12. La puerta abierta
Inés llega con cuatro cajas plegadas bajo el brazo. Deja la compra junto a la cafetera y mira el despacho antes de besarme.
—¿Cómo ha ido?
Le enseño la fotografía y el recibo. La mujer aparece detrás de los objetos, seria, con una mano junto al álbum. Inés amplía su rostro y después baja hasta las tres líneas escritas al final.
—La carpeta color vino no estaba en el acuerdo.
—No se la llevó. Solo pidió que constara.
—Constar es lo que necesita. Cada cosa que nombra acaba convertida en una prueba de que es suya.
Va al despacho y abre el armario. Yo la sigo. Comprueba la repisa, la caja donde estaba el reloj y el hueco del álbum. Todo coincide con la foto anterior a la visita.
—No falta nada más —digo.
—No estoy diciendo que la hayas dejado robar.
El nombre queda entre los dos. Inés saca la carpeta color vino y aprieta las cintas.
—Aquí están las cartas entre mi madre y Eugenia. Fotografías de las dos. Recibos, firmas, direcciones. Si se lleva esto, puede fabricar otra vida entera.
Recuerdo el expediente que me enseñó el primer día: documentos antiguos con una fotografía reciente añadida. La prevención parece razonable.
—La otra mujer dice que también son cartas de su familia.
—Claro que lo dice.
Inés abre la carpeta por una página al azar. Hay una fotografía de Eugenia junto a otra mujer, ambas jóvenes, y dos niñas casi fuera del encuadre. Cierra antes de que pueda mirar mejor.
—No voy a entregar fotos familiares a alguien que está usando nuestros nombres.
—No tienes que hacerlo hoy.
—Ni mañana, hasta que esto se compruebe.
Devuelve la carpeta a la repisa alta. Al girarse, ve que sigo mirando la fotografía de la entrega en el teléfono.
—¿Te dijo algo más?
Le cuento que ofreció autorizar una comprobación de su fotografía con Alicia. Inés no se sorprende.
—¿Estuvieron solos todo el tiempo?
—Estaba la puerta abierta. Hice las fotos y no se movió del despacho.
—No es lo que te he preguntado.
—Sí. Estuvimos solos.
Inés vuelve a ampliar la imagen. Se fija en la mano de la mujer sobre el álbum, luego en la caja de costura y en la distancia hasta la puerta. La inspección me incomoda porque yo preparé la escena con ella y cumplí cada condición.
—No ocurrió nada —digo.
—Ocurrió que estuvo dentro de mi casa contigo.
—Porque tú lo aceptaste.
—Acepté una entrega para que dejara de aparecer sin avisar. No acepté que utilizara ese rato para convencerte de que es otra persona.
Recuerdo cómo protegió el reloj con las dos manos y cómo reconoció la fotografía de su madre antes de verla completa. Podría contárselo. No sé si serviría para tranquilizar a Inés o para abrir otra discusión, así que me quedo callado.
—¿Hiciste una foto de la repisa cuando terminaron? —pregunta.
Le enseño la imagen. Compara la posición de la carpeta y del álbum con la que tomamos antes. No ha cambiado nada. Sin embargo, amplía el picaporte, el borde del escritorio y una esquina del suelo, buscando una alteración que yo no vi.
—Cumplí lo acordado —repito.
—Lo sé. Por eso pude aceptar que entraras tú.
Recupero una sensación de utilidad. La necesito justo cuando más incómodo me resulta su interrogatorio.
—Puede autorizar todo lo que quiera con una abogada que ya la trata por ese nombre. Te harán una pregunta circular: quién es su clienta. Y responderán el nombre que ella les dio.
—El despacho no quiso confirmar nada cuando llamé.
—Porque no eres parte. Eso también le conviene.
Nos sentamos en la cocina. Inés lee otra vez el recibo y se detiene en «quedan pendientes».
—Necesito enviárselo a Alicia antes de que diga que yo he ocultado objetos.
—Envíalo entero.
—Eso haré. Pero necesito que expliques que intentó ampliar la entrega.
—Lo pidió. No intentó llevarse nada más.
Inés me mira por encima de la hoja.
—Insistió en entrar a la carpeta después de que acordamos que no.
—Preguntó por ella y aceptó dejarla.
La diferencia es pequeña y no lo es. Inés deja el bolígrafo sobre la mesa.
—Escribe lo que viste. No voy a dictártelo.
Abro una nota. Escribo que la entrega fue autorizada, que permanecí presente y que la mujer retiró únicamente los objetos acordados. Hasta ahí no hay nada que cambiar.
Añado: «Durante la visita solicitó acceso a otros documentos familiares que no formaban parte del acuerdo».
Es cierto. También consigue que una petición anotada en un recibo parezca el principio de otra entrada. La leo antes de enviarla.
—¿Te sirve?
Inés no sonríe.
—Es lo que ocurrió.
Le mando la nota y guardo el teléfono. Ella apoya la mano sobre la mía.
Inés abre el correo mientras calentamos la comida. Copia mi texto bajo un asunto que dice «Incumplimiento durante la entrega». Le pregunto por la palabra.
—El acuerdo era retirar tres objetos, no reclamar la casa desde el despacho.
—No incumplió la entrega.
Inés borra el asunto. Escribe «Incidencia relativa a documentación».
—¿Así?
No me gusta tampoco, pero se parece más a lo que ocurrió. Asiento. La veo adjuntar el recibo y mi nota. Antes de enviar añade que la solicitante insistió en acceder a documentación excluida. «Insistió» no es el verbo que yo habría elegido.
—Lo pidió dos veces —dice al verme leer.
Es verdad. Una en el despacho y otra al anotarlo. También aceptó las dos veces que no se entregaría. Podría pedirle a Inés que incluya esa parte. El mensaje sale antes de que lo haga.
—Gracias por no dejarme sola con esto.
El alivio que siento me impide volver a explicar la diferencia entre solicitar y tratar de llevarse algo.
Calentamos la comida. Inés me pregunta por la banqueta y se sienta para comprobar que ya no se mueve. Cuando termina, me devuelve la llave azul que había dejado sobre la mesa.
—Quiero que la sigas teniendo.
La cuelgo junto a la del taller. No hemos discutido por una entrada secreta ni he traicionado un acuerdo. Sin embargo, acabo de prestar mi voz para que una escena tranquila empiece a parecer otra cosa.