilo así.
—Mi nota dice que la solicitaste. No que la tomaras.
—Tu pareja ha enviado otra versión usando tu nota como respaldo.
Me enseña un mensaje de Alicia. No aparece el texto completo de Inés, solo la consecuencia: su clienta niega haber intentado retirar objetos ajenos y mantiene la petición de una entrega posterior.
—No puedo responder por cómo lo haya resumido otra persona.
—Puedes responder por lo que viste —dice Eva.
La mujer del pelo corto abre en su teléfono la fotografía del recibo. Mi firma está debajo de «Sin incidencias». Ese era el resultado que quería conseguir el sábado.
—Seguí cada condición —dice—. Avisé a Eva y a Alicia, fui a la hora acordada, no recorrí la casa y dejé por escrito lo que quedaba. Aun así, al día siguiente ya existe otra historia.
No levanta la voz. Eso dificulta enfadarme con ella.
—Inés tiene motivos para proteger los documentos de su familia.
—Mi madre está en esos documentos.
—Eso es lo que afirmas.
Eva cambia de expresión y se acerca un poco, sin interponerse.
—La mujer de la fotografía se llamaba Amalia —dice la del pelo corto—. La imagen se tomó en una playa donde mi madre perdió un zapato y volvió descalza al hotel. En el reverso, Eugenia escribió que nunca había visto a su hermana tan enfadada. Pregúntale a tu pareja qué pone detrás.
Conoce un nombre y una anécdota. Pienso en todas las cartas que podrían contener ambos. La explicación que me doy llega deprisa, preparada por el expediente.
—No voy a hacerte un examen sobre recuerdos familiares.
—No. Vas a aceptar los de ella sin hacerle ninguno.
Eva le toca el codo. La mujer contiene lo siguiente que iba a decir y vuelve a guardar la copia del recibo.
—Llama a Alicia —dice—. Haz la comprobación que te ofrecemos. Mi amiga autorizará que confirme las fotografías de ambas, pero no va a mandarte copias de su identidad para que terminen en otra carpeta falsa.
Por primera vez entiendo por qué la oferta no es tan sencilla como marcar un número.
Alicia necesitará las imágenes, el consentimiento de su clienta y una pregunta que no dependa de los nombres que cada mujer se atribuye.
Todo puede hacerse. También puede dejarme sin el lugar que he empezado a ocupar en la casa.
—Ya te enseñé mi documento el primer día —dice la mujer—. Lo miraste durante dos segundos y me lo devolviste. No voy a enviar una copia a un hombre que trabaja para quien me ha robado la identidad.
—Trabajo para la persona que vive allí.
—Ese es el único hecho que has comprobado.
Miro el taller alrededor. La llave azul pesa junto a la mía. Quiero responder que he visto mucho más: las cartas, la fotografía de Eugenia, los datos del expediente. De pronto todo lo que podría enumerar procede de la misma casa y de la misma mujer.
—Lo haré cuando tenga los documentos completos.
—Ya tienes suficientes para preguntar quiénes somos —responde la mujer.
—No eres tú quien decide eso.
Eva saca una tarjeta del despacho de Alicia y la deja junto al café. El número coincide con el que encontré por mi cuenta. En el reverso escribe la referencia del expediente y una frase: «Autorizo la confirmación mediante fotografías». La mujer del pelo corto firma debajo con el nombre de Inés.
—Puedes llamar ahora —dice Eva—. Nos quedamos fuera mientras hablas.
Miro el teléfono sobre el banco. No hay una dificultad práctica que pueda invocar. Solo tendría que hacer la pregunta delante de dos personas que esperan una respuesta.
—Estoy trabajando.
Eva observa el cajón que he dejado bajo presión y después vuelve a mirarme. No discute la excusa. Dobla la tarjeta por la mitad, sin romperla, y me la ofrece.
La guardo.
Eva recoge el café que había dejado. No intenta convencerme con otra historia. Antes de marcharse me pide que envíe una precisión mínima: nadie trató de sacar la carpeta ni la fotografía grande.
—Eso es verdad —dice—. No tienes que elegir un nombre para escribirlo.
Cuando se van, redacto la frase. «No se retiraron objetos distintos de los acordados. La mujer solicitó una entrega posterior de otros efectos y abandonó la vivienda sin acceder a ellos».
Se la envío a Inés antes que a Alicia.
Me llama de inmediato.
—¿Han ido a verte?
—Sí.
—Sabía que convertirían la lista en una acusación contra mí.
Le leo la precisión. No protesta por los hechos. Me pide que cambie «la vivienda» por «la vivienda de mi clienta Inés» antes de enviarla al despacho.
—No quiero decidir sobre el nombre —digo.
—Ya decidiste a quién le aceptaste el trabajo y a quién le abriste la puerta con mi permiso. Solo quiero que no me borren de mi propia casa.
Miro la llave azul en el mismo aro que la amarilla del taller. Cambiar cuatro palabras parece una forma pequeña de tranquilizarla.
Las cambio.
Envío el texto. Alicia acusa recibo sin comentar el nombre. Inés me da las gracias y pregunta si volveré a comer.
Cierro el cajón. Está recto; no necesitaba otra revisión. Antes de salir leo una vez más la frase enviada. No he mentido sobre los objetos. He hecho algo más útil para Inés: he puesto por escrito quién creo que es antes de comprobarlo.