La casa heredada 9. Quédate
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9. Quédate

En el primer peldaño me detengo.

—¿Te importa que haga una llamada?

Inés suelta mi mano, sorprendida. Mientras espera junto a la barandilla, aviso al taller vecino de que mañana no podré mover la camioneta a primera hora. La llamada dura menos de un minuto.

Cuando guardo el celular, Inés me está mirando con una sonrisa que no conozco.

—¿Qué?

—Nada. Estabas organizando mañana.

—Para que no me llamen a las siete.

—Ya.

Me vuelve a tomar de la mano. Subimos sin prisa. En el dormitorio la cama está hecha, pero hay una cárdigan extendida sobre la almohada y un libro boca abajo en la colcha. Inés los recoge en cuanto entramos.

—No estaba preparado —dice.

—Mi camioneta tiene un sándwich del martes.

—No sé qué respuesta esperaba, pero esa no.

Nos reímos. Me quito el reloj y lo dejo en la cómoda, al lado de su libro. Ella aparta la cárdigan hacia una silla. La ventana que he reparado hoy refleja nuestros movimientos. Corremos la cortina.

Al volver hacia mí, Inés se queda un instante quieta. Yo también. Hasta ahora nos había resultado fácil acercarnos mientras hacíamos otra cosa. Aquí no encuentro qué decir.

Le ofrezco la mano y viene.

Su mano sana se queda en la mía.

—Te has puesto serio —dice.

—Estoy intentando no decir otra cosa sobre el sándwich.

Inés se ríe y baja la cabeza. Le aparto el pelo de la cara. Cuando vuelve a mirarme, ya no está sonriendo.

La beso. Ella me rodea el cuello y me acerca, y durante un rato consigo dejar de pensar en qué espera de mí. Al separarnos sigue ahí, tan cerca que tengo que bajar la voz.

—Me gustas.

—Algo había notado.

—Quería decirlo igualmente.

Me pasa los dedos por la mejilla, despacio.

Nos sentamos en el borde de la cama. El colchón cede hacia mí y ella tiene que apoyarse en mi hombro para no perder el equilibrio.

—Esto no estaba en el presupuesto —digo.

—Como me hables otra vez de trabajo, te encargo un armario.

Le pido perdón entre risas. Inés deja la mano sobre mi rodilla. Miro la tirita y le sujeto los dedos para que no apoye el corte contra la costura del pantalón. Ella sigue el gesto.

—Está bien —dice.

—Ya.

Pero tardo en levantar los ojos. Le rozo un extremo de la tirita que empieza a despegarse.

Inés me toca la barbilla.

—Darío.

La miro.

—Quiero que te quedes.

—Voy a quedarme.

Ella asiente, aunque todavía espera algo. Me doy cuenta de que lo he dicho como si estuviera tranquilizándola. Le tomo la mano.

—Quiero estar aquí.

Esta vez es ella quien me besa.

Nos ponemos de pie junto a la cama. Alcanzo el interruptor, pero dejo la lámpara encendida. Inés se quita el suéter y lo deja caer al suelo, sin doblarlo. Me mira.

—¿Vas a quedarte ahí?

Me quito la camisa. El tercer botón se atasca y tiro más de la cuenta. Inés espera sin reírse.

Cuando me acerco, me toma la mano y la apoya en su cintura. La piel está caliente. Bajo los dedos noto el elástico, el borde de la tela, y dudo si seguir. Ella se baja los pantalones y sale de ellos de un pie, luego del otro. Se queda en ropa interior frente a mí, sin cubrirse.

Yo todavía llevo los pantalones. Ya tengo una erección y sé que la ha notado.

—Tú también —dice.

Me los quito. Me tropiezo un poco y ella me agarra del brazo para que no caiga. Nos reímos, hasta que vuelvo a mirarla.

La acerco con suavidad a la cama y se sienta en el borde. Le quito el sostén. Después me arrodillo para bajarle las ropa interior. Lo hago despacio, nervioso, procurando que no se me note. Cuando la tengo desnuda, me quedo un momento mirándola. Ella no se cubre ni intenta apresurarme.

Me levanto y termino de desnudarme. De pronto no sé qué hacer con las manos. Inés me toma de la muñeca y me acerca hasta que me siento a su lado. El colchón cede y nos inclina el uno hacia el otro.

Nos besamos. Tenemos tiempo para equivocarnos y nuestros dientes chocan una vez. Ella se aparta apenas y vuelve a besarme.

Me dejo caer de espaldas. Inés se tumba a mi lado, con la cara hacia la lámpara. Le toco la mejilla. Cierra los ojos unos segundos; cuando los abre, yo sigo mirándola.

—¿Qué?

—Estoy esperando a que hagas algo mal.

—¿Por qué?

—Porque siempre pasa. Y tú no lo estás haciendo.

Me acerco y la beso en el cuello. Huele al mismo jabón de lavanda que la ropa de cama. Ella se ríe, bajito, y se me contagia.

Me acomodo entre sus piernas y la acaricio primero por fuera, despacio. Cierra los ojos y aprieta los labios. Está caliente y resbaladiza bajo mis dedos. Introduzco uno, luego dos. Su jadeo suena más ronco que su voz. Continúo acariciándola en círculos hasta que se arquea.

—Ahí —dice, casi como una orden.

Sigo. Se moja más contra mi mano. Retiro los dedos y me los llevo a la boca; el sabor es fuerte, salado. Me limpio con el dorso de la mano. Inés me mira con las pupilas dilatadas y la respiración agitada.

—Ven.

Antes de colocarme sobre ella abro el cajón de la mesita. Encuentro un preservativo detrás de un libro y se lo enseño.

—Sí —dice—. Póntelo.

Rasgo el envoltorio con más cuidado del necesario. Inés me observa mientras lo desenrollo; la sencillez de su respuesta me tranquiliza más que cualquier frase preparada.

Me coloco encima, apoyado en los codos. La punta roza su entrada, caliente y húmeda. Entro muy despacio. La siento apretada alrededor de mí y cierro los ojos un segundo para respirar. No quiero llegar demasiado pronto.

Ella vuelve a apretar los labios. Me detengo.

—¿Bien?

—Sí. Sigue.

Lo intento, pero al principio no encontramos el ritmo.

Voy demasiado rápido, luego demasiado lento.

Se mueve debajo de mí y cambio de postura.

Tenemos que acomodarnos otra vez hasta que el movimiento sale más fluido.

El sudor se acumula entre nuestros pechos y siento el roce de sus muslos contra mis caderas.

Abre los ojos y me mira directamente. Me cuesta sostenerle la mirada, pero no la aparto.

Jadea. Yo también estoy haciendo un ruido que no me reconozco, un resoplido que ya no intento contener.

Me agarra del pelo y tira con suavidad para llevarme hacia su cuello. La beso debajo de la mandíbula, donde le late el pulso. Aumento el ritmo. Ella se arquea y me clava las uñas en los omóplatos. Apenas noto el dolor.

—Más.

Me muevo más rápido, más profundo. El colchón cruje y la cama golpea la pared. Inés jadea mi nombre. Quiero responderle, pero no consigo decir nada. Solo puedo seguir moviéndome, pendiente de ella y de lo que siento dentro de su cuerpo.

Su respiración se entrecorta. Aprieto los dientes e intento aguantar. Ella llega primero: se tensa, se arquea y se contrae alrededor de mí. Lo siento y ya no puedo esperar. Termino segundos después, dentro del preservativo, con un gemido que me sorprende.

Nos quedamos inmóviles, con mi frente contra su hombro. Me acaricia la espalda en círculos lentos mientras respiro hondo. Huele a sexo y a sudor. Me quedo abrazado a ella un poco más.

—¿Bien? —repite mi pregunta.

—Bien.

Me separo y me tumbo a su lado. El colchón nos acerca de nuevo. Inés apoya la cabeza en mi hombro y me pasa un brazo por encima. Miramos el techo. La lámpara sigue encendida. La dejo así.

Después permanecemos despiertos, uno al lado del otro. Empieza a llover. Oigo las primeras gotas contra el alféizar y noto que Inés levanta un poco la cabeza.

—Ya no suena —dice.

Sé que habla de la ventana. Espero la broma sobre mis reparaciones, pero se acomoda de nuevo a mi lado y cierra los ojos.

El teléfono está al alcance de mi mano. Podría comprobar la hora y calcular cuánto voy a dormir. No lo reviso.

—¿Estás cómodo? —pregunta.

—Sí.

Tarda un momento en responder.

—Yo también.

Me quedo escuchando la lluvia hasta que su respiración se vuelve más lenta. Cuando por fin me duermo, todavía me sostiene la mano.

Me despierto una vez cuando se vuelve de espaldas. La distancia entre los dos es mínima, pero no consigo dormirme hasta que vuelvo a apoyar la mano en su cintura.

La alarma suena a las siete y veinte. Inés protesta sin abrir del todo los ojos.

Cuando intento levantarme, me retiene dos dedos.

—Tengo que trabajar.

—Lo sé.

Pero no me suelta enseguida.

—Tengo un mueble.

—Sí. Conozco al mueble. Hemos comido juntos.

Me deja levantarme. Encuentro los pantalones, busco el reloj en el lugar equivocado y al final lo veo donde lo dejé. Inés se incorpora sobre un codo.

—Quería desayunar contigo.

Lo dice sin broma. Miro el teléfono que todavía tengo en la mano.

—Puedo tomar un café.

—Sentado.

Miro la hora.

—Sentado.

Me tira una esquina de la sábana, apenas un golpe en la pierna. Luego busca su cárdigan y sale antes que yo.

En el pasillo dudo frente a las puertas. Ayer recorrí el piso con herramientas; esta mañana estoy descalzo y no recuerdo cuál es el baño.

Inés aparece, me señala la puerta correcta y me entrega una toalla limpia. La sonrisa le dura hasta que cierro.

Junto a la escalera hay una fotografía pequeña sobre una cómoda. La reconozco: es la misma mujer mayor que aparecía delante de la casa en los papeles. Eugenia está sentada con una taza. A su lado se ve un brazo recortado por el borde de la imagen.

Inés descubre que la estoy mirando.

—La puse ayer mientras esperábamos que llegaras.

Tardo en entender el plural. Ella señala las cajas que despejamos.

—Yo y todas sus cosas.

La sonrisa es leve. Le pregunto si le resulta extraño dormir en aquella habitación. Inés se apoya en la barandilla.

—Al principio no podía apagar la luz del rellano.

—¿Y ahora?

—Ahora sé dónde está cada puerta.

Me mira y me da la toalla. No sé cuánto tiempo pasó aquí de niña. Podría preguntárselo, pero acabo ofreciéndome a poner una luz pequeña con sensor.

—No te he llamado por otra reparación.

—Ya lo sé.

—¿Seguro?

Asiento. Ella me besa brevemente y baja a preparar café. Me quedo un momento viendo desaparecer su mano de la barandilla. Después vuelvo hacia la puerta correcta.

En el baño hay sitio en una repisa entre dos frascos. Me fijo, aunque no he traído nada que dejar ahí. Me lavo la cara y me seco con la toalla, que huele a detergente. En el espejo tengo el pelo aplastado de un lado. Hace una semana ni siquiera conocía a la mujer con la que he pasado la noche.

Bajo cuando el café empieza a salir. Inés ha puesto dos platos. El reloj de la cocina se atasca un segundo antes de marcar las ocho. Tengo que irme, pero me siento.

—¿Azúcar?

—No.

—Ayer te puse.

—Ayer no dije nada.

Se queda mirándome con el azucarero en la mano.

—¿Para agradarme?

—Me estabas dando de comer.

Deja el azucarero lejos de mi taza.

—No hagas eso. Luego pasan tres meses y resulta que he estado preparando mal el café todos los días.

Se queda con la mano apoyada en el azucarero.

—O tres mañanas. Ya me entiendes.

La tostada se quema por un lado. Inés la raspa sobre el lavaplatos y protesta contra el tostador de Eugenia. Cuando se sienta, mete un pie bajo mi tobillo. Ese contacto doméstico me desarma más que lo ocurrido arriba.

Hablamos del día. Yo estaré en el taller; ella comprará cajas y hará unas gestiones. Me pregunta si el aparador sigue llegando a tiempo y respondo que sí.

Antes de que me vaya, anota el nombre de un lugar donde puedo comprar algo para comer. Doblo el papel y lo guardo. Todavía me sorprende reconocer tan rápido su letra.

El reloj da otro salto. Voy a llegar más tarde de lo habitual, pero espero a que terminemos el café.

Cuando me levanto, Inés recoge mi plato y me recuerda que la próxima vez me toca lavar.

Guardo el papel del bocadillo en la cartera, donde no pueda perderlo entre las facturas.

Cuando me levanto, saca una llave de un pequeño cajón.

—Por si vuelves antes de que esté.

La deja junto a mi taza. Tiene un capuchón azul.

—¿Vas a salir mucho?

—No lo sé. No quiero que me tengas que esperar fuera.

Le doy una vuelta a la llave entre los dedos antes de guardarla. Inés me observa.

—Es una llave, Darío.

—Ya veo.

—No incluye la obligación de llamarme desde cada semáforo.

—Menos mal. Solo hay uno.

Me acompaña al vestíbulo. Tomo las herramientas que dejé junto a la banqueta. Inés me quita una mancha de polvo de la camisa con la palma abierta. En la otra mano, el corte está casi cerrado bajo la tirita.

—¿Te duele?

—Si no me lo recuerdas, no.

Le beso la mano. Ella pone los ojos en blanco, pero me acerca para besarme en la boca.

Fuera sigue lloviendo. Guardo las herramientas y la llave azul. Inés permanece en la puerta mientras arranco.

En un semáforo recibo una fotografía de la tostada que se comió después de que me fuera. Debajo escribió que la próxima vez me toca a mí. Leo dos veces «la próxima vez».

Cuando llego al taller, apoyo la mano sobre el aparador cubierto. Pienso en el café, en el espacio libre del baño y en los tres meses que ninguno de los dos ha dicho en serio.

Después empiezo a trabajar.