La casa heredada 6. La medida
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6. La medida

El martes la pieza llega con un agujero donde no debería haberlo.

La dejo junto a la antigua en el mostrador de la ferretería y señalo la diferencia. El dependiente las compara con la expresión de alguien a quien estoy complicando una mañana que iba bastante bien.

—Es compatible.

—Con otra ventana.

Busca la referencia en el computador. Me explica lo que ya he leído en la caja. Espero hasta que termina y le enseño otra vez los dos puntos de fijación. Acaba llamando al almacén. La pieza que necesito estará el jueves por la mañana.

Aviso a Inés desde la camioneta. Me pregunta si puede dormir ya en el dormitorio sin la silla. Le recuerdo el cierre provisional. Me dice que no pregunta por el cierre, sino por mi opinión.

—Sí. Está sujeto.

—Está bien. Entonces deja de imaginarme empujando una silla en camisón.

Me quedo mirando la pantalla después de que cuelgue.

No había imaginado un camisón. Ahora lo hago.

A media mañana paso por la casa para preparar el apoyo. Quiero que el jueves la pieza nueva entre y el trabajo quede terminado. Inés me abre con un lápiz detrás de la oreja. En el despacho ha distribuido objetos sobre una sábana y está apuntando lo que hay en cada caja.

—Me he levantado pensando que podía ordenar todo antes de comer.

Miro la sábana. Hay un cargador de un teléfono antiguo, una copa suelta, un llavero sin llaves y unas pinzas de depilar.

—Vas muy bien con las categorías.

—La categoría es «no sé qué hacer con esto».

Me entrega el lápiz cuando se lo pido para marcar una medida. Está mordido en el extremo. Al devolvérselo lo gira para ocultar las marcas.

—No es mío.

—No he dicho nada.

—Estabas mirándolo.

—Miro muchos lápices.

Me da con él en el brazo.

En el dormitorio trabajamos un rato juntos.

Le enseño cómo debe sujetar la hoja para que pueda revisar el canto.

Al principio me pregunta por cada movimiento; después encuentra el punto de apoyo y deja de preguntar.

La mano izquierda ya no sangra y el apósito es una tira estrecha. Aun así, le pido que no cargue peso.

—¿Le dices eso a todos los clientes?

—A los que están poniendo el dedo donde voy a trabajar, sí.

Lo retira. Luego lo vuelve a acercar solo para verme mirarla.

Se me escapa una risa que en el dormitorio suena demasiado fuerte.

No hablamos de la carta. Agradezco poder preguntarle si prefiere conservar una moldura sin tener que decidir primero si le pertenece. Quiere pintarla de blanco. Le enseño una zona de la madera bajo la pintura descascarillada. Pasa la yema del dedo sobre ella.

—Es más bonita así.

—Habría que quitar varias capas.

—¿Cuántas?

—Las suficientes para arrepentirte a la mitad.

Decide esperar y apunta la moldura al final de la lista. No me pide que la haga ahora. Me alegra poder seguir trabajando sin otra discusión sobre lo que hemos acordado.

El teléfono suena cuando estoy recogiendo. Hugo me envía una foto del hueco del restaurante. Han colocado un enchufe nuevo exactamente donde irá el lateral del aparador. Dice que el electricista se marcha en una hora y que necesita saber si hay que moverlo. Le respondo que me acerco.

Inés se queda apoyada en la cómoda.

—¿Ahora?

—Si lo dejan ahí, tendremos un problema cuando llevemos el mueble.

—Había comprado para comer.

Miro la hora. Nunca hemos quedado en comer. Tengo que elegir entre recordárselo y decir que me sabe mal. Me sale una tercera cosa.

—Puedo venir después.

—No voy a estar esperando con la comida.

Lo dice deprisa. Después frunce el ceño y baja la mirada.

—Eso ha sonado fatal.

—Un poco.

—Quería decir que la puedo guardar. No tienes que venir por compromiso.

Me agacho para cerrar la caja. Cuando me incorporo está más cerca.

—¿Y cuánto tardarás? —pregunta.

—No lo sé.

—Pues cuando lo sepas me llamas. Y si no puedes, me como lo tuyo. Soy capaz.

En el restaurante, Hugo me espera debajo del enchufe con el teléfono en la mano. Ha abierto la fotografía que le envié del aparador y la amplía hasta que solo queda un cajón.

—Si recortamos aquí...

—No.

Levanta la cabeza.

—No he terminado de decírtelo.

—El cajón necesita ese espacio para abrirse.

El electricista sale de detrás de la barra con una caja vacía. Nos mira alternativamente. Es mayor que yo y tiene polvo de yeso en las patillas de las gafas. Dice que él puso el enchufe donde estaba marcado.

Hugo asegura que la marca la hizo otra persona. Los dos esperan a que mi cinta métrica determine a quién le corresponde cambiar algo. Me arrodillo y mido el ancho del hueco. Las cifras son las que ya conocía.

—¿Cuánto ocupa el mueble? —pregunta el electricista.

Se lo enseño en el dibujo. Acerca la cara y asiente.

—Entonces hay que mover el punto.

Hugo suspira como si acabáramos de darle una noticia que se podía haber evitado diciendo otra cifra. Pregunta cuánto tardará. El electricista contesta que puede dejarlo hoy, pero necesita saber dónde antes de cerrar la pared.

Buscamos una posición entre los tres. Yo señalo una zona lateral; Hugo la descarta porque allí irá una planta. El hombre de las gafas pregunta si la planta necesita electricidad. Hugo lo mira, después se ríe a su pesar.

—Es que quiero hacerlo bien una vez.

—Pues decídelo una vez —responde el electricista.

Nos quedamos callados. Pienso en Inés y en la comida que no sabía que me esperaba. Saco el teléfono para avisarla, pero Hugo pregunta si el cable se verá desde las mesas. Lo guardo. Ahora he venido a esto.

Media hora después hay una marca nueva en la pared. La fotografío con la cinta extendida al lado. Hugo me pide que espere para mostrárselo a Berta por videollamada. Ella ve la imagen, pregunta si funcionará y, cuando decimos que sí, da el asunto por terminado.

—Está trabajando —nos recuerda desde el teléfono.

Hugo cuelga. Me invita a un café que todavía no puede preparar porque la máquina está embalada. Acabamos bebiendo agua en vasos de cartón junto a una mesa sin montar.

—¿Se te ha complicado otra cosa por venir? —pregunta.

—Estaba en una casa. He dejado allí una reparación.

—Puedes cobrarme el desplazamiento.

Estoy a punto de decir que no hace falta. Pienso en el tiempo que he pasado aquí y en el combustible. Le digo que lo añadiré a la factura. Hugo acepta con un gesto y vuelve a mirar el hueco. Yo tenía preparada una explicación que no me ha pedido.

Al salir llamo a Inés. Me pide que espere un segundo. Oigo una caja apoyarse sobre algo y después su respiración, un poco agitada.

—¿Ya has terminado?

—Aquí sí. Tengo que ir al taller.

Hay un silencio. Miro la hora en el salpicadero y añado que puedo pasar más tarde por la casa. Ella dice que también tiene que salir.

—Podría llevarte la comida. Si todavía la quieres.

—La quiero.

Se ríe por mi manera de decirlo. Yo miro hacia la puerta del restaurante, donde Hugo está explicándole a alguien la nueva posición de la planta.

—¿Qué estabas haciendo? —le pregunto.

—Intentando subir cuatro cajas juntas. No lo recomiendo.

—Tres es el máximo legal.

—Menos mal que no estabas para verme.

Me la imagino en la escalera y tengo que contener la oferta de ir a ayudarla. No me lo está pidiendo. Le digo que tenga cuidado y ella responde que soy la segunda persona que se lo dice hoy.

Quiero preguntar quién fue la primera. Ya tengo la pregunta en la boca cuando caigo en lo que estoy haciendo. Le cuento, en cambio, el problema de la planta y del enchufe.

—¿Y quién ha ganado? —pregunta.

—La planta.

Su risa llega nítida por el altavoz. Me quedo escuchándola un momento más, con el auto todavía detenido.

Le digo que a partir de las cinco estaré en el taller y que puede venir cuando le vaya bien.

—¿Te hace falta algo? —pregunta.

Tengo que recoger un catálogo de tiradores en una tienda que cierra a las cuatro. Se lo menciono sin pedirle que lo haga. Ella dice que está cerca, que va a comprar unas cajas y puede recogerlo. Le envío la dirección.

Una hora más tarde llega una foto del catálogo sobre el asiento del auto. «Contratación verbal completada», ha escrito.

Cuando aparece por el taller, a las cinco, estoy debajo del aparador buscando una arandela. Veo sus zapatos primero. Después se agacha y me mira a través del hueco donde irá un cajón.

—¿Aquí es donde se esconde el jefe?

—Está reunido.

Deja el catálogo en el banco y me pasa la arandela, que ha visto junto a su pie. Le enseño el mueble. No abre primero los cajones, como Hugo. Se aleja hasta la puerta para verlo entero.

—Es mucho más grande que en la fotografía.

—Eso dicen todos.

Se echa a reír. Me doy cuenta demasiado tarde de la frase y levanto ambas manos.

—El mueble.

—Por supuesto.

El taller me parece desordenado de pronto. El termo abierto, la taza manchada, la chaqueta colgando de una prensa. Aparto unos papeles que llevan allí una semana. Inés mira la muestra de nogal sin tocarla.

—¿Puedo?

Asiento. Pasa la mano por el acabado. Me pregunta quién lo ha diseñado. Le digo que yo y noto una satisfacción que no me produjo decírselo a Hugo. Ella se fija en el borde redondeado de los cajones, en que no haya tiradores que sobresalgan. Pregunta cosas que me permiten enseñarle lo que sé hacer.

Me pide que abra un cajón. Lo hago despacio, esperando que note la suavidad de las guías. Ella mira el interior y pregunta por qué no está terminado por dentro igual que por fuera.

—Todavía falta.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada. Pensé que estaban todos de acuerdo en que las cosas bonitas no se miran por debajo.

Le enseño uno de los frentes sueltos. Tiene una marca a lápiz donde irá la fijación. Inés lo gira y encuentra dos letras escritas en el canto.

—¿Firmas lo que haces?

—Eso indica dónde va.

—Podrías firmarlo también.

—No creo que Hugo quiera mi nombre delante.

—Detrás. Para que alguien lo encuentre dentro de muchos años y sepa que lo hiciste tú.

Me entrega la pieza con una seriedad que no esperaba después de la broma.

Se queda esperando mientras la guardo. Me pregunta si he encontrado nombres en muebles antiguos.

Le cuento una fecha grabada debajo de una mesa, una dirección que alguien escribió en el fondo de un cajón para una mudanza y una lista de compras que llevaba tantos años pegada a un armario que el papel se deshizo al tocarlo.

—¿Y qué querían comprar?

—Azúcar. Jabón. No me acuerdo de lo demás.

—Me gusta que la gente sea así desde hace tanto.

Pienso en mi termo y en la lista de cosas que tengo que comprar, pegada junto a la puerta. Mañana añadiré café. Vuelvo a colocar el frente con los demás.

Entra un hombre con una puerta de armario bajo el brazo. Me conoce de otra reparación y saluda antes de ver a Inés. Ella se aparta para dejarlo pasar. Él apoya la puerta en el suelo y me enseña una bisagra suelta.

—Es un momento —dice.

Podría aceptarla sin preguntar nada. Lo he hecho muchas veces: un momento que luego se queda en una esquina toda la semana. Hoy le digo que puedo verla, pero que no se la devolveré hasta el viernes. El hombre protesta un poco, pregunta si no se trata solo de apretar algo. Le enseño la zona rota.

Inés espera junto al aparador, con el catálogo cerrado entre las manos. No interviene ni se ríe cuando el hombre intenta convencerme. Al final deja la puerta y acordamos el precio. Le hago un recibo antes de que se marche.

—Te cuesta cobrarles —dice ella cuando estamos solos.

—A algunos.

—A mí me cobraste bastante rápido.

—Tú tenías el dinero preparado.

Se acerca al banco y deja el catálogo exactamente donde estaba. Me pregunta cuánto ganaré por esa reparación que iba a llevar un momento. Hago una cuenta aproximada. Después resto el material, el tiempo de recogerlo, la llamada para avisar.

—Te estoy quitando más tiempo del que te va a pagar —dice.

—No es lo mismo.

No necesito decir nada más. Ella deja de mirar la puerta del cliente y vuelve a mirarme a mí.

Cuando se dispone a marcharse recuerda la comida. Ha traído un recipiente en una bolsa.

—Lo tuyo ha sobrevivido.

Dentro hay arroz y pollo. Está frío. Lo comemos sentados en unos tableros, con tenedores que ha sacado envueltos en una servilleta. Le advierto que se va a llenar el pantalón de polvo y dice que lo ha llenado de cosas peores.

No le pregunto cuándo. Me gusta que exista una vida suya de la que todavía no sé nada.

—El jueves termino la ventana —le digo.

—Ya lo has dicho.

—Después no tendré más excusas para ir.

Inés apoya el recipiente entre los dos. Tiene un grano de arroz pegado al tenedor y se queda mirándolo antes de contestar.

—Podríamos salir de allí alguna vez.

Le propongo cenar al día siguiente. Responde que sí y acordamos la hora mientras recoge el recipiente. Cuando se marcha, sigo un rato junto a la puerta. Al volver al banco tengo que agacharme otra vez para recordar dónde faltaba la arandela.