La casa heredada 11. Permiso
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11. Permiso

El sábado llego antes de las once. Inés ha dejado los dos sobres, el álbum y una taza limpia junto a la cafetera. En la mesa hay una nota: «El reloj está envuelto en una toalla. Nada de la carpeta color vino. Llámame si cambia algo».

Abro la puerta con la llave azul y compruebo el despacho. La entrega está preparada tal como hablamos. Hago una fotografía antes de mover nada y se la envío. Inés responde con un pulgar levantado y después añade: «Gracias por hacerlo tú».

La banqueta espera en el vestíbulo. La vuelco sobre una manta, limpio la unión floja y aplico cola. Trabajo con la puerta del porche abierta, como prometí.

Llaman a la puerta a las once y veintinueve.

La mujer del pelo corto espera en el porche con dos bolsas vacías. Lleva el mismo impermeable del viernes. Esta vez no tiene ninguna parte del cuerpo metida en el hueco de la puerta.

—Hola —dice.

Me aparto.

—Pasa. Vamos directamente al despacho y tomamos lo de la lista.

Espera a que termine de hablar y entra. Le sostengo la puerta mientras pasa con las bolsas. No hay nada confuso en lo que acabamos de hacer.

Se detiene al ver la banqueta volcada.

—¿Qué le ocurre?

—Se movía una pata.

—Se movía la primera vez que vine.

—Ya la he ajustado.

Me mira, incómoda. Señalo la unión que acabo de reparar para que vea de qué estoy hablando. Después le indico el despacho y me sigue.

Al ver la carpeta en la repisa, la mujer suelta el aire. Deja las bolsas en el suelo, se quita el impermeable y lo dobla sobre el respaldo de una silla. Bajo la manga, el morado del brazo ha cambiado de color.

—¿Puedo bajarla?

—Sí.

Afloja los lazos con cuidado. Saca los sobres marrones, los pone juntos y busca el álbum. Sus manos van directamente a las cosas, sin probar antes otras. Si trabajaba aquí, debe de conocerlas bien. Al abrir el álbum se detiene ante una fotografía mal pegada y se le humedecen los ojos.

—Esta creí que no estaba.

Me enseña a una mujer sentada al borde de una cama. No es Eugenia. Tiene una bata clara y sostiene una taza con ambas manos. Hay una niña en el suelo, de espaldas, cortada por el borde de la foto.

—Mi madre —dice.

No señala a la niña ni intenta explicarme quién es. Se queda mirando a la mujer de la taza.

—No sabía que existía esa imagen. La vi aquí el primer día, antes de que cambiara la cerradura, y quería llevarme una copia. Me dijo que me la escanearía.

—¿Inés?

Con eso estropea algo que estaba empezando a funcionar. Ella me mira.

—La mujer que le ha dado la llave.

No discuto. Le pregunto si quiere sentarse.

Dice que no, pero acerca la silla con la pierna y se sienta.

Abre el álbum sobre las rodillas. Hay pocos retratos y muchas fotografías de lugares vacíos: un paseo marítimo, la entrada de un hotel, una fuente.

Me explica que su madre fotografiaba los sitios justo después de que la gente se apartara, porque tardaba demasiado en disparar.

—Mi padre decía que teníamos un álbum de vacaciones sin familia.

Se ríe un momento. Me encuentro sonriendo con ella.

Después pasa dos páginas y deja de hacerlo. No le pregunto por qué. El reloj del pasillo emite su zumbido y ella levanta la cabeza.

—Ese no es el que pido —aclara—. El mío estaba en una caja baja, detrás de las carpetas.

Nos ponemos a buscar. La caja baja contiene velas y una pieza suelta de una lámpara. El reloj aparece en un estante superior, envuelto en una toalla. Tiene el cristal roto, tal como me describió. Lo pone en la mesa y retira la toalla con ambas manos.

—¿Puedes repararlo? —pregunta. Ha vuelto a tutearme.

—No sé de relojes.

—Ya. Perdona.

—No tienes que disculparte por preguntar.

Lo envuelve otra vez. Me dice que no corre prisa, que lleva años parado. Alisa la toalla por encima del cristal roto.

En el fondo de la caja encuentra un sobre vacío con una mancha circular. Lo vuelve del derecho y del revés antes de dejarlo donde estaba.

—¿Eso no?

—No es mío.

La veo colocar la toalla sobre el reloj para que no golpee contra la madera. Tiene los movimientos lentos de quien sabe que cualquier descuido se convertirá en una discusión. Yo mismo estoy pendiente del borde de su bolso, de la distancia entre su mano y las otras carpetas.

—Puedes apoyarlo en la silla —le digo.

—Estoy bien.

—El bolso. Para que tengas las manos libres.

Me mira, acepta y lo deja abierto junto a la mesa. Dentro hay un monedero, un paquete de pañuelos y una botella de agua. No necesito ver esas cosas; sigo mirándolas hasta que ella se interpone.

—¿Quieres revisar también eso?

—No.

—Pues deja de mirarlo.

Me aparto. La vergüenza me pone brusco.

—Estoy intentando que no haya problemas.

—Lo sé. Pero no tienes que tratarme como si me estuvieras haciendo un favor cada vez que no me registras.

Desde el patio llega el arrastre de una rama contra la pared. Me concentro en el ruido mientras busco algo que contestar. No encuentro una respuesta que no empeore lo dicho.

—Tienes razón.

Ella asiente sin aprovecharlo para volver sobre el resto. Saca la botella del bolso, bebe y me pregunta dónde puede llenarla. La acompaño hasta la cocina. Es la primera vez que caminamos por la casa sin que uno de los dos vaya indicando al otro por dónde puede pasar.

En el lavaplatos hay un plato que olvidé recoger. Lo aparto para dejarle sitio. La mujer abre el grifo, deja correr un poco el agua y llena la botella solo hasta la mitad.

—Tarda en salir caliente —dice.

—Es una tubería larga.

—Cuando vine había una jarra aquí. Supongo que mi tía recogía el agua mientras se calentaba.

Mira el sitio de la jarra, junto a la ventana. Ahora hay un bote de café. No insiste en que yo le dé valor a ese detalle. Enrosca el tapón y vuelve al despacho.

Me quedo un momento en la cocina. Pienso en preguntarle cuándo estuvo aquí por última vez. No quiero acabar oyendo otra historia que me haga dudar de la noche que he pasado con Inés. Cuando regreso, ella está esperando de pie, con las manos lejos de la mesa.

—No he tocado nada más —dice.

—No hacía falta que esperaras.

Le acerco la silla. Se sienta, pero ya no vuelve a enseñarme el álbum. Espero a que me diga qué más quiere llevarse.

Al abrir uno de los sobres aparece una postal con un agujero de chincheta. La mujer la separa del resto y se queda mirando el reverso. No necesito ver el texto para notar que le ha cambiado el gesto.

—Esta no la tenía.

Se inclina hacia la ventana para verla mejor. Leo el nombre de una localidad en la imagen y recuerdo haber pasado una vez por allí para montar unas puertas. Se lo digo. Ella me pregunta si sigue habiendo un hotel junto a la playa. No lo sé. Yo solo recuerdo dónde pude estacionar la camioneta.

Se ríe de esa respuesta, una risa corta que no esperaba oír en esta habitación.

—Mi padre también recordaba los viajes por dónde había dejado el auto.

Toca el agujero de la postal con una uña.

—Mi madre la tenía en la cocina. Yo no sabía que le hubiera mandado una copia a Eugenia.

—¿No venían por aquí?

Niega con la cabeza.

—Nunca había visto la casa hasta que vine a ocuparme de la herencia. Mi madre y Eugenia vivían en otras ciudades cuando yo era pequeña. Esta casa era una cosa de la que se hablaba a veces. No tenía un recorrido dentro de mi cabeza.

Miro el armario que ha abierto sin dudar.

—Has encontrado las cosas enseguida.

—La primera vez me enseñaron dónde estaban. He vuelto a pensar en ello todos los días desde que me dijeron que ya no podía entrar.

Miro de nuevo el armario. Lo de la primera visita explica que supiera dónde buscar, aunque hasta ahora yo lo atribuía a su trabajo en la casa. Guarda la postal entre las cartas y comprueba que no sobresalga ninguna esquina.

—¿Te dijo que había dejado algo aquí? —pregunto—. Tu madre.

—No. Mi madre murió pensando que su hermana no quería saber de ella. Supongo que a Eugenia le pasó algo parecido. Estas cosas también se hacen sin maldad. Se dejan pasar y luego ya no hay a quién preguntar.

Me quedo mirándola hasta que baja la vista a las cartas. Hay algo que podría contarle de mi padre, pero no sé si viene al caso.

Una vez me llamó mientras estaba trabajando y no le devolví la llamada. Hubo muchas otras después. Aun así, algunas noches recuerdo aquella pantalla encendida junto a las herramientas y me pregunto qué quería contarme.

La mujer se levanta. Le tira el brazo al mover la bolsa y yo voy a ayudarla. Esta vez me deja sujetar el sobre mientras acomoda el álbum. No me da las gracias por cada gesto, y esa pequeña confianza me resulta agradable.

Cuando terminamos, quedan en la mesa varias cartas que no se llevará todavía. Las alinea antes de volver a meterlas en la carpeta. Nadie la está apurando, pero trabaja como si le quedara poco tiempo.

La caja de costura no está. Queda fuera de la entrega. También falta una fotografía grande dentro de una bolsa de farmacia. Reconozco la descripción, pero al buscar entre las cintas veo que ya no está. Quizá Inés la guardó en otro sitio después de que me marchara.

—Anotamos lo que falta —propongo.

La mujer asiente. Escribe en su libreta y me pide que añada la carpeta color vino. Dentro hay cartas que todavía no ha mirado y recortes familiares. No quiere llevarse papeles recientes de otras gestiones, así que acepta que se separen antes.

—No voy a vaciarte el armario —dice.

Levanto la cabeza. Se ha dado cuenta del error y lo corrige.

—No voy a vaciar el armario. Hablo como si fuera tuyo.

La corrección me molesta más que el error. Quizá porque desde esta mañana he empezado a moverme por la casa como si pudiera serlo.

Extendemos sobre el escritorio lo que se llevará: dos sobres, el álbum y el reloj. Le pregunto si le importa que haga una fotografía. Quiero enseñarle a Inés exactamente qué ha salido. La mujer se coloca detrás de los objetos, pero antes de que dispare pregunta:

—¿Va a salir mi cara?

—Si no quieres, no.

Piensa unos segundos.

—Que salga. Así sabe quién se lo ha llevado. Y mándamela a mí también.

Hago la foto. Su rostro queda bien iluminado por la ventana lateral. Tiene el pelo recogido detrás de una oreja y una mano apoyada junto al álbum. No sonríe. Le enseño la imagen y la envío delante de ella.

El teléfono que ha dejado sobre la mesa se ilumina. Lo toma antes de que pueda ver el mensaje. Escribe una respuesta corta y me pregunta si puedo esperar un momento.

—Claro.

Se aparta hacia la ventana para llamar, sin salir de la habitación. Oigo la primera frase: que ha encontrado el reloj. Después dice que falta la foto grande. Su voz es distinta cuando no está intentando convencerme de nada.

—Sí, luego te cuento. No, no hace falta que vengas.

Escucha un rato y se le escapa una risa cansada. Le han dicho algo sobre la comida. Responde que comprará lo que habían hablado, que no ha cambiado de idea. Se despide mirando todavía el reloj envuelto.

—Mi amiga —explica, aunque no se lo he preguntado.

Asiento. Ella guarda el celular y encuentra en la silla una bufanda que había dejado caer del bolso. La sacude, comprueba que no tenga polvo y vuelve a guardarla. Todos sus objetos tienen que caber de nuevo donde estaban antes de entrar.

—¿Quieres llevarte otra bolsa? —pregunto.

—Con estas basta.

—Hay cajas vacías.

—No quiero una caja más.

Lo dice con cansancio, luego sonríe para que no lo tome mal. Recuerdo las cajas del pasillo y las discusiones sobre dónde colocarlas. Ella se agacha a probar de nuevo el espacio de las bolsas. Tendrá que encontrar un sitio para el reloj en la casa de su amiga.

La ayudo a envolver el álbum para que no se abra en el transporte. Me indica que pase el papel sobre la cubierta, sin rozar las fotos. Lo cambio de posición y espero a que ella compruebe que queda bien sujeto.

Cuando acabamos queda una hoja pequeña sobre la mesa. Es de mi cuaderno, una anotación de la medida de la banqueta. Ella la toma, la mira y me la devuelve.

—Esta es tuya.

Guardo la hoja. Reconocer mi letra nos ha llevado un segundo; llevamos casi una hora hablando de a quién pertenece todo lo demás.

El teléfono de Inés llama cuando estamos envolviendo el reloj. Contesto delante de la mujer.

—Estamos terminando —digo.

—¿Todo tranquilo?

—Sí. Se lleva lo acordado. Quedan pendientes la fotografía grande, la caja de costura y la carpeta color vino.

La mujer del pelo corto levanta la vista al oír la última parte. Inés guarda silencio un momento.

—La carpeta no estaba acordada.

—No se la lleva. La ha añadido a la lista para otra entrega.

—Haz que lo escriba así.

Le paso a la mujer una hoja de mi cuaderno. Anota los cuatro objetos que salen y, debajo, los tres que reclama todavía. Yo escribo al margen: «Entrega supervisada. Sin incidencias». Firmo y fotografío la hoja antes de que ambos guardemos una copia.

La acompaño hasta el vestíbulo. Las herramientas siguen alrededor de la banqueta. Ella espera a que retire el destornillador del paso y me pregunta si quiero que sostenga el asiento mientras lo vuelvo a poner de pie.

—Pesa —le advierto.

—Lo recuerdo.

Apoya la mano derecha, la sana, en un extremo. Entre los dos la levantamos y la dejamos junto a la pared, donde estaba. Compruebo el apoyo en el suelo. Ya no se mueve. La mujer se sienta un segundo para ponerse el impermeable sin que arrastre.

—Ha quedado bien.

No me gusta que su aprobación me agrade.

Se cuelga una bolsa del hombro y toma la otra. Le ofrezco llevar el reloj hasta el auto. Niega con la cabeza, pero al bajar el primer peldaño la bolsa le tira del brazo dolorido y acaba dejándomela.

El auto tiene una manta doblada en el asiento trasero y una pequeña abolladura en la puerta de ese lado. No hay maletas ni lámpara. Colocamos las bolsas y cerramos. Me da las gracias con una seriedad que hace que el favor parezca mayor de lo que es.

—Si encuentra la foto, avíseme. La grande.

—Lo haré.

—Y llame a Alicia.

Ahí está otra vez. Podríamos haber terminado con el reloj y el agradecimiento.

—Tengo el teléfono.

—Llame a Alicia —me dice antes de subir al auto—. Puedo autorizarla a que confirme mi fotografía si lo hacemos por una vía acordada. No tiene que decidir por lo que diga ninguna de las dos.

No insiste. Coloca las bolsas en el asiento trasero y se marcha.

Envío a Inés la fotografía de la entrega y el recibo firmado. Responde que lo revisaremos cuando vuelva. El vestíbulo queda limpio, la banqueta firme y la puerta abierta exactamente como la dejamos al planearlo.

Aun así, mientras guardo las herramientas, sigo pensando en la mujer que agradeció poder sacar de una casa ajena una fotografía de su propia madre.