La casa heredada 3. La firma
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3. La firma

Hugo examina el aparador empezando por dentro. Abre los cajones, pasa la mano por las superficies sin acabar y encuentra el único borde que todavía rasca.

—Falta lijar —digo.

—Solo te lo señalo.

Es el encargo más grande que he recibido desde que abrí el taller: seis puertas, cajones interiores y espacio para toda la mantelería del restaurante. Hugo lo necesita antes del uno de octubre. La fecha lleva semanas rodeada en mi calendario.

Quiere que el mueble aparezca en las fotografías de la apertura y me pregunta cómo sabrá la gente quién lo hizo. Señala un cartel con mi nombre que nunca llegué a colgar.

—Haz uno pequeño y ponlo junto al mueble. Eres carpintero.

Se ríe, pero antes de marcharse apoya dos dedos sobre la fecha del calendario. No necesita repetirla.

Trabajo una hora más. Al quitarme los cascos encuentro el presupuesto de Inés firmado. Debajo ha escrito: «No puedo poner cara de persona fiable en un PDF. Espero que baste la firma».

Sonrío solo y le confirmo que llegaré a las cuatro.

En la casa me abre una mujer junto a la que podría haber pasado por la calle sin reconocerla. Lleva el pelo suelto, un suéter negro y unos jeans. La venda es más pequeña. Le miro la mano antes que la cara y ella me la enseña.

—Se queda en su sitio.

—Me alegro.

—También yo. Me habría venido fatal perderla justo ahora.

Nos quedamos un segundo sin saber qué hacer con la broma. Luego se aparta para que entre.

He traído una manta para proteger el suelo. Inés me ayuda a subir las herramientas. Le digo que deje la caja grande y toma el nivel, que pesa poco pero tiene un aspecto más importante. En el dormitorio ha movido las cajas para que pueda acercarme a la ventana.

—No hacía falta despejar tanto.

—No sabía lo que ocupas trabajando.

Me vuelvo. Ella está mirando la manta, no a mí.

Ha dejado libre el acceso a la ventana. Mientras preparo las herramientas encuentra una tabla torcida en el cobertizo y propone usarla como repisa. Le explico que no sirve. Responde que existen objetos que no ruedan y tardo un segundo en entender que bromea.

Bajo el alféizar aparece un recibo antiguo. Inés cuenta que Eugenia guardaba todos para demostrar cuánto habían costado antes las cosas. Mi padre hacía lo mismo con las facturas de tornillos. La coincidencia nos hace hablar de ellos como si la casa no estuviera llena de documentos en disputa.

El recibo se me escapa y va a parar bajo la cómoda. Inés se sienta sobre los talones para recogerlo. Encuentra también una horquilla y me la enseña como si fuera una pieza necesaria de la ventana.

—¿Esto mejora el presupuesto?

La dejo en la bandeja. Ella se ríe y al levantarse se apoya sin darse cuenta en la mano herida. Se le corta la risa. La sostengo por el antebrazo hasta que recupera el equilibrio.

—No me hagas caso —dice—. Se me olvida.

Yo no la suelto enseguida. Su brazo está caliente bajo el suéter. Cuando la dejo, aparto la bandeja para ocuparme de algo que no sea la proximidad de una clienta.

Cuando vuelve con agua ha puesto una rodaja de limón en mi vaso. Intento beber sin decir que no me gusta. Ella ve mi cara y lo cambia por el suyo.

—Tienes que aprender a decir estas cosas antes de sufrirlas.

—No estoy sufriendo.

—La rodaja se habría ofendido mucho menos que tú.

Me río, y por primera vez desde que llegué la habitación se parece más a un lugar donde estamos pasando una tarde que a una visita de trabajo.

Observa mientras desmonto el herraje. Confunde el nombre de una pieza y hace una mueca cuando la corrijo.

—Me estaba saliendo bastante bien.

—Puedes decir «esa cosa». La mitad de mis clientes lo hace.

—¿Y la otra mitad?

—Se lo inventa con mucha seguridad.

Se ríe. La risa llena la habitación de una manera que me sorprende después de lo de ayer.

Le explico que basta con reparar el apoyo y sustituir el cierre. Ella propone cambiar el marco completo.

—Si ya está viejo, ¿para qué seguir arreglándolo?

—Porque está bien.

—Ayer no cerraba.

—Una ventana es más que la manilla.

—Lo dices como si la hubiera insultado.

Le enseño el encuentro de la madera y las marcas del trabajo antiguo. No necesito convertirlo en una lección. Basta con que apoye la mano donde se lo pido y note que no se mueve. Lo hace; su muñeca roza la mía.

—Me gusta que quieras conservar algo —dice.

—Te sale más barato.

—Ya. Pero podrías haberme cobrado el marco nuevo.

Quiero decirle que no funciona así. A veces sí funciona así. He visto trabajos innecesarios que salvaban un mes malo. Yo he presupuestado alguno y después he pasado una noche entera calculando cómo retirarlo sin parecer incompetente. No se lo cuento.

Cuando se incorpora tiene una pelusa en el pelo. La aparto con dos dedos y tardo demasiado en retirar la mano. Ella no se mueve hasta que le enseño dónde dejar el tornillo que ha recogido.

Mientras termino de medir, me pregunta por el taller de mi padre. Le cuento que trabajé con él desde pequeño y que alquilé el mío después de su muerte. No pregunta nada más. Agradezco que no me obligue a explicar una pérdida en mitad de una reparación.

No pregunta si murió. Se lo agradezco, aunque no sé si es tacto o falta de interés. Más tarde, cuando bajo, ha preparado café y me pregunta dónde tengo el taller nuevo. Recuerda la dirección que le dije por teléfono, pero quiere saber si hay estacionamiento.

—¿Piensas traerme otra ventana?

—Pensaba llevarte algo de comer. Pero me adaptaré a tus preferencias.

Tengo treinta y ocho años. He cenado solo cuatro de las últimas cinco noches. Sé reconocer cuándo una mujer está siendo amable y cuándo puedo estar poniéndole cosas a esa amabilidad que no tiene. No sé en cuál de las dos situaciones estoy ahora.

Le digo que hay sitio junto a la nave de neumáticos.

En la cocina, aparta los papeles antes de servir. Ya no ocupan el centro de la mesa. Ha puesto allí un frutero vacío y un salero con la tapa torcida. La casa parece menos un sitio donde alguien acaba de pelearse.

—¿Te ha llamado? —pregunta.

Entiendo enseguida a quién se refiere.

—No.

—Si lo hace, no tienes que avisarme cada vez.

—Si afecta al trabajo, sí.

Asiente. Prueba el café y añade azúcar. Antes de hacerlo me mira, como si quisiera comprobar que no voy a opinar. No digo nada.

—Mi tía odiaba que la gente se sentara con el abrigo puesto —comenta—. Decía que parecían visitas del médico.

Yo todavía llevo la chaqueta. Me la quito y la dejo en la silla.

Es un gesto pequeño. A ella parece gustarle.

Estamos hablando de la tienda donde podría encontrar el herraje cuando llaman al teléfono fijo del despacho. La primera vez lo deja sonar. La segunda, se levanta.

—Ahora vuelvo.

Oigo su voz al otro lado de la pared, aunque no las palabras. Me acabo el café y miro mi libreta para no escuchar. La ventana mide ciento doce de ancho; he escrito ciento veintiuno. Corrijo el número y vuelvo a repasarlo. Me irrita haber estado tan distraído.

Cuando regresa, ya no se sienta.

—El lunes vendrá una carta.

—¿De quién?

—De Alicia. Quieren que entregue la casa.

Se apoya en el mesón. La cocina vuelve a parecerse de pronto a la de ayer.

—Si prefieres devolverme el adelanto, lo entiendo.

Miro la pieza del cierre dentro de mi caja. Es pequeña y pesada, manchada por décadas de pintura. La he desmontado yo. Si me marcho tengo que volver a ponerla.

—Una carta no decide si puedes cerrar la ventana esta noche.

Inés baja los ojos a mi taza.

—¿Quieres otro?

Debería ir al taller. Todavía tengo que dar la última mano a la repisa. En vez de mirar el teléfono acerco la taza al borde de la mesa.

—Un poco.