4. La carta
La carta está dirigida a Maite.
La leo de pie junto a la mesa. He venido después de entregar la repisa y todavía llevo en el pantalón una raya de polvo de las correas con que la sujeté en la camioneta. Inés ha abierto el sobre, lo ha extendido bajo una taza y me lo ha señalado sin tocarlo.
—¿Lo ves?
Leo despacio. Alicia escribe en representación de Inés. Reclama la entrega de la vivienda y de las pertenencias de Eugenia. Advierte que su clienta no ha autorizado obras ni la retirada de objetos. El tono es firme, pero no contiene ninguno de los insultos que me estaba preparando para encontrar.
—Aquí dice que tú eres Maite.
—Ya sé lo que dice.
Levanto la vista. Tiene unas ojeras que el sábado no le vi. Quizá la luz de la cocina era diferente. Hoy llueve, y el patio refleja un cielo casi blanco.
—¿Has hablado con ella?
—Te dije que no me cree.
—¿Con Alicia?
—Con Alicia, Darío. No conozco a un tribunal entero.
Vuelvo a mirar la carta. Pienso en las dos tarjetas que he visto. En la foto del porche y en el relato de la carpeta delgada. Todo aquello estaba ordenado antes de que yo viniera. Esta carta también.
Mi teléfono suena. Es la librera. Una esquina de la repisa no queda pegada a la pared. Le explico que la pared hace vientre, que se lo enseñé al instalarla. Me pide que vuelva mañana. Lo apunto aunque sé que no voy a hacer desaparecer el vientre de la pared.
Inés ha esperado sin interrumpir.
—Tú puedes colgar y volver a tu trabajo —dice—. Yo sigo atrapada en esto.
—Ahora hay un documento que me pide que no haga obras.
—No te lo pide a ti.
Tiene razón en eso. La carta está dirigida a la persona que ocupa la vivienda. No me nombra. Aun así, ahora sé que la otra mujer se opone por escrito al trabajo que estoy haciendo aquí.
—Voy a terminar la reparación que hemos contratado. No voy a cambiar distribuciones ni retirar nada.
—Es lo que habíamos quedado.
—Quiero que siga siendo eso.
Se aleja de la mesa. Durante un momento creo que va a llorar. Se pone a recoger las tazas del desayuno y una cucharilla cae al suelo. La deja allí.
—¿Sabes lo agotador que es que te hablen como si no hubieras entendido la primera vez?
—No te estoy hablando así.
—Acabas de repetirme el trabajo que yo te pedí. Como si entre el sábado y hoy hubiera tratado de contratarte para tirar la casa abajo.
Me apoyo en el respaldo de la silla y vuelvo a leer el párrafo de las obras. No sé cómo insistir sin que parezca que la estoy acusando.
—Lo que me desconcierta es que una profesional escriba esto.
Inés recoge la cucharilla y la mete en el lavaplatos.
—A mí también.
Abre la carpeta azul. Me acerca otra vez el documento de la herencia. Esta vez no lo toca mientras lo miro. Se sienta delante de mí y espera, con ambas manos encima de las rodillas.
—¿Qué parte te parece distinta de lo que te enseñé el viernes?
Ninguna. Ahí están Eugenia, Inés y la casa. Paso de la carta a la copia de la herencia buscando una fecha, una dirección distinta, algo que me permita descartar una. Los datos coinciden. La discusión sigue estando en las dos caras que vi el viernes.
—Podríamos llamar juntos —propongo.
Inés se levanta antes de contestar. Va al despacho y vuelve con el sobre donde guarda la primera comunicación que recibió. Me enseña el exterior. La dirección es esta; el nombre del destinatario es Maite. Hay una fecha anterior al viernes en que vine.
No he sugerido lo contrario. Examino el sobre: está arrugado en una esquina y tiene marcas de haber pasado por manos distintas. Comparo la fecha con la de hoy. La reclamación ya estaba en marcha cuando me llamó por la ventana.
—¿Por qué la has abierto si no lleva tu nombre?
—Porque la han enviado a mi casa y estoy intentando saber qué me reclaman.
La explicación me parece suficiente. Después me pregunto por qué la otra mujer no podría decir exactamente lo mismo de cualquier papel que conserve aquí.
Inés me observa mientras comparo el sobre con la carta nueva.
—No te voy a pedir que decidas por una marca de tinta —dice—. Solo quiero que entiendas que llevo días intentando contestar a una historia que ya está escrita por otra persona.
Me acuerdo de la carpeta delgada, con su relato ordenado por fechas. También lo escribió alguien antes de que yo llegara. Estoy a punto de decirlo cuando Inés cambia la mano vendada de postura. La gasa se le ha pegado a la piel. Sigue herida y aquí, esperando otra visita de esa mujer.
—¿Ya tienes abogado?
—Estoy buscando uno. No quiero ir dejando copias de mi vida a todo el mundo hasta que encuentre a alguien que quiera escucharme.
Yo tardé demasiado en enseñar las cuentas del taller precisamente a la persona que podía ayudarme a entenderlas. Durante semanas le decía que estaba ordenando los papeles. Todavía recuerdo la vergüenza de ponerlos delante de alguien.
Dejo el sobre encima de la mesa, con cuidado de que no se moje.
—Podemos llamar ahora a Alicia —digo—. Si contesta, que explique qué está reclamando.
Inés mira el teléfono que he dejado sobre la mesa.
—No voy a enfrentarme a ella con un desconocido escuchando.
—No quiero hablar por ti. Solo comprobar a quién representa y qué documentos tiene.
—Entonces llama tú. Yo decidiré después cómo responder.
Aparto la carta. Está molesta porque mi duda le parece una traición.
—¿Estás enfadada conmigo?
—Porque dudas de mí.
—Un poco.
—Más de lo que debería.
Guardo la carta y tomo la caja de herramientas. Inés se aparta para dejarme pasar.
—Hasta el jueves puedo dejarte un cierre provisional mejor. Podrás asegurar la ventana sin apoyar una silla contra ella.
Subimos. En el dormitorio hay una silla, precisamente, encajada en diagonal bajo la manilla.
Me mira antes de que pueda hacer la broma.
—No digas nada.
La retiro. Ella se queda junto a la cómoda mientras trabajo. Cuando sujeta la hoja para que pueda comprobar el apoyo, veo que el apósito se ha manchado de barniz viejo. Le pido que afloje la mano.
—Puedo sujetarla.
—Ya. Yo puedo sujetarla sin abrirme el corte.
Me deja ocupar su sitio. El mecanismo provisional encaja; la ventana se cierra, aunque la manilla sigue torcida y habrá que empujar abajo hasta cambiar la pieza. Se lo hago probar dos veces.
—Entonces, el jueves.
—El jueves.
—Bien.
Sale antes que yo. En el rellano se detiene para apartar una caja que estrecha el paso. Es demasiado grande para ella sola. La ayudo y acabamos chocándonos contra la pared porque cada uno tira en una dirección.
—Hacia la habitación —dice.
—Pensaba que la querías bajar.
—Si la hubiera querido bajar, habría dicho «abajo».
—Eso lo hace mucha gente después de que se la hayas subido.
Le arranco una sonrisa. Entre los dos movemos la caja y despejamos el pasillo. Tiene rotulado «ropa invierno». Una casa de la que quizá tenga que irse, llena de cajas que todavía no sabe dónde poner. Me cuesta volver a la desconfianza de la cocina.
Antes de marcharme le pregunto si necesita que tire la basura. Se señala la mano.
—Conservo otra.
—Era por llevarla al bajar.
Me da la bolsa, después de mirarme de esa manera que tiene cuando decide si una frase significa algo más.
En la camioneta abro las fotografías de los documentos que Inés me permitió tomar el viernes.
Busco el párrafo donde se menciona a una mujer que se presentará como heredera con documentación a su nombre.
Vuelvo a leerlo. Incluye una frase sobre la posibilidad de que utilice representantes para reclamar la entrega de la casa.
La carta de Alicia encaja ahí.
Podría llamar igualmente. Tengo el nombre del despacho al pie de la hoja que Inés me dejó fotografiar. No lo hago. Si Alicia confirma a la otra mujer, tendré que dejar de volver; si no la confirma, Inés sabrá que dudé. Prefiero terminar la ventana antes de obligarme a elegir.
Cierro las fotos y arranco.
En la verja, Inés se queda mirando cómo me incorporo a la carretera. La veo por el retrovisor hasta que una curva me tapa la casa. Llevo su bolsa de basura junto a mis herramientas.