10. En mi taller
La mujer del pelo corto entra en el taller a las once y diez.
Estoy cortando una pieza pequeña y no oigo la puerta.
La descubro cuando levanto la vista. Se ha quedado detrás de la línea amarilla que pinté en el suelo para que los clientes no se acerquen a las máquinas.
Lleva un impermeable oscuro. La carpeta del viernes está dentro de una bolsa transparente para que no se moje.
Apago la sierra.
—Buenos días —dice.
No me acerco. Ella mira la máquina, después mis manos. Espero a que la hoja se detenga del todo y dejo la pieza sobre el banco.
—Estoy trabajando.
—Lo veo. Necesito cinco minutos.
Tiene un morado en el brazo. Asoma por debajo de la manga al levantar la bolsa. Es una mancha irregular, más grande de lo que imaginé el viernes. Me descubre mirándola y se baja el puño.
—No he venido por eso.
—¿Por qué has venido?
La tuteo por primera vez. Frunce un poco el ceño, pero mantiene el usted.
—Quiero saber qué está haciendo en mi casa.
Podría decirle que ya no hago nada allí. Ayer terminé la ventana. Pero todavía tengo pendiente la banqueta y llevo una llave en el bolsillo. Tendría que callarme demasiadas cosas para que esa respuesta fuera verdad.
—Una reparación. Te lo dije.
—Me dijo una ventana. ¿Qué más?
Le cuento lo de la banqueta. Saca una libreta y anota cada detalle. Me irrita verla convertir mis trabajos en pruebas contra Inés.
—No voy a hacer obras —añado.
—No tiene autorización de la propietaria para hacerlas.
—Tengo un presupuesto firmado.
—¿Por quién?
Si digo el nombre de Inés, empezaremos otra vez. Miro la pieza que he dejado a medio cortar.
—Maite, yo no puedo resolver esto.
Se queda inmóvil. La punta del bolígrafo toca el papel y deja un punto de tinta.
—No me llame así.
—Es el nombre que tengo.
—Es el nombre que le han dado.
Acaba de repetir lo que describía el expediente: se presenta como Inés y rechaza el nombre de Maite. Recuerdo aquella página. Creo saber incluso lo que va a decirme ahora.
—Si quieres hablarme del trabajo, hablamos del trabajo —digo—. Si vamos a discutir otra vez cómo se llaman, no puedo ayudarte.
Cierra la libreta. Está a punto de marcharse; veo cómo desplaza el peso hacia la puerta. Algo la detiene. Mira por encima de mi hombro las piezas del aparador y se frota la frente con el dorso de la mano.
—Está bien. Hablemos de los objetos.
Saca una hoja. Pide dos sobres con cartas, el álbum pequeño, el reloj de sobremesa y una caja de costura. No incluye muebles, cuadros ni cosas que puedan tener mucho valor de venta. Reconozco casi todo lo que vi en el despacho.
—Le he pedido que los prepare —dice—. Que los deje en la puerta si no quiere verme. Ni siquiera me contesta qué piensa entregar.
—Estuvimos guardando papeles el lunes.
Levanta la cara.
—¿Los ha visto?
—Algunos.
—¿El álbum estaba ahí?
—Sí.
Cierra los ojos un instante. Luego se interesa por el reloj. No lo vi. Me describe uno pequeño, de latón, con el cristal roto en una esquina. Está averiado. Podría buscarlo con esos datos. La imagino marchándose de allí con el reloj bien envuelto en una bolsa, sin otra discusión en la puerta.
Su teléfono vibra dentro del bolso. Mira la pantalla y corta la llamada. Un momento después recibe un mensaje; esta vez contesta.
—No hace falta que dejes de atender —le digo.
—Estoy diciendo dónde estoy.
Miro hacia la calle. No hay nadie esperando junto a su auto. Ella sigue mi mirada.
—No he venido a encerrarle aquí.
—No he dicho eso.
—Ha mirado la puerta.
Abro la puerta unos centímetros más y me arrepiento en cuanto veo que ella lo nota. Me aparto del banco y le ofrezco un taburete, pero no se sienta. Tiene los dedos marcados de tanto apretar la lista.
—Si hablamos de recoger esas cosas, necesito saber que no vas a aprovechar para discutir con ella.
—Yo necesito saber que siguen allí.
—No puedo garantizarte nada más.
—No le estoy pidiendo que lo haga.
Se acerca a la salida para contestar otro mensaje.
La oigo dictar unas palabras muy corrientes: que tardará un poco, que después comprará pan.
Me incomoda escuchar aquella compra metida en nuestra conversación.
Hasta ahora he imaginado que el resto de su tiempo se parecía a sus visitas, que se marchaba de una puerta cerrada para preparar cómo volver a abrirla. Alguien espera que compre pan.
Cuando guarda el teléfono le digo que prefiero concretar los objetos por escrito.
Pone la lista en el banco y saca un bolígrafo.
El capuchón se le cae. Me agacho a recogerlo y, al levantar la cabeza, encuentro su mano extendida hacia mí.
Durante un instante parece que va a ayudarme a incorporarme. Retira la mano y toma el capuchón.
—Es una lista de cosas —dice—. No una renuncia.
—Ya.
—Necesito que entienda eso.
Señala la primera línea. Un álbum, un reloj roto, unos sobres. No hay joyas ni dinero. Aun así, me descubro calculando qué otra cosa podría ocultar en las bolsas.
La librera llama mientras estamos hablando. Se lo indico con la mano y atiendo. Quiere agradecerme que volviera por la repisa. Su marido ha puesto una planta encima y ya no mira la esquina que no queda pegada a la pared. Me pregunta si podría pasar la semana siguiente para medir otro estante.
—Puedo ir el martes.
Apunto la hora. Al colgar, la mujer observa mi cuaderno abierto. Ve todas las líneas, los encargos pequeños, los tachones.
—No quiero hacerle perder su trabajo —dice.
—Has venido precisamente a decirme que deje uno.
—Uno que no contraté.
Nos miramos. No hemos avanzado nada en eso. Ella baja la lista y señala el aparador.
—¿Lo está haciendo usted?
—Sí.
—Mi madre tenía uno con los tiradores metidos hacia dentro. Me enganchaba los dedos de pequeña.
La oigo hablar de su madre y pienso en el parentesco que reclama con Eugenia. Parece una conversación corriente sobre un mueble, pero yo sigo esperando que se equivoque en algo.
—Estos quedan encastrados —explico—. No sobresalen.
Ella mira la madera y retrocede medio paso para no tocarla con el bolso.
—No estoy interesada en su mueble. Estoy intentando hablarle como a una persona y no me sale muy bien.
Eso sí me sorprende.
Deja la lista en el banco y se frota las manos. Tiene frío; la puerta abierta hace corriente justo donde estamos hablando. Le indico que puede colocarse al otro lado, cerca de la luz.
—No quiero quitarle la mañana.
—Ya me has dicho eso.
—Porque me cuesta encontrar una forma de pedirle algo después de cómo hemos empezado.
No era esto lo que esperaba oír. Me quedo junto al banco sin tomar ninguna herramienta, para que vea que la estoy escuchando.
—Estoy viviendo con una amiga —dice—. Tengo casi todo en bolsas porque no era para quedarme. Cada vez que busco una cosa tengo que sacar otras diez. Ella dice que no importa, pero importa. Tiene su vida.
Miro el bolso abierto, el borde de un recibo que asoma junto a la botella. No sé qué parte de esa situación debería confirmar que es heredera o suplantadora. Quizá ninguna. Sigue siendo una mujer buscando sitio para sus cosas.
—¿No tienes otra casa?
—Tenía un alquiler. Lo dejé cuando supe que podía venir aquí.
Lo que dice encaja con las maletas del primer día. No respondo. Ella debe de notar que sigo detenido en esa imagen porque se adelanta:
—No he comprado una lámpara para darle pena a un carpintero.
—No he pensado eso.
He pensado algo bastante parecido. Bajo la vista al plano del aparador y lo giro para que no quede colgando por un borde.
—Mi amiga no me echa —continúa—. No quiero que imagine que estoy durmiendo en un auto. Solo quiero poder deshacer una bolsa sin sentir que estoy ocupando el sitio donde ella desayuna.
Podría haber dejado que imaginara algo peor y lo ha corregido. Estoy a punto de agradecérselo. Me acuerdo de que Inés también reconoció haber añadido una foto al documento, y de cuánto me tranquilizó que lo admitiera.
—Los objetos de la lista no resuelven eso —digo.
—Ya lo sé.
—Entonces...
—Son míos. Y mientras espero puedo tenerlos conmigo.
No levanta la voz. Bajo la mirada a la lista. El reloj y las fotografías cabrían en una bolsa de las que tengo junto al escritorio. Podría al menos preguntarle a Inés por ellos.
Me quito las gafas de protección que todavía llevaba encima de la cabeza. Las dejo en el banco. Le pregunto cuánto necesita sacar de la casa. Dice que puede llevarse todo en dos bolsas. La carpeta grande tiene más documentos familiares, pero acepta empezar por las cosas de la lista.
—No necesita dejarme sola —añade—. Puede estar conmigo. Puede apuntar lo que sale, hacer fotos, lo que le parezca razonable. Solo quiero llevármelo.
Podría acompañarla, comprobar lo que recoge y dar por terminada la visita. Por una vez saldría alguien de esa casa con lo que ha ido a buscar. Me gusta pensar que puedo conseguirlo.
—El sábado tengo que pasar por la banqueta —digo.
Ella espera.
—Puedo preguntarle si deja preparadas esas cosas.
—Pregúntele. Pero necesito una respuesta. El lunes tengo que volver al trabajo y llevo una semana intentando instalarme en casa de mi amiga.
El viernes vi las maletas. Recuerdo el pie de la lámpara con el cinturón puesto. Me molesta que una imagen así pueda resultar más convincente que una carpeta entera.
—¿Tienes que quedarte por esto? —pregunto.
La mujer me mira como si no supiera cuál de todas las cosas que están ocurriendo he llamado «esto».
—Tengo que reorganizar lo que había previsto. Eso es todo.
—¿Ibas a vivir aquí permanentemente?
—No tenía decidido para cuánto tiempo. Quería probar. Conocer el sitio. Traer mis cosas antes de empezar a vender las que no quisiera conservar.
Yo estaba buscando un motivo que no me hubiera contado. Ella empieza a hablar de dónde iba a poner su lámpara y del rincón que había reservado para leer.
—Mi madre no volvió a hablar con su hermana durante años —añade—. Cuando murió mi madre, quedaron cartas que nunca enviaron, cosas a medias. Pensé que aquí encontraría algo. Al menos lo que Eugenia hubiera guardado.