7. Fuera
Llego al restaurante once minutos antes y paso nueve en la camioneta.
Me he cambiado dos veces de camisa. La primera parecía elegida para una boda. La segunda tiene una marca de plancha que solo veo yo. Bajo el parasol, compruebo que no llevo serrín en el pelo y me siento bastante ridículo.
Inés cruza la calle cuando estoy saliendo. Lleva un abrigo corto abierto sobre un vestido verde y el pelo recogido en la nuca. No hay carpeta ni venda, solo una tirita en la mano. Me mira de arriba abajo con una falta de disimulo que me hace olvidar mi camisa.
—Pareces distinto.
—Me he duchado.
—Ah. Era eso.
Me da un beso en la mejilla. Al apartarse me deja un olor que no conozco, algo seco y limpio que sigue ahí mientras entramos.
El restaurante tiene pocas mesas y la carta escrita en una pizarra que no puedo leer sin girarme. Elegí este sitio porque está lejos de la carretera de la casa. También porque no es el de Hugo. No quería pasar la noche contestando preguntas sobre un aparador.
Inés pide vino. Yo voy a conducir y me quedo con agua. Ella cambia la copa por una cerveza pequeña y me pregunta si voy a tomar nota de todo lo que haga.
—Estoy mirando la carta.
—La carta está detrás de ti.
Me giro. Se ríe antes de que pueda defenderme.
Al principio hablamos de comida. Odia las cartas que llaman «experiencia» a un plato. Yo desconfío de los sitios donde los camareros describen demasiado el origen de la patata. Los dos queremos probar lo del otro, pero ninguno se decide a renunciar a su plato.
—¿Siempre decides lo que van a pedir los demás? —pregunta.
—He propuesto compartir.
—Has propuesto compartir tu elección.
Pedimos lo suyo para compartir y yo añado mi elección. En cuanto llegan los platos, Inés cruza el tenedor hacia el mío. Dice que quiere probar, aunque se lleva un trozo considerable. La dejo buscar el siguiente mientras me cuenta qué ingredientes cree que lleva.
Me pregunta por el taller de mi padre.
—¿Te molesta hablar de él?
—No. De su taller, un poco.
Se queda esperando, con el tenedor quieto.
Mi padre murió hace tres años. El negocio sobrevivió algo menos de uno.
Yo intenté mantenerlo con el socio que había entrado cuando él enfermó.
Perdimos un encargo grande, seguimos presupuestando como si fuéramos a recuperarlo y acabamos vendiendo máquinas para pagar cosas que aquellas máquinas habrían servido para fabricar.
Le cuento esa parte y menciono un adelanto que tardé meses en devolver. No le explico qué hice con ese dinero. Digo que se nos complicaron las cosas y espero que no me pida detalles.
—¿Y ahora trabajas solo?
—Así sé a quién echarle la culpa.
—Eso no significa que se la eches.
La miro. Ella está ocupada cortando un trozo de carne. Ha dicho la frase como quien comenta que falta sal.
—Algunas veces —concedo.
Le cuento una equivocación menos difícil. La primera semana en el taller nuevo fabriqué un armario que cabía en la habitación, pero no pasaba por la escalera. Había medido tres veces el hueco y ninguna la curva del descansillo. Tuve que desmontarlo delante del cliente.
—¿Qué le dijiste?
—Que lo llevaba preparado para el montaje.
Inés se tapa la boca para no reírse con comida.
—¿Y te creyó?
—Su mujer no. Me ayudó a sujetar una puerta mientras yo fingía que aquello estaba previsto.
—Me cae bien.
—A mí también. Ahora.
Me pregunta qué quiero hacer si el taller va bien.
Quiere saber qué compraría primero. Le hablo de una máquina que ocuparía todo el espacio donde comimos ayer y de un banco de trabajo que todavía no puedo permitirme.
Le explico cómo quedarían colocados, usando los cubiertos para representar las paredes.
—¿Y dónde comeríamos?
Lo dice sin énfasis. Lo repito por dentro antes de responder.
—Tendría que poner una mesa.
—Es lo primero sensato que has dicho sobre tu expansión empresarial.
El camarero se acerca con los postres y nos deja una tarjeta entre los vasos.
Inés la lee, me pregunta cuál quiero y después dice que no se fía de compartir algo con una persona que corta las raciones con tanta precisión.
Le recuerdo que ella se ha quedado con el mejor trozo de mi plato. Lo niega con absoluta tranquilidad.
Pedimos dos postres. Hace un rato creía que ya no podría comer más, pero no quiero pedir la cuenta.
—¿Has estado casado? —pregunta mientras aparta la tarjeta.
—No.
—¿Casi?
Me río.
—No sabía que hubiera una casilla para eso.
—Hay personas que te dicen que no y después resulta que solo faltaba recoger las alianzas.
Le digo que viví con alguien durante varios años. No pronuncio su nombre; me parece injusto traer a esa mujer a la cena para resumirla en dos frases.
—¿Y qué pasó?
—Dedicaba demasiado tiempo al taller. Cuando volvía, creía que estar en casa era lo mismo que estar con ella.
Inés deja de mover el tenedor. Espero otra pregunta y me preparo para dar una explicación breve, como si eso pudiera dejar bien a todos.
—¿Te lo dijo?
—Muchas veces.
—¿Y tú?
Quiero responder que trabajaba porque había que pagar cosas. Es verdad, pero también demasiado cómoda. En el taller sabía cuándo estaba haciendo algo bien. En casa no siempre sabía cómo arreglar una conversación que empezaba con «nunca estás».
—Contestaba que estaba cansado.
Inés asiente. No me consuela con que cualquiera lo habría entendido. Se queda pensando hasta que llegan los postres y el camarero interrumpe para explicar una salsa que ninguno de los dos ha preguntado.
Cuando se marcha, Inés cambia su plato por el mío.
—Este me gusta más.
—No lo has probado.
—Me gusta más mirarlo. Después te digo.
El gesto rompe una solemnidad que no estaba preparado para mantener. Probamos, discutimos un poco y acabamos devolviendo cada postre a su dueño inicial. El suyo es más bonito; el mío está mejor. No llegamos a un acuerdo sobre si eso demuestra algo.
Le pregunto por sus relaciones. Me dice que con la última persona se pasaron meses poniéndose de acuerdo para separarse. Ninguno terminaba de hacerlo.
—Un día dejé de organizar la conversación. Me fui a hacer la compra y volví a otro sitio.
—¿Sin avisar?
—Habíamos avisado muchas veces. Los dos. Solo faltaba hacerlo.
Se limpia una mancha de la muñeca con la servilleta. El apósito de la otra mano sigue en su sitio. Me quedo esperando, por si quiere contarme algo más.
—¿Te arrepentiste?
—De algunas cosas. De irme, no.
La certeza me atrae. He pasado demasiado tiempo dejando asuntos medio abiertos para que nadie pueda decir que fui yo quien cerró la puerta. Inés parece capaz de decidir y seguir viviendo después.
—¿Y hoy? —pregunta.
—¿Hoy qué?
—¿Estás pensando en el taller mientras cenas conmigo?
Miro sus manos sobre la mesa. El borde verde del vestido. La manera en que está esperando una respuesta que podría convertir en broma si le doy una razón.
—Muy poco.
Sonríe sin bajar los ojos. No añado nada para mejorar la respuesta.
El camarero se acerca con una botella que no hemos pedido. Inés levanta la mano antes de que la abra.
—Agua tenemos.
—Es de la mesa de allí.
Señala hacia la entrada. Un hombre me saluda desde una silla, rodeado de otras tres personas. Tardo un segundo en reconocerlo sin la gorra que llevaba cuando le instalé unas puertas. Levanto la mano también y le digo al camarero que se lo agradezco, pero conduzco.
El hombre se acerca igualmente. Me da una palmada en el hombro y pregunta cómo va el taller. Dice que las puertas han quedado estupendas. Me alegra oírlo delante de Inés, hasta que añade que tengo que pasar a ver una: roza un poco cuando cambia el tiempo.
—Llámame el lunes y lo miramos.
—Son cinco minutos.
Se me tensan los hombros. Nadie sabe cuántos minutos dura mi trabajo hasta que tiene que pagarlo. Inés lo mira con una sonrisa tranquila.
—Hoy los cinco minutos me corresponden a mí.
El hombre se ríe. Me pregunta si estamos celebrando algo. Yo busco una respuesta que no decida más de lo que hemos hablado. Inés dice que estamos cenando. Él levanta ambas manos, promete llamar y vuelve a su mesa.
Me quedo mirando la copa que no llegó a servirnos.
—No hacía falta que lo dijeras —comento.
—Ya lo sé.
Se le borra parte de la sonrisa. Le digo que no me ha molestado, que agradezco haber podido quedarme sentado sin sacar una agenda. Alcanzo sus dedos sobre la mesa. Los retiro enseguida al recordar el corte, pero ella vuelve la mano para que pueda tomarla sin tocarlo.
—¿Siempre te pasa? —pregunta.
—Que me pidan cinco minutos, sí.
—¿Y siempre dices que sí?
Miro a mi antiguo cliente. Ya está hablando con otra persona. No parece que haya pasado nada importante.
—Cada vez menos.
Inés baja los ojos a nuestras manos. No me propone que cambie ni me cuenta qué habría dicho ella. Sigue sujetándome los dedos, con el postre a medio terminar delante.
Después me pregunta por qué no la he presentado. Me pongo rígido. Ella espera unos segundos y se ríe.
—Podías haber dicho mi nombre, Darío. No te estaba pidiendo que anunciaras una boda.
—No sabía cómo...
—Inés. Cuatro letras. Las has escrito en un presupuesto.
Me río también. Ella aprovecha para tomar una cucharada de mi postre y deja su mano sobre la mía otra vez. Repito su nombre, ensayando la presentación que no he sabido hacer. Inés asiente con una seriedad que le dura muy poco.
Brindamos con cerveza y agua. El camarero nos pregunta si queremos una fotografía porque Inés está tratando de hacer una con el celular apoyado en la panera. Se lo da. Yo intento quitarme la chaqueta y ella me agarra de la manga.
—Así estás bien.
Salimos un poco inclinados uno hacia otro. En la foto parece que llevamos tiempo juntos. Inés la mira, amplía mi cara y sonríe.
—Esta te la mando.
—¿Solo esa parte?
—Si te portas mal, sí.
Al salir me envía la fotografía. Ha llovido y los autos reflejan las luces de los escaparates.
Caminamos hasta la camioneta bajo su paraguas, que es demasiado pequeño.
Me acerco para que no se moje. Ella me pasa el brazo por la espalda y su mano se queda sobre mi costado. No hablamos hasta llegar al auto.
En el auto pone la mano encima de la mía antes de que arranque.
—Gracias por sacarme de allí.
—Has venido tú.
—Ya. Me entiendes.
La llevo a casa. El recorrido se me hace más corto que cuando llevo herramientas. Al llegar, se quita un pendiente, se lo deja en la palma y me pregunta si quiero pasar.
Su teléfono suena antes de que conteste.
Veo un número en la pantalla, sin nombre. Inés se pone recta y me suelta la mano. Espera a que termine. La llamada vuelve.
—Tengo que tomarlo.
Abre la puerta y baja. La sigo unos segundos después. No quiero que me vea esperando dentro como un conductor contratado. Ella se ha alejado hasta la verja, pero la noche lleva las voces con facilidad.
—Te he pedido una lista.
No oigo la respuesta. La escucho a ella decir que no, dos veces. Después:
—No vas a decidir quién entra en esta casa.
Miro hacia la carretera. No hay nadie. Aun así, me quedo en la parte exterior de la verja, mirando los dos sentidos, como si pudiera hacer algo útil con eso.
Inés termina la llamada y no se mueve. Tiene el pendiente todavía en la mano.
—¿Qué quería?
—Saber quién está trabajando aquí. Avisarme de que lo van a incluir en su reclamación.
—Ya sabe quién soy.
—Quiere que me canse. Que cada persona a la que conozca tenga que enterarse de esto antes de poder sentarse a tomar algo conmigo.
Me acerco. Se me ocurre llamar yo, decirle que la ventana se termina mañana y que después no habrá nada que fotografiar ni discutir. Se lo propongo.
—No —responde Inés.
—Solo hablar.
—No te he pedido que llames.
—Intento ayudar.
Se gira hacia mí. La luz de la verja le deja media cara en sombra.
—Hace media hora estábamos pasándolo bien. Ahora estás buscando la manera correcta de manejarme un problema. ¿Podemos dejarlo un momento? Estoy cansada.
Guardo el teléfono, que ya había sacado.
—Está bien.
Entramos. Deja los pendientes en una taza del vestíbulo y se quita los zapatos junto a la banqueta. Le alcanzo el abrigo antes de que caiga al suelo. Tiene frío en las manos. Lo noto cuando vuelve a tocarme el brazo.
—No estoy diciendo que no quiera ayuda.
—Lo he entendido.
—Me parece que no.
Me guardo lo que iba a responder. Quería resolverlo para devolver la noche al punto donde estaba a gusto. Ya había sacado el teléfono sin preguntarle si quería otra conversación sobre la casa. Asiento y me siento en el salón.
Inés trae dos vasos de agua. Se deja caer a mi lado y apoya la cabeza en el respaldo. Un mechón se le ha soltado junto a la oreja. Estoy tan pendiente de no mirarle la boca que acabo mirándosela más.
—Háblame del armario —dice.
—Ya te lo he contado.
—Quiero saber qué cara pusiste cuando llegaste al descansillo.
Le hago una demostración. Se ríe y me pide que repita el gesto. Me sale peor la segunda vez. Nos quedamos hablando hasta que el reloj de la cocina da las doce con un zumbido estropeado.
Cuando me levanto, Inés me acompaña a la puerta. Está descalza sobre la madera. Me toca la camisa para alisarme una arruga que se quedará donde está.
—Mañana acabas —dice.
—Mañana.
—Pues ven después de trabajar.
Podría recordarle que vengo a trabajar. No lo hago.
Durante el trayecto hacia mi alojamiento sigo sintiendo su mano en mi costado. Ya estoy calculando cuánto falta para volver a verla y todavía no he llegado al estudio.