La casa heredada 10. En mi taller #2
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10. En mi taller #2

No ha vuelto a llamarla «mi tía» desde que le he dicho que no quería discutir los nombres. Me pregunto si lo evita para que la deje terminar. Podría hacerlo yo también.

—¿Por qué se enfadaron?

Se queda callada. Luego niega con la cabeza.

—No te lo voy a contar para conseguir que me abras una puerta.

La negativa me sorprende. Le he dejado un hueco para una historia que podría conmoverme y no lo utiliza. En su lugar recoge una esquina de la lista que se ha doblado al meterla en la bolsa.

—Hay cosas que son de mi familia. No necesito que te gusten para que sean nuestras.

Me apoyo en el banco. He visto a Inés con sangre en la mano. Esta mujer también se hizo daño. Vuelvo a mirar el borde de su manga.

—¿Te han visto el brazo? —pregunto.

Se toca la manga, sorprendida por el cambio de tema.

—Sí. Ya se me pasará.

—El sábado puedo estar una hora. No más.

No parece confundir la propuesta con una aceptación de todo lo que ha dicho. Asiente, abre su libreta y apunta un límite antes de que yo haya fijado siquiera la hora.

Empiezo a buscar una hora libre en mi cuaderno. Por una vez sabemos qué estamos intentando acordar.

—¿Tu amiga sabe que estás aquí?

—Sí. Era ella quien me estaba escribiendo.

Asiento. No le pregunto nada más sobre la amiga.

Se dispone a guardar la lista y le pido que me la deje. Me la da después de hacerle una fotografía. El gesto devuelve la desconfianza al centro del taller.

—Para recordar exactamente lo que pedí —explica.

—Está bien.

Al pie hay un teléfono que no es el suyo y un nombre: Alicia. También el despacho. Es el mismo que aparecía en la carta.

—Puede llamar sin que estemos ninguna delante —dice—. No tiene que fiarse de mí.

Doblo la hoja y la pongo en el cuaderno. Al hacerlo veo el importe del adelanto de Inés. No es mucho dinero, pero lo he aceptado. Y esta mañana he salido de su cama. Ninguna de las dos cosas cambia porque guarde el teléfono de Alicia.

—Te diré algo —respondo.

Me sostiene la mirada, como el viernes. Tiene ojeras y tarda en recoger el bolso. Quisiera terminar de hablar sin sentir que debo creerla o desconfiar de cada gesto.

Cuando llega a la puerta vuelve a hablar.

—¿Ha dormido allí?

Me quedo quieto.

No me ha visto salir esta mañana. Eso espero. Mi primer impulso es preguntarle desde dónde vigila la casa. También es posible que se haya limitado a adivinar por cómo defiendo a la mujer que me contrató.

—Eso no tiene que ver con la reparación.

—Entonces tenga más cuidado.

—¿Es una amenaza?

Se vuelve del todo. Parece que la pregunta le ha hecho daño físico.

—Es un consejo. No sé cómo decírselo para que deje de oír otra cosa.

Sale antes de que responda.

Cuando se marcha, la lista queda doblada sobre mi cuaderno. Antes de encender la sierra marco el número que aparece al pie.

Responde una mujer que confirma el nombre del despacho.

Le explico que hay una disputa por la vivienda de Eugenia y dos mujeres que utilizan el mismo nombre.

No envío fotografías ni documentos. Me digo que no tengo autorización, aunque sé que así también evito una respuesta capaz de apartarme de Inés.

—No podemos confirmar la identidad de una clienta a un tercero por teléfono —responde—. Puede remitir su consulta por escrito y la trasladaremos.

—Ella me ha dado este número para que la identifiquen.

—El número es correcto. Eso es lo único que puedo confirmarle.

La llamada no demuestra quién es nadie. Demuestra que el despacho existe y que la mujer sabía cómo encontrarlo. Anoto el correo que me dicta la recepcionista, aunque no sé qué podría preguntar sin mandar también las caras y los papeles que no me pertenecen.

Llamo a Inés antes de que pueda posponerlo.

—Ha venido la otra mujer —digo.

El ruido de la gestoría desaparece al otro lado. Inés pregunta si me ha hecho algo. Le digo que no, que ha traído una lista: dos sobres, el álbum, el reloj roto y una caja de costura.

—Las fotos familiares no son suyas porque ella lo diga —responde—. En ese álbum está mi tía.

—También está la madre de esa mujer. Me ha descrito una fotografía concreta.

Inés tarda en contestar. No le oculto que llamé al despacho.

—Alicia existe —dice—. Nunca te he dicho lo contrario. El problema es que representa a quien llegó primero con mi nombre. Para ellos su clienta es Inés porque así se presentó.

La explicación cabe dentro de todo lo que ya me ha mostrado. La llamada tampoco la desmiente.

Le propongo entregar solo los objetos de la lista, fotografiar lo que salga y no discutir la propiedad de la casa.

Inés rechaza primero la carpeta color vino y cualquier fotografía suelta.

Dice que ahí hay correspondencia de Eugenia que la otra mujer podría recortar, copiar o convertir en otra prueba.

—El álbum y los dos sobres que pidió —concede al fin—. El reloj, si aparece. La caja de costura no sé dónde está. Nada más.

—Puedo recibirla el sábado mientras reviso la banqueta.

—Prefiero no estar. La última vez acabamos las dos heridas.

No lo plantea como una orden. Me pide que mantenga la puerta abierta, que no la deje recorrer la casa y que le envíe una foto antes de que se marche.

—Si con esto se tranquiliza, habrá valido la pena —añade.

Acordamos la hora juntos. Después escribo a la mujer del pelo corto: puede pasar el sábado a las once y media; Inés ha autorizado una entrega limitada y yo estaré presente.

La respuesta llega enseguida: «De acuerdo. Gracias. Enviaré la hora a Alicia y a Eva».

Muestro el mensaje a Inés cuando nos vemos esa noche. Lo lee dos veces y me pide que no improvise nada si la otra mujer intenta ampliar el acuerdo.

—No quiero que tengas que elegir entre nosotras dentro de la casa.

Le digo que no ocurrirá. Por primera vez, una decisión sobre la otra mujer no queda escondida entre nosotros.