5. Lo que queda
Vuelvo porque he olvidado el nivel.
No tardo ni diez minutos. Al entrar en el camino veo a Inés en el porche, con el celular separado de la oreja. Lo sostiene en horizontal y habla inclinándose sobre él.
—Eso no estaba aquí.
Desde el teléfono llega otra voz. La reconozco antes de entender las palabras.
—Está en la carpeta que hay junto a las cintas de casete, en la repisa de abajo. Hay dos sobres marrones y un álbum pequeño. No te lleves nada de eso.
Inés me ve. Me hace un gesto para que espere.
—No voy a llevarme nada.
—Pues entrégamelo.
—No voy a dejarte entrar otra vez.
La otra mujer respira cerca del micrófono. Debe de estar andando. Se oye un roce que me recuerda al del bolso contra su ropa cuando recogía los papeles.
—No estoy hablando de entrar. Estoy hablando de que prepares mis cosas. Mi madre escribió esas cartas.
Inés aparta el teléfono, toca la pantalla y se lo lleva al oído.
—Te lo he dicho. Por escrito.
Espera. Su mirada se queda fija en un punto por encima de mi hombro. Después termina la llamada y guarda el celular en el bolsillo.
—El nivel —digo, levantando las manos vacías.
—Arriba, creo.
Lo encuentro junto a la cómoda. Desde el dormitorio oigo un golpe en la planta baja, no muy fuerte, seguido de un arrastre. Bajo deprisa. Inés está intentando abrir un cajón del despacho que se ha atascado. Al verme en la puerta suelta el tirador.
—No ha pasado nada.
Miro el cajón antes que a ella. Ya he dado por hecho que iba a pasar algo. Me incomoda que lo haya notado.
—Levántalo un poco al tirar.
Lo hace y el cajón se abre. Dentro hay pilas, una cinta métrica, sobres y un montón de llaves atadas con una goma. Algunas están oxidadas; en otras quedan restos de etiquetas.
—Lo sabía todo —dice.
—¿Quién?
—Maite. Qué cajón se atasca. Dónde están los álbumes. Las cosas que nunca se tiraban. Ahora cada vez que menciona una me siento como si tuviera que demostrar que yo también la conozco.
En la repisa inferior del armario veo una carpeta grande, color vino, con cintas de tela para cerrarla. La caja de casetes está al lado. Inés sigue mi mirada.
—Esa.
La saca. La deja encima del escritorio y afloja los lazos. Hay dos sobres marrones, tal como ha dicho la otra mujer, y un álbum de tapas grises. Inés no parece sorprendida. Yo sí, aunque trato de que no se me note.
—Ella trabajó aquí —me recuerda—. Yo no.
—No te he preguntado nada.
—No hace falta.
Me aparto del marco de la puerta y tomo el nivel para irme, pero una de las cartas cae del sobre. Inés se agacha y no llega a tomarla con la mano vendada. La recojo yo.
No la abro. Está doblada en cuatro y por fuera alguien escribió «para cuando vengas». La tinta se ha corrido en una esquina. Se la doy por el borde.
—¿Puedo ayudarte a guardarlo?
Asiente.
Sujeto un sobre mientras ella reúne las hojas para meterlas dentro.
Son demasiadas y se doblan por las esquinas.
Hay recetas de cocina entre cartas, una factura con una foto pegada y una servilleta donde alguien dibujó el camino hasta un hospital.
Inés aparta cada cosa para mirarla antes de decidir dónde va. El sobre sigue vacío entre mis manos.
Inés abre el álbum por la mitad. Una fotografía de Eugenia en una playa ocupa casi toda la página. Tiene los pies descalzos y sostiene unos zapatos en alto. Debe de hacer viento: una mano entra por el borde de la imagen para sujetarle el pelo.
—No le gustaba nada la arena —dice Inés.
—Ha elegido mal sitio.
—Solo le gustaban las fotos en la arena.
Pasa una página. Hay un hueco rectangular más claro que el cartón, donde falta una imagen. Toca los restos de adhesivo.
—¿Has vaciado alguna vez una casa? —me pregunta.
—El taller de mi padre.
—Eso debe de ser peor.
No respondo enseguida. Todavía guardo una caja de sus cosas en mi alojamiento.
Hace dos años que la muevo cada vez que limpio.
Tiene brocas gastadas, una radio rota y un metro plegable con una bisagra sustituida por alambre.
La radio podría haberla tirado el primer día.
No lo hice y ahora necesito un motivo mejor para tirarla.
Se lo cuento. Inés me escucha sin decir que debería conservarlo todo.
—Yo dejaría la radio hasta que ocupara el sitio de algo que de verdad quieres —dice—. Mientras tanto, puede seguir rota.
Me río. Es una respuesta práctica. He oído otras mucho más bonitas que me hicieron sentir peor.
—¿Y si nunca quiero otra cosa para ese sitio?
—Entonces has encontrado un uso para una radio que no funciona.
Entre las cartas aparece una agenda de Eugenia. Hay horas de comidas, llamadas pendientes y recordatorios domésticos escritos con una letra diminuta. Inés pasa las páginas hasta que una goma se rompe. El chasquido la hace soltarla.
—Últimamente salto por todo.
La recoge y mira hacia el pasillo.
—La primera noche dejé luces encendidas para aprender dónde estaban los interruptores. La casa sonaba como si hubiera otra persona en una habitación.
La imagen es tan doméstica que me avergüenza haber revisado sus papeles buscando una trampa.
—Me daba miedo llegar y no sentir nada —dice.
Me quedo quieto.
—Hay gente que entra en una casa y llora. Yo entré y pensé que olía a cerrado. Luego me enfadé conmigo por eso.
—Es posible echar de menos a alguien y abrir las ventanas.
No lo digo para consolarla. Es lo que hice con el taller. Me daba dolor de cabeza entrar y seguí dejando todo cerrado varios días porque mi padre trabajaba así. Ella me mira, después mira el sobre de monedas.
—Sí.
Seguimos ordenando hasta que vuelve a vibrar su celular. Maite enumera los dos sobres, el álbum y un reloj de sobremesa con el cristal roto. «No tienen que desaparecer también sus cosas».
—¿También? —pregunto.
—Mi tía ha muerto. Es una manera de hablar.
La explicación no elimina la incomodidad. La otra mujer ha sabido encontrar cada objeto sin estar presente.
Inés escribe: «Prepara una lista. No voy a resolver esto por teléfono» y me deja leerlo antes de enviarlo.
—Si son cosas suyas, tendrás que dárselas.
—Si son suyas, se las daré. Lo que no voy a hacer es dejarla entrar cuando quiera.
Guardamos las cartas y el álbum en la carpeta color vino. Una fotografía pequeña se ha quedado pegada a una bolsa de farmacia; la deslizo bajo las cintas para que no se pierda.
Cuando por fin salgo ha oscurecido. Llevo el nivel contra el pecho como una excusa que ha durado una hora. Inés se queda en el porche, esta vez debajo de la lámpara encendida.
—Gracias por tu ayuda —dice.
—La próxima vez cobro por sobres.
—Entonces tendrás que hacerme descuento por volumen.