La casa heredada 8. El jueves
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8. El jueves

La pieza correcta pesa exactamente lo mismo que la equivocada.

La diferencia está donde hace falta. La pruebo antes de sacar el resto de herramientas y noto el encaje limpio bajo los dedos. Inés, a mi lado, espera el veredicto con las manos en los bolsillos.

—¿Bien?

—Bien.

Mira el calendario de mi teléfono, que he dejado abierto para anotar la terminación. Jueves, veinticuatro de septiembre. Tiene una mancha de agua en la pantalla y la limpia con la manga.

—Una semana para una ventana.

—Seis días. Y he ido a una cena en medio.

—Entonces ha sido culpa mía.

—Una parte considerable.

Antes de empezar oímos un vehículo detenerse junto a la verja. Inés se acerca al rellano y dice que deben de ser los del aparato gris. Baja a abrir mientras yo dejo la pieza nueva en su caja.

El hombre que entra lleva una carretilla pequeña y una hoja doblada. Pregunta dónde está el equipo. Inés lo acompaña a la habitación del fondo. Yo bajo a buscar una herramienta que he dejado en la camioneta y los encuentro intentando pasar el aparato por la puerta.

—Hay que girarlo un poco —digo.

El hombre cambia el ángulo y consigue sacarlo. Inés sostiene la puerta para que no golpee. Cuando el equipo llega al vestíbulo, ella señala un cable que ha quedado enredado junto a una rueda. Él se agacha a recogerlo y le da las gracias.

—Siempre acababa ahí —dice Inés.

La familiaridad de su tono hace que mire hacia la habitación. La butaca sigue cubierta. En el suelo ha quedado un rectángulo menos oscuro donde estaba el aparato.

El hombre comprueba los accesorios y pregunta por una bolsa. Inés la encuentra detrás de la butaca, doblada entre la pared y el respaldo. Se la entrega sin tener que buscar en ningún armario. Él la coloca sobre el equipo y anota algo en la hoja.

—Con esto está todo.

Le deja una copia. Inés la toma con la mano sana y la dobla sin leer. Cuando el hombre sale, lo sigue hasta la verja. Yo me quedo dentro, viendo la habitación abierta desde otro ángulo. Ahora parece más grande y menos preparada para que alguien vuelva a sentarse.

Inés regresa con la hoja en la mano. La pone en la mesa de la cocina, debajo de un frutero. No se sienta.

—Ya era hora —dice.

No sé si habla de que lo hayan retirado o del rato que nos ha quitado la recogida. Le pregunto si quiere cerrar la habitación. Mira hacia la puerta y niega.

—Que se airee.

Subimos de nuevo. Antes de llegar al dormitorio se detiene para apartarse el pelo de la cara. La mano le queda un momento en la nuca.

—El ruido se oía arriba —dice—. A veces me parecía que seguía encendido aunque estuviera apagado.

Asiento. Nunca he oído funcionar el aparato y no tengo un recuerdo equivalente que ofrecerle.

Le acerco la manta que voy a poner bajo la ventana para que sostenga una esquina.

Ella la toma y entre los dos despejamos el sitio donde trabajaré.

Cuando terminamos, me pregunta si hoy de verdad voy a acabar.

—Hoy sí.

Se queda mirando la pieza nueva, pequeña y limpia sobre la tela. Me alegra tener algo que puedo prometer con esa seguridad.

Empiezo el trabajo y ella baja a preparar café. Cuando regresa trae una taza que deja sobre una caja, lejos de mis herramientas. La alcanzo sin tener que soltar el destornillador. Ya sabe de qué lado de la ventana me coloco.

La hoja requiere un ajuste que me lleva más de lo previsto.

Inés se ofrece a sujetarla, pero hoy puedo hacerlo solo.

Se sienta en el suelo con un lote de fotografías y empieza a separarlas.

Durante unos minutos solo se oye el roce del papel y el sonido del destornillador.

Me resulta fácil imaginar una tarde cualquiera así.

Después el tornillo entra torcido y digo una palabra que la hace levantar la cabeza.

—¿Eso se cobra aparte?

—Es un servicio gratuito.

Vuelve a las fotografías. No me pregunta si queda mucho. Le agradezco ese silencio casi tanto como las bromas.

Una de las fotografías resbala hasta mis pies. La recojo por el borde. Es la imagen de Eugenia en la playa que vimos el lunes, con los zapatos levantados. Entonces me fijé en la mano que le sujetaba el pelo. Ahora miro su cara.

—Aquí parece más joven —digo.

Inés levanta la vista.

—Lo era.

—Más joven que en la foto del porche, quiero decir.

—Todos nos imaginamos a las tías con la edad de las tías.

Me río. Le paso la fotografía y ella la coloca en un montón distinto. Después me pregunta si tengo muchas de mis padres. Le digo que bastantes de mi madre y muy pocas de mi padre solo. Casi siempre era él quien hacía las fotos.

—¿Y no salía nunca?

—En las de los demás. Con una cámara colgada.

Dejo la herramienta para beber café. Está frío. Inés me ofrece cambiarlo por otro y niego con la cabeza. Dejo la taza en el alféizar y sigo contándole.

Le cuento que de pequeño pensaba que mi padre no sabía sonreír en una fotografía. Se quedaba rígido, con una mano en el cinturón, esperando que le dijeran que ya estaba. Luego encontraba imágenes de él riéndose en una comida y me sorprendía la diferencia.

—No le gustaba que lo miraran —dice.

—Puede ser.

—A mí me pasa cuando alguien tarda mucho.

—Anoche no te pasó.

Baja la cara hacia las fotos. Me acuerdo de cómo amplió mi rostro en la del restaurante, del rato que se quedó mirándola antes de enviármela.

—Anoche tenía otra cosa en la cabeza —responde.

—¿En qué?

—En cenar con alguien que mira mucho las puertas de los sitios.

Le digo que la del restaurante estaba mal colgada. Me pregunta cuántos lugares he arruinado por no poder dejar de comprobar cómo los montaron. Le cuento uno donde pasé media cena mirando una repisa inclinada. Ella dice que la próxima vez se sentará de ese lado para quitarme la vista.

Vuelvo a la ventana. El ajuste que parecía sencillo necesita que afloje una pieza y la coloque otra vez. Inés sigue separando imágenes. He vuelto dos veces al mismo tornillo porque me distraigo hablando con ella. Apoyo bien la herramienta y dejo de hablar hasta que consigo asentarlo recto.

Cuando alzo la cabeza, ella está mirándome. No se aparta enseguida. Sostengo la mirada hasta que se le escapa una sonrisa y vuelve a bajar los ojos.

Al terminar, la ventana cierra sin resistencia. La abro y vuelvo a cerrarla. Inés se pone de pie antes de que la llame. Le cedo el sitio. Gira la manilla con excesivo cuidado y la hoja se asienta contra el marco.

—Hazlo normal —digo.

—No sé lo que es normal para una ventana que lleva una semana delicada.

La abre, la deja tomar aire y la cierra otra vez. Esta vez lo hace de un movimiento. Sonríe mirando el cristal, no a mí.

—Ya está.

Retiro el cierre provisional. Le doy las indicaciones mínimas y limpio la zona de trabajo.

El patio queda entero dentro del marco: las losas irregulares, la pared del fondo, una esquina con tierra desnuda donde antes debió de haber una planta.

Desde aquí puedo ver la puerta de la cocina y el cobertizo bajo que hay pegado al muro lateral.

Inés sigue probando la manilla mientras pliego la manta.

—Si la rompes hoy, te cobraré dos veces.

La suelta y se aparta con ambas manos en alto.

Hago una fotografía del trabajo terminado. Abro la hoja para que se vea el ajuste, saco una imagen del cierre y después otra de la ventana entera. Inés protesta porque en esta última salen las cajas del dormitorio.

—No se la voy a enseñar a una revista.

—Puedes decirme que las aparte.

—Quiero que se vea la ventana, no que parezca que aquí no vive nadie.

Se queda quieta al oírlo. Luego mira la pantalla que le enseño y asiente. En el cristal aparece mi reflejo sosteniendo el celular. A un lado se ve una parte de su suéter. Es una fotografía de trabajo en la que, sin haberlo buscado, salimos los dos.

La guardo con el resto del encargo. El teléfono ordena las imágenes bajo la fecha de hoy. Me pide que se la mande y lo hago.

—¿Para qué la quieres?

—Para recordar que algo se arregló sin discutir con nadie.

—Discutiste con el carpintero sobre el marco.

—Y tenía razón él. Ha sido una experiencia nueva para mí.

Me da un leve golpe con el hombro al pasar. Recogemos las cajas pequeñas que movió para que pudiera trabajar. Ella quiere devolverlas a su sitio y yo las coloco demasiado cerca de la pared. Me corrige sin pedir disculpas.

Muevo las cajas unos centímetros y dejo que coloque la última. Esta vez no hace falta que ninguno justifique lo que está pidiendo.

Al terminar, nos quedamos mirando la habitación despejada. Ya no hay una silla contra la ventana. Mis herramientas están recogidas y el trabajo ha quedado bien. No sé cuánto rato llevo junto a la puerta antes de que ella vuelva a hablarme.

Ella abre el armario para guardar una de las cajas. Dentro hay perchas de distintos tamaños, algunas vacías y otras cubiertas con fundas. Me pregunta si puede apoyar una repisa sobre dos libros mientras decide dónde ponerla.

—Si nadie se sienta encima.

—Intentaré contenerme.

Colocamos la repisa. Inés pone sobre ella el libro que estaba en la cómoda y da un paso atrás para verlo. Luego lo retira.

—Parecía un escaparate.

Lo deja encima de la cama, abierto por la página donde lo llevaba. Yo recojo una viruta del suelo. Ya he barrido, pero sigo encontrando motivos para agacharme.

—¿Te vas a quedar a revisar cada esquina? —pregunta.

—Quiero asegurarme de que no pises nada.

Ella mira mis zapatos, después la pequeña viruta que sostengo entre los dedos.

—No iba a pisar eso con miedo.

Me río y la tiro a la bolsa. Inés se acerca a la ventana. La abre de nuevo y apoya los antebrazos sobre el marco, donde todavía hay una marca clara de la pieza anterior. Desde la puerta le veo la nuca y una línea de piel por encima del suéter.

—Ven a mirar.

Me coloco a su lado. Ha salido el sol y el patio sigue mojado en una franja junto al muro. Una gota cae desde el tejado del cobertizo sobre una silla. Inés señala el sitio donde le gustaría desayunar cuando haga mejor tiempo.

—Aquí da el sol antes —le digo.

—También te ven desde la calle.

Señalo la esquina opuesta. Ella niega con la cabeza: no quiere desayunar mirando una pared. Nos quedamos discutiendo posiciones de una mesa que no hemos bajado al patio.

—Podrías probar un día y cambiarla después.

Inés se vuelve hacia mí.

—Tú lo dices porque no vas a tener que arrastrarla.

—Aún no me has pasado el presupuesto.

La risa nos deja más cerca. Me doy cuenta cuando ella mira mi boca. No me aparto, pero tampoco me muevo hacia ella. Abajo suena el temporizador del horno y los dos giramos la cabeza.

—Eso sí hay que mirarlo ahora —dice.

Me deja junto a la ventana y baja deprisa. La cierro sin esfuerzo. Antes de seguirla, paso la mano por el marco una última vez, aunque ya no hay nada que comprobar.

Abajo me siento a terminar el parte. Escribo la fecha y anoto la sustitución del herraje y el ajuste de la hoja. Le explico el importe pendiente. Ella se inclina a mi lado para leer y su pelo me roza la mejilla.

—¿Y la banqueta?

—Me queda mirarla. Puedo pasar el sábado un momento.

—¿No has terminado entonces?

—La ventana sí.

Asiente y paga. Mientras espero la confirmación me pregunta cuánto de mi trabajo consiste en cobrar sin pedir disculpas. Me sorprende lo precisa que es la pregunta.

—Estoy mejorando.

—Te ha temblado la voz al decir el total.

—He tosido.

—Lo que tú digas.

La transferencia aparece. Le mando el recibo y guardo el teléfono. Técnicamente podría irme. Hay una lista de cosas esperándome en el taller. Durante la última hora he ido aplazándolas sin cambiar una sola fecha en mi agenda.

Inés abre el refrigerador.

—He comprado demasiado.

—Te pasa mucho.

—Es posible que esté aprendiendo de mis errores y repitiéndolos a propósito.

Saca queso, tomates y una botella de vino. La mira, me mira y vuelve a guardarla.

—Tú conduces.

Dejo el pan sobre la tabla y miro hacia el refrigerador cerrado. Podría decirle que saque la botella. Todavía no me atrevo a dar por hecho que la invitación incluya la noche.

Preparamos algo entre los dos. Yo corto el pan y ella protesta porque lo hago demasiado grueso. Le doy el cuchillo. Produce tres rebanadas aún más gruesas y me lo devuelve. Estoy a su espalda cuando intenta ocultarlas bajo las mías.

—Eso lo he visto.

—No tienes testigos.

Se vuelve y quedamos muy cerca. Me mira la boca sin disimulo. Yo dejo el cuchillo sobre el mesón antes de hacer otra cosa. Ella ve el movimiento y sonríe, pero la sonrisa desaparece cuando le aparto el pelo de la cara.

—Tenía ganas de hacerlo ayer —digo.

—¿De quitarme una pelusa?

—No había ninguna.

Me besa ella. Da medio paso, me apoya la mano sana en la nuca y me deja sin el resto de la frase que estaba preparando. Al principio apenas sé dónde poner las manos. Luego la acerco por la cintura y el beso cambia. Se toma su tiempo. Yo dejo de pensar en cómo está ocurriendo.

Cuando se separa, tengo los dedos apoyados en el borde del suéter. Ella sigue sujetándome la nuca.

—Bien —dice, tan bajo que casi no lo oigo.

Me río contra su frente. Inés vuelve al plato con los tomates y yo me quedo junto al mesón, buscando alguna ocupación razonable para las manos.

Comemos tarde y nos quedamos sentados cuando los platos ya están vacíos.

La conversación se desvía, se interrumpe, vuelve.

Le cuento que esta mañana el dependiente quiso convencerme de que otra vez había pedido la pieza equivocada.

Ella imita mi forma de quedarme callado cuando sé que tengo razón. Lo hace demasiado bien.

Fuera oscurece. No he mirado el teléfono desde que me pagó.

—Tengo que pasar mañana temprano por el taller —digo.

Inés deja el vaso.

—Está bien.

Espera. Le tomo la mano sobre la mesa.

—Mañana temprano.

Su mirada vuelve a mi cara.

—Entonces puedes quedarte esta noche.

—Puedo.

—Si quieres.

La beso otra vez antes de responder. Esta vez no hay ninguna duda sobre mis manos ni sobre la razón por la que he aplazado el taller.

—Quiero.

Después vamos a recoger. Ella guarda el queso y yo lavo los cuchillos. Nos estorbamos delante del lavaplatos y acabamos riéndonos porque ninguno de los dos quiere alejarse lo suficiente para dejar pasar al otro. Al cerrar la cocina me doy cuenta de que mis herramientas siguen en el vestíbulo.

Las dejo junto a la banqueta. Pueden esperar hasta mañana.